Capítulo 19 #2
Entonces su lengua se soltó por sí sola. Pensó en cosas que había formulado incontables veces en su mente, sus diálogos internos más intensos. Pero que nunca los pronunciaba en voz alta; por lo menos nunca a nadie más.
—¿Sabes por qué me llaman El Santo ?
Era curioso, pero le resultaba más fácil hablar mientras conducía, cuando sus manos y ojos tenían algo qué hacer. Tenía que mantener la calma, y sus palabras quedaban aisladas de sus acciones.
—¿Porque eres… una buena persona?
—Porque se me percibe como tal, sí —respondió en voz baja—.
Al menos dentro de la NHL, que está llena de idiotas y de escándalos.
Así que, sí, soy el «santo» porque mi imagen es increíblemente limpia.
No ligo con mujeres durante la temporada como hacen todos los demás.
Siempre soy educado. Siempre. Y no pierdo la paciencia con los reporteros. Y nunca me peleo en el hielo.
Por el rabillo del ojo, vio que ella sonreía.
—Como dije, porque eres una persona ridículamente buena.
Él hizo una mueca de dolor.
—No. Porque lo parece . Es como dijiste hace un momento.
Tengo que demostrar a todo el mundo que soy civilizado y amable.
Pero la cuestión es que no es verdad. Solo soy la mitad de bueno de lo que todos creen.
Yo… —Hizo una pausa—. Solía robar mucho.
Acumulaba faltas como otros coleccionan sellos.
No me dedicaba a estudiar en el colegio.
Abandoné a mi familia cuando me necesitaban…
y odio a mi padre. Lo odio muchísimo . Fue un padre de mierda que siempre me perdía la pista y me hacía dormir en el porche toda la noche. Yo tenía cinco años entonces.
Oyó a Penny tragar saliva. No quería su lástima, así que continuó antes de que pudiera decir nada.
—Después de que me fuera de casa, pasaron alrededor de veinte años o más sin que hablara con él.
Porque estaba enfadado con él en silencio, alimentando mi odio —resopló—.
Dios, suena patético cuando lo digo. Me llamó varias veces.
Sobre todo cuando quería dinero. Pero siempre lo ignoré.
Me decía a mí mismo que era mejor dejar que el pasado fuera pasado y empezar una vida nueva.
Pero nunca me libré del odio. Nunca fui completamente feliz. Nunca pude pasar página de verdad.
—Jack —dijo Penny con la voz entrecortada, apretándole la mano sobre la palanca de cambios—, parece que no es una buena persona… y odiarlo no te convierte en una mala persona.
—No. Tal vez antes no, pero… ya no es esa persona —masculló—.
Tiene una demencia grave desde hace años.
No recuerda lo que hizo cuando era alcohólico.
La mayoría de los días… —vaciló—. La mayoría de los días ni siquiera me reconoce.
Y, oye, si yo fuera él, también habría borrado esos años conmigo.
Debió de ser agotador criar a un hijo que no hacía más que meter la pata, aunque solo tuviera la custodia durante unos pocos años.
Pero, sí. Ahora es… amable —escupió la palabra entre dientes.
Le costaba horrores decirla—. Las enfermeras dicen que es el anciano más dulce, que siempre tiene una palabra amable para todos.
Es encantador y bondadoso y… parece haber olvidado todas sus malas cualidades junto con su antigua vida gracias a la demencia.
Y he estado allí para verlo. Lo visité. Hice que lo trasladaran a una residencia aquí en Los Ángeles.
Es un desastre, un inválido. No merece nada más que lástima…
—tomó aire con dificultad—, pero joder, Penny, todavía lo odio tanto .
Lo miro y no hay más que rabia, arrepentimiento y asco.
Sé que, a día de hoy, el hombre tal vez ya ni merece todas esas reacciones.
Pero no puedo superarlas. Por eso estaba enfadado el viernes.
Fui a verlo y decidí abordar el asunto de forma neutral.
Decidí intentar verlo como algo más que la persona que me descuidó en aquel entonces. Y fracasé.
—No pasa nada porque…
—No, la verdad es que sí pasa —la interrumpió con aspereza—.
Si lo hubieras visto, no dirías eso. Ya no es el mismo hombre.
Lo sé. Y para mí es importante ser bueno, Penny.
Ser mejor de lo que era entonces. Porque significa que he dejado todo eso atrás.
He hecho las paces con mi familia. Obedezco todas las leyes, hasta el límite de velocidad.
Pero el odio... no puedo superarlo. ¡Y ahora ni siquiera puedo decirle lo cabrón que fue!
Porque no lo entendería. No sería justo por mi parte.
Me equivoqué. No debería haber dejado que el pasado fuera pasado.
Debería haberle gritado cuando todavía tenía la oportunidad.
Debería haber lidiado con mis emociones cuando pude.
