Capítulo 2 #2
—Creo que es un poco de las dos cosas. La tranquilidad se ha vuelto parte de mi identidad, pero sigue siendo agotador.
La cuestión es que estaba tan enfadado de niño y de adolescente que, en algún momento, pensé…
que ya era suficiente. O me moría de un ataque al corazón a los treinta o soltaba la ira.
Ella inclinó la cabeza pensativa, pero asintió.
—¿Qué edad tienes?
—Treinta.
—Parece que ha funcionado.
—Esperemos a que cumpla los treinta y uno.
Penny sonrió de oreja a oreja… y su sonrisa lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Era tan jodidamente honesta. Natural. Y cálida . ¿Cómo podía alguien ser tan terriblemente generoso y libre con su sonrisa?
—Me enfado mucho —susurró—. Pero sobre todo conmigo misma o con el mundo. No con los demás.
—¿Por qué te enfadas contigo misma?
—Porque me resulta fácil aceptar los errores… siempre que no sea yo quien los cometa. Debería poder hacerlo mejor. He tenido mucha práctica. —Soltó una risa autocrítica.
—Entonces, ¿por qué estás enfadada con el mundo?
—Porque debería ser un lugar mejor de lo que es —afirmó, con tanta naturalidad que nadie se habría atrevido a llevarle la contraria—. Bueno, ahora ya sé en qué eres bueno: en mantener la compostura. ¿En qué eres malo?
No tuvo que pensárselo ni dos segundos.
—Oh, soy un cocinero pésimo.
—Define pésimo.
—He prendido fuego a varias tostadoras y preparar té es todo un reto para mí. Aunque sí que uso el horno con regularidad… para guardar bolsas de papas fritas.
Penny echó la cabeza hacia atrás y se rio. Fuerte. Tan fuerte que algunas personas la miraron, pero a ella pareció no importarle.
—Madre mía.
—Sí. ¿Y tú? ¿En qué eres mala?
—¿En tener la boca cerrada? —sugirió.
Él negó con la cabeza.
—Eso no es algo malo.
—Oh, conozco a mucha gente que no estaría de acuerdo contigo, pero bueno.
Mmm, soy… ¡ah, ya sé! —Nunca había visto a una persona tan entusiasmada por dar con algo en lo que fuera horrible—.
Se me da fatal terminar las cosas. Dejo libros sin acabar a diestra y siniestra.
Sé tocar unos cinco instrumentos diferentes, pero solo un poco.
No reflexiono bien sobre las cosas y, por lo tanto, a menudo digo lo que no debo.
Y se me da fatal mentir. Si digo algo que se desvía, aunque sea un momento del camino de la verdad, empiezo a toser como si me estuviera atragantando con las palabras.
Luego se me pone la cara roja, se me seca la boca y no dejo de lamerme los labios.
Mientras tanto, la gente tiene que llamar a una ambulancia porque es obvio que me pasa algo.
Como si lo hubiera planeado, la mirada de él se posó en sus labios. Era culpa de ella; ella había usado la palabra. Y, joder, tenía que admitir que le gustaría verla mentir, solo para observar cómo la punta de su lengua recorría su labio superior.
Gracias a Dios, el móvil de Penny sonó en ese momento, sacando a Jack de su trance. Sacó el teléfono del bolsillo de sus pantalones de lino, lo miró entrecerrando los ojos y suspiró. Jack miró la pantalla casi de forma automática: Manito se iluminaba en ella.
—Lo siento, tengo que contestar —masculló, levantándose del taburete de la barra y alejándose unos pasos, probablemente porque era familia y no quería romper su acuerdo.
Jack debería haber dado un sorbo a su whisky, haberse recostado e ignorado la llamada. Pero, por otro lado, según todos los orientadores de su instituto, debería haber conseguido un trabajo de verdad y no haber perseguido el sueño de ser jugador de hockey profesional. Así que…
—... ¡No hablas en serio! Por supuesto que estoy en el aeropuerto.
¿Dónde iba a estar si no? No me dieron otra opción, ¿verdad?
Así que sí, ¡estoy de camino!… Ha ido bien.
Muy largo. Muy alto… ¡Sí, ya sé que todos los vuelos vuelan alto, pero eso no lo hace menos aterrador!
—Puso los ojos en blanco y se pasó la mano por el pelo; luego sonrió—.
¿Lo hiciste? Pero a partir de mañana ya no puedes usar la llave.
Gracias de todos modos. Oye, si toda esa gente supiera que no eres un hombre de negocios con el corazón de acero, sino que en realidad eres un osito de peluche… —Se rio—. Sí, sí. Ese es mi secreto…
Jack frunció el entrecejo. Si lo entendía bien, estaba hablando con su hermano.
Y por como sonaba, estaban muy unidos. Un pequeño nudo de envidia se instaló en su pecho.
Parecía tener esa misma relación fácil y despreocupada con su hermano que Anna y Dax tenían, el tipo de relación que él había estropeado y que ahora tenía que reconstruir.
Cierto, ya no estaba al principio de ese camino, pero aún estaba muy lejos de ser solo su hermano, en lugar de su enemigo.
Y lo odiaba, tanto como odiaba que le hubieran arrebatado su primera Navidad con ellos en doce años.
—¿Podemos hablar de esto por la mañana? —continuó Penny, bostezando—. Estoy agotada. Necesito dormir y café, y entonces podré entrar en guerra contigo. —Asintió, se despidió y se volvió hacia él.
Él volvió a centrarse en el whisky que tenía en las manos. Se moría de ganas de preguntar en qué clase de guerra estaba metida y quién no le había dado opción sobre qué. Pero cualquiera de esas preguntas rompería su acuerdo, así que lo dejó pasar. En su lugar, la miró y preguntó con una sonrisa:
—Bueno, ¿perro o gato?
Era extraño de cuántos temas se podía hablar que no tuvieran nada que ver con el hockey.
Hasta hacía una hora, Jack habría afirmado que le resultaría difícil hablar con un completo desconocido sin mencionar el hockey durante cinco minutos.
Pero, al parecer, eso solo se aplicaba a los completos desconocidos a los que se les permitía preguntar por su trabajo o su familia.
Hablaron sobre la política de armas en el país, sus animales favoritos y si el pudin con nata estaba mejor que sin ella; con qué soñaban y cuál había sido su primer recuerdo de la infancia. Después de veinte minutos, Jack sentía que lo sabía todo y nada sobre esa mujer.