Capítulo 25 #2
A Jack le ardía el corazón mientras entraba en el aparcamiento que era su destino. Se quedó allí sentado un buen rato, mirando el bloque de hormigón gris que tenían delante, pensando en las palabras de Dax.
—Yo sí te he echado de menos y te he necesitado a ti —susurró finalmente.
—Digo lo mismo.
Y eso lo decía todo.
Así que abrió la puerta, cruzó el patio de la residencia St. Clair Nursing Home , y entró.
—¡Ah!, hola, señor West. No le esperaba hoy —lo saludó la recepcionista, asombrada.
—Tampoco me he registrado —respondió con amabilidad—. ¿Aún puedo verlo?
—Sí, por supuesto. Está en la sala común. Ya conoce el camino, ¿verdad?
Asintió y guio a Dax por el estéril pasillo blanco.
—¿Jack? —preguntó este en voz baja—. ¿Dónde estamos?
—En una residencia de ancianos.
—Eso ya lo veo, gracias. Pero ¿qué estamos haciendo aquí?
Suspiró y se frotó la frente.
—No estuve en Nueva York en Navidad para arreglar mi antiguo contrato, Dax; estuve allí para… organizar el traslado de mi padre a Los Ángeles.
Su hermano se detuvo de golpe.
—¿Tu padre? Tú no te hablas con él.
Esbozó una mueca cínica mientras tiraba de Dax para que continuara.
—No hay mucho de qué hablar, Dax. Apenas se acuerda de mí. Tiene demencia avanzada. Pero no tiene a nadie más, así que le conseguí este sitio y… sí.
—¿Tu padre está aquí? —preguntó su hermano, incrédulo.
Asintió.
—¿Por qué no dijiste nada?
—Porque no quería recordarte a tu propio padre.
Porque tenía que lidiar con ello yo solo y porque no quería lástima ni preguntas.
Temía que me hicieras sentir culpable si te contaba…
lo mucho que sigo odiándolo a pesar de que no es más que un montón de miseria.
Pero estoy cansado de guardar secretos. —Suspiró, entornó los ojos y se detuvo ante la puerta abierta de la sala común—.
Dax, ¿recuerdas aquella vez que te dije que tenías que volverte indiferente hacia tu padre? ¿Que solo así podrías ser feliz?
—Sí. Fue el mejor consejo que nadie me ha dado nunca.
Sintió un ligero tirón en las comisuras de los labios.
—Bueno… yo nunca llegué a ser indiferente con el mío —murmuró y señaló con la cabeza hacia la derecha—. Nunca se me dio bien seguir mis propios consejos. Es el del sillón rojo.
Dax abrió la boca, impactado.
—¡¿ Ese es tu padre?!
Asintió de nuevo… y la reacción de Dax estaba justificada.
Su padre estaba desplomado en el sillón rojo junto a una planta de plástico, con la mirada perdida.
No le quedaba pelo, pero tenía una gran barriga.
Su piel estaba flácida, sus ojos cansados, y no paraba de juguetear con los pompones de un cojín que se había colocado en el regazo, como si pensara que era la ubre de una vaca.
—No tiene buen aspecto —masculló su hermano con timidez.
—No —admitió en voz baja—. Pero no me importa. Sigo enfadado con él, Dax. Siento tanto odio hacia él, a pesar de que va a morir pronto. A pesar de que no merece más que lástima. Así que, no, no puedo controlar mi ira. Yo… no parece que tenga control sobre nada.
Buscó en el rostro de Dax, esperando que su hermano comprendiera por fin qué era lo que funcionaba tan mal en él, pero Dax se limitó a sonreír de oreja a oreja.
—Yo también sigo odiando a mi padre, Jack.
—¿Qué?
Su hermano se encogió de hombros.
—Para mí, la indiferencia nunca significó que ya no estuviera enfadado con él; simplemente significaba que ya no ocupaba mis pensamientos a cada segundo.
Que ya no me amargaba ni me robaba la alegría de vivir.
Pero si me lo encontrara por la calle, tal vez acabaría en el suelo tan rápido como ha acabado Mäkelä hoy.
Está bien que sigas enfadado con él. —Se encogió de hombros—.
Fue un padre pésimo. Cosas así no se pueden olvidar.
Jack lo miró boquiabierto.
—¡Pero míralo, Dax! Es un montón de escombros miserable.
—Sí, claro. Pero no estás enfadado con el anciano demente. Estás enfadado con el cabrón que solía ser. Hay una diferencia. Y, para ser sincero, te envidio un poco.
—¿Cómo? —preguntó, estupefacto.
—Bueno, aquí tienes una oportunidad que probablemente yo nunca tendré.
Al menos puedes hablar con una versión medio razonable de tu padre.
No podrías haberle dicho ni una palabra a tu antiguo padre sin que te explotara la cabeza.
Pero con este… quizá puedes. Sigue enfadado con la versión vieja, la que no podrá compensar lo que te hizo ni en cien vidas, y habla con este.
Así tendrás algún tipo de relación con una versión de él.
Eso es mejor que no tener ninguna, créeme.
De repente, todo el cuerpo de Jack se tensó.
—¿Pero cómo? ¿Cómo le hablo?
—Abriendo la boca. Espera, te enseñaré. —Al momento siguiente, Dax cruzó la habitación y se sentó en una de las sillas frente a su padre—. Hola, señor West —dijo cruzando las piernas—. Venimos a visitarle.
El anciano frunció el ceño y miró a Dax con ojo crítico.
—No lo conozco. ¿Cómo sabe mi nombre?
—Por él, el de allí —respondió Dax, señalándolo.