Capítulo 3 #2
Él asintió, pero tenía esa leve y furtiva sonrisa en su rostro que hizo que Penny temiera que pudiera leer la mente.
—¿Cuál era tu número de portal? —preguntó él.
—Ehm… —Sacó un trozo de papel de su bolsillo y dijo—: El doscientos once.
Atónito, Jack la miró.
—¿No te sabes tu propio número de portal?
—Bueno, para ser sincera, nunca he estado en el apartamento en el que vivo ahora —admitió.
— ¿Qué?
Sí, su reacción estaba justificada.
—Tenía mis cosas en un guardamuebles porque no he estado aquí en los últimos cinco años. Mi hermano alquiló un apartamento para mí para que no tuviera que ir a un hotel. Para que me sintiera… más cómoda. Bienvenida. —«Para que me quedara»—. Incluso me dejó la calefacción encendida.
Durante unos interminables segundos, Jack no dijo nada. Luego:
—Te das cuenta de que te vuelves más misteriosa por segundos, ¿verdad?
Soltó una risita.
—Sí, lo sé. Así soy yo. —Siempre era mejor ser misteriosa que tener su vida privada aireada por todo internet.
Jack se limitó a asentir antes de lanzarle una mirada de reojo inquisitiva y salirse de la autopista. ¿Se estaría preguntando si había sido una buena idea llevarla a casa?
El silencio se instaló sobre ellos como una manta suave.
Penny inhaló profundo, intentando calmar los latidos de su corazón, pero era inútil.
El coche olía a dinero, a expectativas tácitas y a hombre.
Todo en él la ponía nerviosa. Así que tragó saliva y miró a su alrededor, buscando pistas reveladoras sobre la vida de él, pero todo lo que pudo encontrar fue un pequeño halcón de peluche en el asiento trasero que conocía demasiado bien.
Era la mascota de los L.A. Hawks, el equipo de hockey que posiblemente pronto sería suyo.
Su padre no se anduvo con rodeos cuando llamó, afirmando que la desheredaría si no regresaba.
—¿Eres fan del hockey? —preguntó, intentando relajar el ambiente.
—Hmm, sí. Se podría decir que sí —dijo Jack.
Bien, aquel no era un tema de conversación fructífero. Maldita sea. En el aeropuerto les resultaba muy fácil hablar de cualquier cosa bajo el sol. Ahora, sin embargo, en los confines del coche, con todas esas cosas no dichas entre ellos, el aire caldeado y el conocimiento de lo que podría ser…
El coche se detuvo y Penny levantó la vista sorprendida.
Según el GPS, estaban a su destino. Miró por la ventana y abrió la boca, atónita.
Una alta verja de hierro protegía la vista, pero detrás, a unos metros, se divisaba un edificio blanco de gran altura.
Todo aquello parecía la entrada a una prisión de máxima seguridad.
Claro, Gareth elegiría un apartamento para ella justo con este tipo de ambiente.
—¿Formas parte de la mafia mexicana? —preguntó Jack con desenfado, observando a través del parabrisas las diversas cámaras de vigilancia.
Penny soltó una carcajada.
—Eso pertenece a la columna de lo privado, lo siento.
Recibió un bufido divertido como respuesta.
—Bueno, pues nada —dijo y se quedó sentado.
—Pues nada… —respondió despacio, mirándole pensativa. ¿Debería solo…? ¡Sí, debería! —¿Quieres subir? ¿Tomar algo? Tal vez mi hermano me haya comprado algo de whisky.
Jack la miró. Su mirada se deslizó por su rostro y se detuvo en sus labios… luego gimió por lo bajo, se puso una mano en la frente y sacudió la cabeza.
—No debería.
Sorprendida, arqueó las cejas.
—¿No? —Porque no sonaba muy seguro.
—No.
—¿Por qué no?
Con vacilación, él se rascó la nuca.
—Tengo una norma…
—¿Qué clase de norma?
—Bueno, yo… —Entornó los ojos, luego suspiró y le restó importancia con un gesto—.
No importa. Al menos puedo subirte la maleta.
Es… lo mínimo que dicta la cortesía. —Abrió su puerta de golpe.
El pulso de ella se disparó de inmediato, una sonrisa tiró de las comisuras de su boca y se secó las palmas húmedas en los pantalones.
Ah, Dios, estaba loca. Había vuelto a Los Ángeles para demostrarle a su familia que ya no era la alborotadora caótica que solía ser…
y, sin embargo, aquí estaba, con un casi desconocido…
¡Nadie tenía por qué saberlo! A nadie le importaría lo que hiciera entre sus propias cuatro paredes… ¿qué más daba si ella misma no las había visto nunca antes? ¿Qué tenía eso de malo? A menudo se había llevado a un hombre a casa para no volver a verlo jamás.
Sin embargo, nunca a este hombre.
El calor le subió por el cuello hasta las mejillas.
No, nunca a este hombre. Nunca a Jack. Quien, temía —tanto como esperaba—, sabía lo que estaba haciendo.
También temía que pudiera ser demasiado para ella, que pudiera querer algo más de él que esta única noche.
Y no tenía temple para eso. Ni tiempo. Ni espacio emocional.
—Dios mío —murmuró, desabrochándose el cinturón y saliendo del coche. ¿Qué otra opción tenía sino buscar la llave que Gareth le dejó con el profesor Gilly en Nueva York y enfrentarse a la primera puerta?
