Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Capítulo Siete

—¿ Q uieres que hagamos qué ?

Las palabras de Penny resonaron en el techo de escayola abovedado hasta que la lujosa y cara alfombra bajo sus pies las engulló.

—Penelope, baja la voz. Una mujer de tu posición no habla tan alto —comentó su madre con un suspiro.

—¡Una mujer confundida y enfadada, sí! —replicó, antes de volverse para mirar a su padre—. ¡No puedes estar hablando en serio, papá!

—Me temo que sí —respondió él, molesto pero calmado. Sus pobladas cejas se juntaron.

—Papá —intervino Gareth, saltando del grande y voluminoso sillón, con voz alarmada—. ¡Venga ya! Estás bromeando, ¿verdad?

—No —respondió su padre, ajustándose la corbata—. Reflexioné durante mucho tiempo cómo hacer esto y llegué a la conclusión que hacer una lucha justa por el equipo es la mejor opción.

Oh, Dios mío. ¡Hablaba en serio! ¡No quería que compartieran los Hawks, quería que compitieran entre ellos para ganar el equipo!

Los pulmones de Penny trabajaban tan rápido que estaba mareada.

No podía hacer eso. ¡Ella no quería todo el equipo!

Gareth haría lo que mejor sabía hacer —dirigir el equipo y negociar contratos con una precisión gélida— y ella le ayudaría a elegir organizaciones benéficas y a llevar las finanzas.

Pero, si solo uno de ellos recibía el equipo, entonces…

—Está bien —espetó Gareth, haciendo crujir su mandíbula—. Hazlo como quieras. Pero sea quien sea el que gane al final, simplemente añadiremos al otro al contrato.

—No, no lo harán. —Su padre entrelazó las manos en su regazo y lo miró con frialdad—.

Sé que te gusta buscar vacíos legales, Gareth, tanto en el trabajo como en tu vida personal, pero el contrato que estoy redactando estipulará explícitamente que solo uno de ustedes dos tendrá el control sobre todas las finanzas y, por tanto, sobre todo el equipo.

Penny abrió la boca, la cerró de nuevo y volvió a abrirla… pero no sabía qué decir. Se consideraba una persona bastante audaz. A veces, incluso tendía a ser una sabelotodo. Estaba orientada a los objetivos y le gustaba encontrar soluciones. Sin embargo, en ese momento, su mente estaba paralizada.

Era la impresión. Era el aura general de sus padres.

Era el enorme salón con sus techos altos, los cuadros caros, los bustos de mármol y los muebles antiguos lo que la hacía sentirse como la niña pequeña a la que empujaban de un rincón a otro para que, como en aquella foto de hacía tanto tiempo, no tapara los trofeos de su progenitor.

No era más que otro disco de hockey golpeado contra las vallas, con la esperanza de que tal vez algún día acabara en la portería.

—¿Por qué? —graznó al fin mientras el silencio se instalaba en su estómago—. ¿Por qué quieres enfrentarnos a Gareth y a mí?

Su padre suspiró; su camisa blanca se arrugaba con una ligera transpiración que ella vio que su madre examinaba con ojo crítico.

—Pen, querida —comenzó diciendo, levantándose y tomando sus manos entre las suyas—. No quiero enfrentarlos. Estoy seguro de que saben separar el trabajo de la familia. Si no pueden, ninguno de los dos tiene nada que hacer al frente de los Hawks.

Eso hizo que Gareth resoplara.

—¿Es en serio? Tú no pareces capaz de separar la familia de los negocios.

El único comentario de Darron Clark al respecto fue una ceja levantada.

—Sigue siendo mi decisión y quiero tomar la correcta para los Hawks.

Y esta es la única forma en que puedo hacerlo.

Tengo que descubrir quién trabaja mejor con nuestro director general, con el equipo de relaciones públicas y con el equipo en sí.

Sé que la mayoría de los propietarios están entre bastidores, pero con los Hawks nunca ha sido así, y no vamos a empezar ahora.

—Entornó los ojos muy levemente, alternando la mirada entre sus dos hijos.

Penny, sin embargo, sintió que su atención se demoraba en su rostro más tiempo del necesario.

Tragó saliva con dificultad. Él sabía que ella no quería quedarse, ¿verdad? Que no quería volver al mundo de los críticos juiciosos. Que no quería volver a tener tantos ojos puestos en ella, ni los comentarios constantes de su madre en el oído.

¿Y qué tenía eso de malo? Su época de adolescente y sus primeros veinte años fueron horribles. Nunca encajó en el mundo de sus padres, y seguía sin hacerlo. Ya se había rebelado contra ello una vez. Ahora prefería desaparecer. Pero ¡su padre le estaba bloqueando ambos caminos!

—No es justo, papá —dijo, expresando lo que estaba pensando—. Al menos podrías darnos la oportunidad de trabajar juntos…

Él sacudió la cabeza.

—Ustedes dos nunca han hecho algo como eso.

—¡Montamos un puesto de limonada juntos! —expresó con incredulidad.

Su padre sonrió con condescendencia.

—Cuando tenían siete y nueve años, Pen.

—¿Y qué? ¡El puesto fue un éxito rotundo!

