Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Capítulo Veintiséis

A Penny le sudaban las manos y le temblaban las piernas al entrar en el edificio de los Hawks. Gareth había dicho que debían discutir los asuntos de negocios con sus padres en la oficina, así que allí estaba.

Miraba de vez en cuando por encima del hombro mientras caminaba por el pasillo hacia el despacho de su hermano.

Temía cruzarse con Jack y, al mismo tiempo, no deseaba nada más en el mundo que eso.

Él parecía… no estar llevando nada bien la ruptura.

Había derribado a uno de los jugadores del equipo contrario antes del saque inicial y le habían puesto una multa de veinte mil dólares por ello.

Sabía que debería parecerle algo terrible, pero en secreto le daba esperanzas.

Quizá no hablaba en serio cuando dijo aquello de cortar por lo sano para siempre.

Quizá la esperaría un poco más hasta que las cosas se calmaran.

Algo que aún no sucedía. Había ignorado a dos reporteros de camino al edificio y más de cincuenta llamadas de su madre en la última semana.

Lucy le había aconsejado que no dijera nada, advirtiéndole que, en cuanto la gente empezaba a dar excusas, parecía culpable.

Penny no creía haber hecho nada malo, pero le parecía bien.

Otros dos periodistas con las cámaras listas se le acercaron en el pasillo y ella se limitó a bajar la cabeza.

Los dos hombres, sin embargo, no tenían el menor interés en ella.

Se limitaron a pasar de largo a toda prisa y desaparecieron tras la puerta de la Sala Seis, una sala de conferencias.

¿Había alguna rueda de prensa programada para aquel día de la que ella no se hubiera enterado?

Porque, de lo contrario, a los reporteros no se les permitía entrar en los muros sagrados de este lugar.

No importaba. Se sentía feliz mientras la conferencia no fuera sobre ella. Mucho mejor si algo los distraía de Jack y de ella… aunque no hubiera pensado en otra cosa durante días.

Pensaba en él al quedarse dormida y al despertarse también. Pensaba en él mientras trabajaba, mientras compraba, mientras… respiraba.

Lo echaba de menos. Echaba de menos que la escuchara tan bien, que le calentara los pies.

Echaba de menos su sonrisa pícara y sus estúpidas cortinas negras.

Había estado redecorando su apartamento los últimos días y lo único en lo que podía pensar era en enseñarle lo acogedor que se miraba.

Pero no podía llamarlo sin pedirle que fuera a verla.

Y no podía pedirle que fuera sin terminar en la cama con él.

Así como tampoco podía terminar en la cama con él sin querer quedarse allí a su lado por el resto de su vida.

Era espantoso, casi tan espantoso como la idea de tener que hablar con sus padres… que la estaban esperando en el despacho de Gareth.

A Penny se le subió el corazón a la boca cuando vio a Sybil y a Darron Clark sentados en las dos sillas frente al escritorio de Gareth.

No había hablado con ellos desde el incidente del hotel porque no habría soportado sus miradas de lástima.

Para su sorpresa, no encontró nada de eso en sus ojos, sino… ¿preocupación?

Penny tragó saliva y cerró la puerta antes de saludarlos con un gesto.

—Buenos días —saludó en tono profesional. Esto era una reunión de negocios.

Gareth, al menos, llevaba traje y una expresión imperturbable. Aunque, para ser sinceros, ella no estaba segura de si no dormiría también con traje, así que…

—Menos mal que viniste —dijo su hermano, señalando una silla a su lado—. Ahora podemos empezar.

Penny asintió de nuevo, se secó las manos húmedas en su vestido de flores y rodeó el escritorio.

—¿Qué pasa exactamente? —quiso saber su padre frunciendo el entrecejo—. ¿Por qué nos tratan como si estuviéramos en un juicio?

—Bueno, papá —respondió Gareth—, usando tus propias palabras: tenemos que ser capaces de separar la familia de los negocios, así que eso es lo que estamos haciendo.

Su madre suspiró con un gesto exagerado, pero Darron sonrió.

—Está bien, de acuerdo. ¿Qué es lo que hay que discutir?

Penny se sentó junto a su hermano y le dio una palmadita rígida en el hombro.

—Adelante, dilo tú. Estoy segura de que tienes preparado un discurso.

Gareth sonrió de medio lado.

—Pues da la casualidad de que sí. Señor Clark, señora Clark —comenzó con sobriedad—, se han comportado como un par de imbéciles durante los últimos meses, y hoy estamos aquí para hablar de eso.

Penny le miró impresionada. Había que reconocerle que su discurso empezaba con fuerza. ¡Y decía que ella era la valiente!

—¡Gareth! —respondió su madre, escandalizada.

—Señor Clark para usted, señora Clark —replicó este con sequedad—. Sinceramente, Penny y yo pensamos que, después de que pasaran medio día juzgándonos delante de todo el equipo, ahora nos toca a nosotros.

—Exacto —añadió Penny, respirando hondo—. Nuestro veredicto es que no parecen ser lo bastante neutrales como para tomar una decisión tan importante sobre quién se hace cargo del equipo.