Tenía dos cerraduras, y Penny tardó una eternidad en abrirla.
¡No era culpa suya! Era solo que le resultaba difícil concentrarse con Jack justo detrás, sintiendo su aliento en la nuca.
Cada terminación nerviosa estaba en alerta.
Cuando la puerta por fin cedió a su presión y entró en el patio, respiraba el doble de rápido.
—No hay por qué estar nerviosa, Penny. Solo te estoy subiendo la maleta —afirmó él en voz baja. No obstante, sonó un poco como si estuviera hablando más consigo mismo que con ella; convenciéndose a sí mismo, no a ella.
—Cierto —respondió y caminó por la gravilla crujiente hacia un edificio blanco de techo plano con muchos balcones colgantes—. Y hemos conseguido ser sinceros el uno con el otro durante casi doce horas…
Jack no respondió mientras ella abría la segunda puerta, entraba en el pasillo y se detenía. Gareth le dijo que su apartamento estaba en la planta baja; este de aquí.
Se dio la vuelta e inclinó la cabeza hacia atrás para ver el rostro de Jack. La puerta se cerró a su espalda, con su maleta al lado… y él guardaba silencio. La miraba. Su mirada era intensa y ardiente.
—Bueno —dijo en voz baja—. Esa es mi maleta. ¿Te quieres ir ya?
No se movió, no dijo nada, solo se quedó allí mirándola. Su mirada recorrió su cuerpo. Despacio. Sin prisas. Sus pupilas se dilataron. Ella podía ver cómo se le aceleraba el pulso en el cuello, hasta que tragó saliva.
—Esta es una idea estúpida —masculló al fin y sacudió la cabeza casi sin darse cuenta.
—¿Por tu norma? —preguntó, lamiéndose los labios.
Jack gimió y entornó los ojos.
—Sí.
—Las normas están para romperse. —Ella lo sabía mejor que nadie.
Él exhaló y, cuando volvió a abrir los ojos, había tanto calor en su mirada que Penny se estremeció.
Quería esto. A partir de mañana tendría que comportarse.
Tendría que justificarse ante los periodistas…
¡y peor aún, ante su madre! Tendría que discutir con su padre, dejar que Gareth la presionara y convencer a un equipo de hockey entero de que era competente incluso desde la distancia. ¡Se lo había ganado!
Pero él tenía que dar el siguiente paso. Y lo sabía, porque seguía mirándola, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, y entonces…
—A la mierda —gruñó, luego la atrajo hacia arriba para que se pusiera de puntillas y tomó su boca con la suya. La besó como si estuviera hambriento, como si estuviera tirando sus principios por la borda y quisiera que valiera la pena.
A ella no le importaban sus razones mientras él no se detuviera. Hundió las manos en su cabello, abrió los labios bajo los suyos y se perdió. Jack sabía a whisky y a tentación; su tacto era rudo y tosco, y sus besos largos y profundos. Sus músculos estaban duros bajo los dedos de ella.
Se sentía como si se hubieran estado cargando sexualmente durante las últimas doce horas solo para liberar ahora toda esa energía.
Jack la presionó contra la puerta, empujó uno de sus muslos musculosos entre los de ella y deslizó las palmas de las manos por su cuerpo sobre sus pequeños pechos, haciéndola jadear.
Su lengua chocó con la de ella, enviando descargas ardientes por su centro mientras ella se aferraba a sus hombros, frotándose contra su muslo rígido para no desplomarse en el suelo por el deseo.
Esto era un caos ardiente. Manos por todas partes. Mordiscos, lenguas. Deseo puro. Era tan fácil dejarse llevar… hacer todo lo que se negaría a sí misma durante las próximas semanas. ¿Y cómo demonios se las había arreglado Jack para abrir la puerta sin que se diera cuenta?
No lo sabía, pero al momento siguiente, tropezó hacia atrás. Soltó la bolsa de yute y se golpeó la cadera contra una estantería que se tambaleó antes de que oyeran un fuerte tintineo.
Respirando con dificultad, se detuvo y se separó de él antes de mirarlo a los ojos. Estaba oscuro, pero la luz de una farola se filtraba desde la habitación de al lado. Sus pupilas estaban enormes, solo calor y deseo… por ella.
Tragó saliva, clavando los dedos con más fuerza en los hombros de él.
—Estadísticamente, Estados Unidos es el número uno en rollos de una noche —susurró—. Seguido por Alemania y Chipre. El sesenta y seis por ciento de los estadounidenses ha tenido uno. Así que esto no es nada especial, es…
—Va a ser especial —la interrumpió él, cerrando la puerta de una patada y bajando su boca hacia la de ella de nuevo.
Su corazón dio un vuelco. Ya era especial.
No había tenido sexo en años. No la habían tocado así en siglos.
Sus besos eran voraces, le ofuscaban sus pensamientos.
La humedad se acumuló entre sus piernas mientras él le apretaba el culo y atraía su pelvis contra su erección, ahora dura y enhiesta a través de los pantalones.
Cielo santo, se sentía grande. Era increíble, solo… Mierda, ¿cuánto tiempo hacía que no tenía sexo? Y él parecía tan experimentado, ¿qué pasaba si…?
—¿Rompimos algo? Sonó por allí, ¿verdad? —susurró, y Jack se detuvo de nuevo.