Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Penny hizo una mueca. Dios, echaba de menos a Pongo.

Había sido el caniche miniatura más bonito del mundo.

Por desgracia, el recuerdo de su perro la hizo estar de acuerdo con Gareth.

Darron Clark no era una mala persona, ni un mal padre, pero sus decisiones y sus métodos de enseñanza y crianza, eran discutibles.

Les había hecho arrancar malas hierbas para ganarse la paga solo para robársela de sus habitaciones por la noche y así enseñarles a no ser descuidados con el dinero adquirido con esfuerzo.

Había hecho que cada amigo que venía a visitar a Gareth o a ella rellenara un cuestionario previo en el que los posibles invitados tenían que enumerar al menos tres rasgos de carácter que les gustaran de sus hijos para asegurarse de que no se hacían amigos de ellos solo por su dinero y su estatus.

Les había enseñado a lo largo de los años que no eran mejores que nadie. Al mismo tiempo, su madre siempre les señalaba cuando eran peores que los demás. Según el criterio de ella, era un privilegio que se depositaran en ellos unas expectativas tan altas; dependía de Penny y Gareth cumplirlas.

Aquella no había sido una buena combinación para un par de adolescentes rebeldes.

Gareth se había rebelado contra sus padres demostrándoles que era mejor que nadie, que no solo cumplía las expectativas, sino que las superaba.

Penny, por su parte, había optado por hacer cosas fundamentalmente poco convencionales en las que no se la pudiera comparar con los demás, como ajusticiar a unos pollitos delante de sus padres y del personal de la casa cuando tenía catorce años para mostrarles lo que pasaba cuando comprabas un pollo entero en el supermercado por tres dólares.

¿Quién más que ella habría hecho algo así? Y luego estuvo aquella vez —bueno, tres veces— en que dejó su coche abierto en una zona terrible porque estaba convencida de que la gente que vivía allí necesitaba el dinero más que ella.

Ella y Gareth tenían sus mecanismos de defensa. Ambos habían aguantado mucho. No era justo por parte de su padre fingir que habían llevado una vida fácil.

Bajó la mano y se la pasó por la cara.

—Esta vez sí se pasó, ¿verdad?

—Sí —confirmó Gareth—. ¿Y a qué venía toda esa charla estúpida sobre que no trabajamos duro y que no hacemos lo que es mejor para todos?

—¡Llevo cinco años haciendo lo mejor para todo el mundo!

—¡Yo llevo trabajando duro desde que tenía diez años!

Las palabras salieron de sus bocas al mismo tiempo. Ambos respondieron con sorpresa.

—Bueno, Penny —dijo Gareth, rascándose la nuca—.

Claro, ayudas a mucha gente… pero todo ese viaje fue para ti misma.

Querías huir de la realidad que te esperaba en Los Ángeles.

Fue un poco egoísta por tu parte abandonarnos aquí.

Abandonarme a mí . Teníamos un plan y te fuiste sin decir ni una palabra.

Ella apretó los dientes. No se había marchado sin más .

—¿Ah, sí? ¿Y qué hay de ti? —respondió con parquedad—.

¡Todo eso de las leyes es fácil para ti, Gareth!

Para ti no es un trabajo duro. ¡Tampoco lo es dar órdenes a la gente o ser quien toma las decisiones!

Mientras te salgas con la tuya y mantengas el control, estás totalmente a gusto.

Solo te estresas cuando tienes que priorizar los deseos de los demás. Cuando se te pide que seas empático.

—¿Qué se supone que significa eso? —replicó él de manera hostil.

Penny abrió la boca, queriendo decirle lo que quería decir… pero, en lugar de eso, gimió y se puso la mano en la frente.

—Ay, Dios. ¡Ya empezamos a ponernos el uno contra el otro! Enseñándonos algo de lo que aún no nos damos cuenta. ¡Y la estúpida competencia ni siquiera ha empezado!

Gareth parpadeó, confundido.

—Espera. ¿De verdad quieres participar en esto?

—¿Tú no? —preguntó, perpleja.

—Sí, por supuesto, pero pensaba… —Hizo una pausa, abrió la boca y se pasó el dedo índice por la barbilla—. Bueno, supuse que tú…

—¿Que yo qué? —espetó Penny con brusquedad.

