Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Capítulo Cuatro

J ack tenía una regla durante la temporada: nada de citas. No se acostaba con mujeres. No iniciaba ninguna relación. No permitía que nada lo distrajera del juego.

Y cuando abrió los ojos y una ancha franja de luz solar cayó sobre la espalda desnuda de Penny, proyectando sombras en su rostro y en sus labios entreabiertos, se preguntó si era la regla más estúpida que había dictado jamás.

¡Definitivamente la había roto la noche anterior, y había sido fantástico!

No, fantástico ni siquiera se acercaba a describir las últimas doce horas. Fue mucho más .

¿Quién hubiera pensado que podría pasar casi un día entero sin hablar de hockey? Desde luego, ni él ni todo su equipo. Sin embargo, fue tan fácil. Todo fue fácil.

No sabía qué lo había hecho tan increíblemente bueno.

Quizá era el hecho de que hubieran coqueteado durante tanto tiempo, que hubieran alimentado la expectación lo más que podían.

Tal vez era porque a Penny le gustaba él , no el jugador profesional de hockey ni el hombre en cuya cuenta habían ingresado cuatro millones de dólares el año pasado. Solo él.

Se quedó mirando su rostro sereno: sus pestañas al natural, que aun así destacaban oscuras contra su piel, y las pecas de su nariz.

Con el dedo índice, apartó uno de los mechones cortos y oscuros de su frente y recorrió, delicado, el contorno de su cara con el pulgar, bajando por la mejilla hasta los labios.

Dios, era preciosa. De una manera más sutil y modesta.

Y estaba bastante seguro de que se reiría si se lo dijera.

Puede que no supiera cuál era su trabajo ni su nombre completo, pero una cosa le había quedado clara: Penny no era superficial ni le interesaba el dinero.

Una sonrisa asomó a las comisuras de su boca.

Sí, quizá incluso le sentaría bien que le dijera que era un atleta profesional que golpeaba discos por un montón de dinero.

Quizá eso no cambiaría nada. Quizá no deberían dejar que este rollo se quedara solo en eso.

Pero antes de abordar ese problema, necesitaba café.

A regañadientes, soltó la mano de Penny, se frotó la cara y sacó las piernas de la cama.

Tardó un rato en encontrar sus calzoncillos.

Anoche había visto por el rabillo del ojo que el gran salón tenía un amplio ventanal frontal, y no quería asustar a los vecinos.

Descalzo, pasó por delante de la puerta del baño y se asomó al salón.

Frunciendo el ceño, miró a su alrededor y se preguntó hasta qué punto conocía el hermano de Penny a su hermana.

Nada en el apartamento parecía ser de su estilo.

Pensándolo bien, se parecía más a su propio apartamento: líneas limpias, superficies desnudas, mucho cromo y negro, y ni un solo cuadro.

Su hermana había afirmado hacía unas semanas que su apartamento le recordaba a uno de los quirófanos del hospital donde trabajaba.

En secreto, estaba de acuerdo con ella, pero nunca se le había dado bien hacer que un lugar pareciera un hogar.

Aparte de eso, el apartamento olía a dinero.

A mucho dinero. Y él sabía de lo que hablaba.

La cocina a medida era nueva y las encimeras eran de mármol.

La lámpara no era de Ikea y la televisión frente al sofá era más grande que el ego de Dax.

Y eso ya era decir. Cierto, Dax también era una de las mejores personas que conocía, pero una cosa no quitaba la otra.

Sacudiendo la cabeza, se cruzó de brazos. Era claro que el hermano de Penny era rico. O Penny era rica. Alguien tenía que serlo.

Bostezó y se sintió aliviado al ver que había una cafetera en la encimera.

Apartó la maleta de Penny, la que anoche casi pateó —aventó—, hacia el interior del apartamento y, al hacerlo, volcó la bolsa de yute que Penny dejó caer con el mismo descuido.

La bolsa se deslizó hacia la cocina y derramó su contenido por el suelo de baldosas.

Varias carpetas se abrieron y un torrente de papeles inundó los pies de Jack.

Mierda. Frunció el ceño y se agachó para juntarlos y meterlos de nuevo a donde pertenecían. Sus ojos recorrieron los papeles. No fue intencionado. Fue más bien una respuesta automática que no… Se detuvo de golpe.

Espera.

Abrió la boca con incredulidad. ¿Por qué la cara de su hermano le sonreía desde allí?

Sus hombros se tensaron mientras recogía el montón de papeles y miraba con nerviosismo la siguiente página, que tenía una foto de su defensa, León Álvarez.

Debajo estaba su nombre, sus estadísticas actuales…

¡Mierda, si hasta figuraba su grupo sanguíneo!

La siguiente hoja mostraba a su capitán de equipo, Austin Fox, y detrás de él estaba su portero Lucas Moreau, el delantero Matthew Payne…

—¿Qué demonios? —exclamó, apretando los dedos alrededor del papel hasta arrugarlo. La ira bombeó por sus venas. ¡Parecía que todo el equipo de los L.A. Hawks había acabado en este expediente! Todos excepto… él. ¿Por qué? ¿Porque Penny llevaba aquellos malditos perfiles en el bolso?

Su mandíbula se tensó y su estómago dio un vuelco, haciéndolo sentir náuseas. ¿A qué clase de juego estaba jugando? ¿Por qué fingía no conocerlo cuando era claro que era una fanática de los Hawks?

