Capítulo 5
Capítulo Cinco
P enny apenas tuvo tiempo de recoger los pantalones de la noche anterior del pasillo y ponérselos antes de que Gareth entrara en el apartamento.
Sin embargo, todavía llevaba puesta la camiseta de Jack y olía a sexo; por no hablar de que su reflejo en el espejo le confirmó que tenía los cabellos alborotados de haber dormido fatal.
—Madre mía, Gareth —exclamó sin aliento, apresurándose hacia él en el pasillo para mantenerlo lo más lejos posible del cuarto de baño—. No has ganado nada de paciencia en estos últimos años, ¿verdad?
Su hermano sonrió de oreja a oreja. Solo era dos años mayor y acababa de cumplir los treinta y uno.
Unas pequeñas arrugas rodeaban sus ojos, y su cabello castaño claro estaba rapado y corto.
Sin embargo, sus ojos azul oscuro y brillantes, y su sonrisa pícara nunca cambiaban.
Siempre había tenido esa expresión, incluso cuando le ponía ranas en la almohada y le decía que los bebés nacían de huevos de gallina.
De niña, Penny no pudo comer huevos durante tres años y se hizo vegetariana a los catorce, quizás por culpa de aquella mentira descarada.
O tal vez porque una de las criadas mató a una de las ranas en cuestión sobre su almohada, justo delante de ella.
—No, no la he ganado, pero soy más cauteloso cuando se trata de ti y tu instinto de fuga —respondió su hermano con tono acusatorio mientras cerraba la puerta.
Penny puso los ojos en blanco.
—No tengo instinto de fuga, solo pasión por viajar.
—Ah, ¿así que la pasión por viajar fue lo que te hizo huir del país hace cinco años?
Tragó saliva.
—No, fue porque mi hermano irrumpió en mi apartamento a primera hora de la mañana.
—¿A primera hora de la mañana? Son las once. Algunos de nosotros, la gente trabajadora, llamaríamos a eso mediodía. Y, técnicamente, sigue siendo mi apartamento… y no podía esperar a verte.
Dicho esto, dio el último paso hacia ella y la estrechó en un fuerte abrazo. Penny sonrió de oreja a oreja y lo rodeó con los brazos.
—Mentiroso —susurró—. Lo que pasa es que no quieres ir solo a la ominosa reunión familiar que ha convocado papá. Tienes miedo de que me eche atrás.
—Sí, eso también —admitió—. Instinto de fuga, como he dicho. No me digas que no pensaste en quedarte en Nueva York. O en Argentina.
Sí, lo hizo. Sin embargo, su padre había sonado inusualmente serio y severo por teléfono. Y no tenía ninguna buena excusa para no quedarse en Los Ángeles al menos unas semanas.
—Estoy aquí, ¿no? —preguntó en voz baja—. Y sé que nuestra familia tiende a enterrar lo que siente, pero… ah, de verdad que te he echado de menos, Gareth. Y significa mucho para mí que te arriesgues a arrugar tu traje por mí —murmuró contra su hombro, abrazándolo un poco más fuerte.
—Oh, tengo una plancha de vapor en el maletero.
Penny resopló.
—Por supuesto que sí. ¿Pero no puedes dejarlo arrugado sin más? ¿Para que mamá tenga algo que criticar que no sea yo?
—Me temo que hoy nada puede quitarte el protagonismo —dijo dubitativo, manteniéndola a la distancia de sus brazos—.
Al fin y al cabo, hace más de tres años que no vienes a casa y vistes como una hippy.
—Miró su camiseta extragrande y sus pantalones de lino sucios—.
Al menos te has quitado el piercing de la nariz. Se alegrará por eso.
—Siempre me da problemas en los controles de seguridad en los aeropuertos —explicó—. Y mejor una hippy que un zopenco como tú, si es que hay que creer a los periódicos y a internet.
El hecho de que no hubiera pisado suelo estadounidense en varios años no significaba que no hubiera mantenido el contacto con su hermano… o que no hubiera configurado una alerta de Google con su nombre. Gareth Clark aparecía con frecuencia en la red, casi siempre asociado a palabras no muy amables.
Su hermano le restó importancia con un gesto y entró en la cocina.
—No soy un zopenco. Bueno, no la mayor parte del tiempo. Pero, si quieres sobrevivir como hombre de negocios en Los Ángeles, a veces tienes que ser duro. Ya lo descubrirás.
Oh, lo sabía desde hacía años y había desarrollado un tipo de dureza diferente. Su hermano pasaba a la ofensiva y ella se retiraba y remendaba sus muros.
—Gareth, casi se podría decir que eso es cínico.
Él sacudió la cabeza.
—Casi no, lo es.
Penny suspiró fingiendo dramatismo.
—¿Qué le pasó a aquel dulce mocoso que se contagió de sarampión a propósito para que su maravillosa hermana no tuviera que sufrir sola?
—Creció —respondió de forma distraída.
Ella no se lo creía. Sabía que seguía ahí dentro, en alguna parte, tras la fachada de indiferencia y las cejas arqueadas con frialdad que parecían formar parte de su personalidad ahora, y que eran visibles en todas las fotos recientes.
Pero no pasaba nada. Tal vez le iba mejor sabiendo que la mayoría de la gente solo conocía a Gareth Clark como un abogado al que no querían tener en el bando contrario y…
De repente, llegó un sonido amortiguado desde el baño, como si alguien se hubiera sentado en el inodoro con fastidio. Ella se sobresaltó. Casi había olvidado que tenía a un jugador de hockey medio desnudo escondido en su cuarto de baño.
