CAPITULO 22
Aprendí por las malas que a nadie le preocupa que tu herida sangre y duela, solo que la sangre no los salpique.
Toronto, abril.
«Paso de esta mierda».
Es lo que me digo a mí mismo mientras tomo asiento en el avión y miro de reojo a mis mejores amigos y al resto de compañeros de equipo.
El avión aún no está lleno, pero una parte de mí teme que los imbéciles que tengo al lado monten un espectáculo y me hagan sentir rechazado.
Supongo que, aunque intente ignorarlo, ese todavía es uno de mis mayores temores.
El entrenador me dio un par de días más de baja cuando llamé para reincorporarme, pero me dijo que no podía faltar a este viaje y que me quería listo para el partido contra los Edmonton Sprints.
No estoy listo.
Todo, absolutamente todo lo que no sea esa mentirosa de cabello anaranjado y ojos azules, me importa una reverenda mierda.
Maddox no fue a trabajar ninguno de esos dos días que la esperé en el aparcamiento. Reprimí las ganas de secuestrarla de su casa con Reese delante mientras me duchaba con agua fría y entrenaba como un loco.
No funciona.
Saco mi móvil y Declan, a mi lado, me mira de reojo.
Abro el chat que empecé hace dos días y releo la frase que envíe, y que él sigue sin contestar.
Me importa una mierda lo que tenga que hacer, como si debo presentarme en su puta casa a las dos de la mañana o llamar a la puta CIA, pero ese cabrón tiene que ayudarme en esto como yo lo ayudé a él.
He intentado hacer bien las cosas, quería decírselo a la cara, pero ahora, si lee el mensaje y le da un puto infarto, no será mi jodido problema.
Bloqueo el móvil y bufo mientras niego con la cabeza cuando escucho a Declan hablar.
—Sí, ha venido. Está aquí a mi lado, bufando como un toro herido por una cornada.
Hijo de puta. Lo fulmino con la mirada y frunzo el ceño cuando me pasa el móvil.
—Martina quiere hablar contigo —sentencia cuando le pregunto qué pasa con el gesto y me llevo el móvil a la oreja.
—¿Sí?
—¿Has olvidado mi número de móvil o el camino a mi consulta? —No contesto, pero pienso en la decena de mensajes de ella que he ignorado a lo largo de estos días—. ¿Necesitas que vaya allí para una sesión privada?
—No creo que a tu novio le haga gracias eso, Martina…
Recibo un golpe en el hombro y se me escapa una carcajada mezclada con un aullido de dolor.
—Sigues con ánimos de hacer bromas a pesar de todo lo qué pasa, es un buen punto a tu favor.
—Estoy bien —miento.
—No has estado peor en la vida, Sterling.
Y por esto, joder, por esto precisamente no quería hablar con ella. Ahora quiero acurrucarme en este asiento, contarle mi frustración y llorar con ella mis penas como un niño pequeño. Pero, en lugar de eso, me aclaro la garganta y asiento con un «ajá».
—Llámame cuando estés solo y te sientas preparado, a la hora que sea. Estaré disponible.
—Vale —murmuro con dificultad porque, si digo algo más, me desbordaré.
—Pásame con Declan.
Extiendo el móvil hacia él, sin miradas, sin gestos cómplices, sin bromas. Estoy abatido, hecho mierda, y extraño a mis amigos, pero sé que necesitan tiempo y yo no estoy hecho para suplicar.
—¿Cómo lo llevas?
Suspiro por lo bajo.
—Si te preocupa mi rendimiento en el partido, estaré a la altura.
—No imaginaba lo contrario, sabes que se me da muy bien eso de patearte el culo cuando no juegas cómo es debido.
Lo miro algo incrédulo y él me devuelve la mirada.
—¿Por qué no me lo contaste?
Suspiro.
—¿Entenderías si solo contestara: porque la amo?
—¿La amas? En presente —evidencia.
—Creo que es imposible dejar de amar a una persona con la que planeaste toda una vida.
—Pues ya te puedes ir olvidando porque ahora esa vida me pertenece a mí.
Como no, el hijo de puta de Reese está en el pasillo delante de mi asiento. Miro su cabeza pelirroja y, como el maníaco que soy desde que sé lo de Maddox, me imagino cómo la sangre le empapa la cabeza y le chorrea por la ropa.
Me pongo de pie, incapaz de controlarme, y lo encaro mientras me enorgullezco del par de centímetros de altura que le saco.