—Así es. Por eso nosotros vamos a asumir esa tarea… y hemos decidido compartir el equipo. —Gareth asintió con firmeza—. Me he tomado la libertad de finalizar el papeleo para el traspaso. Solo tienen que firmar y listo.

Deslizó una hoja de papel sobre la mesa y señaló una serie de líneas de puntos en la parte superior.

Su madre parecía como si le hubieran dado un golpe en la cabeza con un palo de hockey. Su padre, sin embargo, se limitó a recostarse y a estudiarlos con paciencia.

—Ya les dije que eso no es una opción —declaró luego de algunos segundos.

—Sí, papá, pero ya hemos tenido suficiente —respondió Gareth con calma—. Lo hemos hablado y creemos que lo mejor que le podría pasar al equipo es que ambos seamos los propietarios; o lo toman, o ninguno de los dos se queda con él.

Darron Clark arqueó una ceja… y por un momento pareció impresionado. Sí, casi orgulloso. Luego su mirada se deslizó hacia ella y la preocupación nubló su expresión.

Una rabia familiar burbujeó en su interior.

¡¿Cómo podía estar orgulloso de Gareth, pero preocupado por ella?

! Eso no estaba bien. Dios, estaba tan cansada de ser un disco de hockey, de que la empujaran de un lado a otro y de tener que aguantarlo todo por no estar a la altura de las expectativas.

No quería cambiar. No iba a cambiar. Le gustaba quién era.

Siempre lo había hecho; era solo que se había dejado desestabilizar durante demasiado tiempo por toda la gente que le decía que era rara y que estaba loca. Eso se acababa en este mismo instante.

Mirando a su padre con los ojos entrecerrados, respiró lo más hondo posible.

—¿Cuál es el problema, papá? —preguntó, obligándose a mantener la calma.

—Creo que ya lo sabes —dijo este con paciencia—. Si los dejo dirigir el equipo a los dos, mañana mismo estarás en el próximo avión a Sudamérica. Serás una socia capitalista y Gareth se encargará del resto.

Apretó los labios.

—¿Has pensado alguna vez que, si no me trataras como a una niña pequeña, quizá no tendría tantas ganas de irme?

Dios, nunca tuviste intención de darme el equipo, ¿verdad?

Siempre fue Gareth. Soy demasiado problemática para esta familia.

¡La chica de los escándalos a la que siempre tienen que arbitrar!

Ni siquiera me sorprendió que mamá hablara de mí a mis espaldas como si me faltara un tornillo.

—Penny… —jadeó su madre en tono de súplica.

—¡No! Mamá, dijiste que debía desaparecer unas semanas. Seguí tu consejo y ahora resulta que eso también lo hice mal. ¿Hacer lo que me pediste?

—¡Dije unas semanas, Penelope, no años! —espetó Sybil—.

No quería que te hicieran más daño. Era para que no tuvieras que aguantar el circo mediático durante unas semanas.

—Se alisó el pelo con nerviosismo—. Sé que no debí decir en público que estabas en terapia.

Pero no soportaba a todas esas mujeres ricas y santurronas hablando de ti.

Haciéndote pasar por tonta cuando eres tan increíblemente inteligente. Así que era más fácil…

—Llamarme loca en lugar de defenderme, ¿no es así? —soltó apretando los dientes.

—¡Así es como te defendí!

—¿Porque estar loca es mejor que ser tonta ? —exclamó incrédula.

—Bueno… ¡sí! —se defendió su madre, perpleja, parpadeando—. A tu padre siempre lo llamaron loco porque tenía ideas innovadoras en las que nadie creía.

Penny resopló.

—¡Mamá! Eso es una estupidez.

—No lo creo —dijo ella, levantando la barbilla—.

Y por supuesto que no quise decir que deberías desaparecer y no volver nunca.

Solo tenías que… ganar experiencia. Madurar.

Descubrir qué es lo que te hace feliz. Y obviamente no podías hacerlo en Los Ángeles bajo el escrutinio de la prensa.

Pero usaste eso como excusa para tener poco contacto con nosotros durante años. Para borrarnos de tu vida.

—Bueno, ¡es que me llevó años , mamá! —respondió con enfado—. Encontrar lo que estaba buscando.

—¿Y qué era eso? —preguntó su padre con calma.

—Aceptación. Personas que me acepten por como soy sin intentar cambiarme a cada momento.

—Nosotros no queríamos… —empezó su madre, pero Penny no la dejó terminar.

—¡Claro que querías hacerlo, mamá! Querías que fuera una versión femenina de Gareth que nunca defraudara sus expectativas.

—No —dijo ella con voz aguda—. Con un Gareth ya es más que suficiente.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó su hermano incrédulo.

Sybil suspiró.

—Cielo, eres maravilloso. Pero tu perfeccionismo y tu deseo de ser siempre el mejor han provocado que ninguna mujer haya podido estar a la altura de tus estándares, y eso no es sano. Queremos que seas feliz, no que seas el mejor.

—Ah, ¿de verdad? —preguntó él cortante—. ¡Pues lo han transmitido fatal!

Ahora fue Darron Clark quien suspiró sonoramente.