Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo Nueve

P enny no tenía la sensación de que aquello hubiera salido bien.

En parte se debía a la abierta hostilidad de León Álvarez y en parte a que Thomas Lyle la había apartado junto a la puerta para explicarle en tono bajo y urgente que no podía contarles a los jugadores cuántos gallos había degollado en un escenario.

—¡Solo fue uno y León Álvarez preguntó! —replicó, defendiéndose—. ¿Debería haber mentido?

—¡Sí! —afirmó Lyle tajante, y se pasó una mano con impaciencia por su corto cabello afro—. Porque eso es exactamente lo que hacemos en la directiva: mentimos cuando no queremos preocupar a los jugadores y poner en peligro su concentración.

Hm, tal vez tampoco aprobaría que se acostara con uno de ellos, ¿verdad?

—Esa es una forma de actuar cuestionable —objetó, confundida.

El gerente general apretó los dientes, molesto.

—Sí. Lo es. Y si tiene un problema con eso, ¡no sé en qué estaba pensando su padre al dejarla entrar aquí!

—Entornó los ojos y se frotó la cara—. Penélope, usted es agradable y estoy seguro de que es muy, muy inteligente, ¡pero hace falta algo más que eso para dirigir un equipo de hockey!

¡Esa idea de Darron de hacerla competir por el equipo es una ridiculez!

Él es el jefe. Pero, si llega el momento de la verdad, elegiré a su hermano sin siquiera durarlo.

¡Al menos los jugadores lo toman en serio y él no tiene ningún problema en mentirles si es necesario!

Sin decir ni una palabra más, se dio la vuelta y se apresuró hacia el pasillo por donde Gareth había desaparecido.

Penny lo vio alejarse mientras apretaba la mandíbula.

Fantástico. Los jugadores no parecían ser los únicos que no la tomaban en serio.

Aquí tenía otro problema con el que lidiar, como si con Jack no fuera suficiente.

El tipo la llamaba Perséfone a propósito, pero luego se quedaba mirándola todo el tiempo como si fuera a lanzarla sobre la mesa para bajarle los pantalones.

Bueno, quizá estaba proyectando sus sentimientos en Jack, pero él no se había tomado lo de «olvidarlo todo» ni la mitad de en serio que ella, y eso era…

—Mierda —susurró, llevándose una mano a los ojos. Quizá debería rendirse, hacer lo que todos esperaban y tirar la toalla.

¡Nunca había planeado quedarse aquí para siempre!

Creyó que ella y Gareth compartirían el equipo y que su hermano se encargaría de las gestiones sobre el terreno mientras ella podía ocuparse del trabajo benéfico que aún deseaba realizar.

Aquello era ahora un sueño imposible y, además, puede que todo el estrés de las próximas semanas no valiera la pena…

«Cobarde», murmuró una voz en su cabeza que sonaba condenadamente parecida a la de Jack, antes de que otra más fuerte añadiera:

—¿Necesitas ayuda, Perséfone?

Se quitó la mano de la cara de un tirón.

Como si lo hubiera conjurado solo con el poder de su mente, Jack estaba de pie frente a ella.

Se había quitado la chaqueta, revelando la camisa que llevaba debajo, que debía de haber encogido en la lavadora porque nadie en su sano juicio compraría algo tan ajustado.

¡Aquello era… acoso sexual para su mente!

Se había esforzado mucho por no mirarlo.

Ahora, sin embargo, lo hizo, y se dio cuenta con consternación de que no se había vuelto feo en la última semana.

No se había afeitado, por lo que una barba rubia de varios días adornaba su mentón, y el mero hecho de que ella estuviera lo bastante cerca como para ver eso era inapropiado, considerando su historia.

Así que dio dos pasos atrás antes de poner su mejor expresión de total indiferencia, una que habría hecho reír a cualquier muñeco de nieve.

No se le daba bien mentir y, puestos a admitir cosas, estaba más caliente que fría.

Esto resultaba obvio por el tiempo que llevaba mirándolo sin decir nada.

Se aclaró la garganta y abrió la boca.

—Tú…

—Soy Jack. Jack West —la interrumpió, sonando igual de paciente mientras sonreía con cinismo—. ¿Te acuerdas? —Con gesto dramático, se puso una mano en el pecho—. ¿El tipo con el que pasaste la mejor noche de tu vida?

Su rostro se encendió y, horrorizada, miró de derecha a izquierda por el pasillo. Estaba vacío; nadie lo había oído.

—Bueno, para empezar, eso fue bastante arrogante —siseó, molesta—. Y segundo, ¡por supuesto que tenía que fingir que no sabía quién eras! ¿Por qué debería haberme sabido tu nombre y no el de León Álvarez?

—Porque soy el más guapo de los dos —sugirió con incredulidad—. ¿Y tengo que seguir mencionando los cuatro orgasmos?

—¡Chist! —replicó enfadada y volvió a mirar por el pasillo antes de agarrarlo del brazo y arrastrarlo a la sala, por suerte vacía, que había tras ella—. Cielo santo, no recuerdo que fueras tan agotador.

