Capítulo 17 #2
Mierda. ¿Era por eso por lo que le gustaba? ¿Porque era poco probable que lo suyo funcionara? ¿Porque, técnicamente, ella era su jefa?
Los jugadores intercambiaron miradas de incertidumbre hasta que sus ojos se posaron en Penny, que miraba a Matt con asombro… y entonces empezó a reírse.
—Eres bueno —dijo al fin, impresionada, y la atmósfera de tensión se disolvió—. Sin embargo, no imagino que hayas llegado a esa conclusión mirándome a la cara, sino mirando en Google.
Matt sonrió de oreja a oreja.
—Busqué dos veces.
—¡Oye, eso es trampa! —se quejó Lucy, pero Matt no tuvo oportunidad de responder porque León intervino de nuevo.
—Entonces, ¿qué sabes de nosotros, Clark? —exigió saber el defensa, antes de añadir con inocencia—: ¿Más que de hockey, espero?
La sonrisa de Penny no flaqueó. No dejó que aquel comentario la descolocara.
—Para ser sincera, lo que sé de ustedes tiene mucho que ver con el hockey.
—Ah. —León no parecía convencido.
—Sí, su carácter revela mucho sobre su estilo de juego, pero en realidad solo necesito sus estadísticas para saber todo lo que necesito saber —continuó sin inmutarse—.
Fox, por ejemplo, es el típico hijo mediano.
Siempre quiere que todo el mundo esté contento, media en las peleas y, por lo tanto, reparte los discos mejor que nadie.
Su tasa de pases es increíble. Solo quiere que todos sus compañeros se sientan parte del equipo y ganar.
Matt… —asintió hacia el delantero— se toma todo a la ligera.
Todo en su vida es un juego o no es tan importante, y por eso no le importa perder.
Siempre mantiene el buen humor en el equipo y es fantástico recuperándose cuando se cae.
Y, según sus estadísticas, lo hace dos punto tres segundos más rápido que cualquier otro jugador.
Moreau siente que no tiene que impresionar a nadie más que a sí mismo, por eso es tan calmado y sereno, incluso cuando tres tipos de cien kilos cargan contra él.
Jack quiere ganar, sí, pero quiere hacerlo de la forma más limpia posible.
Es como si tuviera que demostrarle al mundo que es un buen hombre.
Puede que él mismo no se lo crea del todo.
Por eso tiene menos minutos de penalización que cualquier otro jugador de la NHL y su puntuación es fantástica.
Dax pierde el control cuando juega en su afán por ser el mejor, lo que lo hace increíblemente concentrado pero también un poco salvaje.
Y tú, León, tú solo quieres demostrarle a todo el mundo lo genial que eres.
Si un jugador o un periodista no está impresionado contigo al final de un partido, te sientes insatisfecho, sin importar lo bueno que hayas sido.
Por eso eres un defensa tan fantástico que además marca tantos goles.
Quieres demostrar que puedes hacer las dos cosas.
Este último cerró la boca, lo cual a Jack le resultó gracioso, ya que todas las demás bocas alrededor de la mesa estaban abiertas de par en par.
—¡Pero es que… puedo hacer las dos cosas! —soltó León—. No tengo que demostrarlo. Todo el mundo lo sabe. ¿Verdad? —Miró a sus compañeros buscando apoyo, lo que le indicó a Jack que Penny había dado de lleno en el clavo con su evaluación.
—¿Has sacado todo eso de nuestras estadísticas? —preguntó Dax con incredulidad.
Jack bajó la mirada y sonrió para sus adentros. Sí. Penny no era convencional, pero, maldita sea, era buena. Había dado en el clavo con todos ellos.
Penny se encogió de hombros con modestia.
—Los números dicen mucho de nosotros.
—Chicos, ¿soy el único al que esto le parece inquietante? —susurró León lo bastante alto como para que todos lo oyeran—. ¿Para qué necesita saber todo eso?
Penny soltó una carcajada.
—Para conocerlos mejor. No querían hablar conmigo, así que los he estudiado de otras formas. Pero podría dejar de ser tan inquietante si solo me hablaran más a menudo. Y si dejaran de ignorarme todo el tiempo y de olvidar invitarme a sus reuniones después de los partidos.
La mayoría de los jugadores se miraron las manos, avergonzados, mientras que León hizo un gesto de fastidio antes de soltar un torrente de palabras en español, ninguna de las cuales sonaba muy amable.
Jack estaba bastante seguro de que nadie lo había entendido porque su español era pésimo y León hablaba demasiado rápido. Por su parte, Fox abrió la boca para reprender al joven jugador, pero no tuvo oportunidad.
En ese momento, Penny enarcó las cejas y respondió con voz tranquila —y en un español perfecto— al menos igual de rápido.
León se quedó mudo, con los ojos como platos y la boca abierta.
Penny volvió a decir algo en español. Y, Dios, Jack deseó de repente haber prestado más atención en aquella clase durante su época de estudiante para poder entenderla.
En lugar de eso, se inclinó hacia delante, frunciendo el ceño como el resto del equipo, y miró el intercambio verbal entre León y Penny.
El joven jugador apretaba ahora la mandíbula, soltando unas palabras en español antes de añadir en inglés:
—¡Deberías haberme dicho que hablabas español!
—He estado viajando por Sudamérica durante tres años —respondió ella con incredulidad—. ¿Qué pensabas?
—Que eras igual de arrogante que los otros estadounidenses que piensan que el mundo entero debería aprender inglés para no tener que molestarse en usar el cerebro —replicó acalorado—. Oye, es irritante que seas tan inteligente. Irritante y horrible.
—León, ¿puedes dejar de ser tan sexista? —preguntó Fox con amabilidad.
—¡Eso no es ser sexista! Los hombres inteligentes me resultan igual de irritantes. Siempre quieren enseñarte algo o darte lecciones.
Siguió quejándose de que todos estaban en su contra, pero Jack ya no lo escuchaba.
Se inclinó hacia Penny casi sin darse cuenta hasta que su aroma le llenó la nariz y su muslo rozó el de ella.
—¿Qué le dijiste? —preguntó en voz baja.