Secreta Obsesión (Sangre bajo el hielo 2) CAPITULO 29
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CAPITULO 29

¿Cuánto orgullo hay que asesinar para escupir un «te echo de menos»?

Toronto, junio.

—No debimos abrir nuestra casa para que entre gentuza.

Gideon, el chico rubio del que mi padre abusaba, es el que dice eso con desdén cuando Logan y yo atravesamos la puerta. Miro con ojos agrandados su disfraz de Robin y me río por lo bajo al ver al otro chico, el de los ojos desiguales que siempre le hace de carabina, vestido como Batman.

—Menuda bienvenida, Ravencrof, casi me siento como en casa.

—No te pongas nada cómodo —bufa Kirian.

—Pero dona mucho —sonríe Martina, que lleva una disfraz ceñido y sexi de Tormenta. Declan, que la mantiene unida a su pecho, va disfrazado de Black Panther—, por los niños.

Me da un vuelco el estómago al entrar en el salón de fiesta. Es imponente, enorme y está decorado con un gusto muy elegante, sofisticado y glamuroso.

Nada en la propiedad se parece a lo que había antes.

Hay poca gente, la verdad, la mayoría son compañeros de equipo de los chicos, pero achaco ese hecho a que hemos llegado pronto y es una ceremonia muy privada.

Desde que el coche se detuvo delante de la cancela, no consigo deshacerme de un aura cargada de nostalgia, miedo, pérdida, desasosiego. Todo mezclado, todo a la vez.

Este terreno fue el sueño de mis padres algún día, luego fue su sustento y, por último, su cementerio. El cuerpo de mi padre aún sigue aquí por algún lugar y, aunque fue un padre de mierda, me duele pensar que lo puedo estar pisando.

Se lo merecía, los dos, ambos se merecían lo que obtuvieron, y merecieron que su única hija mirara lo que les pasaba sin hacer nada al respecto.

—Menuda casita se montaron en el lugar dónde fallecieron tus padres.

La voz de Logan me llega lejana debido a la fuerza en la que me abruman las emociones.

Doy vueltas despacio mientras observo cada detalle de un lugar que ahora es y se siente muy distinto, ¿qué habrán hecho con los pasadizos?

¿Mi habitación? ¿Siguen ahí? ¿Cuál es la planta de Sterling?

¿Cuántas cosas ha cambiado con la intención de no recordarme?

—Logan. —Un grupo de chicos se acerca y nos rodea, los reconozco como compañeros del equipo, y se me encoge el pecho al pensar que Sterling puede estar entre ellos, pero no lo está y, aunque es un alivio, sé que es momentáneo.

—Maddox, es un placer volver a verte. Estás preciosa.

No recuerdo el nombre del chico que habla, pero sonrío y agradezco sonrojada cuando los demás jalean y le siguen el rollo a sus cumplidos.

—Ni la miréis, hijos de puta.

—Para eso ya está McAllister —murmura uno por lo bajo y finjo no haberlo escuchado, pero no puedo evitar pensar en ese baño, en lo que me hizo mientras solo nos separaba una puerta de todos los demás, en lo que vieron cuando abrió y, de repente, me noto acalorada.

Necesito respirar.

—Voy al baño —le informo a Logan y este asiente mientras pone mala cara, creo que también ha oído al chico y ahora es su momento de hacer honor a su disfraz y comportarse como un vengador.

Siempre intento no intervenir, evito los problemas, me hago invisible e ignoro el ruido y a los demás mientras me mantengo a lo mío.

Sterling me ha quitado esa posibilidad ante sus compañeros de equipo al exponerme de esa manera y, ahora mismo, me arde tanto la cara que lo único que me apetece es esconderme para siempre en un lugar en el que nadie me vea.

Abro la primera puerta que pillo, una estancia inmensa que parece una biblioteca. Miro dentro, sorprendida, y reprimo las ganas de entrar a fisgonear. Se me forman imágenes en la mente sobre la antigua distribución y me da por pensar que aquí podría haber estado perfectamente el antiguo comedor.

Primero fue el hogar de unos granjeros, luego nuestro campamento y, ahora, toda una mansión que borra las huellas de los secretos y pecados de mis padres.

Cierro la puerta de la biblioteca y pruebo con la siguiente entrada.

Al otro lado hay una sala de juegos, y, al fondo, una foto muy grande de Sterling y sus amigos con sus uniformes de equipo roba por completo mi atención.

Se ve tan guapo que me encantaría estudiarla más de cerca.

Miro a los lados para comprobar que nadie me vigila antes de adentrarme para observarla con mayor claridad.

Sus ojos de colores llamativos, sus rizos preciosos con mechones brillantes, su color de piel y sus labios prominentes, eso forma parte de las cosas que siempre me han gustado de él.

Casi toco su silueta sobre la foto, casi, pero me recuerdo a mí misma que no debería estar aquí, no debería haber venido, ni haberme puesto este disfraz, ni haber salido nunca jamás de mi escondite, porque nada de lo que haga, o de lo que diga, cambiará el hecho de que Sterling me utilizó, ni de cómo eso me hace sentir incluso hoy en día.

—Soy una idiota por quererte, pero ni siquiera sé como remediarlo.

Escucho el sonido de una puerta y me giro de inmediato para comprobar la entrada. Para mi sorpresa, sigue cerrada. Miro a la derecha, a la izquierda… y no veo nada, así que asumo que solo tengo visiones, escucho cosas que, en realidad, no suceden.