—Penelope —objetó él con paciencia—. Te has pasado los últimos años recopilando datos en Sudamérica y, Gareth, tú sigues siendo más un abogado que va a lo suyo que alguien que sabe trabajar en equipo.

Sea quien sea el que se haga cargo, cientos de empleados dependerán de ti. Y quiero tomar la decisión correcta.

—Nosotros somos la decisión correcta —refutó Gareth con tensión—. Juntos.

Esta vez fue su madre la que soltó un pequeño y distinguido resoplido.

—Cielo… tal como ha dicho tu padre, nunca han trabajado juntos y son increíblemente diferentes.

—Miró de forma significativa el colorido vestido floral de Penny antes de que su mirada se desplazara hacia el impecable traje azul de Gareth—.

Se pelearían, cuestionarían sus decisiones y arruinarían al equipo.

—No —protestó Penny en voz alta.

—No —asintió su hermano—. Yo puedo encargarme de lo legal, Penny de lo financiero, nosotros...

—No —repitió su padre—. Lo haremos a mi manera; de lo contrario, ninguno recibirá el equipo y lo venderé. Así que, a partir de Año Nuevo, ambos trabajarán en la suite ejecutiva durante tres meses y yo decidiré quién rinde mejor.

Penny abrió la boca y miró a su hermano, quien se encontró con su mirada, igual de conmocionado, antes de volver a mirar a su padre.

—Bien, de acuerdo. —Penny levantó las manos—. Entonces, el ganador se queda con el equipo y el perdedor…

—No recibe nada —dijo él con naturalidad.

—¿Nada? —soltó incrédula—. ¡Pero si casi todo tu dinero está en los Hawks!

—Lo sé.

—Espera. —Gareth sacudió la cabeza—. Si yo gano, entonces…

—Le cortaré el grifo a Penny y tendrá que vivir de lo que gane con su trabajo como estadística.

—Pero eso es… casi nada —objetó, perpleja. ¡La única razón por la que había podido aceptar un trabajo con sentido en Sudamérica era porque el dinero le traía sin cuidado!

—Penelope, eso ya no es problema nuestro —respondió su madre con brusquedad—. Tienes casi treinta años y eres responsable de tu propia vida, como nos dejaste muy claro hace cinco años.

—Pero… pero yo… —De nuevo, sus pensamientos quedaron paralizados.

¡Necesitaba el dinero! No para vivir. De eso se encargaría de alguna manera.

Era autónoma, tuviera o no el dinero de sus padres.

¡Pero necesitaba el dinero para hacer del mundo un lugar mejor!

Para salvar la selva tropical, para detener los experimentos con animales, para ayudar a los niños de las favelas; para crear la fundación que llevaba años queriendo montar, como su padre sabía más que de sobra.

Se le daba bien el dinero, se le daba bien multiplicarlo y luego dárselo a quienes más lo necesitaban. Sin embargo, si su padre le cortaba el flujo, ¡pasarían décadas antes de que tuviera suficiente capital para que pudiera siquiera empezar a multiplicarlo!

Había querido utilizar la publicidad del equipo para llamar la atención sobre las injusticias en Sudamérica. ¡Tenía tanto por hacer!

Inspiró de forma temblorosa y tragó saliva varias veces, dándose cuenta de que Gareth la observaba con las cejas levantadas como si esperara que ella tuviera una solución. O… ¿esperaba que se retirara del desafío?

—Sé que parece un poco duro ahora mismo, ¡pero verán que es algo bueno!

—continuó su padre impasible—. Se han beneficiado de lo que yo he logrado en los últimos años, ahora es el momento de que se pongan a prueba.

De madurar. De empezar por fin a trabajar duro.

No solo de la forma que quieran o que les convenga, sino de la forma que sea mejor para todos.

—Para todos excepto para nosotros, tus propios hijos.

Como siempre. Felicidades, papá. Seguro que este año ganas el premio al Padre del Año —respondió Gareth con sequedad, con un sarcasmo tan afilado que quemó los propios labios de Penny.

Pero, antes de que Darron Clark pudiera replicar, se dio la vuelta y cruzó la habitación a grandes zancadas.

Un segundo después, la pesada puerta de roble se cerró de un portazo.

Penny apretó los labios y lanzó una mirada fulminante a su padre y luego a su madre antes de seguir a su hermano.

Lo alcanzó en el vestíbulo justo antes de la puerta principal, junto a la fuente ornamental que hacía que la pared pareciera una cascada.

Era increíble que su madre aún no la hubiera quitado, a pesar de que dos niños estuvieron a punto de ahogarse en ella, siendo Penny uno de ellos.

—Está loco, Gareth. No puede hablar en serio. No es más que una broma de mal gusto —le aseguró con palabras suaves y urgentes, sujetándolo por el hombro para que no pudiera huir.

El resoplido de su hermano habría sacado a cualquier niño del peligro que se estuviera ahogando en aquel momento.

—Ya me gustaría. Vamos, Penny. Has estado fuera mucho tiempo, ¡pero lo conoces!

Quiere darnos algún tipo de lección con todo esto.

Como la vez que nos regaló un perro solo para volver a regalárselo a los niños del orfanato seis meses después.

Para que aprendiéramos que dar siempre es mejor que recibir, aunque nos rompa el corazón.

Quiere decirnos que no podemos tener lo que queramos solo porque seamos ricos.