Secretos, Amor y Hockey (Amor y Hockey 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Capítulo Dos

P robablemente esa era la mejor idea que alguien había tenido jamás, pensó Jack West para sus adentros, relajándose de inmediato.

Si alguien sabía lo liberador que podía ser el anonimato, ¡era él!

Completos desconocidos lo habían tachado de traidor a gritos, directo a la cara, unas tres docenas de veces en los últimos días.

Alguien incluso le tiró un huevo. Había jugado para los New York Predators durante ocho años, pero desde que se mudó a Los Ángeles, sus antiguos fans le perdieron gran parte del cariño.

Gracias a Dios, la persona con la que estaba hablando no parecía saber nada de hockey; de lo contrario, lo habría reconocido.

Y si se enteraba de que era profesional en eso, lo acribillaría a preguntas y empezaría a comportarse de forma extraña, algo que mucha gente, sobre todo las mujeres, hacía en su presencia.

Le gustaba la idea de ser él mismo. Jack, de incógnito, pero Jack.

No Jack «El Santo» West. Jack «El Traidor» West. O Jack, «el tipo bueno y sabroso con el que me gustaría acostarme para poder contárselo a mis amigas» West.

Penny no parecía superficial de esa manera.

Era natural, sin adornos, aunque uno nunca sabía qué clase de persona se escondía tras la fachada.

Si algo había aprendido en los últimos años era que solo podía confiar en un puñado de personas.

Así que, si Penny no sabía quién era y no quería saberlo, tenía una preocupación menos.

Por si fuera poco, también le parecía divertida y agradable…

y atractiva, si era sincero consigo mismo.

Esto se debía sobre todo a su actitud segura de «sé quién soy y me gusto así».

A Jack le gustaba coquetear, pero nunca se llevaba a nadie a casa durante la temporada.

Las relaciones, los idilios, incluso el sexo casual, lo distraían demasiado de su juego.

Coquetear, sin embargo, estaba bien. Seguir hablando con ella sobre muertes por máquinas expendedoras también era mucho mejor que quedarse aquí sentado en silencio, solo, pensando en los últimos y agotadores días.

Sabía que la mayoría de la gente disfrutaba de la Navidad.

Para él, sin embargo, había perdido su brillo en los últimos doce años y no significaba más que soledad.

Este año debería haber sido diferente: había recuperado a su familia, aunque su relación con su hermano y su hermana fuera todavía un poco inestable.

Y entonces, hacía unas semanas, recibió una llamada que no pudo ignorar y…

joder, ya estaba dándole vueltas otra vez.

—¡Eso suena fantástico! —dijo en voz alta para acallar sus propios pensamientos—. Soy Jack y no me apetece nada hablar de trabajo o de la familia.

—Maravilloso —confirmó Penny, relajando los hombros por puro alivio—. Entonces estamos de acuerdo. Así que, ¿de qué vamos a hablar? —arqueó las cejas con natural expectativa.

La mente de Jack se quedó en blanco. ¿De qué podía hablar si el hockey estaba prohibido como tema? Inclinó la cabeza y frunció el ceño, mirando por la ventana…

—¡Ni se te ocurra hablar del tiempo! —señaló ella en tono de falsa advertencia.

Sintió una sonrisa jugar en sus labios. Eso era lo que había querido hacer.

—Eso… es el efecto de la demostración. Es difícil hablar de uno mismo sin revelar algo sobre la familia y el trabajo.

—Ah, no sé. —Penny se encogió de hombros—.

Quiero decir, ya sabes que estoy soltera, que tengo miedo a volar, que me gustan los números y las estadísticas, y que sé mucho de whisky —frunció el ceño—.

Dios, de verdad que hablo demasiado cuando estoy cansada…

¡y, ah, sí, eso también lo sabes! Tal como yo lo veo, es tu turno de soltar algo de información inútil sobre ti.

Una sonrisa tiró de las comisuras de la boca de él.

La lista de Penny había estado bien, pero no cubría todo lo que él sabía.

Su rostro, su ropa, la forma en que movía la bebida en el vaso…

, todo eso decía muchísimo sobre ella; sobre todo, que era una contradicción andante, lo que la hacía fascinante.

Por ejemplo: no parecía alguien que supiera sobre whisky.

Habría pensado que sabía más sobre cómo hacer un muñeco vudú.

O cómo preparar una flecha con veneno. Tenía el pelo corto y castaño: práctico, pero nada a la moda.

Varias pulseras de tela y madera adornaban su muñeca derecha, tenía varios piercings en las orejas y vestía un conjunto más adecuado para un safari en África que para un aeropuerto de Nueva York.

Todo en ella gritaba pragmatismo y practicidad.

Normalmente, eso lo habría echado para atrás.

A primera vista, la habría etiquetado como una ecologista mística.

Parecía alguien que creía en los chakras y en el poder curativo de la lluvia durante la luna llena.

Eran sus sandalias cutres y el pequeño colgante que llevaba al cuello, con una de esas piedras que cambian de color según el estado de ánimo.

Luego, le había escupido en la bebida y se había reído y había comenzado a hablar y… ¿Cómo podía olvidar que no se debe juzgar a la gente por las primeras impresiones?

