Capítulo 14
Capítulo Catorce
J ack no lo había reconocido.
Había visto a su padre hacía apenas unas semanas en Nueva York, pero su rostro se había vuelto aún más demacrado, su piel más flácida y su mente parecía más confundida.
Mientras el cloro le escocía en los ojos y sus músculos luchaban contra la resistencia del agua, se preguntó si debería haberlo buscado antes.
Podría haber superado su miedo y haber ido a verle hacía años, cuando todavía estaba sano, antes de que fuera demasiado tarde para hablar.
Pero perdió el momento. Nunca pensó que esto fuera algo que llegaría a molestarle.
Jamás imaginó que llegaría un día en su vida en el que desearía haber hablado con su padre antes.
Jack se sumergió bajo el agua y volvió a salir a la superficie. Abajo. Arriba. Uno, dos, tres, respira. Uno, dos, tres, respira.
No guardaba muchos recuerdos de él. Su madre lo había recuperado una noche cuando tenía seis años.
Los servicios sociales lo recogieron después de medianoche en su barrio por segunda vez consecutiva y su padre había estado tan borracho o cansado para abrirle la puerta esa noche, y lo que fuera que hubiera pasado antes de eso era tan terrible o triste que simplemente lo reprimió.
Pero había algo que se le quedó para siempre: el rostro colérico de Bill West, las mejillas rojas y curtidas por el alcohol y la nicotina, y las venas que se le marcaban en la frente cada vez que Jack no caminaba de puntillas para no molestar su resaca.
Las pupilas de su progenitor siempre estaban dilatadas y podían oscurecerse de un golpe a otro.
Hoy, sin embargo, el rostro de su padre ya no era compatible con lo que Jack había odiado durante tanto tiempo.
Aumentó el ritmo, penetrando la superficie del agua una y otra vez, castigando sus músculos hasta que todo el cuerpo le ardió.
Su padre ya no era el hombre que solía ser; docenas de médicos y enfermeras se lo habían explicado.
La mitad de su memoria fue erosionada por el alcohol y la otra por la demencia.
Sus escasos momentos de lucidez seguían siendo borrosos.
No lo había reconocido en ninguna de sus tres visitas del último año.
Quizá fuera porque Jack ya no era un niño.
O tal vez porque los recuerdos sobre él habían sido tan poco importantes que la enfermedad los borró primero.
Jack sabía que no podía odiar a esa sombra de hombre que una vez fue su progenitor.
Además, ¿cómo podía odiar a un hombre indefenso que ni siquiera recordaba haberlo maltratado?
Pero lo estaba matando el hecho de que ya no tenía derecho a sus emociones, al no haberlas dejado salir en primer lugar.
Ya no tenía una vía de escape. Cuando su padre estaba sano, había podido odiarlo desde la distancia, ¿pero ahora?
Ahora estaba en Los Ángeles porque no le quedaban amigos ni parientes que cuidaran de él, y su anterior residencia había animado a Jack a trasladarlo más cerca.
Después de todo, él era quien tenía el poder notarial sobre el testamento vital de su progenitor.
Entonces, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Decirle al personal de la residencia que el hombre no le importaba y que, por lo que a él respectaba, cualquier persona de la calle podía tomar decisiones sobre su bienestar?
Seguramente tampoco habría sido la verdad; en realidad no era indiferente.
Todavía tenía emociones después de todos estos años.
Qué hipócrita era. Le había predicado a Dax que debía dejar su ira atrás y limitarse a ignorar a su padre.
Que la indiferencia podría haber sido su mejor guía.
Y, sin embargo, él no era capaz de seguir su propio consejo... desde hacía veinticinco años.
Le empezaron a temblar las piernas al acelerar el ritmo una vez más. Sus brazos partían el agua del mismo modo que el pensamiento de su progenitor partía su mente.
Su padre debió de ser una persona diferente una vez, ¿verdad? De lo contrario, su madre no lo habría entregado en aquel entonces. ¿O sí?
¿Cómo había perdido ella la batalla por la custodia? ¿Había estado demasiado cansada para luchar? Ya tenía una nueva familia y ¿pensó que sería más fácil así?
No lo sabía; nunca se lo llegó a preguntar. Y ahora ella estaba muerta, y su padre no recordaba nada, así que nunca lo averiguaría.
Volvió a girar la cabeza hacia la derecha, tomó aire…
y vio movimiento. Confundido, se detuvo, salió a la superficie y se apartó los mechones mojados de los ojos.
Ya no estaba solo. Penny estaba de pie al borde de la piscina, con los brazos en jarras y los labios apretados.
Parecía una diosa griega de la guerra preparándose para la batalla.
¿Quién demonios habría sido lo bastante estúpido como para meterse con ella?
—¿Sabías que los hombres dan asco? —gritó. Su voz resonó en el techo alto y el suelo de baldosas. Jack flotaba en medio de la piscina.
Parpadeó y arqueó las cejas, irritado.
—¿Qué?
—Los hombres. Dan. Asco —resumió Penny—. Sobre todo, los ricos y privilegiados que se creen listos y sabelotodo.
Bien. Jack sintió que un poco de contexto ayudaría.
