Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Epílogo
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Epílogo

—¿ D e verdad se ve… bien? ¿Festivo pero informal?

—Penny ladeó la cabeza con aire crítico y arrugó la nariz.

Jack se preguntó si era consciente de que siempre hacía eso cuando no estaba segura de algo y se ponía nerviosa.

En la última hora, casi le había hecho un agujero a la alfombra nueva y las arrugas de su nariz se habían convertido en rasgos permanentes de su rostro.

Pero no quería decírselo para no acomplejarla; disfrutaba demasiado de sus expresiones para eso.

—Te he dicho diez veces que se ve fantástico —aseguró con solemnidad.

—Sí, pero me acuesto contigo, por lo tanto, tu opinión no cuenta —respondió mientras echaba un vistazo a su salón, donde ya no quedaba ni una sola superficie blanca o negra.

Penny incluso había pintado las paredes de un verde menta claro.

En su opinión, ese color solo pertenecía a los tubos de pasta de dientes, pero no se lo dijo porque seguía acostándose con ella…

¡Oh, mierda! ¡Tenía razón! Su opinión no valía nada.

—No sé qué te pasa —dijo Dax, metiéndose un puñado de papas fritas en la boca antes de decir con la boca llena—: La cerveza y el vino quedan genial con la mesa de centro.

—¡Está hablando del apartamento! —aclaró Lucy, poniendo los ojos en blanco.

—Ah. Hum… —Dax se rascó la nuca, haciendo que las migas de las papas cayeran al suelo—. Tiene paredes. Eso me gusta de los apartamentos.

Jack se rio entre dientes mientras Penny lo miraba y murmuraba:

—Así que él es el hermano molesto, ¿eh?

—¡Oye! Te oí —refunfuñó Dax.

—No intentaba ocultarlo, era intencionado —intervino Matt, uniéndose a ellos.

Penny había invitado a toda la organización a la fiesta de inauguración de su nuevo apartamento, pero de momento solo habían aparecido jugadores.

Quizá fuera porque Jack les había aconsejado amablemente y casi sin tono amenazante que llegaran puntuales para no decepcionarla—.

¡Y no te preocupes, jefa, que tu hermano nunca nos invitó a una fiesta en su casa, así que le llevas mucha ventaja por ahora!

—Ya no hay competencia —aclaró Penny, alarmada, señalando al delantero con el dedo índice—. ¡Eso se acabó! Gareth y yo somos socios a partes iguales.

—Seguro —sonrió Matt—. Maddie dijo que no querría ni sacarle punta a uno de los lápices de Gareth para que luego no se diera cuenta.

Penny puso los ojos en blanco.

—No es tan malo… además, dependería del lápiz.

—¿Dónde está tu prometida, Payne? —preguntó Jack frunciendo el entrecejo y mirando alrededor.

Él hizo un gesto de desdén con la mano.

—Ah, ya vendrá, pero tenía que vaciar su apartamento y traer sus cosas al nuestro porque se supone que Rachel se muda la semana que viene.

—¿Y dejaste a mi hermana sola con eso? —espetó Lucy, incrédula—. ¿Para qué te sirven los músculos, entonces?

—¡Me echó! —Matt levantó las manos a la defensiva—. Quería ayudar, pero dijo que solo la estorbaba.

—Ah. Sí, eso suena a Maddie. —asintió su cuñada.

—¿Quién es Rachel? —quiso saber León, que llevaba dos botellas de cerveza en las manos, ambas para él. Probablemente quería aprovechar que su entrenador aún no llegaba.

—La hermana de Maddie y la mía —respondió Lucy con brusquedad.

—¿Son tres? —preguntó él con entusiasmo—.

¿Está soltera? Ah, hablando de hermanas…

Sé que ya te lo he dicho antes, Dax, pero tu hermana está buenísima.

Hum… —Frunció el entrecejo—. Quiero decir que tu hermana está buenísima.

—Le dio un golpecito en el hombro a Jack con una de las cervezas—. Viejo, tengo que acostumbrarme a esto.

—¡No te acerques a Anna! —le espetó Jack, y Dax siseó—: Como la mires mal, te mato, Álvarez.

Penny resopló y bajó el brazo de Jack, que él ni siquiera se había dado cuenta de que había levantado.

—Dios, pobre criatura —murmuró, negando con la cabeza.

—¿Qué se supone que significa eso? —exclamó Jack con incredulidad—. Tiene suerte de que la protejamos de imbéciles como él.

¡Anna solo se liaría con un jugador de hockey sobre su cadáver! Todos ellos eran unos egocéntricos y unos mujeriegos arrogantes que trataban los corazones como si fueran discos de juego. ¡Y se dio cuenta de que él mismo era uno de ellos, pero eso solo demostraba que sabía más que la mayoría!

—Bueno, por Dios. —Negando con la cabeza, León dio un largo trago a su cerveza antes de decirle algo rápido en español a Penny. Ella soltó una carcajada y le contestó con la misma fluidez.

Jack entrecerró los ojos y miró de uno a otro. Últimamente hacían eso a menudo. Penny decía que echaba de menos el idioma y León también. Así que se ayudaban el uno al otro. Aunque, en secreto, Jack estaba convencido de que ella solo lo hacía porque sabía que a él le molestaba.

—¿Qué se dijeron? —preguntó en cuanto hicieron una pausa para tomar aire.

