Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Siento como si te conociera de toda la vida. Todo lo que sale de tu boca es verdad. Y nunca me preguntas cosas sobre el hockey, solo me preguntas sobre mí mismo.

Ella arqueó las cejas con sorpresa.

—Pero tú eres mucho más interesante que el hockey, Jack. Mucho más que el hockey.

Las comisuras de su boca amagaron una sonrisa.

—Creo que eres la única en esta sala que piensa eso.

—Entonces supongo que soy la única que tiene razón —respondió en voz baja… y lanzó el último dardo. Giró en el aire e impactó en el doble veinte. Había ganado. Y, sin embargo, tenía el corazón apesadumbrado.

Los jugadores a su alrededor aplaudieron y vitorearon, mientras León maldecía. Jack se limitó a sonreírle y dijo en voz baja:

—Felicidades.

Sin embargo, las palabras no sonaban bien. No podía ganar lo que de verdad quería ganar. Las cosas no habían cambiado.

Sonrió con inseguridad y se volvió hacia los demás.

—Lo siento, chicos —se disculpó encogiéndose de hombros—. Pero lo avisé. Y ahora necesito que me dé el aire.

Por encima de todo, necesitaba distancia de Jack. Necesitaba la distancia suficiente para que su piel dejara de hormiguear, su corazón dejara de palpitar y sus pensamientos dejaran de conjurar cientos de escenarios que podrían hacerse realidad si se involucrara con él.

Tenía una imaginación desbordante, y en ella cabía todo, desde la catástrofe absoluta hasta la felicidad más pura. Sonriendo a los demás, se apresuró hacia la puerta.

El aire gélido de febrero la golpeó, refrescando su piel acalorada, y exhaló un suspiro de alivio. Esto era mejor. Más espacio, más aire, más paz.

Sin embargo, la paz era engañosa; le daba a sus pensamientos demasiado margen para volverse locos.

¿Qué se suponía que debía hacer?

Le gustaba Jack. Lo quería.

Pero también le gustaba su trabajo. Quería demostrarle a su familia que era buena en lo suyo, que no causaría otro escándalo y que todos se habían equivocado con ella.

—Dios, ¿qué debería hacer? —susurró, frotándose la cara.

La puerta se abrió detrás de ella y alguien se acercó. Penny no tuvo que levantar la vista para saber que era él. Lo sentía, lo olía. Todo su cuerpo anhelaba estar a su lado incluso cuando estaba a tres metros de distancia. Y tal vez…

—Deberíamos rendirnos —dijo Jack, rompiendo el silencio.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Rendirnos ante qué?

—Ante la lucha contra esto, Penny —murmuró, con sus ojos verdes tan serios que se le formó un nudo en la garganta—.

A mí me hace infeliz, a ti te hace infeliz, así que deberíamos rendirnos.

Estoy cansado de intentar olvidarte, porque no puedo.

Y sé que es una idea estúpida empezar algo contigo…

pero, joder, me temo que sería aún más estúpido no hacerlo.

Nos perderemos algo si no lo intentamos.

Sabía de lo que hablaba porque llevaba días pensando lo mismo. Y, aun así:

—Podría dañar nuestras carreras, Jack —susurró.

—Lo sé. La tuya más que la mía. Por eso dejo la decisión en tus manos. Pero debes saber que… —hizo una pausa.

—¿Qué debo saber? —preguntó en un susurro y lo miró, contemplando ese rostro que veía cada noche en sus sueños.

Jack se aclaró la garganta.

—Debes saber que no puedo ser tu amigo si dices que no. Yo… siento demasiado. Por ti. —Entornó los ojos y se frotó la nuca—. Más de lo que nadie debería sentir por un amigo. Intentarlo sería masoquista. Te deseo. Te quiero toda para mí. No solo un poco. Así que… sí.

A Penny se le secó la boca mientras seguía mirándolo con fijeza.

El corazón le aleteaba en el pecho… aunque, en realidad, estaba librando una batalla que ya había perdido hacía mucho tiempo.

Quería ambas cosas: el respeto de su familia y a Jack.

¿Y quién decía que no podía tener las dos? Solo tenían que mantenerlo en secreto.

—Bueno —susurró.

Jack arqueó las cejas sorprendido.

—¿Bueno?

Ella sonrió con timidez.

—Sí, bueno. Tendré una cita contigo.

—¿En serio? —Parecía tan genuinamente sorprendido que la sonrisa de ella se ensanchó.

