Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Capítulo Veintitrés

L os Hawks ganaron a pesar de la inquietud general del equipo por la visita del jefe.

Jack estaba seguro de que ninguno de sus compañeros estaba tan nervioso como él por aquel asunto.

Joder, se había pasado de la raya. Sabía que no debería haber hablado con tanta falta de respeto al hombre que, literalmente, era su dueño, pero no pudo contenerse.

Se le habían cruzado los cables porque, por Dios, los padres de Penny tenían que estar ciegos para no darse cuenta de lo importante que era todo aquello para ella, de lo mucho que trabajaba, de cuánto deseaba demostrarles de una vez por todas que no era un fracaso, sino alguien brillante.

En el vuelo de vuelta a la mañana siguiente, todo el mundo hablaba en voz baja sobre cómo habían respondido a las preguntas del señor Clark, mientras él fingía estar dormido.

Fue un milagro que nadie del equipo hubiera notado su arrebato.

Dax por su parte, se mantuvo callado y Gareth también hizo lo mismo.

Aun así, sintió náuseas cuando por fin aterrizaron.

En teoría, en realidad quería caerles bien a los padres de Penny.

No tenía ninguna intención de dejarla marchar pronto; ni ahora ni en los próximos años.

El presente era la prioridad, así que se situó detrás de ella en la cinta de equipajes, se inclinó sobre su hombro y murmuró:

— ¿En tu casa o en la mía?

Las mejillas de Penny se sonrojaron, pero no se dio la vuelta. En su lugar, se limitó a susurrar:

—En mi casa. Pero dame unas horas, quiero ir a comprar algo de comida. Luego podemos cocinar algo para noche.

—Querrás decir, tú puedes hacerlo. ¿Tengo que recordarte que soy un cocinero horrible?

Ella puso los ojos en blanco.

—No puedes ser tan malo. Saldrá bien.

—No lo creo.

—Yo creo que sí.

—Penny, la semana pasada quise hacerme un chocolate caliente y tuve que tirar la olla.

Ella se rio.

—Bueno, hacer chocolate es para expertos. Tienes que empezar por hacer té.

—No me gusta el té.

—¿Café?

—Tengo cafetera; no tengo que hacer gran cosa. Hasta yo puedo pulsar un botón sin problemas.

—¿Palomitas en el microondas?

Él sonrió de forma socarrona y sacó su maleta de la cinta transportadora.

—Se queman.

Ella lo miró, negando con la cabeza antes de agarrar su propia maleta.

—Bueno. Eres un caso perdido.

—Te lo dije —respondió, satisfecho. Era mejor que se enterara cuanto antes. Tenía otros talentos que le encantaba demostrarle, una y otra vez.

Caminaron hacia las salidas junto con los demás jugadores y miembros de la organización, y a nadie le importó que Jack y Penny estuvieran hablando.

¿Por qué iba a importarles? Su comportamiento era perfectamente normal; los pensamientos de Jack, no tanto.

Gracias a Dios, nadie podía robárselos de la cabeza.

—¡Ah, espera, quería enseñarte esto! —exclamó Penny, sacando algo del bolsillo delantero de su bolsa de viaje y sosteniéndolo, triunfante—. Lo compré ayer por la tarde en Glendale.

Jack ladeó la cabeza y examinó el objeto que ella le ponía delante de las narices. Era de madera y redondo, con hilos de colores y plumas colgando de los extremos. El cuerpo principal consistía en una telaraña de lana decorada con cuentas.

—¿Qué es? —preguntó frunciendo el entrecejo. Parecía hecho por un niño de preescolar. O por Dax.

—¡Un atrapasueños! —afirmó Penny, como si todo el mundo debiera saber qué era—. Atrapa los malos sueños y te ayuda a dormir mejor. Los niños en Argentina hacían montones de estas cosas. Me pareció que este era bonito.

Jack resopló, aunque sintió que una sonrisa lo amenazaba.

—¿Cómo puedes creer en el dios de las estadísticas y en los atrapasueños al mismo tiempo?

—No creo en los atrapasueños. Me parecen bonitos —le aclaró—.

Y como ayer hablamos de lo desangelados y feos que eran nuestros apartamentos, pensé…

bueno, pensé que podría decorar el salón.

Hacerlo un poco más acogedor. Un poco más como un hogar.

Dado que voy a… —Se aclaró la garganta y sus mejillas se sonrojaron antes de bajar la voz—: Tal vez me quede en Los Ángeles más tiempo.

Una sonrisa se extendió por el rostro de Jack.

—¿Ah, sí? ¿Te quieres quedar más tiempo? —preguntó despacio, obligando a sus brazos a seguir colgando relajados a los costados en lugar de rodearle los hombros con ellos.

Ella puso los ojos en blanco.

—Bueno, hay algunas cosas que no me gustaría dejar atrás —murmuró entonces.

—¿Como qué? —indagó con inocencia mientras cruzaban la primera puerta giratoria hacia el vestíbulo del pequeño aeropuerto privado que usaban los Hawks.

—El equipo.

—Ah, sí. Eso es importante.

—Mi familia.

—Al menos igual de importante.

—El bonito atrapasueños que voy a colgar en la ventana.

—Parece que le has tomado mucho cariño en muy poco tiempo.

—Sí, y no solo a él —susurró, sonriendo.

Dios, le habría encantado besarla ahora mismo.

No le habría importado que todo el equipo y la directiva estuvieran presentes si pudiera levantarla sobre las puntas de sus pies y demostrarle lo ridículamente feliz que lo hacían sus palabras.

Pero no podía, así que se limitó a apretar con más fuerza el asa de su maleta y le sonrió desde su altura.

—Es bueno saberlo —susurró—. Yo también le tomé cariño al atrapasueños.

Penny soltó una risita suave y la calidez de sus ojos le envió un agradable escalofrío por la espalda.

—El atrapasueños está feliz.

Siguieron caminando a través del segundo par de puertas hacia el aparcamiento subterráneo… cuando los flashes de las cámaras cayeron sobre ellos como una lluvia torrencial.

Los reporteros se abalanzaron sobre el equipo, gritando a todo pulmón mientras las luces de las cámaras en alto los cegaban. Sus gritos se convirtieron en un rugido, pero Jack no alcanzaba a entender ni una sola palabra de lo que decían.

—Vaya, ¿qué está pasando? —preguntó Penny, atónita—. Es extraño que haya tantos reporteros felicitándolos por su victoria.

—¿Qué coño les pasa? —gritó Fox desde el otro lado de Jack, empujando con el hombro hacia delante.

—No tengo ni idea —respondió el rubio, mirando a su alrededor. ¿Qué tenían los reporteros en las manos? Cámaras, pero también… ¿Era una foto? ¿Un artículo de periódico? Sin duda algo impreso en papel.

—Viejo, creo que están aquí por ustedes —dijo León, boquiabierto mientras los señalaba a él y a Penny.

—¿Qué? —preguntó ella, perpleja… pero entonces Jack también lo oyó. Un grito se distinguía por encima de todos los demás.

—¡Hey, señorita Clark! ¿Tiene por norma acostarse con sus jugadores o es que el Santo es alguien especial?

Penny palideció y Jack se detuvo de golpe.

—Señorita Clark, ¿es por eso por lo que volvió de Sudamérica, para ir saltando de cama en cama con el equipo?

—¡Oiga, Santo! ¿Tienes que quitarte la aureola antes de irte a la cama con ella, o prefiere que te la dejes puesta?

—¿De qué están hablando? —preguntó León, confuso.

—¿Esa es una foto tuya? —preguntó Fox con la boca abierta.

Jack no tenía ni idea. Todo lo que sabía era que los reporteros estaban arrastrando a Penny por el fango con cada frase; y más valía que se callaran si no querían acabar por los suelos.

Una ira incandescente recorrió sus venas como ríos de lava y tenía la mandíbula tan tensa que amenazaba con romperse.

—Contente —siseó Penny, mirándolo con gesto de advertencia—. Solo están buscando un nuevo chisme.

Él no estaba tan seguro de que solo fuera eso. Fox tenía razón: el papel que tenían en las manos era un artículo con el titular El Santo no es tan santo… No reconoció la foto de debajo, pero al parecer había sido tomada frente al hotel donde él y Penny pasaron la noche anterior.

