Capítulo 18
Capítulo Dieciocho
D urante los siguientes diez minutos, Penny se dio cuenta de dos cosas: jugar a los dardos con jugadores de hockey no consistía en lo bueno que fueras, sino en lo bueno que fueras soltando pullas. Y antes había mentido a sangre fría porque, por Dios, se estaba dejando manipular.
¡Pero no era justo! Jack tenía su sonrisa y sus dedos, que no dejaban de rozar su cuerpo como por casualidad.
Siempre de una forma que resultaba completamente inofensiva para los que lo rodeaban, aunque ella sabía que de inofensiva no tenía nada.
Jack sabía dónde era sensible. Sabía que a ella casi le costaba respirar cuando él se inclinaba sobre su cuerpo y le rozaba el lóbulo de la oreja con los labios.
Sabía que no tenía más que tocar el punto sensible de la parte superior de su brazo para que se le pusiera la carne de gallina por todo el cuerpo.
Se había remangado la camisa porque sabía que a ella le gustaban sus antebrazos fibrosos.
Y se reía con esa risa ronca y oscura porque sabía que no había nada más sexy.
Bien, quizá esto último no fuera del todo cierto. Ella misma se reía con una frecuencia sospechosa por el simple hecho de que León era aún peor perdedor que Jack y se le veía más gruñón con cada punto que Penny y él ganaban, poniéndose a la cabeza.
—Eso no vale —dijo él cuando Penny lanzó unos sólidos sesenta puntos y le entregó los dardos—. La diana está demasiado baja. Como eres más bajita, puedes lanzar con una trayectoria más recta.
Penny resopló.
—La diana está a la altura correcta. Quizá deberías ir al médico del equipo para que te revise la vista.
León la miró con saña.
—¡Tengo vista de lince!
—¡No seas así, León! —anunció Fox—. Solo admite que es mejor que tú. —Le guiñó un ojo con aprecio y Penny sonrió de oreja a oreja.
Jack tenía razón. Todo lo que tenía que hacer era dejar de ser educada y amable y hablar el idioma que los jugadores de los Hawks entendían. Era ridículo, pero al mismo tiempo, resultaba muy divertido. Casi sentía que formaba parte del grupo, y no había tenido esa sensación en siglos.
—Tienes que ser más amable con él. Acabará llorando antes de que termine la noche —murmuró Jack cuando ella volvió a situarse junto a él en la línea de tiro.
—Eso está bien. Al menos no serás el único —replicó con rebeldía, dedicándole una sonrisa burlona.
Él soltó una risita suave.
—Tu espíritu de lucha me asusta.
—No, no. Es el miedo a perder —lo corrigió con ligereza.
—Hum —pronunció él con una sonrisa—. Hablando de perder: ¿de verdad sales con perdedores a propósito?
Ella arqueó las cejas con sorpresa.
—¿Qué?
—Eso es lo que dijo Matt antes. Que vas tras perdedores que no sirven para una relación a largo plazo. —Se aclaró la garganta y apartó la cara, como si no le importara—. ¿Es verdad?
Penny parpadeó, confundida. Tenía la sensación de que la respuesta a la pregunta de Jack era importante. Si decía la verdad, ¿cambiaría de opinión y dejaría de querer salir con ella? ¿Y si solo entablaba relaciones que sabía que estaban condenadas al fracaso?
Sin embargo, ¿no sería eso lo que estaría haciendo si de verdad empezara a salir con él?
Tragó saliva, se cruzó de brazos y murmuró pensativa:
—Es posible. Creo que… en parte lo hago para fastidiar a mis padres. Un poco porque siempre me he sentido perdida y me atraían otras almas perdidas. Un poco porque… —Suspiró—. Tenía demasiado miedo de ser yo la perdedora en la relación, si mi pareja no lo era.
Jack le dirigió una mirada de fastidio.
—¿En qué vida podría alguien pensar que eres una perdedora, Penny?
Ella se rio con nerviosismo.
—Oh, no tienes ni idea. Me lanzaron ese término casi tan a menudo como la palabra loca, hasta hace unos años.
Sintió la mirada de Jack sobre ella, así que se centró en León, que estaba lanzando sus dardos, antes de preguntar en voz baja:
—Entonces, ¿estás seguro de que todavía quieres salir conmigo? ¿Quieres unirte a mi club de ex? Podría convertirte en un perdedor.
—Vaya, alguien tiene que acabar con tu racha de mala suerte con los hombres, ¿no?
Ella se rio.
—Qué confiado estás, ¿no crees?
—No tanto como tú en tu puntería con los dardos.
—¡Llevo cien puntos de ventaja! Y serían más si tú no… si tú no…
—¿Si yo qué? —preguntó con inocencia, levantando la mano como para pasársela por el pelo, pero en lugar de eso deslizó el dedo índice por la sien de ella.
—…¡hicieses eso! —respondió enfadada, dando un paso atrás.
—¡Jack, es tu turno! —gritó Dax, que se había pasado toda la noche lanzando miradas de desaprobación en su dirección.
—No tengo ni idea de qué estás hablando —dijo Jack con inocencia antes de acudir a la llamada de su compañero.
Jack lanzó setenta puntos y los alcanzó.
Sus compañeros hicieron ruidos de admiración como un grupo de animadoras musculosas, pero no sirvió de nada.
Al cabo de veinte minutos, a Penny solo le faltaban sesenta puntos para terminar la partida.
Los lanzamientos de León se habían vuelto cada vez más agresivos hasta que Fox amenazó con quitarle los dardos antes de que hiriera a alguien.