—Necesitamos hablar.

Grito por la sorpresa, pero, debajo de la foto que miraba hace solo un segundo, un Sterling vestido con un traje verde oscuro muy elegante, y su máscara verde neón encendida, me devuelve la mirada.

—¿De dónde has salido?

—La casa conserva los pasadizos, florecilla. Y sí, fue cosa mía en honor a ti.

—Porque creías que estaba muerta —sentencio.

—¿Por qué hiciste que lo creyera?

Odio el tono de su pregunta, es como si fuera tan cínico como para creerse sus propias mentiras.

Me fui, sí, hice lo que se me pidió y acudí a los policías para que me sacaran de la escena, desparecí, justo como él quería, pero no fingí una mierda y no sé de qué clase de sueño psicótico se saca algo como eso.

—Si quieres que hablemos con la verdad, Sterling, lo primero que deberías considerar es dejar de mentir.

—¿Sobre qué crees que miento? —Da un paso adelante y yo le correspondo con uno hacia atrás.

Se me eriza la piel y… tiemblo.

—No te acerques.

Lo tengo delante, a solo cuatro grandes zancadas, y su presencia me consume.

Exhuma rabia, ira desmedida, resentimiento y dolor.

Ni siquiera me da tiempo a reaccionar y tengo que retroceder y obedecer a su mandato cuando me sujeta del cuello con una mano firme, me empuja con fuerza hacia atrás y mi culo choca contra una mesa de billar.

—Esa mierda de mantenerme alejado ya no te funcionará. —Su tono severo me pone la piel de gallina—. Por si no te has dado cuenta, Maddox Hallaway, ya no soy un chico amable.

Se me acumulan las lágrimas en los ojos y soy incapaz de lidiar con la presión del dolor en mi pecho.

«Te amé», quiero decirle, ¿por qué me hiciste eso? Pero no digo nada.

—Habla conmigo de una puta vez y deja de lloriquear.

—¿Y si no me da la gana?

—Te daré motivos para que llores mientras me grabo a base de sangre dentro de tu jodida piel.

Me estremezco y trago en seco, pero si a base de amenazas es como pretende obtener una conversación real conmigo, la lleva clara, si él no admite su verdad, yo no pienso admitir la mía.

—Si me tocas un pelo, gritaré con fuerza.

—Hazlo, florecilla, los dos sabemos que me encanta hacerte gritar.

Me da la vuelta y me pone de espaldas. Mi mejilla impacta sobre la textura aterciopelada de la tela verde de la mesa de billar y la falda abullonada de mi vestido de tutú se levanta y deja a la vista mi trasero.

Antes de que logre atrapar la mano que me sujeta la nuca para luchar, siento una presión entre las piernas y mi braga desaparece de un tirón brusco, gimoteo debido al dolor, pero se me escapa un grito completo cuando Sterling me da una palmada.

—¿Por qué te marchaste?

—¡No pienso jugar a este juego contigo!

—¿Quien dice que juego a nada?

—¡Suéltame…!

Hace justo lo contrario. Me duele el cabello de lo fuerte que me retiene, y también la mejilla, pero nada me prepara para cuando su polla dura y erecta se hunde en el interior de mi coño sin preparación alguna.

Grito e intento alejarme, aún desconcertada, pero estoy empalada entre su cuerpo y la mesa.

Lo noto en lo más profundo de mí, se me escapan las lágrimas y apenas puedo respirar.

—Sterling…

Mi voz es un quejido, un lloro, un gimoteo. Ni siquiera yo tengo claro que es lo que hago con exactitud.

—No digas mi puto nombre.

Grito. Se mueve con brusquedad y es muy confuso, porque es casi tan placentero como doloroso.

—Por favor…

—¿Por favor qué, cariño? ¿Que te la meta más fuerte? ¿Que te folle ahora el culo y te recuerde quién es tu dueño?

Odio sus palabras, pero odio mucho más la forma en la que me encienden.

—Esto no está bien…

—Pero se siente genial. ¿A que sí, florecilla? ¿A qué te encanta que te folle mientras tu marido está del otro lado de la puerta?

Niego con la cabeza, pruebo el sabor de mis lágrimas y se me sacude el cuerpo por los sollozos.

Sterling sale de mí, me da la vuelta, me carga y me apoya el trasero en el borde de la mesa antes de abrirme las piernas y volver a penetrarme sin previo aviso.

Esta vez, ya estoy empapada para él. Se me ponen los ojos en blanco, me arqueo hacia atrás y se me escapa un chillido.

Él aprovecha mi debilidad para desabrochar la parte delantera de mi vestido, me desgarra el sujetador y se prende una a una a mis tetas mientras las devora.

No puedo respirar.

—Oh, Dios, no, joder. ¿Por qué haces esto?

Me agarra el cuello y me obliga a mirarlo.

—Deja de llamar a Dios, él tampoco puede ayudarte cuando se trata de mí.

Se me vuelven a caer las lágrimas y él las lame de forma obscena de mi cara.

Estoy perdida, completamente a su merced, degradada y destrozada, ¿y lo peor de todo ello? Lo estoy disfrutando.

—No quería follarme tu coño hasta que recordaras por ti misma quién es su puto dueño, florecilla, pero no me has dejado otra opción.