Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 7 Aliento de tormenta
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Capítulo 7 Aliento de tormenta

Las marcas violáceas que la soga de cuero había dejado en mis muñecas latían al compás de mis pulsaciones, calientes y dolorosas contra la piel entumecida.

El eco del portazo del Laird todavía vibraba en el aire estancado de la fosa inferior, pero el verdadero tormento continuaba siendo la roca.

La humedad del granito gris oscuro de la torre norte calaba mis huesos a través del lino tosco y embarrado de mi vestido, transformando cada minuto de reclusión en un lento asedio físico.

El invierno arreciaba con una crueldad ciega más allá de los muros bastos, y el vaho espeso de mi propia respiración inundaba la celda helada, disolviéndose muy despacio bajo la luz mortecina de la antorcha exterior.

Me abracé las piernas, hundiendo el mentón entre las rodillas heridas para retener el escaso calor que le quedaba a mi cuerpo.

El olor a usquebaugh derramado seguía impregnando las lajas, un aroma alcohólico y agrio que se mezclaba con el hedor a brea quemada de la entrada.

No supe cuántas horas pasaron en aquella penumbra asfixiante antes de que el silencio sepulcral del corredor se quebrara.

Entonces, los pasos pesados y rítmicos de Alasdair MacLeod resonaron en la escalera de caracol de piedra.

Su andar poseía una cadencia pausada, deliberada, el avance de un depredador que conocía la ineficacia de mis defensas. Escuché el crujido del cerrojo de hierro al desarmarse.

La pesada puerta de madera basta se abrió con un quejido de los goznes, y su silueta inmensa bloqueó la entrada, reduciendo el espacio de la celda a una absoluta nada.

Entró solo, sin la retaguardia de su Chieftain o sus guerreros secundarios, y empujó el tablón a sus espaldas, encajándolo de nuevo con un golpe seco.

Se detuvo a un palmo de mí. La sola envergadura de sus hombros bastó para cortar las escasas corrientes de aire helado que se filtraban por las ranuras del granito.

El olor áspero a lana húmeda de su plaid y el aroma rancio del cuero viejo de su jubón endurecido al fuego me envolvieron de inmediato, sustituyendo el aire de la fosa.

Permaneció inmóvil, manteniéndose rígidamente erguido sobre las piedras resbaladizas mientras me obligaba a alzar el rostro hacia la penumbra de su capuchón.

Sus facciones, cortadas a cincel sobre la roca ruda, carecían de cualquier rastro de duda o empatía celta.

Su mirada cortante de ojos claros, fijos como el metal de una claymore, descendió sobre mí con una indiferencia glacial que me aceleró el pulso de un modo febril.

—Vuestro linaje se mueve en el este, MacKenzie —dictaminó Alasdair. Su voz baja, ruda y contundente cayó en el recinto sin necesidad de alzar el tono, portando el peso de una autoridad absoluta. —Hablad.

Me tensé bajo su escrutinio, sintiendo la opresión del granito en mi espalda. Mis dedos apretaron los pliegues sucios del lino, pero obligué a mi voz a no temblar frente a su masa física.

—No tengo secretos que vender a los MacLeod, Laird —respondí, utilizando un silencio despectivo antes de pronunciar su rango. —Mi apellido me arrojó al barro; vuestras sospechas son solo cenizas de un incendio que no provoqué.

El Laird no alteró una sola línea de su mandíbula rígida ante mi réplica. Dio un paso corto, haciendo que el hierro de su broche circular de plata destellara bajo la luz de la antorcha exterior.

—Cuántos hombres custodian los desfiladeros del noroeste —exigió con frases cortas y directas, ignorando mis palabras con una fijeza que rozaba el desprecio. —Qué rutas usan vuestros rastreadores para esquivar mis hogueras de vigilancia.

—¿Es esa la gran estrategia de los Señores del Granito?

—Inicié un movimiento lento, obligando a mis rodillas llagadas a estirarse sobre la paja sucia.

Me puse en pie despacio, negándome a permanecer postrada a sus pies como una sierva sin estirpe.

En lugar de encogerme hacia el rincón oscuro, di un paso al frente, reduciendo la distancia física que nos separaba hasta que el calor sofocante que se desprendía de su imponente cuerpo me golpeó el pecho con la fuerza de un fogón.

Mi vestido rasgado rozó el cuero de su jubón.

—Un guerrero del granito debe ser muy débil si necesita arrancar secretos militares a una fugitiva hambrienta en la oscuridad de una fosa.

Un silencio denso y cargado de peligro inminente se instaló entre las líneas de nuestros cuerpos.

Pude registrar el sutil movimiento de sus hombros al encajarse y la rigidez de sus músculos bajo la armadura desgastada.

Mi mente era un caos febril de terror y una atracción física involuntaria que desafiaba mi propia cordura; odiaba sus cadenas de hierro y el cinismo letal de su cautiverio, pero la cercanía de su pecho despertaba una pulsación salvaje en mi vientre que me empujaba a buscar su protección frente al frío de la torre.

No había rabia vulgar en sus facciones, sino la atención implacable de un cazador que contemplaba a una presa insensata.

—Prefiero que el destino me pida permiso antes que agachar la cabeza ante vuestros interrogatorios, mi Laird —le susurré a escasos centímetros de su jubón, sosteniendo su vista clara con la misma dignidad heráldica del primer día en el páramo.

La respuesta del antihéroe fue letal. Sus ojos claros se clavaron en mis labios con una fijeza letal que me cortó la exhalación.

Antes de que pudiera dar un paso de retirada hacia la piedra, su mano enguantada avanzó con la velocidad de un estoque y apresó mi barbilla con unos dedos de hierro que me inmovilizaron la cabeza.

La presión dolorosa de su agarre me obligó a inclinar el rostro hacia atrás, forzando un contacto corporal salvaje donde el vaho de nuestras respiraciones se mezcló en el aire congelado de la celda.

El rostro del Laird descendió lentamente, suspendido a un milímetro de mi boca en una proximidad física forzada donde el deseo rudo se camuflaba de pura dominación feudal, prometiendo que mi orgullo MacKenzie chocaría contra su acero hasta que entendiera el precio de mi sumisión.