—Y yo que pensaba que no recordabas nada —espetó con amargura.

—¡Ese era el trato! —le recordó, sorprendida—. Olvidar. Acordamos olvidar.

—Sí, pero el trato no incluía comportarse de forma rígida o antinatural en presencia del otro.

Penny abrió los ojos con incredulidad.

—¡Hablaste para que te mirara! ¿Quién se pasó todo el tiempo taladrándome con la mirada? Y luego esa pregunta estúpida. Como si fuera importante a qué me dedicaba antes de terminar aquí.

Él se encogió de hombros y cruzó sus brazos frente al pecho.

—Me pareció justo, ahora que sabes a qué me dedico yo.

Ella enarcó una ceja.

—Lo único que sé… —dijo, bajando la voz—, es que te comportaste de forma extraña y tienes que cambiar eso si no queremos que nos descubran.

Jack suspiró.

—Sí, creo que va a ser más difícil de lo que pensaba. Hace una semana no me di cuenta de lo mucho que llegas a sacarme de quicio.

—Y yo que pensaba que el gran Jack West no se enfadaba. ¿No dijiste que estabas orgulloso de tu autocontrol?

Él entrecerró los ojos.

—Oh, lo estoy. No querrías ser partícipe de esta conversación si no tuviera ningún control.

Penny resopló antes de decir con la voz más desinteresada posible:

—Nada más que una amenaza vacía. ¿Sabes lo que creo? Que tienes un problema con que ahora sea tu jefa.

Él parpadeó, irritado.

—¡Pues sí!

—Porque estás acostumbrado a tener el sartén por el mango y eso es un problema para tu ego —concluyó.

Jack la miró durante unos instantes. Luego, le preguntó en voz baja:

—¿Fumaste marihuana o algo?

Ella parpadeó.

—¿Qué? No. Sé que me visto como una hippie, pero…

—¡Penny, me da igual que estés en la directiva o no!

—la interrumpió en voz baja, inclinándose hacia delante casi sin darse cuenta—.

No me importa si eres más rica que yo, si eres más lista, más refinada o incluso si juegas mejor que yo al minigolf.

No estoy enfadado porque seas una mujer que ocupa un puesto superior al mío.

Estoy enfadado porque olvidar no significa tratar a la otra persona como si fuera invisible.

Significa tratarla como si nada hubiera pasado.

Con respeto y una sonrisa amable, no con indiferencia.

Ella tragó saliva. Estaba demasiado cerca.

Sentía su aliento cálido en la mejilla. Inhaló su aroma a bosque de pinos y a hombre, envuelta en el agradable calor que él irradiaba…

Tenía razón. Y a ella le gustaría comportarse como le pedía, pero no podía.

No tenía control sobre sus expresiones, sus sentimientos o su cuerpo.

Lo había intentado, pero había sido incapaz de olvidar.

De hecho, soñaba con él desde que se separaron: sus labios en su cuello, sus dedos entre sus muslos y su risa en su oído.

Había un montón de cosas molestas y estresantes que deberían haber infestado sus sueños, pero Jack con su estúpida sonrisa y sus estúpidas manos grandes lo superaba todo.

Sin embargo, no podía decírselo. Le daría demasiado poder. Haría que ser su jefa fuera aún más difícil. Así que enterró sus pensamientos y sentimientos, respiró hondo y lo miró a los ojos.

—Jack, ¿podrías dejar de ser tan dramático? No fue para tanto ahí dentro. No es que pudiera establecer contacto visual con todos los jugadores en la primera reunión. ¿Sabes cuántos son?

Jack resopló.

—Por supuesto —dijo, con un sarcasmo tan espeso que prácticamente empapaba los pies de Penny.

Ella puso los ojos en blanco antes de dedicarle una sonrisa dulce.

—No sé qué te pasa. Deberías tener muchísima facilidad para olvidar lo que pasó porque, si hay que creer a tus compañeros de equipo, de todos modos no mantienes relaciones sexuales durante la temporada.

Jack lanzó un profundo suspiro.

—¿Cómo sabía que sacarías eso a relucir?

—¿Quizá porque es la regla —por no mencionar la mentira— más estúpida que he oído nunca? —sugirió con amabilidad.

—No es una mentira.

Penny se rio.

—Te das cuenta de con quién estás hablando, ¿verdad?

—Sí —respondió en un susurro, dando un paso hacia ella con los ojos entrecerrados. Estaba tan cerca ahora que sus senos rozaban el pecho de él—. Y si no me hubieras provocado, me habría mantenido fiel a mis principios.

Ella abrió la boca con incredulidad.

—¿ Yo te provoqué a ti ? ¿Ahora quién es el que está fumado? Admitiste que estabas coqueteando conmigo. Querías saber si estaba soltera. Me llevaste a casa, me acompañaste hasta la puerta…

—¡Tú me invitaste a entrar!

