Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo Ocho

—¿ C ómo la llamaríamos? —León Álvarez se reclinó en su silla y ladeó la cabeza sopesando las opciones—. No se me ocurre nada. ¿Señorita Jefa, tal vez?

—Jefe es jefe —terció el delantero Matthew Payne, que estaba despegando la cera roja de un queso Babybel.

—¿Por qué?

—Sexismo —respondió Moreau, su portero, echando una mano al joven jugador.

—Ah, ya. —León asintió como si hubiera debido imaginárselo solo—. Entonces quizá deberíamos inventar un título, ¿no? Quiero decir, ¿cómo se supone que voy a dirigirme a la señorita Clark si no sé cómo llamarla?

—¡Por su nombre, León! —observó Lucy, molesta.

Era consultora de relaciones públicas y la prueba reciente de que Dax podía comprometerse en una relación a largo plazo.

También acompañaba a menudo a la Dragona como chaperona del equipo—.

Tú no me llamas «Lucy, la consultora de Relaciones Públicas», ¿verdad?

León sonrió.

—No, tienes razón. Te llamo encanto, bombón...

—Bueno, ya, León. Es hora de un minuto de silencio —dijo Dax con tono de advertencia.

El defensa puso los ojos en blanco.

—De verdad que ya no entiendes mi humor desde que frecuentas la cama de Lucy. Quizá ella no te deje sin seso de tanto sexo, pero por lo visto sí te exprimió todo el sentido del humor de todo el cuerpo.

—Deberías iniciar un estudio científico —sugirió Jack con sequedad. Daba la casualidad de que conocía a alguien que podría elaborar las estadísticas pertinentes. Era su nueva jefa.

—Dios mío, son peores que un grupo de niños con un subidón de azúcar. Compórtense, ¿quieren? —regañó Lucy en voz alta, levantándose de su asiento y lanzando una mirada de advertencia a su alrededor—. No gritarán y tampoco van a escupir en el suelo…

—¿Quién de nosotros ha escupido en el suelo alguna vez? —preguntó Dax, resoplando.

—Charkov —señaló su novia, mirando al defensa ruso de pelo rapado, conocido por dejar pasar algún disco en el hielo, pero extremadamente eficaz derribando al jugador que se hubiera atrevido a marcar un gol.

—Tengo demasiada saliva, así que escupo —dijo el defensa con un acento marcado y se encogió de hombros.

—¡Hoy no! —respondió Lucy tajante—. Si quieren decir algo, piden la palabra así —Levantó el dedo índice.

Matt se aclaró la garganta de forma audible.

—¿Nos vas a dar en los dedos con una regla si no nos portamos bien? —preguntó con seriedad.

—No —dijo Lucy escuetamente—. Apuntaré a otra parte.

Dax sonrió.

—Yo tendría cuidado, Matt. Tiene un saco de boxeo en casa, y recién acabo de convencerla de que quite mi cara de él. Todavía no está claro quién es el siguiente.

—¡Lucy, si vamos a decir algo, lo diremos!

—intervino León—. Y tengo un montón de preguntas como: ¿A las mujeres adineradas también les resulta igual de fácil que a los hombres adinerados encontrar una pareja sexual dispuesta?

Siempre he querido saberlo. No me excitan las mujeres ricas, pero quizá sea solo porque yo mismo tengo mucho dinero.

Jack estuvo a punto de abrir la boca y confirmar que Penelope Clark no tenía problemas para ligar con hombres, aunque no fuera una de esas mujeres que iban buscándolo. Justo a tiempo, recordó que esa afirmación podría suscitar muchas preguntas.

—Ay, Dios —murmuró Lucy, con una mano en la frente.

—León, ¿por qué no solo te callas cuando lleguen la señorita Clark y Gareth? —sugirió Austin Fox.

Álvarez le lazó una mirada sombría.

—¡No me puedes callar, cuando se te dé la gana! Puede que seas el capitán, pero esto sigue siendo una democracia.

—Está bien —respondió el capitán, desperezándose—. Votemos entonces. ¿Quién está a favor de que León Álvarez se calle? Practiquemos todos lo de levantar la mano, como ha dicho Lucy.

Jack sonrió mientras todos levantaban la mano y las comisuras de la boca de Moreau se curvaban, aunque su portero solo solía sonreír cuando evitaba un gol.

—Ja, ja —respondió Álvarez con amargura—. Todos son unos…

El equipo nunca sabría qué eran, porque en ese momento se abrió la puerta.

Cuatro personas entraron en la sala, tres hombres y una mujer.

Fue un milagro que Jack reparara siquiera en los hombres, que eran el entrenador principal Parker Gray, el director general Thomas Lyle y el posible propietario Gareth Clark.

Su mirada estaba fija en la mujer. Siempre estaría fija en ella cuando estuviera cerca.

No podía evitarlo; era su cuerpo el que reaccionaba, y no había olvidado lo que había sucedido hacía una semana.

Penny intentaba ignorarlo. Sonreía, dejando que su mirada se deslizara con cautela sobre los veintiséis hombres de traje que tenía delante, pero saltándoselo a él de forma deliberada.

No es que los demás fueran a notarlo, pero Jack no era los demás .

Se reclinó en su silla, entrelazó las manos tras la nuca y dejó que su mirada recorriera a Penny.

Automáticamente, el pulso comenzó a latirle con fuerza y su mente se inundó de imágenes eróticas.