—Oh, solo cosas buenas —le respondió Penny con los ojos muy abiertos mientras le daba un golpecito en el bíceps—. Hemos admirado tu brillante cabello rubio y la hermosa mandíbula de Dax, entre otras cosas.

Jack la miró con seriedad y León sonrió.

—A lo mejor no eres tan mala después de todo, Clark —dijo, antes de añadir vacilante—: ¿Lyle dijo que fue idea tuya probarme en otra posición?

Las mejillas de Penny se sonrojaron.

—Hum, sí.

—¿Por las estadísticas?

—Sí.

—Ya veo.

Jack apretó la mandíbula porque si León tenía algo condescendiente que decir, entonces…

—Bueno…, creo que… —se aclaró la garganta y tomó un sorbo de cerveza—. Bueno, mis habilidades son mucho mejores como central. —Giró la cara antes de murmurar—: Así que, gracias. Por ser la bruja de las estadísticas y persuadir a Lyle para que animara al entrenador a convencerme de que lo intentara.

Penny se rio. El sonido era tan relajado y despreocupado que Jack lo sintió vibrar por todo su cuerpo.

—En una escala del uno al diez, ¿cuánto te costó decir eso? —preguntó ella.

—Ciento treinta —admitió el chico sin rodeos antes de darle la espalda e irse.

—Vaya. Eso ha sido conmovedor —dijo Lucy, perpleja, llevándose una mano al pecho—. Nunca le había dado las gracias a nadie con tanto cariño.

—Sí, lo he disfrutado —contestó Penny con una sonrisa—. Ha sido sincero. Y bastante dulce, ¿verdad? —La sonrisa desapareció de su rostro—. Dios, hasta me cae bien—dijo con tal cara de desconcierto que Jack se echó a reír—. ¿Cuándo ha pasado esto?

—Ya, el chico es astuto —confirmó él—. Se pasa un mes siendo un idiota, luego medio segundo siendo más o menos normal, y entonces se cuela por tus muros de protección.

—¡Sí, y eso que he tenido tanto cuidado! —respondió indignada.

—Oh, te has estado relajando últimamente —le susurró al oído, dándole un beso suave detrás de la oreja.

—No, no. ¡Solo hice una excepción contigo! —aseguró con seriedad—. Y con Dax y Lucy. Y con Matt. Y Fox es fácil de querer. Y Moreau siempre es tan serio que dan ganas de hacerlo reír. Y León… Oh. —Abrió mucho los ojos, espantada.

Jack sonrió de oreja a oreja y la atrajo hacia sí.

—Ya eres parte del grupo. Bienvenida.

Penny abrió los labios, tal vez para objetar, pero la interrumpió otra voz femenina.

—¿Me pueden decir por qué León me ha visto y se ha puesto blanco como la cal, antes de casi tropezarse con sus propios pies intentando alejarse de mí lo más rápido posible? —preguntó Anna frunciendo el entrecejo y mirándolos alternativamente a Dax y a él—. ¿Qué hicieron?

—Nada —respondieron al unísono.

Su hermana soltó un fuerte gruñido.

—Dios, son idiotas. Necesito una copa. Oh, Penny, Lucy, ¿pueden aclararle de una vez a este par de idiotas que soy una adulta que puede tomar sus propias decisiones? —Les lanzó una última mirada de fastidio y luego desapareció en la cocina.

Lucy abrió la boca, pero Dax la miró con severidad y se le adelantó:

—¡Si lo intentas, te tumbo!

Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió.

—Creo que yo también necesito una copa —respondió y salió corriendo tras Anna.

—¿Eso significa que estás del lado de ella? —inquirió su novio con incredulidad antes de seguirlas.

—Todo el mundo está del lado de Anna, Dax —gritó Matt, y luego él también se fue.

Aquello fue bueno, porque le dio a Jack la oportunidad de mirar a Penny con los ojos entrecerrados, sin que nadie los viera. Esperó a que ella hiciera lo que Anna le había pedido, pero para su sorpresa, mantuvo la boca bien cerrada.

—¿Qué? ¿No tienes nada que decir al respecto? —preguntó con escepticismo.

—Oh, sí, tengo mucho que decir.

—¿Y?

—Bueno, quiero acostarme contigo esta noche, así que me voy a callar —aclaró con inocencia, poniéndose de puntillas y dándole un beso en la mejilla.

Él resopló con fuerza, pero el contacto de sus labios le recorrió todo el cuerpo hasta la punta de los pies.

—De verdad deberíamos dejar de basar nuestras opiniones en el sexo.

—Ah, por supuesto. —Asintió con firmeza antes de añadir con el ceño fruncido—: Pero hoy no, ¿verdad?

—Dios, no. —La rodeó con los brazos por los hombros y la atrajo hacia sí—. No deberíamos arriesgarnos a discutir. Tengo mucho que hacer, como verás.

—¿Ah, sí?

—Sí. Tenemos que estrenar cada una de las habitaciones.

Penny se echó a reír y le rodeó la cintura con los brazos.

—¿Crees que, de verdad, hay algo que quede mejor en la mesa de centro que las botellas de cerveza y vino?

—Sin duda —respondió con confianza y la besó—. Por cierto, Penny, el apartamento ha quedado genial. Parece un… hogar.

Ella sonrió de oreja a oreja.

—Sí. Porque tú estás en él.

No. Eso no era cierto. Todo el mérito era de ella.

Pero ¿quién quería arriesgarse a discutir… cuando podían besarse en su lugar?

FIN