Joder, era una de esas groupies que todos los jugadores querían tener, ¿verdad? Y él era su última conquista. Gimió y se pasó la mano por el pelo, mientras un sabor amargo le inundaba la boca. Maldita sea, ¿cómo pudo caer así? Cómo pudo…

—Café. Necesito café.

Jack se dio la vuelta de golpe y vio a Penny de pie en el umbral de la puerta. No llevaba nada más que la camiseta de él, que apenas le llegaba a los muslos. Tenía el pelo alborotado, las mejillas sonrojadas, los ojos nublados por el sueño y los labios —aún hinchados— apenas entreabiertos.

Se puso duro al instante. Estaba tan malditamente sexy que se habría preocupado si hubiera sido de otro modo. Al mismo tiempo, le ponía furioso. ¡Era una puta groupie !

Mierda. ¡Esto era genial! A su cuerpo no parecía importarle que ella le hubiera tomado el pelo de principio a fin, pero a su cabeza sí.

—¿Qué coño es esto? —dejó caer, apretando los dientes mientras levantaba el montón de papeles.

Penny parpadeó varias veces, se apartó el pelo de la frente y caminó hacia él mientras el rubor abandonaba sus mejillas y su rostro poco a poco recobraba el color de la pared que tenía detrás.

—Oh, mierda. No deberías haber visto eso. Todo esto es confidencial.

Una risa seca brotó de su garganta.

—¿Ah, sí? —se burló—. ¡No me digas! ¡Dios, soy un idiota! —Sacudió la cabeza, apretó los labios y le puso los papeles en los brazos.

Penny volvió a parpadear y frunció el entrecejo.

—¿De qué estás hablando? ¿Por qué eres un idiota?

—¡Porque dejé que me engañaras desde el principio! —respondió con dureza, con la voz demasiado calmada. Por supuesto que no la elevó. Él no hacía eso. Nunca.

—¿Qué? —Penny ladeó la cabeza, bastante irritada, y luego se agachó, recogió la carpeta vacía y volvió a meter los papeles en ella—.

No lo entiendo. La idiota soy yo por dejar las cosas por ahí tiradas.

Estos expedientes no son para que los vean extraños.

Son… —Hizo una pausa y levantó la vista—.

Un momento, ¿tiraste la bolsa por accidente o a propósito?

—Al momento siguiente, entornó los ojos—.

¿Estabas hurgando en mis cosas porque de repente querías descubrir quién soy y a qué me dedico?

Él resopló. Dios, era una actriz excelente, había que reconocérselo.

—¡Déjate de estupideces, Penny!

—¿Qué estupideces? —Sus ojos se abrieron de par en par—. Quedamos en algo: ni trabajo ni familia. Para mí, estos expedientes son ambas cosas, así que… —Se encogió de hombros.

Vaya. Llamar familia y trabajo a sus líos con jugadores de hockey era ir un poco lejos, ¿no?

Mierda, quizá estaba loca. No sería la primera vez que se encontraba con una loca.

Debería haberlo esperado. ¡Ninguna de sus relaciones, ya fueran de familia, amigos o mujeres, eran fáciles nunca!

Debería haber sabido que Penny no sería la excepción.

Todo lo que tocaba terminaba en drama. Esa era una verdad universal que estaba empezando a aceptar.

—Bien, me voy —espetó con brusquedad, pasando por su lado y regresando al dormitorio. Era demasiado para él.

— ¿Qué? —Penny fue tras él y, cuando la miró por encima del hombro, notó que tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos chispeantes—.

¡Dios, es tan obvio! —jadeó, molesta mientras él se ponía los vaqueros a toda prisa—.

¡En cuanto los hombres se sienten intimidados por una mujer, salen corriendo!

Y yo que casi pensaba que eras diferente.

Que no te importaba si tengo dinero, a qué me dedico, que mi apellido sea Clark…

Jack se quedó petrificado.

—¿Qué? —Se volvió hacia ella con un movimiento brusco. No podía haber dicho eso—. ¿Clark? ¿Tu apellido es Clark ?

Oh, joder.

No.

No, no, no.

—¡Sí! —respondió con hostilidad—. ¡Acabas de leerlo en los expedientes!

—No, no lo leí —dijo contundente. Tenía que ser una coincidencia. ¡Mucha gente se apellidaba Clark!

—¿Entonces cuál es tu estúpido problema? —preguntó incrédula—. Nuestra situación no cambia porque yo sea… bueno, rica y pronto pueda heredar un equipo de hockey.

Su corazón se detuvo. Sus pulmones dejaron de funcionar. Y solo quedó una palabra:

Joder.

Oh, joder .

—No puedes estar hablando en serio —exclamó, con ambas manos hundidas en el pelo. Ni siquiera sabía a quién se lo decía. ¿A sí mismo, a Penny… a Dios? ¡A cualquiera que tuviera la culpa de esta situación de mierda!—. ¿Eres Penelope Clark? ¡¿La hija de Darron Clark ?!

Se presionó los ojos con las palmas de las manos y sacudió la cabeza, ofuscado. ¡Esto no podía estar pasando!

—¿Lo ves? ¡Es por eso por lo que insistí en que no nos dijéramos los apellidos! —espetó—. ¡Porque todo el mundo se vuelve loco cuando descubren quién es mi padre!