CAPITULO 30
Los demonios, cuando son felices, también conocen el cielo.
Me despierto agitada en mitad de la noche y escucho un montón de gritos, muchos, como de una multitud.
¿Qué pasa?
Me preocupo al instante, me levanto, me calzo y me pongo el albornoz por encima del pijama.
Fuego, eso es lo primero en lo que piensa mi cerebro, así que corro al baño, mojo una toalla y la llevo conmigo por si me toca enfrentarme al humo o las llamas.
Llevo más de medio camino hacia el salón principal, que es de donde viene la mayor parte del ruido, y no veo fuego, pero debajo de mí se escucha a una marabunta de chicos gritar por ayuda.
Joder.
—Maddox…
—¡Star!
Me abraza fuerte y me levanta del suelo cuando ambos nos encontramos. Hunde la cara en el hueco de mi cuello y me besa con insistencia.
—¿Qué pasa?
—No puedo explicártelo ahora, pero necesito que te quedes aquí, Madds. No salgas de los pasadizos por mucho que escuches, por mucho que la cosas se pongan feas, no se te ocurra salir de aquí.
—Star, no lo entiendo…
—Hoy es el día en el que serás libre, florecilla, da igual los años que tengas, a partir de hoy podrás ser mía sin ningún tipo de miedo. Podrás salir a la calle, vivir con libertad, cumplir tus sueños.
—¿Cómo?
—Mis amigos y yo nos encargaremos de eso, pero tendré que estar con ellos, tengo que estar a su lado, Madds, porque me necesitan.
—Asiento sin comprender demasiado—. Solo espérame en tu habitación, florecilla, ¿vale?
No importa el tiempo que pase, no te muevas de ahí y espera a que venga a buscarte, porque sabes que lo haré.
—Vale.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—No importa lo que escuches…
—Star, confío en ti —le pongo la mano sobre el pecho, me pongo de puntillas y le doy un besos en los labios—, Te amo, y estoy deseando iniciar esta nueva vida contigo.
—Voy a ser el mejor marido que puedas imaginar. —Sonríe y yo hundo la cara en su pecho.
—Lo sé —le digo, antes de ver cómo se da la vuelta y corre lejos de los pasadizos.
Emprendo el camino de vuelta a mi habitación, pero en el trayecto oigo gritos y gruñidos procedentes de los pasadizos que llevan al sótano.
La curiosidad es superior a mí y los sigo, quito la tablilla y, desde la rejilla de ventilación, veo como el chico de ojos desiguales usa a mi padre de saco de boxeo mientras el rubio llora sentado en el suelo, con la cara entre las rodillas.
—¡Prometiste que no lo tocarías, pedazo de mierda! Por eso cumplí con todas tus estupideces.
Le da un golpe tan fuerte en la mandíbula que se la tuerce y hace que tres dientes salgan disparados de su boca. Mi padre aúlla de dolor, llora e intenta cubrirse la cara, pero el chico no le da oportunidad.
No sigo mirando, pero pienso en Red mientras me alejo, y en que mi padre al fin recibe su merecido.
Espero que mamá también lo haga pronto, confío en Star, y algo me dice que así será.