Capítulo 6
Capítulo Seis
S eguirían en su cama.
Si él no fuera él y ella no fuera ella, todavía estarían en la cama disfrutando de un quinto y sexto orgasmo.
Podía darse una ducha y lavar su aroma y la sensación de sus manos sobre su cuerpo de su piel, pero el recuerdo permanecería.
Y lo odiaba. Porque el sexo había sido malditamente fantástico; y, sin embargo, solo había servido para confirmar por qué no salía con nadie durante la temporada.
Cosas como esta no podían suceder y desestabilizar su concentración.
Ni él ni el equipo podían permitírselo. Si querían llegar a las eliminatorias, tendrían que trabajar duro durante los próximos meses.
Tal vez se estaba preocupando sin motivo. Una noche no podía afectarle. Se le daba bien recomponerse, centrarse en el aquí y el ahora, centrarse en…
—¡Jack! ¿Me estás escuchando? ¡Hace cinco minutos que te toca!
Parpadeando, levantó la vista.
—¿Qué?
Anna puso los ojos en blanco y Dax soltó un bufido.
—Sí, claro, el jugador más atento de la liga, mis pelotas.
—Solo estás celoso porque no ganaste tú el título —comentó su hermana divertida.
Dax la miró con aire sombrío.
—¡ No es un título oficial!
—Pero saldrá en Sports Illustrated —objetó ella, encogiéndose de hombros antes de preguntarle a Jack—: ¿En qué estabas pensando?
—En aplastar el poder de tu caballero —respondió él a toda prisa. Hay cosas que por nada del mundo le explicas a tu hermana pequeña. Por ejemplo: «En mi mente, le estaba poniendo unos lentes de montura gruesa a una morena guapa y recreando mi fantasía del profesor con ella».
Se dio cuenta de que Penny no enseñaba matemáticas, sino que en realidad…
Frunció el ceño. Solo ahora caía en que todavía no tenía ni idea de cuál era su trabajo.
Convertirse en la dueña de los Hawks era obviamente un puesto nuevo para ella.
Así que, ¿qué demonios había estado haciendo en Sudamérica?
Durante años, si lo que decía Gareth Clark era cierto.
—Y se ha vuelto a ir —espetó Dax con tono sombrío—. Mañana llamo a Sports Illustrated para decirles que retiren el artículo.
—¿Eh? —reaccionó Jack, saliendo de sus pensamientos con aire distraído—. Oh, vamos. Nadie lee Sports Illustrated. Todos se limitan a mirar las fotos y suspirar. Y con razón. —Se señaló la cara, que era hermosa, según la revista. Y ellos deberían saberlo.
Alargó la mano hacia los dados y tomó una oveja tras sacar un nueve.
Estaban en casa de Anna jugando a Catán.
No lo había jugado en al menos doce años, no desde que se marchó de casa de su madre de la noche a la mañana.
A Anna, sin embargo, siempre le habían encantado los juegos de mesa, fueron una buena distracción cuando el padrastro de Jack y padre biológico de ella le gritaba a su madre o entraba tambaleándose borracho en la cocina y rompía platos por accidente.
Y cuando Jack dejaba volar su imaginación, cuando olvidaba que Anna ya tenía veintiséis años y no doce, casi se sentía como antes, antes de que huyera. Antes de que se distanciaran; cuando su mundo estaba roto, pero ellos estaban enteros estando juntos.
Jack nunca se lo dijo a Dax, pero se había propuesto que lo traspasaran a los Hawks.
Había sido popular en Nueva York, tenía el apartamento perfecto, la relación informal perfecta y una Stanley Cup.
Sin embargo, se había sentido jodidamente infeliz.
Y una mañana, cuando pensó en la última vez que había sido feliz de verdad, se dio cuenta de que fue con ellos, con sus hermanos, que lo querían a él, no a su destreza en el hockey ni a su dinero.
Y aunque todavía no estaban del todo fuera de peligro y Dax necesitaba un poco más de tiempo para perdonarlo por completo, al menos estaban aquí reunidos.
—Tu turno, Anna —señaló, pasando los dados por el tablero.
—¿No podemos solo parar? —preguntó Dax—. Todos sabemos quién va a ganar. Jack tiene su estúpido monopolio de trigo y tú ya no vas a hacer nada con tu poder de caballero… y yo estoy harto.
Jack sonrió.
—No tengo ni idea de qué hablas. La partida aún podría voltearse.
—No, no podría —lo contradijo Anna, y suspiró—. Dios, había olvidado que Jack siempre gana. ¡Y ni siquiera se estaba concentrando!
Él se limitó a encogerse de hombros. No lo había olvidado. Se le daba mal perder, así que ganaba. Ese era su lema en la vida.
—Bien, podemos dejarlo —añadió ella, dejando sus cartas sobre la mesa—. Y ya pueden marcharse.
Dax y Jack intercambiaron una mirada discreta.
—¡Ah, déjense de mirar así! —exclamó su hermana.
Ok, no tan discretos.
—No. Quiero quedarme —respondió Dax.
—Sí, yo también —coincidió Jack—. Es nuestra última noche antes de que empecemos la temporada mañana y estaremos de viaje todo el tiempo, así que queremos disfrutar de este tiempo libre contigo.
La expresión de Anna se ensombreció.
—Tonterías. ¡Lo que quieren es asegurarse de que me tome un descanso de estudiar!
Sí, eso también.
—Los descansos son importantes —afirmó Dax.