—¡Tu guerra no es conmigo, jefa! —respondió a secas.
—Ahora mismo es contra todos los hombres que tratan a las mujeres con condescendencia.
Jack inspiró aire.
—Penny, no tengo ganas de discutir ahora —dijo con sinceridad mientras nadaba hacia el borde de la piscina.
—¡Qué pena, porque yo estoy furiosa ahora mismo y necesito una vía de escape antes de perder los estribos!
O sea, ¿qué les pasa a los hombres? ¿Por qué sienten que pueden tachar como tontería todo lo que sale de la boca de una mujer?
¡Ya sea sobre deportes, sobre negocios o sobre cualquier cosa importante!
Jack comprendía la necesidad de desahogarse. Él también lo necesitaba. Pero, en ese preciso instante, no era el candidato adecuado para el puesto.
—Penny, por favor —murmuró con un suspiro y se agarró al borde de la piscina—. Busca a otro con quien compartir tu mal humor.
—¡Pero es que no tengo a nadie más, Jack!
—Su voz tembló. De ira, de desesperación.
No lo sabía—. Todos mis amigos están en Nueva York o en Argentina y mi hermano es mi enemigo ahora mismo.
Mis padres solo están esperando a que me rinda.
No tengo a nadie que me trate como a un ser humano.
Nadie que me trate con respeto. ¡Nadie excepto tú!
Él entrecerró los ojos y se pasó la mano por el pelo. No era justo por su parte. Estaba intentando usarlo ahora, cuando llevaba semanas manteniéndolo a distancia.
—Eso no es verdad, Penny —dijo—. No todos los hombres son como describes. No todos…
—¡La mayoría lo son, Jack! —lo interrumpió enfadada—. ¡La mayoría de ustedes! ¡Si mi hermano les hubiera dicho que miraran las estadísticas, habrían mirado las malditas estadísticas!
—No tengo ni la más remota idea de qué estás hablando. Y para ser sincero, preferiría que me dejaras solo, así que… ¿te puedes marchar? ¿Por favor?
Al momento siguiente, volvió a sumergirse y nadó otro largo.
Debería haber sabido que Penny no se rendiría. Cuando llegó al otro lado, sintió un suave toque en su hombro desnudo, obligándolo a levantar la vista de nuevo.
Penny estaba agachada al borde de la piscina, mirándolo.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella con los ojos preocupados—. ¿Esa es tu forma de estar enfadado? ¿No le pegas a algo, solo… te pones muy serio?
Irritado, frunció el entrecejo. ¿Eso hacía? No lo sabía con certeza. Pero sí sabía una cosa:
—No quiero hablar de ello, Penny, ¿de acuerdo?
—Oh. —Ella asintió despacio, con los ojos fijos en su rostro—.
Pero podrías hacerlo —dijo al fin, con vacilación—.
Si tuvieras que hacerlo. Tienes algo en la cabeza.
Puedo dejar de lado mi enfado. Es una tontería; tú no has tenido nada que ver después de todo.
Así que, si quieres confiarme lo que te pasa… me parecería bien.
Jack reprimió un gemido. Ahí estaban otra vez: las contradicciones.
Esa mezcla fascinante de tantos opuestos que ni siquiera podía contarlos mentalmente.
¿Cómo podía ser tan dura como el granito en un momento y tan suave como un lecho de plumas al siguiente?
¿Cómo podía transformar su ira en compasión?
¿Cómo podía estar gritando un minuto y luego bajar el tono a un susurro tan suave que apenas podía oírla?
Tenía sus propios problemas, pero de un segundo a otro, parecía haberlos olvidado por completo. Por él.
—¿Por qué quieres saberlo siquiera, Penny? —preguntó impaciente.
—Bueno, me gustas —admitió, sorprendida, como si él ya debiera saberlo.
De repente, a Jack se le encogió el corazón. Joder.
Entrecerró los ojos. ¿Por qué tenía que ser siempre tan descaradamente sincera? En algún momento, eso acabaría con ella. O con él.
—Solo porque no vayamos a volver a acostarnos no significa que no podamos ser amigos —continuó Penny, con la voz tan suave como el agua ondeante.
Pero se equivocaba. Jack estaba seguro de que no podían ser amigos. Los amigos no miraban el botón superior de su blusa, esperando que se desprendiera por sí solo. Los amigos tampoco querían hacer todas las cosas sucias que él hacía con ella todas las noches en sus sueños.
—Me quedo con el «no quiero hablar de ello» —respondió de nuevo, en tono calmado.
Penny asintió.
—Bueno. ¿Puedo hablar yo entonces?
Suspiró.
—Está bien. Pero si quieres discutir o alterarte, al menos ayúdame a salir del agua para que no esté a tu merced.
La castaña puso los ojos en blanco, pero reprimió una sonrisa.
—Como si alguna vez hubieras estado a merced de alguien en algún momento de tu vida. —Le tendió la mano.
Él la tomó entre las suyas, pasó sus yemas ásperas por la piel suave de ella… y supo que no había forma de que fuera capaz de sacarlo del agua. Él pesaba noventa kilos de puro músculo, y los bíceps de ella no eran más grandes que una mandarina a la que se le hubiera pasado el estirón.