Capítulo 3
Capítulo Tres
E ra un hombre de negocios, ¿verdad? Penny reflexionó sobre ello.
Quizá fuera uno de esos tipos de la informática que estaban podridos de dinero, pero seguían yendo de aquí para allá en zapatillas de deporte, imitando a Steve Jobs.
Sin embargo, Jack no llevaba zapatillas. Calzaba unos zapatos caros, de esos que se burlaban de su patética mochila cuando él no miraba. Así que tal vez nada de informática, sino… ¿un banquero? ¿Abogado? ¿Director general de una… fábrica de velas aromáticas?
Cielo santo, no tenía ni la más remota idea.
Por otra parte, él había dicho que algunas semanas sentía que pasaba más tiempo en el aire que en tierra. Volaba en primera clase, hablaba bien y coqueteaba con sutileza. Tenía que ser un hombre de negocios, alguien que sabía cómo salirse con la suya.
En realidad, no le atraían los hombres que vestían de traje todo el tiempo por trabajo.
Le recordaban demasiado a su hermano, que probablemente se ponía un esmoquin tanto para salir a correr como para limpiar su apartamento.
Espera, ¿en qué estaba pensando? ¡Como si Gareth limpiara su propio apartamento!
Ridículo. Adoraba a su hermano, pero su estilo de vida era, como poco, una locura .
Penny prefería los tipos alternativos, fotógrafos y educadores que no lograban poner orden en sus vidas y dormían en el sofá de su mejor amigo, pero que tenían un gran corazón.
A Gareth le gustaba llamarlos perdedores o cazafortunas porque, según su hermano, lo que gustaba era trabajar catorce horas al día.
Fuese Jack un hombre rico de negocios o no, todo en él resultaba atractivo: su risa, sus penetrantes ojos azules, su humor seco, su honestidad… y su cuerpo. Madre del amor hermoso, ¿qué le pasaba a su cuerpo?
Penny se hundió en el mullido asiento, se mordió el labio inferior y dejó que su mirada recorriera la ancha espalda de Jack mientras él guardaba su mochila en el compartimento superior.
Estudió sus hombros bien definidos, los músculos que subían por su cuello…
y se le secó la boca. ¿Y si después de todo era el jefe de un imperio del fitness?
Era condenadamente guapo. Oye, tras casi un año sin un orgasmo proporcionado por otra persona, se permitía un poco de superficialidad, pensó Penny.
Además, él había dado a entender que viajaba mucho, y que tal vez no volverían a verse una vez que ella… bueno, terminara con él.
Las comisuras de su boca temblaron ante sus propios pensamientos sucios y apartó la vista hacia un lado. ¿Qué diría su madre si supiera lo que planeaba hacer con este desconocido?
Pero este no era el lugar; para empezar, no estaban solos, y ni siquiera estaban sentados uno al lado del otro.
Pasarían el vuelo separados, luego se saludarían con la cabeza en la recogida de equipajes y nunca más volverían a verse.
Además, estaba muerta de cansancio, y solo porque estuvieran coqueteando no significaba que… ¡Ah, le daba igual! ¡Lo deseaba !
—¿Perdone? —Penny parpadeó y levantó la vista. Jack estaba inclinado sobre ella, pero no se dirigía a ella, sino a su barbudo compañero de asiento. —¿Le importaría cambiarme el asiento? Para que pueda sentarme con… —Su mirada se desvió hacia ella—. ¿Mi extraña conocida?
Ella no pudo evitar sonreír mientras el hombre se encogía de hombros y se desplazaba cuatro filas hacia delante.
—Mucho mejor —masculló Jack y se dejó caer a su lado.
Penny estaba segura de que su sonrisa podía verse desde la torre de control.
—¿Ah, sí? —preguntó, intentando disimular—. Debo advertirte que no soy buena compañera de vuelo. Estoy segura de que me quedaré dormida en los próximos treinta minutos.
—No pasa nada —dijo él mientras los auxiliares de vuelo recitaban las instrucciones de seguridad y el monstruo de metal en el que estaban atrapados empezaba a rodar por la pista.
Inquieta, Penny se ajustó más el cinturón alrededor de la cintura.
—¿Jack?
—¿Sí?
—¿Te importa si te clavo las uñas en el antebrazo? ¿Solo para el despegue?
Las comisuras de sus labios se curvaron.
—¿Miedo a volar?
—No. Miedo a caer.
Él soltó una risita suave.
—No hay problema. Entiendo los miedos irracionales.
A Penny no le pareció nada irracional tener miedo a caer desde una altura de diez mil metros, pero decidió no profundizar en el tema. En su lugar, preguntó:
—¿Cuál es tu miedo irracional?
—Me dan pánico los payasos —dijo con naturalidad.
Ella lo estudió.
—¿En serio?
Asintió.
—Sí. Cuando tenía catorce, me desmayé en el tren de la bruja cuando uno me saltó a la cara. Mi hermano estaba allí y no podía parar de reír. A día de hoy todavía lo menciona.
—Cuidado, eso ha sido casi personal —señaló ella, sorprendida—. Ahora sé que tienes un hermano.
Él se encogió de hombros.
—Solo sería personal si supiéramos quién es el otro. Y no lo sabemos.
La chica sonrió de oreja a oreja.
