Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo Diecinueve

—¿ C ómo demonios sabe ella eso? —espetó Dax, observando a Penny mientras se alejaba a toda prisa.

Mierda. ¡Esto no podía estar pasando! Jack suspiró y se pasó la mano por el cabello. El momento en el que Dax había aparecido era una auténtica mierda.

—¡Le conté la historia del payaso! ¡La de cuando era adolescente y estaba con mi hermano!

Dax lo miró con incredulidad.

—¿Qué? ¿Por qué?

—¡Por la misma razón por la que me acosté con ella y quiero invitarla a salir! Estoy harto de la vida en solitario. Y me gusta .

—Ya, eso lo he notado. No te ha importado perder contra ella ahí dentro. ¡A ti! —replicó Dax enfadado—. ¡Pero no puede contarle a nadie que somos hermanos! ¡Ve tras ella!

—Se lo guardará para sí misma, ella…

—¡Aunque lo haga! Hazlo de todas formas.

—Dax, ella…

—Viejo, ¿por qué sigues aquí parado? Si algo he aprendido en los últimos meses, es que siempre debes correr tras una mujer que está enfadada contigo. A menos que tenga a mano un espray de pimienta.

Mierda, tenía razón.

—Diles a los otros…

—…que te dio diarrea, no hay problema —añadió su hermano con una sonrisa antes de desaparecer de nuevo en el bar.

Jack ni siquiera tuvo tiempo para molestarse por ello. Estaba demasiado centrado en no perder de vista a Penny, que ya estaba doblando la esquina. ¿Adónde diablos iba? Lejos de él, estaba claro.

Soltando una maldición, aceleró y la alcanzó tras la siguiente esquina, donde se había detenido para sacar su teléfono del bolsillo.

Cuando ella oyó sus pasos, levantó la vista, puso los ojos en blanco e intentó huir de nuevo.

—Es inútil que huyas de mí. Tengo más resistencia que tú —la advirtió en tono apesadumbrado. Claro, ¡porque demostrar su superioridad era la forma de ganársela! Dios, era un idiota.

—Vaya —espetó Penny, sacudiendo la cabeza con los labios apretados—. Gracias por el consejo.

—Ah, joder. —Se frotó la frente—. Eso sonó mal. Yo… —Suspiró y dejó caer las manos con cansancio—. ¿Podemos hablar un minuto?

—Tengo curiosidad —soltó—. ¿Me estás persiguiendo para asegurarte de que guarde tu secreto? ¿O porque quieres disculparte?

—Ninguna de las dos. Te persigo porque pareces… enfadada.

—¡Es que estoy enfadada, Jack! —le lanzó—. Sé que el enfado es un concepto que no comprendes. Lo cual es absurdo, ya que eres excelente provocándolo. Pero, sí, estoy muy enojada.

—Ya. ¿Por qué estás…? —¿Porque pensaba que le mentía? Técnicamente, eso no era cierto. Él nunca había dicho que Dax no fuera su hermano. Pero incluso en su mente, ese era un argumento débil, y su mente solía estar de su parte.

Penny abrió la boca con incredulidad, como si de alguna manera pudiera oír su patética excusa, o tal vez reaccionaba a su estúpida pregunta.

—«¿Por qué estoy enfadada?» —repitió. Sí, era por su estúpida pregunta—.

¡Estoy enfadada porque mentiste! Porque creía que te conocía.

Que sabía en lo que me estaba metiendo. Pero no es verdad, ¿o sí?

¡Tú sabes mucho sobre mí, pero yo no sé casi nada sobre ti!

Y eso me enfada porque pensaba que nosotros…

que éramos amigos. Quizá algo más que eso.

Pero parece que toda tu vida es un gran secreto.

—Tomó aire con un suspiro tembloroso y estudió su rostro—.

Jack, sé que dijimos en el aeropuerto que no nos contaríamos nada sobre la familia ni el trabajo.

Pero ese tiempo ya pasó. Tú sabes mucho sobre mí, pero yo…

yo no tengo ni idea de quién eres, ¿verdad?

Y eres tú quien quería una cita, quien quería algo más que un rollo, quien…

—¿Puedes calmarte un poco? —Lo dijo en voz alta, pero con calma, sujetándola por los hombros—. No soy una persona diferente solo porque Dax Temple sea mi hermano. Y no mentí sobre ello. No del todo, al menos —añadió al ver cómo Penny fruncía el entrecejo.

—Maravilloso. Entonces yo tampoco pienso que seas un imbécil —respondió cortante, apartando las manos de él de sus brazos—. Me alegra que lo hayamos aclarado.

Él suspiró .

—No es mi secreto, ¿de acuerdo? —respondió con impaciencia—. Es nuestro secreto. No te lo dije porque Dax no quiere que nadie lo sepa. Y no es para tanto.

Penny lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Tu hermano juega un papel importante en tu vida?

Confuso, parpadeó ante ella.

—Eh, sí. Supongo que sí.

—¿Y pensaste en contármelo?

Él abrió la boca, pero no supo qué responder.

—Bien —espetó ella con sequedad, apartando la mirada y tecleando en su teléfono.

—Penny.

No reaccionó.

—¡Penny!

Le dio la espalda.

—¡Por Dios, Penelope! ¿Qué estás haciendo? —preguntó con impaciencia, dando otro paso hacia ella y tomando sus manos entre las suyas para que dejara de teclear en la pantalla.

