Capítulo 10
Capítulo Diez
—¿ F ue una azafata?
—No.
—¿Una piloto?
—No.
—¿Una agente de aduanas?
—Viejo, ya, Dax, llevas días dándome la lata con eso, ¡deja de preguntar!
—¡Dime con quién te acostaste y no tendré que hacerlo más!
Jack resopló y golpeó el borde de la valla con el stick antes de saltar al hielo. Siempre lo hacía antes de un partido. Traía buena suerte. Por desgracia, no sirvió para que Dax se callara.
—¡Oh, venga ya!
—No.
Los seguidores de los Hawks, que estaban en minoría en el estadio de los Arizona Wolfs, se desgañitaban mientras el equipo daba su primera vuelta de calentamiento. Dax, sin embargo, seguía hablándole por encima del estruendo.
—¡Joder, Jack! Has estado bien misterioso últimamente. ¡Apuesto a que sigues viéndote con esa mujer! ¿Dónde estuviste anoche si no fue con la desconocida?
Dios, ojalá fuera cierto. Ojalá hubiera pasado la noche en la cama de Penny y no en una habitación cargada con una enfermera de aspecto severo que no dejaba de decirle lo cara que era una plaza en su residencia y de preguntarle si de verdad era necesaria una ventana con vistas al jardín, en su caso.
Al fin y al cabo, un hombre con una demencia tan avanzada apenas notaría si estaba mirando un muro de hormigón.
Jack había querido decirle que no le importaba nada, que solo quería pagar y no tener nada más que ver con el asunto. Pero no pudo. Porque, maldita sea, debía ser mejor persona. Se debía a sí mismo ser mejor persona, por difícil que fuera.
—¿Qué es lo que no entiendes de la frase «aventura de una noche», Dax? Fue cosa de una vez —gruñó, molesto—. Ahora concéntrate en el partido, joder. Si no ganamos los próximos cuatro, será casi imposible llegar a los playoffs.
Molesto, Dax frunció el ceño.
—Soy muy consciente de eso. ¡Y podría concentrarme mucho mejor si no me hubieras soltado ese acertijo!
—¿Qué acertijo? —intervino una voz a su derecha. Era Austin Fox, cuyas cejas, que estarían enarcadas, no podían verse bajo el casco—. Me gustan los acertijos.
Oh, mierda. Lo último que Jack necesitaba era a otro amigo metiendo las narices en sus asuntos.
—Este no —respondió con brusquedad—. Porque trata sobre cómo Dax se las apaña para retener a una mujer como Lucy. Y estaba a punto de entrar en todos y cada uno de los detalles sexuales.
Dax resopló con fuerza y el capitán frunció el entrecejo.
—No creo que nadie resuelva nunca ese acertijo —dijo, sacudiendo la cabeza—. Hicimos apuestas sobre cuánto durarían, pero todos perdimos. Nadie les dio más de seis semanas.
Dax le dedicó su dedo medio.
—¡Gracias por la confianza!
Fox se encogió de hombros, impasible.
—Confío en ti en el hielo. Hablando del hielo: ¿qué te parece, Dax? ¿Podrías, por una vez, abstenerte de arremeterle un puñetazo a cada rival que te mire mal? Si hoy acumulamos menos minutos de penalización, puede que incluso ganemos el partido.
—No se trata de las miradas, se trata de las palabras —respondió Dax, defendiéndose—. Si alguien llama zorra a Lucy, tiene que pagar.
—¿Sabes lo que diría Lucy de eso? —preguntó Jack—. Que eres un idiota machista.
La mandíbula de Dax se tensó y Fox pareció darse cuenta de que estaba a punto de soltar otro puñetazo, así que se apresuró a añadir:
—No importa. Solo pórtate bien. Charkov y tú tienen que controlarse hoy. No es que no les tire flores por el partido contra los Snakes de la semana pasada.
—¿Por qué nos lo dices a nosotros y no a Jack? —preguntó Dax en un tono agresivo.
—¡Porque nunca tengo que preocuparme por el Santo! Él se limita a golpear el puck.
Jack sonrió de oreja a oreja.
—Es verdad. Tengo mejor autocontrol, Dax.
—Lo único que tienes es mi puño en tu cara.
Fox suspiró.
—Un buen primer paso en la dirección no violenta, Dax.
Este asintió con orgullo.
—Gracias.
Jack resopló, pero estaba bastante contento de que su hermano pareciera haber olvidado su conversación original.
—West, tú te encargas del saque neutral hoy, ¿de acuerdo? —Fox cambió de tema y señaló el centro de la pista, donde un jugador contrario estaba esperando.
—Entendido —respondió antes de que patinaran de vuelta al banquillo, se chocaran las manos y escucharan al entrenador Gray decir unas últimas palabras de motivación.
Balbuceó algo sobre la débil defensa de los Wolfs —como si Jack no supiera todo eso al respecto—, pero no llegó a oír el resto porque se distrajo con un movimiento por encima de sus cabezas.