—Eso también es verdad. Bueno, entonces me siento cómoda confesando que tengo un disfraz de payaso en mi armario porque, cuando tenía diez años, consideré unirme al circo de forma profesional.
Él se rio.
—Entonces, ¿qué te impidió seguir tu sueño?
—Mi madre. Me hizo comprender que solo la gente fea puede justificar el llevar tanto maquillaje en la cara. Y, por desgracia, yo no fui una de las afortunadas.
—Ay. Eso es duro. Así que ahora sé que tienes madre —comentó en tono de reproche.
Ella puso los ojos en blanco.
—¡Todo el mundo tiene una!
—No, no todo el mundo. —Él giró la cara y se quedó mirando por la ventana.
—Oh —dijo ella, y sintió que el corazón se le caía a los pies. Mierda. ¿No tenía mamá? Pero antes de que pudiera abrir la boca para preguntarle al respecto o quizá incluso disculparse, él se le adelantó.
—Vaya, no sé por qué te estoy contando todo esto. No he compartido tanta información privada en una década. —La miró sacudiendo la cabeza—. Contigo se me escapa.
Penny sonrió con cautela.
—¿Y qué? ¿Qué importa? Somos desconocidos y nunca volveremos a vernos después de esta noche. El pensamiento en sí hace que se suelte la lengua, ¿no crees?
Él entrecerró los ojos.
—¿Después de esta noche? ¿No querrás decir después del vuelo?
Ella tragó saliva y el calor le subió a las mejillas mientras un hormigueo latente comenzaba en su pecho. Nunca era tan directa. ¡Pero, por otra parte, nunca se había topado con una distracción en un envoltorio tan bonito!
—No. Después de esta noche —murmuró y sonrió.
Una sonrisa pausada se extendió por el rostro de él.
—¿Ah, sí?
Eso no era un no, ¿verdad?
El calor se acumuló con fuerza en su vientre y luchó contra la fatiga de sus extremidades.
Y cuando el avión despegó y vibró bajo sus pies, le clavó las uñas en el antebrazo a Jack tal como había prometido; su corazón bombeaba no solo adrenalina y miedo por sus venas, sino también excitación.
No quería volver a Los Ángeles… pero ahora no veía la hora de aterrizar.
Se quedó dormida mientras el piloto realizaba su saludo y se despertó cuando las ruedas del avión tocaron tierra.
Fuera estaba oscuro, era la una de la madrugada en Los Ángeles, pero estaba bien despierta.
Casi eufórica. La próxima semana, sin duda, la desestabilizaría, la enfadaría y agotaría con creces sus recursos.
Pero esta noche… esta noche todavía era suya.
—Tengo que ir al centro —dijo en voz alta por encima del estruendo de la gente que salía, mientras maniobraba para salir de su asiento.
—Yo también —respondió Jack—. Mi coche está en el aparcamiento del aeropuerto. ¿Nos vemos en la recogida de equipajes y… te llevo a casa?
Ella asintió, con el estómago revolviéndose de forma extraña y los labios hormigueando.
—Bien.
Dios mío, ¿de verdad estaba haciendo esto? ¿Iba a ligarse al tipo guapetón del aeropuerto?
Esa era la pregunta que seguía rondando por su mente cuarenta y cinco minutos más tarde.
Se tocaba nerviosa las manchas de los pantalones mientras las luces de la ciudad que había intentado ignorar durante los últimos años pasaban de largo.
Sin embargo, su nerviosismo no se debía a su ciudad natal, sino al hombre que tenía al lado que, con sus anchos hombros y su piel cálida, parecía ocupar todo el interior del coche ridículamente grande.
Si Penny había tenido dudas antes de que Jack fuera un hombre de negocios importante en su empresa, ya no albergaba ninguna tras ver su BMW serie ocho.
No le importaba, de todos modos. La pintura brillante y las llantas relucientes pasaron a un segundo plano desde que le rozó la mano al colocar su maleta en el maletero.
Pequeños impulsos eléctricos le recorrieron el brazo y habían erizado el vello de su nuca.
Nunca en su vida había sido tan consciente de un hombre.
Y estaba bastante segura de que esa era su intención.
Esos toques inocentes y casuales no fueron los primeros de la noche.
Desde que ella le dio un sorbo a su bebida, había sentido sus ásperas yemas de los dedos por todo el cuerpo, a pesar de que hasta ahora solo le había tocado las manos, los brazos y las rodillas.
Ninguna de esas zonas era erógena, pero el contacto era siempre tan suave, tan ligero y prometedor, que cada centímetro de su cuerpo llevaba horas sufriendo un hormigueo.
Y eso no era casualidad por su parte. Al igual que no fue casualidad que ella hubiera cancelado el coche que su hermano le envió y hubiera apagado el móvil. ¿O sí lo fue?
Tragando saliva, apartó la mirada de sus antebrazos musculosos.
Siempre eran una de sus debilidades. Intentó deshacerse de la imagen de sus manos grandes y bronceadas acariciando el volante, pero en su mente, la escena era algo completamente diferente.
Si empezaba de verdad a faltarle el aire sin motivo alguno, Jack podría llevarla al hospital.
Así que se concentró en sus propias manos, se lamió los labios y se removió inquieta en el asiento mullido…
—¿Estás bien?
—¿Qué? —Levantó la cabeza de golpe—. Ah, sí. Estoy bien. Es que ya no aguanto más sentada.