—Dime, Reese, ¿ha tenido tu polla algo de acción desde que volvió a verme?
—Cada puto día. —Su energía iguala a la mía y, a pesar del dolor que me provocan sus palabras, finjo que no me las creo y me río con chulería mientras niego con la cabeza—. ¿Qué? ¿Crees que miento? ¿Quieres que te envíe un audio de cómo la hago chillar cuando llegue a casa?
Maddox chillando para alguien más. Puedo caer fulminado si escucho una mierda como esa.
Pero no puedo dejar que este imbécil me acorrale, así que me río más fuerte y se le frunce el ceño del todo antes de darme un golpe en el pecho.
—¿De qué mierdas te ríes?
—¿Es por eso que me odias tanto, Reese? —le gruño amenazante y los demás posan su interés sobre nosotros—. ¿Odias ver mi nombre tatuado sobre su pecho con tinta invisible y saber que piensa en mi polla cada vez que «la haces chillar»?
—Haré que sea el mío el que se tatúe con tinta a color y te enviaré una foto. Pensaré en como eso te reconcome cada vez que le eche mi semen por encima.
—Apenas recordaba lo bien que se veía eso, pero pude volver a visualizarlo, Resse —me burlo despacio—. En tu baño, en su oficina…
—¡Que te den!
Solo nos damos un par de puñetazos antes de que los chicos nos separen. Ni siquiera he tenido el tiempo de disfrutarlo, de saborear el estallido de adrenalina.
—¿Por qué me temes tanto si no supongo la más mínima amenaza, Reese? —grito por encima del murmullo de los chicos, pero los ojos serios de Declan me hacen callar.
—Eres hombre muerto, McAllister.
Y me muero por ver cómo lo intenta, porque así es como me da la oportunidad de contraatacar. Se lo advertí a Maddox, le juré que, si dejaba que este imbécil la tocara una vez más, la convertiría en una mujer viuda y luego me la follaría delante de su cadáver.
—Lo que sea que estés pensando es un no, ¿me escuchas? —Declan me obliga a mirarlo y gruño—. Es un puto «no» rotundo.
—¿A ti qué mierdas te importa lo que piense o haga? Me disteis de lado, ¿no? No soy bienvenido, así que dejadme en paz.
—¿Es eso lo que crees?
—Es lo que pasó.
—Eres un puto niñato de mierda si crees que la familia se deja de lado solo por necesitar algo de espacio.
—¿Familia? Os mentí.
—Pero sigues siendo nuestro hermano.
Esas palabras me mueven todo por dentro. Pero, aún así, me dejan intranquilo.
—No voy a alejarme de ella por su bien como tú lo intentaste con Martina —le confieso con las emociones a flor de piel y Declan me mira con intensidad.
—Ya veo. —Es lo único que contesta antes de chasquear la lengua y sentarse en su asiento.
Hago lo mismo en el mío, miro al fondo del pasillo, donde un Reese irritado y rojo como un tomate me dice sin voz que me enviará un audio antes de lamerse los labios y sonreír.
Se me escapa un rugido de impotencia y vuelvo a mirar a Declan.
—La gala de la fundación. —Se le frunce un poco el ceño—. Donaré quinientos mil dólares a la causa si cambias el tema a una fiesta de disfraces.
—Hecho —dice sin pensarlo—, pero como me des problemas…
—Dono un millón.
Le brillan los ojos, puede que él no necesite el dinero, pero todos esos niños que han sufrido abusos o escapan de familias controladoras a los que él y Martina se han propuesto apoyar, sí.
—Entonces estaré preparado para cubrirte las espaldas, joder.
Ojalá pudiera sonreír abiertamente y demostrarle lo mucho que me hace feliz escucharlo hacer ese comentario.
Yo cubriría las espaldas de cualquiera de ellos, aunque tuviera riesgo de perder la mía en el proceso, y lo saben.
Las luces del avión se apagan y rompen el momento. Me abrocho el cinturón y estoy a punto de cerrar los ojos cuando me vibra el móvil en la mano.
Se me acelera el pulso.
¿Esto está pasando de verdad?
—Declan. —Se le ponen los ojos en blanco cuando me mira, como si lo molestara—. Hay algo más que debo deciros y quiero que seas el primero en saberlo.
Me muero de miedo, pero es el puto momento de unir a mis dos familias o morir en el intento.