—¿Ah, sí? Dile eso a tus ridículos abdominales —comentó ella con amargura—. ¡Y Jack incluso trabajó durante las vacaciones y se perdió la Nochebuena con nosotros!
—Eso fue diferente —respondió, apartando la mirada. Tenía la sensación de que ella podría leer la mentira en su rostro. A decir verdad, no había estado en Nueva York porque su antiguo equipo tuviera que resolver algo con él.
—¡Es lo mismo! —se quejó ella—. ¡Solo que mi trabajo salva vidas, mientras que el de ustedes consiste en repartir ojos morados y vender cajas de cereales con sus estúpidas caras en ellas!
—Yo no diría que los repartimos —objetó Dax pensativo.
—Qué va —asintió Jack—. Es un trabajo duro. Y salgo en Sports Illustrated. ¿Cómo de estúpida puede ser mi cara?
—Tengo una novia espectacular que dice que me quiere a mí y a mi cara, así que yo tampoco entiendo por qué estás atacando nuestra hermosa belleza —comentó Dax.
Anna soltó un largo suspiro que solo emitía de pequeña cuando él y Dax le dejaban un bote de Nutella vacío.
—Saben, me caían mejor cuando no se hablaban.
Jack sonrió y estiró los brazos por encima de la cabeza para relajar la espalda, no lograba acostumbrarse a las sillas duras de Anna. Pero ella no aceptaba ningún tipo de ayuda económica de parte de ellos para comprar muebles nuevos.
—No deberías mentir, Anna —dijo Dax, fingiéndose decepcionado—. ¿O es que no te hemos enseñado nada? A ver, ¿a qué jugamos ahora? —Miró su reloj—. Tengo unas dos horas. Luego serán las once y tienes que irte a la cama.
Suspirando, ella empezó a meter las piezas del juego en la caja.
—Chicos, agradezco que quieran asfixiarme con su amor… pero saben que ya no tienen que cuidarme, ¿verdad?
Mmm. Al parecer, no entendía cómo funcionaba eso de ser hermano mayor.
—Si fueras de compras y esas cosas y te tomaras descansos como una persona normal, tal vez te creeríamos, pero como no lo haces, siempre acabaremos volviendo —dijo Dax a modo de disculpa.
—¡Tengo que estudiar!
—Necesitas respirar —objetó Jack—. La semana pasada pasaste veinte horas con la nariz metida en un libro o matándote de trabajo en el hospital.
—Solo fueron diecinueve al día. Puse la alarma.
Dax bufó y miró a Jack.
—Y se cree la más lista de nosotros.
—Tengo mis propios mecanismos para lidiar con el estrés, ¿de acuerdo?
—espetó, molesta—. Ya me he mentalizado de que los próximos meses van a ser duros, hasta que pase el segundo examen estatal.
Así que, ¿podemos dejar de hablar de mí y preguntarle a Jack por qué tiene un chupetón en el cuello?
—Se quedó boquiabierta—. ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se me pasó por alto hasta ahora?
—¿Qué? —Dax se dio la vuelta de tal manera, que su cuello casi se luxó mientras Jack se palpaba el suyo, desconcertado.
—Eso no es un chupetón —se apresuró a decir—. Es… un moretón.
Anna arqueó las cejas, divertida.
—Parece que alguien no prestó atención en la clase de educación sexual si se cree que no sabemos distinguir uno de otro. Soy médico, idiota. Conozco los moratones y ese lo han causado unos labios succionándote.
Oh, mierda.
—Coincido con la opinión profesional de Anna —dijo Dax, sacudiendo la cabeza—.
¿Pero qué demonios? ¡Pensaba que no follabas durante la temporada!
¿Por eso nos dejaste plantados en Navidad?
¿Estuviste con una mujer en lugar de con nosotros?
—Su voz fue subiendo de volumen con cada palabra.
Dado que su hermano, a diferencia de él, no era muy dado a controlar sus emociones —y además era un poco sensible—, era hora de calmar los ánimos.
—¡No! Estuve en Nueva York. Por negocios —mintió—. De verdad. No podía posponer aquello. Te lo dije. Habría preferido estar con ustedes. La mujer vino después. Por casualidad.
—Una mujer cualquiera, ya veo —intervino Anna, con los ojos brillando de emoción—. Cuéntanos más.
—¡No hay nada que contar! La conocí en el avión y luego nos conocimos… íntimamente y no volveremos a vernos —al menos no en el sentido bíblico—. Fue una aventura de una noche sin importancia.
Dax entrecerró los ojos con suspicacia.
—¿Sin importancia? ¿Y aun así te saltaste tu estúpida regla que te hizo ganar el apodo de El Santo ?
—Estaba borracho.
—¡Condujiste desde el aeropuerto! No podías estar borracho —objetó Anna.
Oh, maldita sea, ¿es que todo el mundo sentía la necesidad de jugar a ser Sherlock Holmes el día de hoy?
—¿Podemos cambiar de tema? —preguntó con ansiedad. En los últimos diez minutos había logrado sacarse a Penny de la cabeza por primera vez desde aquella noche. No tenía ningún deseo de empezar el ciclo otra vez—. Cedí, le pasa a cualquiera.
—¡A ti no! —objetó Dax con incredulidad—. Viejo, hace dos semanas, unas gemelas se te acercaron en el Ice Lounge y te propusieron un trío, ¡y dijiste «no, gracias»! ¡León se puso a llorar por eso y Matt te pasó el número de un psiquiatra!
Anna hizo una mueca.
—¿En serio? ¿Hay tantas fanáticas lanzándose por ti?