Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Oh, que voy a llamar a su madre si sigue diciendo palabrotas. Le interesará saber qué palabras nuevas ha aprendido.

Jack tuvo que esforzarse para no reírse, pero sintió la mirada de Dax sobre él y no quería darle más motivos para dudar de su estado mental.

En su lugar, mantuvo una expresión neutra y murmuró:

—Llegas tarde. Pensé que te ibas a echar atrás. Llevamos aquí media hora.

—No soy de las que se echan para atrás —susurró ella.

¿Se lo había imaginado o presionó su pierna contra la de él por un instante?

—. Tenía papeleo que terminar. —Sus mejillas y sus ojos brillaban mientras lo miraba—.

He conseguido unos patrocinadores y luego les he presentado mi idea sobre León a Lyle y Gareth.

Una sonrisa tiró de las comisuras de la boca de Jack.

—O sea que has encontrado algo con lo que presionar.

—Ajá. —Se la veía tan orgullosa y feliz que Jack quiso darle un abrazo.

Para felicitarla. No para… otras cosas. Eso habría planteado algunas preguntas y la voz de Dax seguía en su cabeza: «¿Has pensado alguna vez en lo que significaría para ella?

». Sí, quería salir con ella, pero no quería que nadie lo supiera.

Quería hacerle la vida mejor, no más difícil.

Así que se limitó a decir—: Enhorabuena.

Ella chocó su hombro contra el de él. Podría haber sido un accidente, estaban apretados allí, pero no lo creía.

—Gracias —susurró—. Seguí tu consejo. Fui grosera. ¡Y vaya si fue divertido!

Él soltó una risita suave.

—Ojalá lo hubiera visto.

—La próxima vez. —Los ojos de Penny chispearon de diversión y, por un segundo, sus miradas se cruzaron. El ruidoso bar de deportes se desvaneció en el fondo, la luz brumosa se aclaró y el aire chisporroteó entre ellos.

De repente, Jack sintió una opresión terrible en el pecho, dominado por una sensación extraña. Era el anhelo de algo que sabía que podía tener si era lo bastante valiente como para estirar la mano, tocar su mejilla y que le importara un bledo lo que todos pensaran, lo que la gente dijera.

Entonces, un ligero rubor asomó a las mejillas de Penny y ella bajó la mirada casi con timidez antes de apartar la cabeza.

Mierda. De verdad estaba en un lío.

—Oigan, ¿alguien quiere jugar a los dardos? —preguntó León en voz alta.

—¡Oh, sí! ¡Yo! —respondió Penny de inmediato, levantando la mano.

León puso una mueca.

—Cómo no. ¿Alguien más?

—Yo —dijo Jack y apartó su silla de la mesa.

—¿Qué? No —dijo Penny y lo miró con advertencia.

Él la ignoró. Si ella no quería tener una cita real para proteger su reputación, él se inventaría una falsa. En otras circunstancias, no incluiría a León en una cita, pero bueno, ¿qué más daba?

—Muy bien, perfecto —anunció el defensa.

—No, no creo que sea buena idea —anunció Penny, levantándose y retorciéndose las manos con nerviosismo—. Te encanta ganar y esta noche te llevarás una gran decepción.

—Uy —dijo Lucy con una sonrisa—. Eso suena a desafío. Ahora no puedes rajarte, Jack.

Jack sonrió.

—No tienes ni idea de si soy un semidiós o un oso torpe con los dardos, Penny. Así que no saques conclusiones tan rápido.

—Sí, en serio —secundó León—. Tenemos buena puntería.

Ella hizo una mueca.

—Bueno, chicos, tengo tres carreras. Eso significa que pasé diez años en la universidad… al lado de un bar donde se jugaba a los dardos todas las noches. No pueden vencerme.

Austin Fox soltó una carcajada.

—Oh, jefa, de verdad que no deberías haber dicho eso. ¿No te das cuenta de que los jugadores de hockey somos un grupo bastante arrogante y ambicioso?

Penny sonrió.

—¿Y no te das cuenta de que estoy siendo muy sincera y que me divertiré mucho más ganando a jugadores de hockey arrogantes que a inocentes universitarios?

—Oh, eso tengo que verlo —murmuró Dax, sacudiendo la cabeza y levantándose también. Los otros jugadores estuvieron de acuerdo, porque todos se apretujaron alrededor de la mesa y se giraron hacia la diana mientras León corría a la barra por los dardos.

—Madre mía, ¿va en serio? —Penny sacudió la cabeza con incredulidad.

—Bueno, has hecho una afirmación bastante contundente —le recordó Jack—. Y que conste que se permite instigar al rival. Para que lo sepas.

Ella puso los ojos en blanco.

—No voy a dejar que me distraigas con charlatanerías.

Jack se inclinó hacia ella antes de soplarle suavemente en el cuello. Penny se estremeció y dio un salto hacia atrás por la sorpresa. Jack sonrió antes de susurrar:

—Picar al rival no siempre significa usar palabras.

Penny abrió la boca, la volvió a cerrar… y luego se lamió los labios de forma sugerente.

La sonrisa de él se ensanchó.

—Ah, ya veo. Sabes cómo se juega a esto. Pues que gane el mejor.

—¡No voy a dejar que me manipules! —le advirtió ella—. Me tomo los dardos muy en serio.

—Claro, yo también —respondió a la ligera y le apretó el hombro; un gesto amistoso e inocente. Pero cuando su pulgar acarició el pulso acelerado de su cuello, sintió que ella se ponía tensa.

Luego la soltó y cruzó el bar. Creyó oír a Penny murmurar: «Madre mía». Le habría gustado mucho más que hubiera susurrado: «Ay, Jack».