Fue el destello intrusivo de una chaqueta roja tras el cristal del palco VIP.
Reconoció a hombres de traje… y a una sola mujer con un abrigo rojo.
Sabía que era Penny sin verle la cara. La reconoció por la forma en que cuadraba los hombros, por cómo sacudía la cabeza con reticencia como si lamentara no poder asentir.
No la había visto en seis días y sospechaba que lo estaba evitando.
No podía asegurarlo, pero parecía haber visitado personalmente a todos los demás jugadores para «conocerlos mejor».
Según Dax, Moreau le había explicado que querría conocerla mejor si ella se convirtiera en un puck, mientras que León Álvarez afirmaba que tendría que ser stripper para interesarle.
Ambos la habían hecho reír, lo que desconcertó a los jugadores, ya que pretendían ser insultos.
Penelope Clark, sin embargo, no parecía alguien a quien se pudiera doblegar u ofender fácilmente.
A menos que le preguntaras si estaba loca.
Cosa que Jack, por desgracia, hizo.
Tan pronto como las palabras salieron de sus labios, supo que dijo lo incorrecto. Sus ojos se habían vuelto oscuros y la indiferencia que siguió fue algo que solo había recibido de Dax, y aquello duró una década. Pero todo lo que dijo era verdad. Estaba un poco loca, en el mejor de los sentidos.
Sus ojos recorrieron su figura… y se encontraron con los de ella. O puede que no. Era difícil de decir desde esa distancia, pero la sensación de hormigueo en su nuca y el calor en su pecho… simplemente sabía que ella le estaba devolviendo la mirada.
Levantó la mano sin querer.
Fue un gesto estúpido porque solo los idiotas o los niños de primaria saludaban así. De modo que la bajó de golpe, aporreando su casco con un chasquido de cuero contra plástico.
—¿Quería decir algo? —preguntó irritado el entrenador Gray.
—Lucy ya no está aquí, viejo. No hace falta que pidas turno —intervino León.
—Eh, lo siento, estaba estirando el brazo —se disculpó.
—¿Ah, sí? —Gray le miró preocupado.
—La tela de la manga —se corrigió.
—¿Qué? —Fox se rascó la nuca, confundido.
Oh, maldita sea. La última vez que había usado una excusa tan estúpida fue cuando le aseguró a su madre que estaba haciendo figuras de animales con los condones de su mesita de noche.
Gracias a Dios, el árbitro les hizo la señal para entrar en la pista en ese momento.
Se bajó la visera del casco, golpeó la valla con su stick una última vez y echó un último vistazo al palco VIP. Penelope seguía junto al cristal, y un hombre delgado y pelirrojo estaba hablando con ella.
Jack apretó los dientes. Cómo no. Era obvio que algún tipo baboso empezaría a tirarle los perros a la primera oportunidad.
No había creído que Penny fuera el tipo de mujer que se prestaría a tales insinuaciones.
Ahora estaba echando la cabeza hacia atrás y riendo y…
bueno, la había conocido en un bar, ¿no?
No importaba. Apartó la mirada. Podía hablar con quien quisiera, hacer lo que quisiera. Ignorarlo tanto como quisiera. Él solo estaba interesado en el partido. Penny solo había sido un error pasajero.
Hizo girar el cuello, que de repente estaba extrañamente tenso, y patinó hasta el círculo azul en el centro mientras los demás tomaban sus posiciones.
Andre Mäkelä era el jugador rival al que desafiaba en el saque neutral de hoy. Jack lo conocía bien. Jugó por un periodo muy corto en Nueva York cuando Jack aún era novato. Fuera del hielo, se llevaban bastante bien. Pero fuera del hielo era fuera del hielo.
—¿Y bien, West? —le saludó el finlandés—. ¿Por qué no te has arreglado aún ese pedazo de nariz? Ni siquiera te encaja bien la visera.
Jack resopló y clavó las cuchillas con más fuerza en el hielo para tener mejor agarre mientras uno de los árbitros colocaba el puck entre ellos.
—Alguien con una cara como la tuya, Andre, debería pensárselo dos veces antes de insultar a los extraños.
Andre le lanzó una sonrisa burlona.
—¿Me va a fulminar Dios con un rayo ahora, Santo?
—Deberías tenerme más miedo a mí que a Dios —respondió Jack en voz baja.
—Oh, por favor, si eres el debilucho de la liga. Demasiado amable y demasiado inofensivo para asustar a nadie. Tus padres deben de haberte educado demasiado bien.
Jack apenas sonrió. Sus padres no lo habían educado en absoluto.
—Si jugaras la mitad de bien de lo que sueltas estupideces, Andre, puede que tuvieras alguna oportunidad —respondió con calma.
Su oponente entrecerró los ojos, pero no tuvo ocasión de responder porque sonó la bocina de inicio; el brazo de Jack salió disparado y se hizo con el puck… y entonces toda la charla y las posturitas se borraron de su mente.
Solo existían su equipo y el hielo, e hizo lo que mejor sabía hacer: ganar.