Jack no era malo, pero falló el veinte demasiadas veces y Penny estaba más que confiada en la victoria, aunque no le gustaba el brillo peligroso que había aparecido en los ojos de Jack.
—¡Gánales a todos, Penny! —gritó Lucy.
Dax resopló.
—¡Solo la apoyas porque es mujer!
—No —respondió su novia con mordacidad—. No apoyo a Penny. Estoy en contra de Jack y León porque ambos son unos idiotas arrogantes que se merecen perder de una vez.
Dax frunció el entrecejo.
—Bueno, si lo pones así… ¡Vamos, Penny, gánales a todos!
Ella se rio y se situó en la línea de lanzamiento, pero antes de que pudiera levantar el primer dardo, Jack se le acercó de lado… rozando su hombro con el de ella mientras sus dedos se deslizaban por su palma.
—Bien, admito que has jugado bastante bien hasta ahora —dijo él—. Pero aún no has ganado nada.
Ella se volvió hacia él con los ojos entrecerrados.
—¡Para ya!
—¿Parar qué? —preguntó con inocencia.
—¡De tocarme todo el rato! —siseó tan bajo que ninguno de los demás lo oyó.
—Aquí hay poco espacio y mis hombros son demasiado anchos.
Ella resopló y se volvió hacia los demás.
—¿Podría alguien apartarlo de aquí, por favor?
—Lo siento, se permiten las pullas —declaró Fox a modo de disculpa—. Son nuestras reglas.
¡Pero no eran pullas! ¡Eran… tocamientos de distracción!
Molesta, volvió a mirar a la diana. Jack inclinó la cabeza de modo que, desde atrás, parecía que solo estaba estudiando la diana con más atención.
Pero, en realidad, solo lo hacía para que su estúpida barba de varios días rozara la mejilla de ella y su aroma a bosque de pinos y a sexo —¡ay, Jack! — le llenara la nariz.
El roce habría hecho caer de rodillas a una mujer más débil. Sin embargo, ella no pensaba dejarle ganar. ¡Ni a los dardos, ni al otro juego al que estaba jugando!
—Sé muy bien lo que has estado haciendo toda la noche, Jack —le susurró acalorada en el oído.
—¿Y qué es?
—¡Estás intentando seducirme!
Él le dedicó una sonrisa pícara que Penny sintió en lo más profundo del abdomen, confirmando su sospecha.
—¿Y? ¿Está funcionando?
Tragó saliva.
—No.
—Mentirosa.
—Muy mala mentirosa —le corrigió en voz baja antes de frotarse el cuello, donde se le habían erizado los vellos.
—¡Jefe, tienes que lanzar ya! —gritó León con impaciencia—. Pon fin a esta humillación.
Penny suspiró, asintió y levantó el dardo.
—Sabes, Penny —susurró Jack, con su voz oscura acariciándole la piel como un roce sensual—, si las cosas fueran diferentes…
—Pero no lo son.
—No. Pero si lo fueran…
—¡Pero no lo son!
—No. Pero si...
Ella lo ignoró y se concentró en el objetivo que tenía delante. El dardo descansaba en la punta de sus dedos mientras se preparaba para lanzarlo…
—…entonces esta noche te daría el sexto y el séptimo orgasmo.
Penny se sobresaltó y el dardo aterrizó en la pared, junto a la diana.
Lo miró con incredulidad, con la cara encendida y el estómago dándole un vuelco extraño.
—¡Eso no fue justo!
Jack sonrió y se encogió de hombros.
—Oh, ¿cuándo es justa la vida?
—Oye, ¿qué le dijiste? —preguntó León con aire de suficiencia—. Parece que funcionó. Hazlo otra vez.
La sonrisa de Jack se ensanchó.
—Oh, puede que lo haga —murmuró en voz baja—. Una y otra vez. Si las cosas fueran diferentes.
Penny apretó los dientes.
—¡Pero no lo son! —repitió por lo bajo y lanzó el segundo dardo. Aterrizó en el veinte.
—Pero si lo fueran… —insistió Jack.
—Entonces te habría preguntado si querías volver a verme, ¿de acuerdo? —respondió enfadada, inspirando profundo—. Si no hubieras encontrado los documentos. Si te hubieras quedado en la cama y nos hubiéramos quedado en nuestra burbuja, entonces te habría preguntado si querías salir conmigo.
Él asintió y le apretó la mano, que estaba oculta tras su ancha espalda.
—Lo sé. Yo también.
Se le encogió el estómago. Daba gusto oírlo.
—Pero las cosas no han cambiado —murmuró.
—Eso ya lo has dicho.
—Sí. Trato de recordarlo —susurró, apretándole la mano—. Se me olvida cada vez que te veo. Echo de menos tu contacto incluso cuando estoy enfadada contigo. Me pones las cosas tan increíblemente difíciles .
Él tensó los hombros y sus iris se oscurecieron.
—No puedes decirme cosas así, Penny —murmuró—. No puedes…
—¿Ser sincera?
—¡No! No cuando eso es lo que sale de tu boca. No si tu plan final es rechazarme y que solo seamos amigos.
Ella sonrió con voz temblorosa y el calor que irradiaba el cuerpo de Jack llegó hasta su corazón.
—No creo que nadie haya pronunciado nunca la palabra «amigos» con tanto desprecio.
—Y eso que me he esforzado para que sonara natural —comentó con sequedad.
Penny se rio y le dio vueltas al dardo en la mano. Era consciente de que todo el mundo la estaba mirando. Sabía que debía lanzar de una vez. Los otros jugadores probablemente empezaban a sospechar. Pero las palabras brotaron de sus labios:
—Es raro, ¿verdad? No deberíamos sentir tanto. Apenas nos conocemos.