CAPITULO 16
No nos dejemos ir nunca.
—Te vas a meter en un lío —me advierte Declan con ese tono de padre estricto al que nos tiene acostumbrados.
—Déjalo jodidamente en paz, joder, es su puto cumpleaños. —Lucien está pedo, se tambalea, corretea a todas las chicas que pasan a su alrededor y les da una nalgada como si fuera un jodido pervertido.
Parece afectado, bebe mucho últimamente y eso le pasa un poco de factura durante los entrenamientos.
—Eh, que vas a terminar en el fondo de la piscina. —Kirian lo intercepta con su cuerpo gigante antes de que pierda el equilibrio y Gideon se acerca y lo sujeta por el otro lado.
—Estoy jodidamente bien, de puta madre.
Frunzo el ceño y miro a Declan, que se cruza de brazos, pone los ojos en blanco y niega con la cabeza.
Lucien es un grano en el culo el ochenta por ciento del tiempo, pero en la pista de hielo es un jodido hacha y lo necesitamos para cumplir nuestro sueño de fichar juntos para el mismo equipo.
—¡Dejadme!
Kirian gruñe cuando Gideon se lleva un manotazo, pero, acto seguido, suelta a Lucien y se aleja, este cae al suelo de bruces y vocifera unas cuantas maldiciones.
—Sois unos hijos de puta —farfulla. Se le entrecierran los ojos, se le cae la cabeza a los lados y, desde hace una media hora, se toca el tatuaje del pirata y el tesoro que lleva en el bíceps mientras no para de dar por saco con que un pirata de verdad siempre encuentra su tesoro, mientras que él es incapaz de encontrar el suyo.
Metáforas extrañas de un Lucien pedo—. Esto es un muermo de cumpleaños, joder, ¿por qué ninguna de estas zorras me come la polla?
¿O a Sterling, que es el puto cumpleañero?
No quiero que nadie me coma la polla, se lo he dicho ya unas cuantas veces, pero no para de insistir con lo mismo, cosa que no me sorprende, porque Lucien es así.
—Eh, tú. —Señala a una chica morena y con curvas con la boquilla de su cerveza—. La de las caderas de infarto y las tetas gigantes, mi amigo ha dicho que quiere sujetarse a esas caderas mientras te hunde la polla en el culo.
La chica se sonroja y a su grupo de amigas se les salen los ojos de las órbitas antes de cubrirse la boca con las manos y echarse a reír, un poco incomodas.
—Díselo, Ster, dile que se te da de puta madre sujetar caderas mientras follas.
Eso no tiene ningún puto sentido, pero se me escapa una carcajada por lo poco que viene a cuento.
—Eres preciosa —le digo a la chica, y le guiño un ojo mientras interpreto a la perfección el papel que mejor se me da, ese que llevo años escenificando, el del playboy despreocupado que se lleva a todas a la cama, el del tío soltero y picaflor que no se pasa el día pegado al móvil esperando un solo mensaje de la única mujer que verdaderamente le importa—.
Y sí, no me importaría agarrarme bien a esas caderas.
—Sois unos idiotas —dice la chica por lo bajo, y me alegro de inmediato, es lo mejor, porque paso de encerrarme en una habitación con ella, entretenerla de formas estúpidas y luego tener que fingir que ha pasado algo entre los dos—. Pero es tu cumpleaños y eres un idiota muy mono.
Joder.
Sé que la he visto antes, por los pasillos del instituto, quizá, o en algún partido animando al equipo. Es guapa, pero no es una florecilla pelirroja de piel cremosa, pecas a tropel, ojos azules como el cielo despejado y aspecto inocente y salvaje.
Ella no es mi única y más excitante fantasía sexual.
Antes de que me pueda dar cuenta, la chica está a mi lado, huelo su colonia dulce, el alcohol y el zumo de melocotón que bebe. Me sujeta la barbilla y yo finjo que me derrito sobre su mano mientras la miro con intensidad y picardía.
—Eso es, joder —anima Lucien, y es entonces cuando lo miro, y sonrío a la cámara de su móvil—. Eso sí que es un buen cumpleaños. Ya me lo agradecerás después, hijo de puta.
—¿Puedo cantarte el cumpleaños feliz? —pregunta la chica con una voz aterciopelada sobre mi mejilla y reprimo el impulso de apartarla. En su lugar, me pongo de pie con la velocidad de un resorte y la agarro de la mano.
—Me acaban de invitar a un concierto y tengo el micro perfecto —bromeo.
