Capítulo 25
Capítulo Veinticinco
N o le escribió.
No llamó, no lo visitó y ni siquiera le envió señales de humo. Jack no debería haberse sorprendido: le dio a elegir y ella… prefirió la distancia. Solo desearía no sentirse tan fatal por ello.
No podía dormir. Tampoco podía comer bien. Sentía que le faltaban todas las piezas importantes que necesitaba para gestionar su vida, aunque tal vez se tratara de una sola pieza: Penny.
Lo absurdo era que seguía jugando bien. Durante todos estos años, se había imaginado que debía renunciar a los altibajos de una relación para ser el mejor.
Pero lo cierto era que… se debía a que le tenía demasiado miedo.
Al fin y al cabo, hasta el momento, todas sus relaciones habían acabado en fracaso, ya fuera dentro de su familia o con mujeres aleatorias.
O quizá solo había estado esperando a Penny, a la persona adecuada que le demostrara que estaba equivocado.
Se decía a sí mismo que tenía que superarlo. Comprendía que quisiera demostrar su valía en el trabajo, así que no iba a arruinar su empleo ni a quitarle su oportunidad. Ya había destruido demasiado en su vida. Tenía que parar. Pero ¿por qué le resultaba tan difícil aceptarlo con ella?
—Porque la quieres, viejo —dijo Dax, molesto—. Por eso. Obviamente, eres de los que tardan en entender las cosas. Casi siempre lo entiendes después de uno o dos monólogos internos o de un sermón de Matt, pero sigues sin captarlo ni siquiera después de un monólogo dicho en voz alta.
—Sé que la quiero —respondió, irritado—. ¡Y baja la voz! —No estaban solos. Se encontraban de pie en el túnel, al borde de la pista de hielo, rodeados por dos docenas de jugadores y diez mil aficionados.
—¿Ah, sí? —Dax levantó las cejas, impresionado—. ¿Sabes que la quieres?
—Lo sé desde hace semanas. —No era un idiota.
Sabía distinguir entre el amor y el sexo.
El sexo te hacía sentir en el séptimo cielo.
El amor también, pero con los dos pies en el suelo.
No solo te gustaban las virtudes y los momentos con la otra persona que te hacían flotar por encima de las nubes, sino también aquellos que te devolvían a la tierra.
Y cuando estaba con Penny, siempre se sentía…
completo. Arriba y abajo. No solo en el medio. ¿Tenía sentido aquello?
—No, ninguno —contestó Dax—. No puedes sentirte arriba o abajo.
Joder, había vuelto a pensar en voz alta.
—Da igual —respondió con brusquedad—. Sé que la amo. Y punto.
—Ah. ¿Y se lo has dicho?
Abrió la boca para decir un «por supuesto», pero para ser sinceros, no recordaba haber usado esas palabras ni una sola vez. Pero había quedado claro, ¿verdad?
—Bueno… no —admitió al fin—. No era el momento adecuado. Estaba su hermano delante, ella estaba enfadada y… no.
Maldita sea, debería haberlo dicho, ¿verdad?
Dax parecía estar de acuerdo.
—Viejo, Jack, ¡el momento no importa! En serio. Llevo cinco meses con novia, así que sé mucho sobre relaciones, y llevo semanas haciéndolo todo bien. Escúchame cuando te digo…
—¡Dax! —El grito resonó por el pasillo que conducía a la pista de hielo mientras una pelirroja furiosa se dirigía hacia ellos con grandes zancadas—. ¿Hablas en serio? ¿Lo sabías? ¿Y se lo cuentas a tu hermana y a mí no ?
—Ya —dijo Jack en voz baja, dándole una palmadita en la espalda—. Tú siempre lo haces todo bien.
A Dax se le pusieron las orejas de color escarlata.
—Hola, Lucy. Mi amor —saludó con timidez.
—¡No me vengas con esas! —le espetó ella—. ¡Nunca me llamas «mi amor»! ¡No puedo creer que no me lo dijeras!
Curiosos, los otros jugadores se giraron hacia ellos. Dax se limitó a sonreír con incertidumbre antes de decir en voz baja:
—¡Jack me lo pidió!
—¿Y qué? ¡Yo soy la que tiene que arreglar esto ahora! —Le lanzó una mirada a Jack con hostilidad—. ¡Sabes que puedes contarme tus grandes secretos!
—¡Lucy, tenemos partido ahora! —tronó el entrenador Gray—. ¿No puedes darle una tunda a tu novio en otro momento?
—De esta manera tiene un efecto dramático —respondió, ofendida.
—¡Me da igual! Ahora todos al hielo —ladró Gray.
Empezaron a moverse y Jack notó por el rabillo del ojo que León lo observaba con curiosidad.
—¿Qué? —dejó salir con brusquedad.
—¿En serio tienes una relación con la jefa? —murmuró—. Pensé que solo era un rumor. Quiero decir, ella es demasiado para ti, ¿no? Inteligente, madura y todo eso.
Sí, lo era.
—Cállate, León —espetó con sequedad y se dirigió al hielo.
Jugaban de nuevo contra los Arizona Wolves y Andre Mäkelä estaba frente a él una vez más para el saque inicial.
Como siempre, el otro hombre sonreía con arrogancia, la rutina habitual antes de que se jugara el primer disco. Estaba a punto de insultarlo de alguna manera, pero no reaccionaría y aun así ganaría el primer disco.
—¿Y bien? —preguntó Mäkelä despacio—. ¿Qué se siente acostarse con la jefa?
De repente, sus hombros se tensaron y miró a través de la visera con los ojos entrecerrados.
