Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Sabía que se le ponía la piel de gallina en el cuello cada vez que él rozaba casualmente su rodilla con la de ella o le tocaba el hombro con las manos, pero no sabía cuál era su apellido.

Sabía que le gustaba mirar los zapatos de la gente que pasaba por delante y que se preguntaba dónde habrían estado, pero no tenía ni idea de a qué se dedicaba.

Sabía que le encantaba la mantequilla de cacahuete e incluso la hacía ella misma, pero no de dónde venía ni dónde vivía.

Y sabía que cada vez era más difícil no tocarla porque su piel era suave, cálida y perfecta, pero no tenía la menor idea de por qué estaba allí, rumbo hacia Los Ángeles.

Quizá eso era lo que hacía que la situación fuera tan emocionante y fascinante al mismo tiempo.

Penny le dejaba ver su mente, pero no su vida.

Y eso estaba bien. Él tenía mucha imaginación y ya se había creado su propia imagen.

En su mente, era una profesora de matemáticas que había sido invitada a dar una conferencia de estadística en Buenos Aires.

Prefería llevar ropa cómoda en su tiempo libre, pero sin duda poseía un montón de blusas blancas y faldas serias —¡gafas de lectura también!

— para parecer una profesora. Ah, sí, y su mente estaba llena de ecuaciones y de un montón de fantasías sucias.

Bueno, esto último era más bien un deseo por su parte.

Pero era cierto que cada vez que él sonreía, ella se lamía los labios y, ¡ah, era un optimista!

Cuando el personal del vuelo anunció el embarque, casi se le había olvidado por qué estaba en Nueva York y por qué había estado de tan mal humor hasta que conoció a Penny.

—Qué rápido se pasó el tiempo —comentó ella sorprendida y se dirigió a la puerta de embarque, donde ya se estaba formando una pequeña cola de clientes con billetes de primera clase y clase business.

—Sí —confirmó. «Demasiado rápido». De mala gana, se levantó de su asiento. No quería irse todavía. No estaba preparado para dejar atrás aquella extraña relación. Pero, para su sorpresa, Penny también se levantó.

—Oh, Dios, vas en primera clase, ¿verdad? —preguntó ella, mirándolo con sospecha.

—Sí —respondió despacio—. ¿Tú también?

No podía ser cierto. A los profesores de matemáticas de la universidad no les pagaban lo suficiente como para permitirse primera clase.

Ella soltó un largo suspiro.

—Me temo que sí. —Sacó un billete del bolsillo, lo miró y apretó los labios—. Sí, por supuesto, me ha reservado un boleto en primera clase. Típico.

Jack la miró con la boca abierta. ¿Se estaba quejando de tener que ir en primera clase? ¿Y quién le había reservado el billete? ¿Su asistente? ¿ Acaso tenía una? No. Eso no tenía sentido.

Mierda, quizá no estaba soltera, después de todo. Quizá era una de las seis esposas de un rico magnate del petróleo que le había ordenado volver a Los Ángeles para cumplir por fin con sus deberes maritales.

—¿Preferirías ir en clase turista? —preguntó antes de que su imaginación se desbocara.

Ella se encogió de hombros.

—Más o menos. —Se frotó la cara y se aclaró la garganta—.

Sabes que no juzgo a nadie por cómo gasta su dinero —se apresuró a aclarar—.

La gente puede hacer lo que quiera. No quiero que me juzguen por lo que hago, así que no juzgo a los demás.

Pero madre mía, habría estado igual de amargada en turista.

Preferiría ver ese dinero destinado a otras cosas.

Jack se creyó cada palabra, pero se preguntó qué significaba «otras cosas».

Y se alegró de que ella no fuera a desaparecer de su vida todavía.

Durante meses, solo había estado pensando en su familia o en el trabajo; la última media hora había sido como unas vacaciones de su vida, a pesar de que su mente trabajaba a toda máquina para conciliar las cosas contradictorias que estaba descubriendo sobre Penny.

—¿Por qué reservaste un billete de primera clase si prefieres ir en turista?

Ella hizo un gesto con la mano.

—Yo no reservé nada.

—Entonces, ¿quién lo hizo?

—Me temo que eso es un asunto privado —susurró, mientras su mirada bajaba por su camisa y se detenía un momento en la vieja y desgastada mochila de tela que llevaba colgada al hombro.

Frunció el ceño—. ¿Qué tipo de trabajo tienes para ir por ahí con una sudadera de capucha y pantalones, y una mochila que parece la misma que tenías en segundo de bachillerato… y volar en primera clase?

—Asunto privado —respondió él con naturalidad. La mochila se estaba cayendo a trozos, como acaba de señalar, pero había sido un regalo de Anna, su hermana, y no era capaz de tirarla.

Penny sonrió.

—Claro. Bueno, pues vámonos a primera clase. —Levantó una bolsa de yute del suelo, una en la que él no se había fijado antes, y caminó decidida hacia la puerta de embarque.

Frunciendo el entrecejo, la siguió. Alcanzó a ver varias carpetas de aspecto serio que asomaban de la bolsa… junto a una varita decorada con plumas amarillas y rosas y un montón de pedrería.

¿Quién demonios era esta mujer?