Pero ya es demasiado tarde para eso, y me pasaré el resto de mi vida arrepintiéndome de no haberle dicho cómo me sentía…
igual que me arrepentiré de no ser mejor persona y perdonarlo por su demencia.
Nunca lo superaré y eso me enfurece aún más.
Y no puedo contárselo a Dax ni a Anna porque solo les recordaría a su propio cabrón de padre, al que llevan años intentando olvidar.
Así que solo tengo otro secreto que no puedo compartir con nadie y...
—Se detuvo en un semáforo y se frotó la cara—.
Y es agotador llevar la cuenta de todo. No se me da bien lidiar con la rabia.
La mayoría de las veces no sé qué hacer con ella, porque la he reprimido durante los últimos años por decisión propia.
Así que… sí. Esa es la mierda que querías oír —soltó una bocanada de aire, arrancó de nuevo y giró a la derecha antes de detenerse a un lado de la carretera.
Apagó el motor, miró a Penny y notó que ella lo observaba. Pero no había lástima en sus ojos. Era… ¿alivio? ¿Comprensión? Era como si por fin hubiera encontrado la pieza de un rompecabezas que llevaba años intentando completar. O tal vez solo habían sido los últimos meses.
—Gracias —susurró tan bajo que él apenas la oyó. Parecía que tuviera miedo de romper el preciado y acogedor silencio entre ambos—. Sé que no debió ser fácil.
—Es… más fácil una vez que empiezas —admitió con vacilación, tragando saliva—. ¿Y bien? ¿Sigues estando segura de que te importa mi mierda?
Ella le sonrió con tanta calidez en los ojos que a Jack le temblaron los dedos.
—Sí —susurró, levantando la mano y acariciándole el rostro—.
Muy segura. —Recorrió su pómulo con el pulgar antes de apoyarlo en su labio inferior—.
Pero creo que deberías hablar con Dax y Anna.
Al menos, compartir tu secreto con ellos.
Entiendo que quieras protegerlos, pero… quizá ellos también quieran protegerte a ti.
¿No te mereces que alguien se preocupe por ti a veces?
La comisura de su boca hizo un amago de sonrisa.
—Soy un adulto, Penny. Desde que murió mi madre, nadie se ha preocupado por mí.
—Eso no es verdad —susurró—. Yo me preocupo. Y apuesto a que tus hermanos sienten lo mismo. Además, no importa lo mayor que seas, siempre necesitas a alguien que te cuide.
—¿Ah, sí? —preguntó con dureza—. ¿Quién te cuida a ti?
—Bueno, ¿no te has ofrecido tú a ayudar hoy? —preguntó con inocencia—. Y… espera —Parpadeó y miró por el parabrisas con confusión—. ¿Dónde estamos? Pensaba que me llevabas a mi casa.
Él se encogió de hombros.
—No dije a qué casa. Da la casualidad de que yo vivo aquí.
Ella soltó un bufido divertido.
—Jack…
—Penny —la interrumpió con seriedad, tomándole la cara entre las manos—, tengo muchos secretos.
Ahora ya los conoces todos. Y odio tener que convertirte a ti en un secreto para poder estar contigo…
pero odio todavía más la idea de no intentarlo.
No ocurre a menudo que alguien me guste tanto.
No es solo que te desee , sino que me gustas.
Querías que fuéramos sinceros y esa es la verdad.
Sé que mi vida es complicada. Pero la tuya también lo es.
¿No podemos… ser complicados juntos? Tener unas cuantas citas secretas y ver qué pasa. Te prometo que te cuidaré bien…
Ella resopló, pero luego tiró de la cabeza de él hacia ella.
—Sugiero que dejes de hablar ahora mismo y uses tu boca para otra cosa antes de que cambie de opinión y recuerde que esto es una idea estúpida.
—Solo es una idea estúpida si nos atrapan —susurró, rozando los labios de ella con los suyos. Sabía a cerveza y a Penny.
—Bueno, entonces será mejor que subamos a tu apartamento antes de que nos vea alguien más.
—Oh, mis cristales están tintados y mis vecinos son cortos de vista —murmuró y la besó.
Tenía una mano en su cuello y la otra en su mejilla.
Sintió que Penny sonreía contra sus labios antes de devolverle el beso.
Luego ella se soltó el cinturón de seguridad, le rodeó el cuello con los brazos y suspiró satisfecha.
Jack cerró los ojos y aspiró su aroma. Saboreó a gusto.
Disfrutó de la calma que su contacto desencadenaba.
Sintió que los latidos de su corazón se ralentizaban.
Se sentía como si hubiera corrido un maratón durante las últimas semanas y por fin hubiera llegado a la meta.
Solo ahora se le permitía respirar hondo y beber agua fresca.
Y sabía que aquello estaba bien, igual que sabía que las últimas semanas habían estado mal.
Debería haber cruzado la línea de meta con Penny mucho, mucho tiempo atrás…