Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

¿En qué demonios estaba pensando Darron Clark? ¿Competir por el equipo?

—¿Qué estupidez es esta? —preguntó León Álvarez, y probablemente fue la primera vez en todo el día que nadie le puso objeciones por hablar. Estaba diciendo lo que todos pensaban. Jack estaba seguro de ello.

—Sabemos que no es lo ideal —dijo Gareth Clark subiendo el tono y lanzando una mirada a Lyle, el gerente general, que tenía los labios apretados—. Pero no pudimos convencer a nuestro padre de lo contrario. Fue… muy específico.

La última palabra salió de su boca con tanta amargura que podría haber contaminado arsenales enteros de agua potable.

Penny se rio. A carcajadas.

—Específico —repitió—. Me gusta eso. En fin, estoy deseando conocerlos a cada uno de ustedes. Gareth y yo estaremos aquí para ustedes durante los próximos meses, así que si tienen alguna pregunta…

—Yo tengo una —anunció León de inmediato, levantando la mano en seguida.

—Ay, no —masculló Lucy.

Él la fulminó con la mirada.

—¡No pasa nada! No voy a preguntar nada sobre sexo, solo algo inofensivo —prometió con impaciencia antes de añadir en voz más alta—: ¿Es verdad que degolló a un pollo delante de todo el mundo en una gala?

Jack se atragantó con su propia saliva. ¡Qué pregunta más ridícula! Por supuesto que Penny no había…

Oh, mierda, ¿se estaba sonrojando?

Atónito, se inclinó hacia delante en su silla y notó que medio equipo seguía su gesto.

—Hm —masculló Penny, alargando la palabra antes de erguir la espalda—. No. —Se aclaró la garganta y añadió en voz baja—: Fue un gallo.

Gareth Clark se miró las manos y sonrió. A León casi se le salen los ojos de las órbitas. Lucy estaba reprimiendo un ataque de risa y Charkov había palidecido.

Jack no hizo nada de eso. Se quedó mirando a Penny, cuya cara parecía ahora un tomate tímido. ¿Por qué demonios admitiría algo así? ¿Por qué no había mentido?

—Pero eso fue hace mucho tiempo —dijo finalmente, cuando el silencio en la sala se prolongó demasiado.

—¡Hace cinco años! —espetó León incrédulo.

—Bueno… sí —se mordió el labio—. Pensé que era una buena idea en aquel momento. Aunque, hoy en día, rara vez voy por ahí con un cuchillo de cocina.

Jack reprimió un resoplido divertido, pero León la miraba con fijeza, como si temiera que lo confundieran con un gallo mientras dormía por la noche.

Penny pareció notarlo, porque añadió:

—Fue una imprudencia de juventud, señor Alquez.

León frunció el entrecejo.

—Álvarez —gruñó—. Soy León Álvarez.

—Ah. —Penny inclinó la cabeza pensativa—. Álvarez. Eres el treinta y ocho por ciento.

—¿Qué? —El defensa la miró parpadeando, confundido.

—Nada. —Hizo un gesto descartando el tema con la mano—. Lo siento. Todavía tengo que asociar los nombres con los dorsales. Así que, si eso es todo…

—Yo también tengo una pregunta —dijo Jack, levantando la mano.

No estaba muy seguro de por qué lo hacía. Tal vez le molestaba que Penny estuviera mirando a todo el mundo menos a él. Tal vez solo quería una respuesta a su pregunta. Se la debía.

—¿Qué hacías antes de venir aquí? No me refiero a nada de estas últimas noches… —Hizo una pausa y esbozó una media sonrisa—. Me refiero en el ámbito profesional.

Si era posible, Penny se puso aún más roja. Por fin, su mirada se posó en él, y mientras se humedecía los labios —ahora secos—, el recuerdo de las veces y de todo lo demás que había lamido pasó por la mente de Jack.

Oh, maldición. Quizá fue una idea estúpida.

Penny parpadeó.

—¿Y tu nombre es…? —logró preguntar tras unos extraños segundos de silencio.

Su mandíbula se tensó. Claro. El hombre que le había dado cuatro orgasmos no iba a recibir ningún trato especial. Debería habérselo imaginado. El trato especial solo empezaba después del quinto.

—Jack. Jack West —gruñó.

—Bueno, Jack, Jack West —repitió ella sus palabras—. Estuve en Sudamérica viajando durante los últimos cinco años, recopilando datos para la Universidad de Nueva York y elaborando estadísticas sobre la pobreza, el crimen y el número de niños en estado de calle en Latinoamérica.

Hm. Eso echaba por tierra su fantasía de la profesora de matemáticas. Por otro lado, él era flexible en lo que respectaba a los pensamientos sucios, así que podía lidiar con esa respuesta.

—Eso no suena muy propio del hockey —comentó Álvarez con tono crítico.

Jack lo ignoró. Se limitó a asentir y dijo:

—Gracias, Perséfone.

Ella frunció los labios.

—Penelope.

—Ah. —Él asintió—. Lo siento. Es nuevo para mí.

Su sonrisa parecía más que forzada, pero permaneció en su rostro.

—No hay problema, Jack, Jack West.

—No se lo puedes tener en cuenta, Penny —intervino Austin Fox, el capitán, siempre diplomático hasta la médula—.

Durante la temporada, Jack solo recuerda las jugadas y las estadísticas de los oponentes.

Ni nombres, ni caras. Especialmente no de mujeres.