—Usa protección —me advierte Declan, y señalo con la mirada a una de las amigas de la chica que no le quita ojo de encima. Se le escapa una media sonrisa y ya sé donde va a terminar dentro de un par de minutos.
—¿Puedo unirme? —pregunta Lucien desde el suelo y miro a la chica esperanzado, cuando uno de los chicos interviene me facilita mucho las cosas, porque al menos ellas se van satisfechas y mi inactividad pasa desapercibida, pero esta chica se encoge sobre sí misma, me mira con ojos de pánico y niega con la cabeza.
—Lo siento, tío, no eres el cumpleañero.
—Y una mierda —bufa Lucien e intenta, sin éxito, levantarse antes de volver a enfocarnos con el flash de su teléfono—. Quiero ver al menos un beso. ¡Beso! ¡Beso!
Noto la presión sobre mis hombros enseguida, Lucien es un dolor de cabeza siempre que se lo propone, además de un gran instigador de masas. En menos de treinta segundos, toda la casa grita la palabra «beso» al unísono con él.
Declan se ríe por lo bajo cuando lo miro suplicando por ayuda.
Sé, sin que diga una sola palabra, que no piensa intervenir.
Antes de que pueda encontrar una vía de escape, unos labios abullonados succionan a los míos y una mano cálida se introduce entre mis rizos.
La chica se pega a mí, tanto que me cuesta respirar con normalidad y noto su cuerpo como un accesorio extraño que me presiona.
La multitud enloquece, y me aparto lo más rápido que soy capaz, pero sé que ya les he dado lo que quieren, ya han obtenido el espectáculo que esperaban del playboy que quieren que sea el día de su cumpleaños.
Lucien continúa apuntándonos con el flash hasta que la puerta se cierra a mi espalda, y entonces, solo entonces, con solo una espectadora, suspiro y vuelvo a respirar con normalidad.
—Ponte cómoda —sugiero a la chica mientras camino hasta la mesa del centro y finjo servirme una copa.
—Claro, cariño.
Su voz es tan melosa que noto un regusto dulce en el fondo de la garganta.
Tengo la copa que me acabo de servir a medio camino de la boca cuando me suena el móvil, pero no es cualquier tono, es ese tono, el especial, el que tengo predestinado para cuando mi florecilla silvestre me llama.
¿Qué hora es?
Me alarmo al ver que solo son las siete. Maddox siempre que puede llamar, lo hace después de las diez, que es cuando su madre sale de casa y su padre se queda dormido después de beber cervezas.
—Star. —Su voz me pone en alerta y hace que suenen en mi cabeza un millón de alarmas.
—¿Estás bien? —Es lo primero que necesito saber para poder volver a respirar.
—Pedí permiso para dar un paseo por el parque, solo quería eso, quería poder llamarte pronto y felicitarte el cumpleaños, pero dijo que no, quería que me tomara las pastillas, le dije que no me sentaban bien. —Los sollozos aumentan y noto cómo se me contrae el estómago.
—¿Te hizo daño?
—Apenas puedo moverme, Star, no puedo seguir así, no hoy. No puedo estar en esta mierda de realidad y no contigo, en tu cumpleaños.
—¿Tu padre?
—Duerme hace media hora.
La chica, que no tengo idea de como se llama, se levanta de la cama e intenta venir hacia mí, pero levanto el dedo para indicarle que espere.
—Voy por ti.
Los sollozos se convierten en llantos y me tenso.
—No llores, florecilla, te esconderé de ellos. Haremos lo que haga falta para que no tengas que volver.
—Solo quiero estar contigo.
—Lo sé, sabes que también es lo único que deseo yo.
Me pongo en marcha y salgo de la habitación antes de que la chica proteste o pueda llegar hasta mí. No digo ni media palabra, solo me acerco a la entrada, hago señas a Joseph y le pido que me siga, lo hace.
—Por cierto, feliz cumpleaños, Star. Ojalá pudiera estar ahí y celebrarlo contigo.
—Lo celebraremos juntos, Madds. Verte hoy fue mi único deseo de cumpleaños.
—¿Lo dices enserio?
—Sabes que yo nunca miento, florecilla.
—Te quiero muchísimo, Star.
—No más de lo que yo te quiero.
La llamada se corta y encuentro los ojos marrones de Joseph, estudiándome de cerca.
—Que el ama de llaves saque a todos de aquí, necesito que me lleves a un sitio.
—¿Nos traerá problemas, señorito McAllister?
—Puede, pero también puede que me de igual.