Penny bostezó haciendo ruido, lo que podría ser un comentario al hecho de que él la había estado mirando durante al menos tres minutos sin responder a sus preguntas…

o tal vez al hecho de que estaba agotada.

Jack tendía a creer lo segundo. En cuanto a su rostro, las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos y boca prometían que reía mucho y su expresión inteligente revelaba que le gustaba usar el cerebro.

Todos esos eran rasgos atractivos en una mujer. Sabía que la mitad de su equipo no estaría de acuerdo con él, pero la mitad de su equipo no llegaba ni a los veintitrés, así que básicamente eran un puñado de adolescentes recién salidos de la pubertad que no sabían una mierda.

—Jack, ¿sigues ahí? ¿O al final sí que había algo raro en tu bebida? —preguntó Penny con una amplia sonrisa—. Aún me debes respuestas. ¿Estás soltero?, ¿tienes miedo a volar?, ¿qué te gusta y cuáles son tus áreas de especialización?

Una mueca de diversión se extendió por su rostro.

—Me gusta cómo has preguntado por mi estado civil con la mayor naturalidad posible.

—¿Con la mayor naturalidad posible? —Se llevó una mano al pecho, fingiendo preocupación—. Me he esforzado mucho para que fuera obvio. Pero, oye, fuiste tú quien empezó a coquetear conmigo, así que parecía el siguiente paso.

No, en cuanto una conversación iba en esa dirección, su siguiente paso lógico solía ser terminarla de inmediato. ¡Esto, sin embargo, era inofensivo! Era un flirteo que no llevaría a ninguna parte.

—Sí, estoy soltero. No tengo miedo a volar, lo cual es bueno porque algunas semanas siento que paso más tiempo en el aire que en tierra, y lo que me gusta y mis áreas de especialización…

—«El hockey y guardar secretos». Eso fue lo primero y lo último que le vino a la cabeza.

¡Por supuesto! Llevaba viviendo por y para el hockey desde los ocho años, y su pasado era un cofre con cinco cerraduras.

Pero ambas cosas rozaban su trabajo y su familia. Por tanto, aquí eran tabú. Tenía que pensar más allá del hielo por primera vez en siglos. Y tardó un tiempo miserable en dar con algo más, ¡porque su vida era el hockey! Pero no de forma exclusiva. ¿O sí? No. No de forma exclusiva.

—Me gusta la verdura —dijo al fin.

Penny lo miró como si acabara de anunciar que era un terrorista.

Él sonrió.

—Sí, sí, ya sé que suena raro. ¡Pero incluso de niño me gustaba la verdura! Siempre estaba deseando comerla. Nunca me quejé. —Tal vez porque, cuando vivía con su padre, casi nunca tenía alguna… y tenía envidia de los niños cuyos padres los obligaban a comerlas.

Se aclaró la garganta y parpadeó para alejar los recuerdos que habían estado saliendo a la superficie en los últimos meses.

—Odio los casinos y sé abrir cerraduras. Se me da bastante bien, además, si se me permite la modestia.

—Ah, un delincuente fan del brócoli —contestó Penny, con el rostro serio—. Y yo que pensaba que nunca conocería a uno.

Él sonrió.

—Bueno, ya lo has hecho.

—Es un honor —respondió—. ¿Cuál es tu mejor cualidad?

«Ser capaz de marcar goles». Pero, de nuevo, se tragó las palabras. Ella no quería saber nada de su trabajo. Nada de su faceta de hockista. Así que buscó el otro yo que tan raras veces utilizaba.

—Creo que es bueno que sea… ¿contenido? —expresó despacio.

Porque, de no serlo, ahora mismo estaría cumpliendo condena en prisión.

Y para nada sería capaz de llevar una vida de celibato durante la temporada—.

Rara vez alzo la voz. Y casi nunca me enfado.

Me cabreo, sí. ¿Enfadarme de verdad? Casi nunca. No lo he hecho en años, de hecho.

Ella lo miró pensativa.

—¿Te describirías como alguien naturalmente tranquilo y sereno o es producto de un duro entrenamiento? Y si es lo segundo… ¿se ha convertido ya la calma en parte de tu identidad o todavía te cuesta ponerla en práctica?

Él soltó una ronca carcajada.

Ella dejó ver una sonrisa tímida.

—Lo siento. Estoy acostumbrada a hacer preguntas. Y no me gustan las aburridas.

No se había reído por eso.

Se rio porque había concedido innumerables entrevistas y ningún reportero había conseguido traspasar su fachada, mientras que Penny estaba ahí, profundizando en el corazón de su ser más íntimo después de apenas unos minutos.

Nadie le había hecho nunca una pregunta así. Ni reporteros, ni amigos, ni mujeres. Sus citas solían preguntarle… bueno, sobre su vida como jugador profesional. O si podía quitarse la camiseta.

—Pregunta todo lo que quieras —dijo restándole importancia—. Solo que no son preguntas fáciles.

—Nadie quiere oír las respuestas a las preguntas fáciles —murmuró ella chasqueando la lengua.

Él soltó un jadeo juguetón, dio otro sorbo de whisky y luego dijo: