Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Capítulo Veinte

A Penny no le importaba por qué les había costado tanto cruzar la línea de meta; lo único que contaba era que habían llegado. Sabía que Jack dijo que simplemente estaban saliendo. Pero, maldita sea, si no se habían lanzado de cabeza a una relación, no sabía qué otra cosa podía ser.

Nunca hablaban de ello, pero nada en las semanas siguientes se sentía relajado o carente de expectativas.

Y era jodidamente increíble. Era como si hubieran pasado de cero a cien en tres segundos.

Tuvieron tres citas en la primera semana, lo cual era todo un logro, considerando que los Hawks también tenían tres partidos y el doble de entrenamientos.

Además, si comer helado en la cama contaba como una, entonces eran cuatro.

Como no podían dejarse ver por los demás, solían hacer pícnics en la terraza de la azotea de Jack o pasaban unas horas en la playa de San Diego, que estaba lo bastante lejos de Los Ángeles como para pasar desapercibidos.

Se quedaba despierta hasta demasiado tarde.

Comía demasiada comida chatarra. Trabajaba diez horas al día.

Penny estaba agotada, pero también más feliz de lo que jamás había estado.

Se sentía como si ambos hubieran estado esperando a esa mañana después de llegar a Los Ángeles para darlo todo. Y lo hicieron.

Resultó que uno se sentía menos solo cuando compartía las complicaciones. Ya no dormía sola. O bien ella estaba en la cama de Jack o Jack en la suya, o se colaban en las habitaciones de hotel del otro e ignoraban cada llamada y cada golpe en la puerta.

Muchos de los compañeros de Jack sospechaban que o estaba deprimido o hiperconcentrado en su juego; por eso se encerraba en su habitación tan a menudo mientras los demás iban a clubes de estriptis o a bufés libres —o ambas cosas—.

Solo Dax sabía que ninguna de las dos cosas era cierta.

Jack se había empeñado en decirle que estaban saliendo porque no quería ocultar otro secreto a alguien importante para él.

Y teniendo en cuenta que no practicaba sexo durante la temporada, tenían una barbaridad de sexo.

Juntos, él y Penny habían hecho que el apodo de Santo quedara obsoleto, pero como el de Diablo ya estaba pillado por su hermano, quizá se quedaría con el de Santo de todas formas.

Penny no recordaba la última vez que había estado tan relajada. Podría haber sido cuando fumó una pipa de la paz por primera vez y vio a todo el mundo como personajes de dibujos animados durante el resto del día. Sin embargo, esto no se parecía en nada a aquello, porque además era más que feliz.

Y ahora estaba relajada precisamente porque se sentía así.

Los jugadores de los Hawks por fin la estaban aceptando.

Lyle y Gareth escuchaban sus ideas. Los Hawks iban por buen camino hacia las eliminatorias.

Y porque era tan fácil estar con Jack. Era como si se sentaran en el bar del aeropuerto todos los días a beber whisky juntos, ahora en sentido figurado.

De hecho, volaban con regularidad, ya que los Hawks jugaban una serie de partidos fuera de casa tras otra.

Aun así, se sentía más cómoda en una habitación de hotel extraña con Jack que en su propio apartamento. Y puede que eso no fuera solo por él.

—Dime, ¿esta habitación te parece más cómoda que nuestros dos apartamentos juntos?

—preguntó pensativa, enrollando el cinturón del albornoz entre los dedos mientras se apoyaba en el cabecero de la cama.

Inspeccionó la estancia—. Quiero decir, aquí tienen cortinas.

Y una alfombra bonita. Y los cuadros no son tan… fríos.

Jack soltó una risita y siguió su mirada.

—Bueno, primero, tus cuadros solo son fríos porque tu hermano tiene un gusto pésimo y el arte abstracto es una porquería. Tendrías que elegir algunos tú misma para que fuera más acogedor. Y segundo, ¡yo tengo cortinas! Y una alfombra. También cuadros, si me detengo a pensarlo.

Divertida, resopló y levantó la vista hacia él mientras presionaba sus pies contra sus pantorrillas. La luz del sol de la mañana se abría paso tras las cortinas hasta el final de la cama.

Se habían saltado el desayuno a propósito y, en dos horas, Jack tenía que ir a la reunión de estrategia para el partido de ese día en el estadio de los Arizona Kings.

Sin embargo, tenían tiempo hasta entonces y su tiempo juntos era precioso.

Solo disponían de este tiempo si nadie prestaba la suficiente atención como para notar que ambos faltaban.

Lo cual, según Dax, empezaba a ser evidente.

—Tus cortinas son blancas. Tu alfombra es negra. Tus cuadros son blancos o negros. Tu cocina es negra. Tus paredes son blancas. ¡Tu apartamento parece el hogar de Cruella de Vil!

Jack sonrió.

—Hm. No, si tengo que ser un villano de Disney, entonces sería la reina malvada: hermosa e incomprendida.

Penny dejó caer la cabeza sobre su hombro con un bufido.

—Me gusta cómo te vuelves más humilde con cada día que pasa en nuestra relación. Y a lo que me refería es que tu apartamento se parece a… mi apartamento.

—¿Limpio?

—No, frío.

—Auch.

Ella se rio.

—Venga ya, tu loft no es que sea muy acogedor. Tu terraza de la azotea está bien, pero ¿el resto?

Jack se encogió de hombros.

—Es que no paso mucho tiempo allí. No merece la pena colgar cuadros o fotos cuando paso el setenta por ciento del tiempo en el hielo o en habitaciones de hotel.

—Eso no es verdad.

—¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué no has colgado tú nada personal todavía? —preguntó, mirándola con interés.

—Bueno, no he tenido tiempo —respondió con vaguedad—. Y nunca he sabido cuánto tiempo estaría en un lugar. ¿Para qué colgar cuadros si tengo que volver a empaquetarlos a los pocos meses?

—¿No… no sabes cuánto tiempo te quedarás en Los Ángeles? —preguntó con vacilación, buscando su mano para entrelazar sus dedos con los de ella.

—Bueno, si no me quedo con el equipo, estaré despedida y no tendré dinero —murmuró, mordiéndose el labio inferior con incertidumbre—. Entonces… no sé qué me depara el futuro. He viajado tanto que mis pertenencias caben en una mochila. Podría irme del país en cualquier momento. Si quisiera.

—¿Y qué es lo que quieres? —susurró él.

«Quedarme».

La palabra se impuso en su mente de forma tan inesperada como repentina.

Pero era la verdad. Sentía que por fin había llegado a alguna parte.

Era agradable no tener que conocer gente nueva cada dos días y acostumbrarse a un lugar nuevo.

Sí, había disfrutado de la vida en Sudamérica, pero nunca se había establecido.

Nunca había podido echar raíces. Hasta ahora, había pensado que no lo necesitaba.

Pero era agradable sentir que pertenecía a un sitio, no como alguien de fuera o una intrusa.

Era agradable almorzar en la oficina con Lucy y, por la noche, animar a los jugadores o sentarse en el sofá con Jack.

Era agradable tener estabilidad. Y dirigir un equipo de hockey no dejaba tiempo para el aburrimiento.

Cada día traía un nuevo desafío, así que nunca se le hacían pesadas las jornadas de trabajo.

Además, le gustaban los jugadores. Le gustaba que le permitieran ser brusca, la abundancia de estadísticas, el trabajo en sí…

otra cosa que, para ser sincera, no se esperaba.

Así que, sí, le gustaría quedarse. Por los Hawks... Por Jack. Pero no podía decírselo. Era demasiado pronto. No podía ir tan rápido.

Así que bostezó y, en su lugar, dijo:

—Quiero quedarme en esta cama para siempre.

Jack se rio, pasó un brazo tras su cabeza y la atrajo hacia su cuerpo. Estaba caliente y medio desnudo, tal como a ella le gustaba.

—Oh, pero con un whisky caro en una mano y papas fritas baratas en la otra —añadió ella—. Aunque podría acabar con un problema con la bebida.

—Hm, y sería una pena desperdiciar el whisky, porque creo que lo derramaríamos —murmuró Jack, hundiendo la cara en el hueco de su cuello para besar el punto donde le latía el pulso, que se aceleró de inmediato.

Ella soltó una risita cuando su barba de pocos días le hizo cosquillas en la piel e inclinó la cabeza para que pudiera besarla en otra parte.

—No me importa. No me importan las sábanas sucias ni lavarlas —respondió con ligereza.

Sintió que Jack sonreía contra su clavícula antes de besarle la mandíbula y luego los labios con suavidad.

—Te gusta el whisky caro, pero no tienes problemas para lavar la ropa —caviló él, sacudiendo la cabeza y pasando su mano libre por el pelo de ella—. Sabes que siempre pensé que eras contradictoria… pero me equivocaba. Eres una persona plena.

—¿Plena? —repitió en voz baja, apretando los dedos de él entre los suyos—. ¿Qué me hace plena?

—No te guardas ninguna faceta para ti. Eres honesta. Creo que eso es lo que la gente confunde con estar loca . La mayoría de las personas tienen un lado evidente y un lado oculto. Pero tú… tú lo muestras todo. Y ellos no saben cómo gestionarlo. Eso te hace increíblemente valiente.

Ella se rio. Le gustaba que él creyera eso, aunque no fuera cierto.

—No soy valiente, solo soy una mentirosa pésima.

—No —respondió él con seriedad—. No es eso. No has cambiado. A pesar de que el mundo entero te exigía que lo hicieras. Eso es… valiente. Y fuerte. Más fuerte de lo que fui yo.

—Eso son tonterías. Tú tuviste un comienzo mucho más difícil que el mío.

No tenías a nadie que se preocupara por ti.

Tenías todas las de perder. Y mira dónde estás ahora.

Tienes un equipo que te quiere. Hermanos que te aman.

Un trabajo que tú amas. Eso es más de lo que la mayoría logra.

Deberías estar orgulloso. Tú te has hecho a ti mismo como algo pleno mientras que yo siempre he sido plena, solo estoy un poco magullada.

—No —murmuró pensativo—. Soy el Santo y el joven delincuente. Soy hermano y no lo soy al mismo tiempo. Tengo un padre que no sabe quién soy y, por lo tanto, no es un padre. Y soy demasiado jugador de hockey y muy poco de cualquier otra cosa. Soy dos mitades que no encajan.

Penny lo miró con seriedad y negó con la cabeza.

—No. Eres dos mitades que me pertenecen a mí .

Y el hecho de que nadie sepa que Dax y Anna son tus hermanos no los hace menos familia.

¿Y quién puede decir cuánto hockey es demasiado?

¡Puedes hablar de lo que quieras! Puedes ser quien quieras.

¿Cómo es posible que todas las piezas del rompecabezas que te forman no encajen si te convierten en la persona que eres?

—Le acarició la mejilla con el pulgar—. No creo que debas convertirte en nadie más, porque entonces esto perdería la mitad de la gracia.

Penny sonrió, atrajo la cabeza de él hacia la suya y lo besó; despacio, porque tenían todo el tiempo del mundo.

Tenía la mano en su pelo, su pierna entre las de él, y un suspiro de satisfacción en los labios mientras Jack le devolvía el beso.

Él abrió la boca sobre la de ella y le bajó el albornoz por el hombro desnudo antes de meter una mano dentro y…

Llamaron a la puerta.

—¿Jack? Abre —dijo una voz profunda e impaciente.

Penny se incorporó de golpe y miró con ansiedad hacia la puerta.

—¿Quién es? —susurró.

—Jack, ¡te saltaste el desayuno y el anuncio del entrenador! Abre.

—¡Vete, Moreau! —respondió, molesto.

Oh. Lucas Moreau, su portero. Nunca le había oído decir tantas palabras seguidas en las últimas semanas.

—No puedo. Se supone que tengo que recogerte.

—¿Recogerme? ¿Para ir a dónde? —exclamó Jack, irritado.

—¡Te lo diré si abres la maldita puerta!

Jack gimió y se frotó la cara.

—No parece que tenga intención de irse —murmuró—. Ve a esconderte al baño.

Ella abrió la boca, incrédula.

—¿Qué? ¡No!

—Sí. Y deja la luz apagada.

—¡No! Estará oscuro y hará calor.

—Lo sé. Yo tuve que esconderme en el tuyo, ¿te acuerdas?

—Sí, pero tú eres tú y yo soy yo.

Él resopló.

—¡Pensé que te gustaba la igualdad!

—Sí, ¡pero no si eso significa que tengo que esconderme en un baño húmedo!

Llamaron a la puerta otra vez.

—¿West? Abre.

Jack la miró con un gemido.

—Penny…

—¡Está bien! —jadeó con indignación, saltando de la cama y ajustándose el albornoz alrededor de los hombros—. Pero me debes una por esto —siseó, señalándolo con el dedo índice.

Su amplia sonrisa le dio de lleno en el estómago.

—Oh, ya pensaré en algo para satisfacerte —acotó con tono prometedor antes de señalar el baño con la cabeza.

—Sí, sí, bien. —Al momento siguiente, se escabulló en la pequeña habitación alicatada y cerró la puerta. Luego, se puso de rodillas y pegó el ojo a la cerradura. No es que fuera a permitirse perderse nada.