—¿Qué dijiste? —preguntó en voz baja.
—Solo pregunto lo que nos interesa saber a todos —continuó Andre, señalando con la cabeza a sus compañeros—. ¿Es buena? ¿Vale la pena todo el estrés?
A Jack le chirriaron los dientes y el agarre sobre su palo se apretó aún más. Solo eran provocaciones estúpidas, nada más.
—Cállate, Mäkelä —respondió con calma.
—Esa no es una respuesta satisfactoria. Pero supongo que tú no eres del tipo satisfactorio, ¿verdad? —Sonrió—. Sin duda tiene mejor trabajo que tú. Y todos estamos de acuerdo en que está rebuena.
Jack apretó los dedos.
—Quizá de una forma un poco infantil, tipo hippie, pero desde luego está para follársela.
Follar .
—…¿O es de las que hablan demasiado en la cama? Porque ella es la jefa. ¿Te gustan los juegos con mordazas? Eso sería práctico —A Jack estaba a punto de estallarle la mandíbula—. Quiero decir, parece un poco loca , pero oye, probablemente no tenga inhibiciones. Yo me la follaría de todos modos.
Aquello fue suficiente, Jack vio todo rojo.
La sangre le zumbó en los oídos y sus manos cobraron vida propia. No estaba seguro de lo que estaba pasando… pero un segundo después, uno de sus guantes estaba en el hielo y Andre Mäkelä estaba junto a él.
Un silbato sonó a lo lejos. El jugador contrario gimió mientras Jack se miraba los nudillos raspados con un único pensamiento: «Así que esto es lo que se siente cuando no puedes controlar tu ira».
Jack fue suspendido del partido y expulsado del pabellón. No lo abuchearon, sus compañeros no le gritaron preguntándole qué cojones había sido eso; todos estaban demasiado estupefactos para ello. Incluido él mismo.
Nunca le había pasado antes. Nunca había perdido los estribos en el hielo, nunca había perdido la paciencia.
Y, de repente, comprendió por qué Dax acumulaba tantos minutos de penalización.
Tenía que ser por Lucy. Porque, mierda, si los oponentes le lanzaban basura como esa a él, ¿cómo iba a contenerse?
Jack no dio tiempo al entrenador para que le echara un sermón ni prestó atención a los aficionados que lo miraban con las manos en la boca; se apresuró a entrar en el túnel pasando junto a Lucy, que se quedó boquiabierta, y se cambió de ropa antes de abandonar el lugar.
Sabía que estaba mal. La violencia no era la solución. Mäkelä solo quiso ponerlo nervioso, tocarle la fibra sensible y hacer que fallara el disco.
Y vaya si no le funcionó.
Corrió hacia su coche, preguntándose si debería irse a casa. Pero entonces, se dejó caer al suelo junto a él y se presionó la frente con el puño todavía ardiente.
Dios, era un idiota. ¡Le dijo a Penny que se alejara para siempre!
¿Por qué hizo eso?
¡Él no quería que se alejara para siempre !
No quería que se alejara en absoluto. Consultó su teléfono cien veces, pensando qué hacer y qué decirle, pero ninguna palabra podía resumir lo que sentía.
Así que se quedó sentado donde estaba durante lo que pareció una eternidad, hasta que dos pies entraron en su campo de visión.
Levantó la vista, directo a la cara de su hermano.
—Estás hecho un desastre —dijo Dax sin expresión.
—Lo sé.
— ¿Qué te dijo?
—¿Importa?
—¡No! Porque tú nunca dejas que te afecte. Te importan una mierda las estupideces que sueltan los otros en el saque. Así que, ¿qué pasó? ¡Controlar la ira es una de tus mejores cualidades!
Soltó una risa amarga.
—No, no lo es. Solo se me da la mitad de bien de lo que crees.
—¿Por qué crees eso? —preguntó, irritado.
Jack inspiró profundo, lo miró pensativo y luego dijo:
—Dax, ¿puedo enseñarte algo?
—¿Qué?
—La razón por la que no puedo controlar mi ira —murmuró mientras se levantaba y subía a su coche. Para su sorpresa, su hermano lo siguió, suspirando. No hizo preguntas, solo lo miró de reojo, sacudiendo la cabeza como si necesitara tiempo para entender qué demonios estaba pasando.
Después de diez minutos, finalmente murmuró:
—Dejaste un buen lío ahí atrás.
Reprimió una sonrisa.
—Sí.
Dax asintió.
—Tenía que pasar en algún momento. Has reprimido tus sentimientos durante demasiado tiempo.
Se rio sin ningún tipo de gracia.
—Eso no es excusa.
—No, pero… bueno.
Sorprendido, lo miró de reojo.
—¿No estás enfadado?
—¿Cómo por qué? —respondió con calma—. Solo impresionado y...
Dax apartó la cara y miró por la ventana antes de continuar.
—No sé si te das cuenta, Jack, pero… estoy de tu parte.
Parpadeó.
—¿Qué?
Su hermano suspiró.
—Solo digo esto porque parece que no lo sabes, y sigues sin saberlo ahora. Tú solo eras el hermanastro. He pensado en ello durante un tiempo y ahora lo entiendo mejor.
Jack tragó saliva y le escocieron los ojos de forma incómoda.
—¿Qué entiendes mejor?
Su hermano se encogió de hombros.
—Por qué sentiste que estaba bien marcharte. Creo que pensaste que no te echaríamos de menos, que no te necesitaríamos porque nadie te había echado de menos ni te había necesitado antes. ¿Por qué ibas a pensar lo contrario, cuando tu padre y luego tu madre te echaron de casa?