—Gareth, ¿quieres que salgamos a desayunar? —preguntó a toda prisa—. Me doy una ducha rápida, me visto y nos vemos, ¿y así nos ponemos al día?
Cualquier cosa que tuviera lugar fuera de este apartamento era bienvenida.
Él hizo una mueca.
—No hay nada que preferiría hacer, pero tengo que despedir a alguien y tengo una reunión con Jack West. Hay algo que no cuadra en su papeleo que debería haberse solucionado hace mucho tiempo. Una firma está mal o algo así. No lo sé.
Penny se estremeció al oír el nombre y se humedeció los labios, de pronto secos.
—¿Jack… quién? —preguntó, claramente confundida.
—Una nueva incorporación a los Hawks —explicó su hermano, restándole importancia—. Ya conocerás a los jugadores.
Sí, a uno antes de lo esperado.
—Todos son buena gente. No tendrán ningún problema con que una mujer se convierta en copropietaria. Solo que ahora mismo están un poco inseguros y nerviosos porque el futuro del equipo está en el aire, y están trabajando duro para llegar a los playoffs .
—Ajá —dijo, asintiendo pensativa—. Bueno, espero que esta noche papá nos diga por fin qué está pasando con el equipo. ¿De verdad crees que podemos compartir la propiedad?
Él soltó un bufido y se pasó la mano por el cabello.
—No lo sé. Papá fue extremadamente críptico. Solo dijo que debía enviarte los documentos para que pudieras leerlos. Eso es todo. —Se encogió de hombros.
—No se me olvida —murmuró—. Nuestros padres, haciendo planes por nosotros sin informarnos.
—Pues no. Pero me alegra que estés aquí. Tal vez ahora mamá por fin me deje en paz.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿En paz con qué? ¿Diciéndote qué sonrisa angelical tienes y lo bonito que te brilla el pelo?
Gareth sonrió socarrón.
—Sí. Ser el centro de su atención es agotador.
—Prueba a ser su único punto de crítica.
—Oh, vamos, se pondrá contenta solo de verte.
Ella le lanzó una mirada sombría.
—¿Igual que papá no mencionará esta noche que no fuiste el número uno del estado en tus exámenes? —preguntó con intención.
Gareth hizo una mueca.
—¡Fui el maldito número dos!
—Lo sé, Gare.
—Ah, lo que sea. Yo te defiendo a ti y tú me defiendes a mí. Como en los viejos tiempos.
Penny sonrió y una sensación de calidez se extendió por su pecho. Tal vez volver a casa no era tan malo después de todo.
—Me parece un buen plan. Y… ¿de verdad estaría bien, Gareth? —preguntó con cautela—. ¿Que compartamos el equipo? ¿A pesar de que yo no haya estado presente en los últimos años?
Su hermano frunció el entrecejo.
—Por supuesto que estaría bien. No quiero hacer esta mierda solo. Además, ¡ese siempre fue nuestro plan! Por eso estudiaste empresariales antes de sacar tu estúpido título de antropología y matemáticas. Y piensas quedarte, ¿verdad?
Se le formó un nudo en la garganta. ¿Quedarse? ¿Para siempre? ¿A menos de una hora de sus padres?
Sí, desde que su padre dejó la banca para centrarse a tiempo completo en los Hawks, siempre había sido su plan dirigir el equipo juntos. Sin embargo, eso era… antes.
—Veamos primero qué tiene que decir papá —sugirió.
—De acuerdo —asintió—. Mientras formemos un frente unido, no puede pasar nada malo, ¿verdad?
Uno pensaría que sí. Sin embargo, de alguna manera, sus padres siempre lograban sorprenderla.
—Claro que no. Ahora, ¿podrías…? —Señaló la puerta—. Quiero quitarme el olor a avión de la piel. —Incluso si eso significaba que tenía que lavarse también el olor de Jack. Y en cuanto Jack cruzara la puerta, nunca más se le quedaría pegado.
El pensamiento fue más deprimente de lo que debería.
—Ah, claro, yo… —Gareth se detuvo de golpe, con la mirada fija en un punto determinado del suelo.
—¿Qué? —preguntó mientras seguía su mirada y se quedaba helada. Ay, mierda. Allí, junto a la pared del pasillo, había un par de zapatos. Dos zapatos enormes que ningún hippy usaría porque simplemente eran demasiado negros y demasiado masculinos.
La mirada de Gareth se deslizó despacio desde el suelo hasta su rostro.
—Penny —dijo de manera relajada—, ¿es posible que no estemos solos?
El calor le subió a la cara, volviendo sus mejillas del color de un fogón eléctrico al máximo.
—Eh… —se le escapó de los labios.
Su hermano abrió los ojos con incredulidad.
—¡Carajo, tienes a un hombre aquí!
Gimiendo, cerró los ojos con fuerza y se llevó una mano a la frente.
—Tal vez.
—¿Quién?
—Un hombre. No importa. —Se apartó nerviosa el pelo de las orejas—. Es irrelevante. ¿No estabas a punto de irte?
—¡Si recién llegaste anoche! —replicó él, ignorando sus palabras, escandalizado.
—Una noche es suficiente para ligar con alguien —le informó en tono sabiondo.
Su hermano puso cara de asco.
—Bien. Ni siquiera quiero saberlo. ¡Aunque debe de ser un auténtico idiota si deja que lo escondas! —dijo estas últimas palabras en voz alta para que su invitado pudiera oírlas.