Capítulo 26 #3
—Bueno, recientemente ha habido algunos rumores sobre mí que me han recordado cuántas cosas de mi vida he mantenido en secreto a lo largo de los años —comenzó despacio—.
Y cuánto me han limitado. Ya saben, tuve una infancia terrible.
Casi nadie sabe nada al respecto. Durante mucho tiempo, creí que debía avergonzarme de ello.
Pero me he dado cuenta de que debería estar orgulloso de que no me convirtiera en un idiota.
Lucy suspiró por lo bajo y los reporteros se rieron… y a Penny se le encogió el corazón. Esto no trataba sobre ella. Trataba de ser sincero por fin. De no dejar que los secretos que Jack había cargado todos estos años dictaran su vida por más tiempo.
—No quiero hablar de mis padres para nada —continuó él—. Porque no fueron ellos quienes me convirtieron en el hombre que soy ahora. Fueron mis hermanos. —Estalló un murmullo de inquietud.
—¿Hermanos? ¿Ha dicho hermanos?
—West no tiene hermanos.
Se intercambiaron miradas escépticas mientras los periodistas volvían a levantar las manos, preguntando ya a voces si se refería a su equipo cuando decía hermanos… y Penny perdió la paciencia.
—¡Por el amor de Dios, déjenlo terminar! ¡Recuerden que dijo que no quiere nada de preguntas! —gritó, molesta.
Todos se giraron hacia ella, pero la prensa no le importó. Lo único que importaba era la expresión de Jack.
La mirada de sorpresa en su rostro. Estaba confundido y parpadeó hacia ella y… ella sonrió. No pudo hacer otra cosa que poner todo el calor que sentía en el pecho en su expresión.
—Continúa —declaró con calma, con voz firme en la sala repentinamente silenciosa—. Cuéntalo… todo. —Se llevó las manos al pecho para incluirse a sí misma en ese «todo», con la esperanza de que lo comprendiera.
Y entonces él también sonrió. La miró durante un tiempo infinito, devolviéndole el gesto. Se puso una mano sobre el pecho antes de murmurar por el micrófono:
—Dax Temple es mi hermano, y amo a Penelope Clark.
El caos se desató.
Gritos escandalizados de «¡¿Dax Temple?!» se alternaban con otros de «¡Lo sabía!» mientras una ráfaga de flashazos inundaba la sala.
A Penny no le importó. No importaba que solo fuera Jack quien recibiera preguntas. No importaba que, en los próximos minutos, fotos suyas con lágrimas en las mejillas estuvieran en todas las redes sociales.
Porque Jack la amaba. ¿Por qué debería importarles cualquier otra cosa en aquel momento?
—¡Jack! Dijiste que lo soltarías con suavidad —oyó decir a Lucy con fastidio.
—Lo siento, de repente me han entrado las prisas —respondió él, encogiéndose de hombros mientras se levantaba.
Penny se rio y se llevó la mano a la boca mientras Lucy gruñía y gritaba con fuerza al micrófono:
—Por favor, siéntense todos. Contestaré a sus preguntas mientras el señor West y la señorita Clark abandonan la sala.
Los reporteros parecían divididos entre querer hacer más fotos de Jack y Penny y querer oír lo que Lucy tenía que decir.
A Penny no le importó lo que decidieran. Haciendo caso a las palabras de la pelirroja, tomó a Jack de la mano y salió de la sala con él.
Y cuando la puerta se cerró tras ellos, amortiguando las voces excitadas de los periodistas, una calma agradable los rodeó, y Penny no oyó nada más que su propio corazón acelerado.
—Se lo has dicho a todo el mundo —susurró, secándose las lágrimas de las mejillas antes de levantar la vista y mirar el rostro de Jack.
—Bueno… sí —contestó él, curvando una comisura de los labios mientras le apartaba unos mechones de pelo de la cara—. Sabes que he pensado que sería agradable no tener más secretos.
Ella tragó saliva, abandonándose a su caricia.
—Sí. Creo que tienes razón.
—Incluso le he hablado a Dax sobre mi padre.
Los ojos empezaron a escocerle.
—¿De verdad? Debió ser difícil.
Negó con la cabeza.
—No. Estuvo bien. Más fácil de lo que pensaba.
Penny asintió y se le alivió el corazón por el simple hecho de que el de él también debía de estarlo.
—Les he dicho a mis padres que me hicieron daño por aquel entonces. Y que quiero a los Hawks… y a ti. Parece que se lo tomaron bien.
—¿De verdad?
Asintió.
—Eso significa que… ya no tenemos ningún secreto.
—Sí —murmuró él pensativo, frunciendo el entrecejo—. ¿Qué vamos a hacer con todo nuestro recién estrenado tiempo libre?
Ella se rio y le rodeó el cuello con los brazos.
—Oh, se me ocurren un par de cosas.
Él sonrió de medio lado.
—¿Orgasmo número treinta y tres y treinta y cuatro, por ejemplo?
Soltó un bufido.
—¿De verdad los has contado?
—Qué va. Ha sido una estimación aproximada.
—Ah, ya veo. —Hundió las manos en su cabello y lo acercó más antes de susurrar—: ¿Jack? Siento haber dicho que quería distancia. Fue una idea estúpida. Quiero cercanía. Mucha cercanía.
—Bien —le respondió con voz ronca—. Porque nuestras ideas coinciden en eso.
Ella dio un pequeño hipido, pasando el pulgar por el punto sensible detrás de su oreja.
—Qué conveniente. Y yo también te amo, ¿lo sabes?
Su sonrisa se ensanchó.
—Esperaba que así fuera.
—Bien. Porque los últimos días han sido terribles. Tenía muchísimas ganas de hablarte de mi alfombra nueva pero no podía.
—¿Tienes una alfombra nueva?
—Sí. Y un cuadro enmarcado.
—Vaya…
—Lo sé. Mi apartamento parece casi un hogar.
—¿Casi?
Ella asintió.
—Sí. Faltabas tú —susurró. Luego se puso de puntillas y lo besó, tomando la cercanía que tanto necesitaba.