Su hermano se aclaró la garganta con una expresión propia de una sala de negociación.

—Que simplemente me lo cederías a mí.

Ella lo miró parpadeando, confundida.

—¿Qué?

Gareth suspiró.

—Vamos, Penny. No tienes ningún interés en el equipo. Solo quieres el dinero para poder seguir disfrutando de tu libertad.

Ella tragó saliva. ¿Eso era lo que todo el mundo pensaba de ella? ¿Que solo estaba aquí para ganar dinero y luego largarse? ¿Que no había estado en Sudamérica estos últimos años para hacer algo bueno, sino para olvidar su verdadera y desastrosa vida en Los Ángeles?

Y lo que era más importante, ¿de verdad ese era su plan? ¿Había estado huyendo durante cinco años?

Un nudo le subió por la garganta, pero se lo tragó.

Parpadeó, catapultándose fuera de sus pensamientos.

—Crecí tan obsesionada con el hockey como tú, Gareth —le recordó en voz baja—.

Al igual que tú, estudié algo que sinceramente no me interesaba solo para poder dirigir este equipo algún día.

Puede que no me graduara con el montón de honores como tú, ¡pero salvé a dos docenas de animales de laboratorios de experimentación!

Gareth tamborileó con los dedos impaciente sobre su brazo cruzado.

—No digo que no seas apta para dirigir el equipo, pero…

—Entornó los ojos antes de soltar un hondo suspiro—.

Te quiero, Penny. De verdad. Siempre quisimos hacer esto juntos.

Pero entonces me abandonaste y te fuiste a recorrer el mundo.

Yo, en cambio, llevo los últimos años trabajando para todo esto.

A ella se le secó la boca.

—¡Pero tenía que irme! Yo…

—¿ Por qué? ¿Por qué tenías que irte? —la interrumpió él con brusquedad—. ¡Nunca me lo explicaste!

—Porque… Porque yo… —«Porque yo era la loca de Penelope a la que nadie tomaba en serio. Porque sentía que me estaba volviendo loca de verdad. Porque tenía que dejar de ser comparada con todo el mundo y ser solo yo. Porque... porque era una carga».

Pensó todas esas palabras, pero no salieron de su boca. Porque Gareth tenía razón. Le había fallado, aunque no fuera de forma intencionada.

—No importa —dijo, agotada de repente—. Eso fue antes y ahora es ahora. En aquel momento me fui, pero ahora estoy aquí. Entonces pensaba que no quería el equipo para nada, pero cambié de opinión.

Penny sabía que dirigir a los L.A. Hawks no era solo un trabajo. Sería su oportunidad de demostrar que no era ni una loca ni una excéntrica. Al contrario, era competente, inteligente y ya no era la oveja negra de la familia.

No se trataba solo del dinero, se trataba de…

todo lo demás. ¡De lo que el maldito país pensara de ella!

De lo que sus padres, con sus carreras tan exitosas, pensaran de ella.

Su padre, que había sido un hombre de negocios de éxito durante años hasta que empezó a centrarse solo en los Hawks.

Su madre, propietaria de un hotel de cinco estrellas hasta que se jubiló.

Se trataba de demostrarles que ella también podía tener éxito, si eso era lo que quería.

Se trataba de lo que Penny pensaba de sí misma.

Se aclaró la garganta de forma audible y corrigió su postura.

—Quiero el dinero, Gareth —dijo con seriedad. El lenguaje del dinero era algo que su hermano entendía muy bien—. No para mí, sino por todo el bien que podría hacer con él. Quiero la organización, el alcance y los eventos benéficos que podría organizar.

Su hermano soltó un suspiro pesado.

—La filántropa incomprendida. Batwoman, por así decirlo.

Las comisuras de su boca se curvaron.

—Mejor que Batman. No parece que me fume cinco paquetes al día.

Gareth esbozó una media sonrisa, pero no parecía complacido.

—¿Así que ahora nos obligan a ser rivales?

—Eso parece.

—Mierda.

—Sí, mierda —repitió—. Pero mira el lado positivo: si fracasas, aún puedes trabajar como abogado.

Él entornó los ojos.

—No fracasaré. Nunca he fracasado. Y has olvidado que llevo varios años en la organización. Tengo una ventaja de los mil demonios.