—¿Por qué están tan alterados? —preguntó León en voz alta y resopló—. ¡Solo se están abrazando en la foto! Eso es inofensivo. Jack abraza a todo el mundo. Es una puta barata de los abrazos. Como si de verdad tuvieran algo. —Resopló—. Nos habríamos dado cuenta.

Penny apretó los labios y no dijo nada. Jack, sin embargo, tuvo que estar de acuerdo con él. La foto era inofensiva. No era para tanto.

—¡Por el amor de Dios, nos estábamos dando un abrazo! —gritó a la multitud de reporteros—. La semana pasada sacaron una foto mía abrazando a León, ¿qué pasa?, ¿también me acuesto con él?

—¡Viejo! —respondió León, horrorizado—. ¡Así es como empiezan los chismes!

—¡Ah, el artículo también dice que se besaron! Al fotógrafo se le escapó el momento.

Penny seguía sin poder articular palabra, y tenía la cara blanca como la pared. A Jack le habría gustado rodearle los hombros con el brazo, besarle la mejilla y asegurarle que todo saldría bien, pero eso podría haber sido un poco contraproducente en ese momento. En su lugar, declaró:

—Sí, y en internet dicen que la semana pasada aterrizaron alienígenas en Texas. ¿Se creen todo lo que leen?

Desde luego, a los periodistas no les interesaba lo más mínimo lo que él tuviera que decir.

Un titular falso seguía siendo mejor que ningún titular.

Continuaron gritándoles, y con cada palabra irrespetuosa dirigida a Penny, Jack apretaba más la mandíbula.

Sí, su autocontrol era bueno, pero también tenía sus límites.

—Dios, tenemos que salir de aquí —susurró—. De lo contrario, va a pasar algo muy malo.

No sabía si Penny lo había oído. Permanecía tan rígida a su lado que comenzaba a preocuparse. Fox, sin embargo, pareció oírlo, porque se puso delante de ella y dijo:

—Ya basta. ¡Chicos, ayúdenme! Bloqueen a estos cabrones para que la señorita Clark pueda llegar a su coche en paz.

Los demás reaccionaron de inmediato, rodearon a Penny y usaron la fuerza bruta para hacer retroceder a la multitud de reporteros, formando un pasillo hacia el aparcamiento.

—Salgan de aquí —murmuró Fox—. Rápido y no juntos.

Me da igual si tienen razón, pero no les den más leña al fuego.

¿Dónde coño está Lucy cuando se la necesita?

Dios, tal vez siga enrollándose con Dax en las cintas de equipaje.

¡En serio, si alguna vez me vuelvo así de loco por una mujer, mándenme a encerrar! ¡Lucy! —gritó.

Mientras Jack se detenía a buscar con la mirada a su ángel de las relaciones públicas, Penny avanzaba por el camino que los jugadores habían creado para ellos. Desapareció en el aparcamiento subterráneo. Era propiedad privada, así que nadie podía seguirla allí.

A Jack se le encogió el estómago antes de empezar a caminar en la misma dirección, pero no de una forma que pareciera que iba corriendo tras ella.

No, relajó los hombros, esbozó una pequeña sonrisa y dio la impresión de estar completamente relajado, a pesar de que por dentro era un manojo de nervios.

Penny no tenía buena cara. Todo lo contrario.

Parecía un maldito ciervo cegado por los faros de un coche.

Había sido incapaz de decir nada, y él sabía por qué.

Sabía que sentía que solo estaba empeorando las cosas, no mejorándolas, en lo que respectaba a la reputación de su familia.

Odiaba que la juzgaran. Odiaba la atención de los medios y a todo lo relacionado con que otras personas hablaran de ella.

Y él odiaba no haber sido capaz de protegerla de aquello.

—Joder —susurró, caminando hacia su coche.

Dijo que necesitaba unas horas para ir de compras. Bueno, le daría ese tiempo, pero nada más. Tenía la sensación de que se estaba encerrando en sus propios pensamientos… y maldita sea si la iba a dejar sola con su miseria.