Capítulo 12 #3
—¡Exacto, «ay, Dios»! —concordó Dax en un tono tan brusco con Penny antes de que Jack pudiera responder—.
Oh, Dios mío, oh, Dios mío, oh, Dios mío.
—Canturreó las palabras para sí mismo con agonía, apretando los ojos y presionando ambas manos contra sus oídos—.
¡Nunca podré olvidar esto! Las cosas que he visto y oído…
Me arden los ojos. Me arden los oídos. ¡Y las palabras se me han quedado grabadas en el cerebro y solo una lobotomía puede ayudarme! Quién hace algo así ahora y…
—¡Dax, baja la voz! —lo interrumpió Jack. Si hablaba más alto, más les valdría vender la información a los periódicos.
—¿Cómo voy a bajarla? —exclamó con incredulidad—. ¿Es por eso por lo que no querías decirme quién era? ¡¿Porque te estás tirando a la jefa?!
—No nos estamos tirando en absoluto —intervino Penny, presa del pánico—. ¡Solo fue aquella noche y yo no sabía que era jugador de hockey!
—¿Cómo pudiste no saberlo? —Dax la miró con los ojos como platos—. ¡Podrías tirarte a todo el equipo !
—¡No tenía puesto su perfil!
—¿Qué? —Dax miró de ella a Jack y viceversa.
—No importa —dijo Jack con un suspiro—. Penny, quita esa cara de pánico, no es para tanto.
—¡Eso dijiste después de nuestro rollo de una noche y tampoco era verdad! —espetó ella.
—Bueno, ahora sí lo es, ¡porque Dax mantendrá la boca cerrada!
—¿Ah, sí? —replicó Dax.
—Sí.
—¿Lo hará? —preguntó Penny incrédula.
—¡Sí!
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque me debe una —respondió él con renuencia, apretando los dientes y lanzándole a su hermano una mirada afilada—. Así que, vete —le dijo a Penny—. Yo lo arreglaré con mi her… compañero de equipo —dijo, corrigiéndose a tiempo.
No hizo falta decírselo dos veces. Sin dirigirles otra mirada a él ni a Dax, Penny se marchó a toda prisa y desapareció por el pasillo. Probablemente aún oyó a Dax gritar: «¡Maldita sea, Jacky, qué droga te estás fumando!».
Jack puso los ojos en blanco.
—Dios, eres un poco drama queen, ¿no crees?
—¡¿ Yo soy una drama queen?! —Los ojos de Dax se abrieron tanto que todo el equipo de hockey podría haberse reflejado en ellos—. ¿Quién está tentando al desastre acostándose con la jefa?
—¡Baja la voz! —siseó—. Y no me estoy acostando con Penny. Me acosté con ella una vez. Hay una diferencia. —Una diferencia de la que era dolorosamente consciente.
—No puedo. ¡Tengo que hablar alto para oírme a mí mismo porque todavía me sangran los oídos!
—¡Dax! —le espetó Jack, señalándole la cara con un dedo de advertencia—. Ninguno de los dos teníamos ni idea, ¿de acuerdo? Ninguno sabía quién era el otro. Cuando nos conocimos, acordamos guardarnos nuestros apellidos, nuestros trabajos y cualquier cosa relacionada con nuestras familias.
—¿De quién fue esa idea tan estúpida?
Jack tensó la mandíbula.
—Fue la mejor idea del mundo. Y ni siquiera fue mía. ¿Sabías que se puede hablar de cosas que no sean hockey?
Dax lo miró, atónito.
—Sí. La pregunta es: ¿por qué querrías hacerlo?
—¿Quizá para que a alguien le guste algo de mí que no sea el hecho de que juego al hockey profesionalmente? —le espetó, exasperado.
Dax abrió la boca, pero volvió a cerrarla al cabo de un segundo.
—Espera. ¿Acabas de usar la palabra gustar ? ¿Te gusta Penny? Pero ella es… —Se detuvo al notar la expresión hostil de su hermano.
Más valía que se lo pensara dos veces antes de terminar esa frase.
—Oh, mierda. Sí que te gusta —dijo, desconcertado—. Tanto que me estás fulminando con la mirada. Lo cual, en tu caso, significa que estás furioso.
—Sí, me gusta —gruñó en respuesta—. Y sería estupendo que dejaras de actuar como si esto no hubiera pasado nunca antes. Me gusta mucha gente.
—Sí, pero por lo general intentas que te guste gente que no sea un desastre andante. ¿Qué dijiste el otro día? Que tuvimos tanto drama en nuestra infancia que llenaría tres vidas enteras, así que no necesitabas más.
¿Había dicho eso? No se acordaba, tal vez porque había reprimido esas palabras en cuanto conoció a Penny.