—Sí. No quiero… perderme lo que tengo contigo. Solo porque tengas el trabajo equivocado.

Jack se rio.

—¿Estás segura de que no eres tú la que tiene el trabajo equivocado?

—Ahora mismo ni siquiera sé cuál es mi trabajo, así que no —contestó con una mueca—. Solo pongo una condición. Tenemos que ser sinceros el uno con el otro. Le mentiremos al mundo, pero no entre nosotros, ¿de acuerdo?

Jack abrió la boca… y luego vaciló. Fue solo una fracción de segundo, pero a ella la inquietó.

—¿Tienes algún problema con ser sincero? —preguntó frunciendo el ceño y balanceándose sobre sus talones.

Jack volvió a abrir la boca, pero antes de que pudiera hablar, la puerta del bar se abrió de nuevo y salió Dax.

—Oye, Penny, tu cartera… —Se detuvo y se quedó quieto. Lentamente, dejó que su mirada vagara de uno a otro. —¿Interrumpo? —preguntó con amargura.

Jack suspiró.

—Como de costumbre, sí…

—No, claro que no —dijo Penny al mismo tiempo.

—Hmm —respondió Dax—. Interesante. En fin, Penny, te dejaste la cartera en la barra. —Agitó su cartera negra.

—Oh, maldición, ni siquiera me di cuenta. —Había estado tan distraída.

—No hay problema —sonrió Dax—. Pero dime, ¿de verdad tu segundo nombre es Wise ?

—Cielo santo. —Ella hizo una mueca—. Miraste mi carné.

—Bueno, tenía que asegurarme de que la cartera era tuya —se defendió con inocencia—. Entonces, ¿es verdad?

—Espera un momento —intervino Jack ahora, con las comisuras de los labios curvándose hacia arriba con diversión. El traidor—. ¿Eres… Penny Wise? ¿Pennywise?

—¿Como el payaso de terror? —añadió Dax con una sonrisa—. ¿El de Stephen King? ¿El de It ?

Ella suspiró profundamente.

—Sí, conozco el libro. Y sí, mi padre pudo elegir el segundo nombre y mi madre estaba tan drogada por los analgésicos que no pudo quitárselo de la cabeza.

Dax soltó una carcajada.

—Dios, qué bueno. A Jack le dan miedo los payasos. —Le dio una palmada en el hombro—. ¡Una vez se desmayó en un tren de la bruja! Yo estaba sentado justo a su lado. Fue de locos. ¡Se le pusieron los ojos en blanco!

Penny sonrió… mientras los engranajes de su cabeza empezaban a girar con confusión.

Esa historia activó un recuerdo. Espera.

Lo sabía. Sabía que Jack le tenía miedo a los payasos.

Se lo había contado en el avión. El día que se conocieron.

Y también sabía lo del tren de la bruja.

Jack había dicho que tenía catorce años y que viajaba con su hermano…

Se le desencajó la mandíbula y abrió los ojos de par en par, conmocionada.

No.

No, no.

Jack debía haberse confundido, ¿verdad? Debía de haber confundido a Dax con su hermano y…

—¿Penny? —Jack la miró, dubitativo.

Ella apretó los dientes, miró de uno a otro, estudió sus rostros… bueno, pues sí que se daban un aire.

Era la barbilla y los hoyuelos de las mejillas.

—Ay, Dios —susurró. ¿Cómo es que nadie se había dado cuenta?

¡Se parecían muchísimo! Y Dax no le había contado a nadie que los había atrapado juntos porque él…

porque él…—. Son hermanos —jadeó sin expresión, entrecerrando los ojos y negando con la cabeza—.

Pero… ¿cómo? ¡Eso no figura en sus expedientes! ¡Eso… eso no consta en ninguna parte!

—¿Qué? —Las cejas de Dax se dispararon alarmadas y miró a su alrededor, visiblemente nervioso, como si temiera que alguien pudiera oírlos—. No. Nosotros… ¿Qué te hace pensar eso?

Y esa fue toda la confirmación que necesitó.

Maldita sea, tenía razón.

—Entiendo. Tienes un problema con la sinceridad —respondió con dureza, lanzándole a Jack una mirada afilada—. Pero da la casualidad de que yo tengo un problema con los mentirosos. Así que… hasta luego. —Al momento siguiente, dio media vuelta y se marchó.

No quería que le dijeran que se equivocaba, del mismo modo que no quería ver al hombre con el que acababa de sincerarse esforzándose por inventar excusas.

Dios, Jack West y Dax Temple eran hermanos… y ella era una idiota.