Había esperado que se pusiera un traje de negocios, que llevara un maquillaje marcado y tacones altos, y que en general cumpliera con los requisitos equivocados que la gente presupone de sus superiores femeninas. Sin embargo, se había equivocado.

Penny no se veía diferente a la última vez que la vio, salvo quizá un poco más descansada.

Volvía a llevar unos pantalones anchos de lino color crema, adecuados para una expedición a la selva, pero no para California en enero, aunque esta vez estaban limpios.

La blusa que llevaba podría haber parecido profesional…

si no tuviera cientos de mariposas estampadas.

Su rostro estaba bronceado, pero seguía sin rastro de rímel ni pintalabios, y su cabello corto se rizaba un poco sobre las orejas.

Comparada con los tres hombres, cuyos trajes solo se diferenciaban en el color, parecía ridículamente joven y fuera de lugar, así que podía comprender las expresiones de confusión y alarma de sus compañeros de equipo.

—Vaya —oyó murmurar a Dax desde una silla cercana—. ¿Esa es la hija de Darron Clark?

Como si hubiera seguido una orden, Lucy se levantó de un salto y caminó hacia el grupo con una sonrisa.

—Hola, chicos… y bienvenida, señorita Clark.

Las comisuras de la boca de Jack tuvieron un espasmo.

Solo Lucy tenía las agallas de llamar «chicos» al multimillonario Clark y a los dos veteranos y grandes del hockey que tenía delante, pero el gesto cumplió su propósito.

El ambiente se relajó y los hombros tensos de Penny bajaron un par de centímetros.

—Hola —respondió, estrechando la mano de Lucy—. ¿Usted debe de ser la señorita James, de Relaciones Públicas?

—Sí, así es. Estoy aquí para recordarles a los chicos cómo deben comportarse —dijo demasiado alegre y asintiendo hacia el equipo… o quizá solo hacia León—. Por favor, llámame Lucy. Todo el mundo lo hace.

—Con mucho gusto. Yo soy Penelope o Penny. —Lanzó una mirada por encima del hombro de Lucy hacia los hombres—. Eso también va para ustedes.

—Yo sigo siendo el señor Clark —declaró su hermano, cortante, apoyándose en una de las mesas situadas en un lateral de la sala.

—Y yo sigo siendo un impaciente —terció el entrenador Gray, mirando su reloj—.

Tenemos que estar en el aeropuerto en una hora y media, así que dense prisa y digan lo que haya que decir.

También tengo algunas anotaciones sobre los Seattle Snakes, con los que jugamos hoy, pero eso tendrá que esperar hasta el avión.

—Apretó los labios insatisfecho con la perspectiva.

Lucy puso los ojos en blanco, se hizo a un lado e hizo un gesto grandilocuente que abarcaba toda la sala.

—Genial. Como ya sabrán, Darron Clark ha decidido dejar sus funciones en los Hawks. En los próximos meses, Penelope y Gareth…

—El señor Clark —replicó este último con calma.

—Bien. Penelope y el señor Clark se familiarizarán con todas las tareas que su padre desempeñaba anteriormente y acompañarán al equipo a algunos partidos. Para conocerlos mejor —concluyó.

—Espera —dijo Dax en voz alta—. ¿Ese es el gran anuncio? ¡Todavía no nos has dicho cuál de los dos se quedará con el equipo!

Lucy enarcó una ceja y miró a su novio con fastidio.

—¿No hemos hablado de esto antes? Si alguien quiere decir algo, tiene que levantar la mano.

—Oh, vamos, Lucy. Las reglas no se me aplican a mí —dijo indignado—. De lo contrario, no tiene ninguna ventaja acostarse contigo.

Lucy frunció el entrecejo.

—¡Un comentario más así, Temple, y te pongo en los escalones de la entrada para que reflexiones sobre lo que has estado haciendo mal!

«Temple», articuló él sin palabras, incrédulo.

—Lucy, tiene razón —objetó Austin Fox, levantando la mano por encima de su cabeza—.

Es estupendo que quieran acompañarnos, señor Clark…

señorita Clark. Sin embargo, las últimas semanas sin información específica han causado cierta inquietud y me gustaría evitar que el equipo se pregunte qué va a pasar exactamente con nosotros.

—No es tan sencillo —dijo Gareth Clark, separándose de la mesa—. Nosotros…

—Oh, vamos —le interrumpió Penny—. Seamos sinceros, Gareth.

Nuestro padre no decidirá quién se hará cargo del equipo hasta dentro de tres meses.

Lo hará depender de cuál de los dos lo haga mejor.

—Una sonrisa cínica asomó a sus labios, algo que a Jack le costó conciliar con la Penny alegre y risueña que tenía en su cabeza—.

En pocas palabras, nos está enfrentando el uno contra el otro. El ganador se queda con los Hawks.

—Oh, mierda —masculló Dax.

—Exacto —asintió Penny con tensión.

Gareth le lanzó una mirada molesta. Era obvio que él habría preferido mantener la información en secreto.

—¡Esto no los afectará! Intentaremos que todo sea lo más normal posible. Solo sigan jugando como hasta ahora. No importa quién se quede con el equipo, la transición será fluida.

—Menuda chorrada —susurró Moreau, y Jack tuvo que darle la razón. Los cambios de propietario en un equipo nunca eran fluidos. Menos cuando se producían en circunstancias tan absurdas.