—¡Solo porque te estabas comportando así! Fue el desafío. Yo misma no estaba… nada segura.

—Oh, estabas segura —le susurró al oído, con sus labios rozando la sensible piel de detrás de su oreja—. Tus caricias eran seguras y todos los sonidos escandalosos que salían de tu boca también lo eran. Todo tu cuerpo estaba seguro de que quería exactamente lo que yo le di.

Se le secó la boca, sintió el pecho pesado y el vientre se le contrajo en un delicioso tirón. Ay, Dios, tenía que dejar de hablar así. Dio otro paso atrás antes de apoyar las manos contra el pecho de él, manteniéndolo a una distancia prudencial.

—Bueno, eso fue hace una semana. En una semana pueden pasar muchas cosas. Y no es que hoy me haya comportado de forma poco profesional.

—¿Poco profesional? —Saboreó la palabra en su lengua—. Tendrás que explicármelo. ¿Cómo puede ser poco profesional una expresión?

—¡Insinuando que me has visto desnuda antes! —soltó con rabia.

—Pero si es que sí te he visto desnuda —le recordó él.

—¿Y qué? Apenas nos conocemos.

—Bueno, en el sentido bíblico, nos conocemos muy bien.

Puso los ojos en blanco.

—Obviamente, el Santo , a quien todo el mundo en la liga conoce solo como un buen tipo, tenía que recurrir a comparaciones bíblicas.

—Ah, veo que has echado mano de mi expediente.

Se lo habían enviado, sí. Y sabía usar Google.

—¿Y qué? Lo de tu abstinencia sexual durante la temporada no figuraba ahí.

—Vaya, vaya. Mi nombre siempre está asociado al sexo. —Chasqueó la lengua en un gesto desaprobatorio—. Si no te conociera, diría que estás obsesionada conmigo y con mis habilidades en la cama.

Eso la hizo reír.

—Siento decepcionarte. Pero no vas a encontrar ninguna de mis bragas sucias en tu taquilla. Nunca —respondió con calma, levantando la barbilla—. Aunque estoy segura de que recibes bastantes de otros sitios.

—Ah, no. En realidad, recibo más sujetadores.

Penny resopló.

—Claro. Y no quiero herir tu ego, pero la noche no fue tan memorable.

Esperaba todo tipo de reacciones ante aquella afirmación, pero, sobre todo, rabia y molestia general. Pero él se limitó a mirarla con terquedad, con los ojos inexpresivos, los labios apretados y las cejas un tanto enarcadas.

Y entonces dijo:

—¿De verdad degollaste un gallo delante de cientos de personas?

Ella gruñó. Fantástico. ¿Ignoraba su ataque directo a su masculinidad, pero no podía superar la historia del pájaro muerto?

—Fue una declaración de principios —respondió irritada.

—¿Una declaración de que estás loca?

«Loca». La palabra le atravesó el corazón como mil pinchazos de aguja, igual que le había ocurrido desde que tenía uso de razón.

La loca de Penny. La rara de Penny. «¿De verdad es esa la hija de Darron Clark? ¿Penny?». Ya había escuchado todo aquello antes, pero hacía siglos que había decidido que no iba a seguir justificándose por la mujer que era. No estaba loca ni era rara. Simplemente no seguía la norma.

—¿Sabes qué? Me voy —espetó, y esta vez no tuvo que esforzarse para que su voz sonara como si estuviera en un congelador.

Trató de pasar junto a él para salir por la puerta, pero antes de que pudiera girar el pomo, Jack le atrapó la muñeca.

—¿Te vas de esta habitación… o de Los Ángeles? Porque nunca has planeado quedarte mucho tiempo, ¿verdad?

Abrió la boca, queriendo contradecirle, pero no fue capaz de hacerlo. Le había confesado que era una mentirosa pésima.

—Eso creí —respondió en voz baja—. Pues bien. ¿Quieres volver a Sudamérica y olvidar lo que te espera aquí? Olvidar parece ser una de tus actividades favoritas.

Se soltó de la muñeca de un tirón, se frotó el lugar que él había tocado y levantó la barbilla.

Sí, eso le gustaría. A todos los de aquí les gustaría.

Sus padres esperaban que se rindiera. Su hermano lo esperaba.

Todo el maldito equipo lo esperaba. Menos mal que a Penny nunca se le había dado bien estar a la altura de las expectativas.

—No me voy a ninguna parte —objetó con una calma peligrosa—.

Y si fuera tú, dejaría de provocarme; de lo contrario, te venderé en cuanto el equipo sea mío.

Sé que piensas que soy dulce y amable, y un poco loca…

Pero no soy nada de eso, a menos que así lo quiera.

—Y entonces golpeó su hombro contra el de él una última vez mientras pasaba por su lado hacia el pasillo.

Todos aquellos hombres arrogantes y poderosos podían irse al infierno. Puede que ella no fuera la opción obvia para dirigir este equipo, pero, maldita sea, iba a ser la mejor.