—Fox le sonrió—. Aquí nuestro santo tiene un pacto consigo mismo de no empezar aventuras ni relaciones durante la temporada. Juega mejor en castidad.

Oh, mierda.

—Gracias por revelarle toda esa información —farfulló Jack con tono sombrío.

Fox le restó importancia con un gesto.

—Ah, no es ningún secreto, y ella dijo que quiere conocernos mejor. ¿Verdad, Penny?

Él volvió a mirar a su potencial futura dueña del equipo, que seguía mirándolo con fijeza, con la boca apenas entreabierta.

—¿Ah, sí? —preguntó en voz baja—. ¿Nada de sexo durante la temporada? Y ahora… estamos en temporada.

Él se enderezó en su silla. Todo su equipo tenía los ojos clavados en él, así que ¿qué otra cosa podía decir?

—Exacto.

Dax resopló, pero gracias a Dios, mantuvo la boca cerrada.

—Así que esa es tu regla . ¿Y no haces excepciones? —preguntó Penny con naturalidad.

Solo una .

—No.

—Hm. Interesante.

—Oh, no es tan interesante —interrumpió León—. Jack es un remilgado y un idiota. Nada nuevo. Lo que todavía no he oído es si sabe algo sobre hockey.

Sorprendida, ella enarcó las cejas y apartó la mirada de él.

—Sí. Me crie rodeada de este deporte y he leído sus perfiles. Sé mucho sobre ustedes.

—¿Solo que no los nombres? —preguntó Charkov, frunciendo el ceño.

—Tengo mejor memoria para los números —admitió en voz baja—. Pero los nombres ya vendrán. Conozco las cosas importantes.

Álvarez resopló.

—Sí, claro —apuntó con sorna—. ¿Entonces también sabes que mi técnica con el stick es la mejor y que me merezco un aumento?

Una pequeña sonrisa se extendió por sus labios.

—Sé que eres A positivo y, estadísticamente hablando, el treinta y ocho por ciento de los goles del equipo contrario esta temporada han sido culpa tuya, no de Moreau.

Y sé que solo has ganado el veintidós por ciento de los cara a cara hasta ahora y que dos mujeres afirman que las has dejado embarazadas, aunque creo que ambas solo van tras tu dinero.

Ah, y en cuanto a tu técnica con el stick…

—Su sonrisa se ensanchó un poco—. Por supuesto que la tuya es la mejor.

Cuando tienes un stick más corto y pequeño, tu técnica tiene que ser mejor.

Jack no quería reírse, pero no pudo evitarlo. Evidentemente, el resto del equipo sintió lo mismo. Por una vez en su vida, León se quedó mudo para responder y esa octava maravilla del mundo impulsó a Lucy a levantarse y dar por terminada la reunión.

Penny les dio las gracias, Gareth Clark se limitó a levantar la mano y su gerente general abandonó la sala sin decir palabra. A Jack no se le escapó el hecho de que Penny volvió a evitar su mirada mientras salía por la puerta.

—Genial —dijo el entrenador Gray, aliviado en cuanto volvieron a estar solos—.

Ahora, ¿podemos ponernos en marcha? ¡Todo el mundo a traer sus cosas y nos vemos abajo para tomar el autobús al aeropuerto!

No quiero oír más quejas sobre el cambio de propietario, tenemos que concentrarnos en el partido.

—Oh, Dios, estamos jodidos —jadeó Álvarez, violando las instrucciones de su entrenador en cuanto este salió de la sala.

—¿Por qué? —preguntó Lucy con brusquedad—. ¿Porque es mujer?

—¡No! —León la taladró con la mirada—. No soy sexista, ¿de acuerdo? No, estamos jodidos porque ¡no sabía quién soy yo! ¿Cómo de bien puede conocer el hockey?

Algunos de los otros murmuraron en acuerdo.

—Oh, ella no va a quedarse con el equipo de todas formas —opinó Matt—. Vamos, Gareth Clark es un idiota de sangre fría y va a dejar en evidencia a su hermana de arriba abajo.

Jack bajó la mirada y no dijo nada. Esperaba que Matt se equivocara. Penny no se merecía eso.

De inmediato se desató una discusión sobre cómo procedería Clark, pero Jack se mantuvo al margen.

No compartía la opinión de los demás de que Penelope Clark no estuviera a la altura del desafío, pero tenía que seguir recordándose a sí mismo que no la conocía.

Y, sin embargo… de alguna manera sí lo hacía, ¿no?

Al menos un poco. Así que, puede que estuviera inquieta, pero no dejaría que eso la hundiera.

Era inteligente y apasionada. Probablemente nunca tomaría la ruta convencional; además, ¿quién decía que la no convencional fuera siempre menos exitosa?

—¿Estás bien?

Jack parpadeó y levantó la vista. Lucas Moreau lo observaba con escepticismo mientras los demás gritaban.

—¿Qué? —preguntó.

—Todavía no has dicho nada. Sobre Penelope Clark.

—Tú tampoco.

Moreau enarcó una ceja.

—Sí, pero la gente está acostumbrada a que yo no diga nada. Tú, en cambio, no sabes tener la boca cerrada.

Él se encogió de hombros.

—Esperaré a ver qué pasa —respondió en voz baja.

Porque, por Dios, ¿qué otra cosa podía hacer? Le invadía la sensación de que tenía que estar preparado para cualquier cosa con Penny. Al menos, olvidar su noche juntos había ido bastante bien, ¿no?