—No importa lo que dijera ni cuándo. Me gusta Penny y tienes razón, si la gente se enterara de que nos acostamos, se montaría un circo mediático enorme que la afectaría sobre todo a ella.
Las mujeres siempre salen peor paradas que los hombres en casos como este.
Las mujeres en puestos directivos, más todavía.
Así que te agradecería que te estuvieras calladito las próximas semanas.
Su hermano arrugó la nariz con pesar.
—No sé…
Jack lo miró con incredulidad.
—¿Hablas en serio? Llevo diez años guardándome para mí que somos hermanos, ¿y tú no puedes mantener la boca cerrada un mes?
Dax soltó un grito ahogado.
—No lo entiendes, Jack. ¡Salgo con una sabuesa! El trabajo de Lucy es rastrear escándalos y desactivarlos. Estará furiosa si se lo oculto. Querrá diseñar una estrategia para cuando salga a la luz.
—No saldrá a la luz.
—¿Lo dice el tipo al que acabo de atraparlo yo?
—A ver, es que tú siempre andas con sigilo como una maldita pantera —respondió Jack enfadado.
Dax soltó una carcajada.
—Tonterías. Podría haber pasado por aquí un ejército de centauros y ni te habrías enterado.
Sí, algo de cierto había en ello.
—Penny y yo acordamos olvidar esa noche, ¿está bien? Ya no es un problema.
Dax lo miró con burla.
—Claro. Como si la atracción animal hacia una persona totalmente inadecuada no causara nunca problemas.
—Dax… por favor, guárdatelo para ti.
Su hermano gruñó y se escondió la cara entre las manos, pero luego asintió.
—Está bien. Será nuestro secreto. Espero que sepas lo que haces.
—Lo sé.
—Mentiroso —masculló el pelinegro y le dio una palmadita de simpatía en el hombro antes de dirigirse a su habitación.
Vaya, en eso tenía razón.
Jack suspiró y se frotó la cara. Pero ¿qué podía hacer? Mantenerse alejado de Penny era imposible.
Por suerte, su móvil vibró antes de que sus pensamientos pudieran ir a más. Apareció un número desconocido de Los Ángeles, pero Jack apenas dudaba de quién se trataba. No tenía ganas de enfrentarse a otro problema en su vida ahora mismo, pero él había pedido que lo llamaran, así que…
—Jack West —dijo, acercando la tarjeta magnética a la cerradura de su habitación, que hizo un clic obediente.
—Hola, señor West. Soy Bridget, de la residencia St. Clair. Dijo que nos pusiéramos en contacto con usted en cuanto llegara su padre.
Se le tensaron los hombros y cerró la puerta de golpe. No quería que Dax lo pillara al teléfono.
—Sí, es correcto. ¿Entonces… llegó bien?
—Oh, sí. El viaje ha transcurrido sin problemas. Sigue un poco confundido. No sabe dónde está ni por qué ha tenido que mudarse, pero ya se le pasará.
Jack exhaló y asintió. Probablemente debería haberse sentido aliviado, pero no fue así.
En su lugar, se le formó un nudo apretado en el pecho, una mezcla de culpa por no importarle si su padre se instalaba bien o no, y rabia por esa culpa.
¡Maldita sea, tenía derecho a que no le importara!
Estaba haciendo por su padre más de lo que nadie podría pedirle.
—Me alegro —consiguió decir. Eso era lo que diría un hijo normal, ¿no?
—Estupendo. Sabe, ¿quizá le ayudaría oír una voz familiar? —sugirió Bridget—. ¿Asegurarle que todo va bien?
A Jack se le cerró la garganta.
—No, espere, no creo que…
—¿Hola?
Jack se interrumpió y guardó silencio. Bridget había pasado el teléfono, y su voz había sido sustituida por la de su padre, profunda y rasposa, fruto de años de fumar sin parar.
Su padre se merecía un cáncer de pulmón, no demencia.
Si solo tuviera un cáncer pulmonar, todo esto sería mucho más fácil.
Jack sabía que era un pensamiento horrible y se odiaba por ello… pero era la verdad.
—Hola, papá —dijo en voz baja, cerrando los ojos y apoyándose en la puerta.
—Hola, ¿quién es?
—Soy Jack.
—¿Jack? No conozco a ningún Jack.
—Sí, lo conoces —murmuró—. Conoces a un Jack. —Resultaba apropiado que él fuera la primera persona a la que su padre había olvidado.
Algo hizo clic en la línea y, al momento siguiente, la enfermera volvía a estar al teléfono.
—Lo siento, no está teniendo un buen día.
Sí, bueno, no había tenido un buen día en tres décadas.
—En fin, su padre ha llegado sano y salvo, y sería estupendo que pudiera sacar tiempo el viernes para visitarlo y discutir el resto de los detalles.
—De acuerdo —murmuró, frotándose la frente. Otra cosa que esperar con ganas de la siguiente semana.