—¡Pido un Uber! Mi coche está en casa. Gareth me trajo.

Jack suspiró.

—No necesitas pedir un Uber. Yo puedo llevarte a casa.

—No, gracias —respondió con más frialdad que un témpano de hielo, soltándose de sus manos.

—¡Penny!

—¡No! —espetó—. Deja de decir mi nombre, deja de manipularme con esa estúpida voz tuya, tan grave y suave.

Tengo derecho a estar enfadada y tú tienes derecho a que no te importe.

Dios. —Se presionó los ojos con una mano para calmarse, antes de decir con voz compuesta—: Jack, no pasa nada, ¿sabes?

No me debes nada. No tienes por qué decirme por qué nadie en el mundo sabe que son hermanos.

No tienes por qué decirme por qué estabas tan enfadado en la piscina el viernes pasado antes de que yo…

te distrajera, o por qué no tienes sexo durante la temporada.

—Tragó saliva—. Pero no puedo arriesgarlo todo para estar contigo sin saber siquiera en qué drama me estoy metiendo.

No puedo arriesgar mi carrera por un tipo que, más claro que el agua, no confía en mí y en quien yo tampoco puedo confiar.

Él soltó una carcajada seca y se hundió ambas manos en el pelo antes de bajar la mirada y respirar hondo.

¿Qué tenía que ver todo esto con la confianza? ¡Confiaba en mucha gente, pero eso no significaba que fuera por ahí molestándolos con sus mierdas personales! Dios, esto era territorio nuevo para él. Todo en esta situación era nuevo.

—Tienes razón —declaró despacio, sin saber cómo explicarle que no terminaba de entender qué había hecho mal—.

No se me había pasado por la cabeza contarte lo de Dax.

Igual que durante diez años no se me ha pasado por la cabeza contarle nada de mi pasado o mi familia a nadie .

No estoy acostumbrado, ¿de acuerdo? Para mí es una novedad que alguien quiera saber qué tengo en la cabeza, a menos que tenga que ver con el hockey.

Estoy acostumbrado a guardar secretos. No le conté a nadie en el colegio que mi padre bebía demasiado, porque él no quería que se supiera.

No le conté a mi hermano que fue nuestra madre la que me echó de casa, porque no quería que él pensara mal de ella.

No le conté al mundo que éramos hermanos; intento facilitarle la vida a él y a mi hermana.

¡Y sí, tengo una hermana! —Suspiró—. Es solo que…

no me sale de forma natural cargar a nadie con la mierda que me atormenta porque, la mayor parte del tiempo, siempre he estado solo.

Así que, sí, lamento que no se me ocurriera hablarte de Dax.

O compartir mi enfado contigo. Pero es que no he tenido a nadie con quien compartirlo en la última década.

¡Joder, hasta hace poco mis hermanos apenas me hablaban!

Así que, sí, tienes razón. Te he contado muy poco, pero aun así es más de lo que le he contado a cualquier otra persona en mi vida.

Y solo porque prefiera guardarme algunas cosas para mí no significa que no puedas confiar en mí.

De hecho, es todo lo contrario, ¿no? Podría guardar tus secretos igual de bien.

El silencio se extendió entre los dos, un silencio denso y frío que vibraba incómodo en el aire, interrumpido solo cuando Penny susurró:

—¿No has hablado con nadie sobre tu vida privada en diez años?

Él suspiró y se frotó los ojos con los dedos pulgar y medio. No. No lo había hecho. No habría podido hablar con nadie. Le había ocultado media vida y el cien por cien de su pasado a su propia familia.

—Vamos, te llevo a casa —murmuró.

Durante unos segundos interminables, Penny se limitó a mirarlo con los labios entreabiertos. Luego asintió.

—Bien —dijo él con alivio—. Eso es… bueno. —Mientras ella siguiera en su compañía, nada estaba perdido.

El silencio en el coche ya no resultaba incómodo, sino familiar. Jack tenía una fuerte sensación de déjà vu. Se sentía exactamente igual que cuando había vuelto del aeropuerto con ella: un poco nervioso y expectante. Pero, al mismo tiempo, se preguntaba si no debería retirarse.

Sin embargo, ya era demasiado tarde para echarse atrás, ¿no? Se había enamorado desde hacía mucho tiempo. Se enamoró de ella cuando le robó el whisky. Y quería que fuera sincero y, quizá… quizá podría serlo.

Afuera estaba oscuro y las luces borrosas de la ciudad pasaban de largo como aves migratorias, alimentando su inseguridad. ¿Podría ser sincero? ¿Por dónde empezaría siquiera?

—Sabes que querría saberlo —la voz suave de Penny lo sacó de sus pensamientos.

Parpadeó y la miró.

—¿Qué?

—Que querría saberlo —repitió con firmeza—.

¿Qué clase de mierda te atormenta? Me interesan esas cosas.

Me interesas tú . Pero entiendo que es difícil romper con los hábitos.

Así que… supongo que solo quería que lo supieras.

Tus problemas no son porquería para mí. Son detalles preciosos de tu vida que me cuentan cómo te convertiste en el hombre que está sentado junto a mí ahora mismo.

Y… —tragó saliva—, el hombre que me gusta bastante.

Se le cerró la garganta y sintió algo pesado sobre el pecho. Era algo que le impedía respirar, pero que al mismo tiempo resultaba dulce y suave.