Secreta Obsesión (Sangre bajo el hielo 2) CAPITULO 15
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CAPITULO 15

La misma de siempre, aunque ya no la de antes.

Toronto, marzo.

—No has tardado nada.

Sterling está de espaldas a mí, sentado sobre la silla acolchada en la que se sientan mis clientes, personas de las cuales aprecio su presencia, no como él. No se gira cuando escucha mi voz, no mueve un solo músculo ni dice una sola palabra.

—Me sorprende —reconozco a la vez que cierro la puerta—. Creí que tardarías otros siete años, o que, simplemente, seguirías con tu vida y asumirías que acosar a una mujer casada no vale la pena cuando hay tantas por ahí a las que puedes usar y tirar.

No tengo tiempo para reaccionar y la verdad es que no me espero en absoluto su siguiente movimiento.

Sterling es una persona calmada, una que lucha día a día para mantener bajo control a su bestia debido a sus propios traumas, por eso, cuando un monstruo salvaje y desquiciado se abalanza sobre mí, se me disparan los latidos del corazón y ahogo un grito cargado de pánico.

Me agarra antes de que pueda rodear mi escritorio, verle la cara e intentar razonar con él, me sujeta con fuerza el cabello de la nuca con una mano dominante y me empuja con tal brusquedad que se me caen las cosas al suelo, el portátil, el bolso, las llaves de mi coche, todo se desperdiga en diferentes direcciones.

Intento luchar, pero entonces veo el resplandor verde de la máscara que él diseñó pensando en mí, esa que ideé para él y que utilizó junto a los imbéciles de sus amigos para follarse a otra mujer, a saber a cuántas mujeres se ha follado mientras la llevaba a lo largo de los años.

Un grito desgarrador emerge de mi garganta en señal de protesta, pero le da del todo igual.

Me empuja con rudeza y mi cuerpo cae arqueado sobre la mesa del escritorio.

Él se posiciona de forma peligrosa detrás de mí, me abre las piernas y se cuela en el hueco entre ellas.

Jadeo al notar su dureza y, entonces, mi mundo se detiene, incluso mi corazón desbocado lo hace cuando tira de mi cabello hacia arriba y susurra sobre mi oído.

—Si vuelves a restregarme por la cara la forma en la que rompiste tu promesa, te convertiré en una mujer viuda delante de tus narices sin que puedas hacer nada.

Me estremezco ante sus palabras y, por primera vez en todos estos años, siento terror hacia el hombre que me sostiene.

Cuando acepté participar en esta venganza, temí sentir pánico por la circunstancia, pero nunca por él.

Star… no, Sterling, nunca vi su figura como una amenaza.

Sé cuánto trauma trajo a su vida la violencia y conozco todas las formas en las que la evita.

Lo he visto respirar despacio, morderse los labios, las uñas, apretar los puños con fuerza e incluso contar hasta diez con tal de no explotar.

Creí que haría lo mismo conmigo a pesar de la gravedad de la circunstancia, creí que, como hace siete años, podría controlarlo.

—¿Es una amenaza? —La voz me sale demasiado débil y me reprimo por ello.

—Es una advertencia, florecilla.

Florecilla. ¿Cómo se atreve?

Me retuerzo con todas las fuerzas que soy capaz de reunir, pero siguen sin ser suficiente contra la barbarie con la que este hombre me sujeta.

—¡No me llames así!

—Florecilla, florecilla, florecilla —recita despacio, como una plegaria cargada de amenaza—. ¿Crees que Logan le dé mis saludos a Red cuando haga que acaben en el mismo lugar?

Grito y me sujeta el cabello con mayor severidad. Sus manos son implacables, y la fuerza del agarre es casi lo más doloroso que he experimentado jamás.

—No tienes por qué involucrarlo, ¡esto es entre nosotros!

—Fuiste tú quien lo involucró cuando permitiste que añadiera su estúpido apellido a lo que es jodidamente mío.

—¡No soy tuya, nunca lo fui y nunca lo seré!

Por un par de segundos creo que va a soltarme. Su agarre se relaja, su erección se aleja y todo su cuerpo parece destensarse.

—¿Por qué nos hiciste esto, Maddox?

Podría darme la vuelta y mirarlo a la cara, enfrentarlo y gritarle que fue él quien nos lo hizo, quien nos destruyó, pero la verdad es que no tengo los ánimos como para enfrentarme a Sterling en mi lugar de trabajo.

—Lárgate de aquí —musito e intento incorporarme.

Y, por un segundo, creo que he ganado.

Mi cabello vuelve a verse invadido, mi cabeza duele como el infierno y mi cuerpo, como si fuera una pluma, cede ante la manipulación de un ser rebosante de ira al que desconozco.

—Ponte de putas rodillas.

¿Qué?

—Arrodíllate, Maddox, ahora.

—No.

El beso me pilla desprevenida, solo que no es un beso, si no una mordida tan fuerte que me hace sangrar los labios. Chillo y lloriqueo, los ojos se me humedecen, pero las lágrimas no se derraman porque me esfuerzo con todo lo que tengo para lograr ahuyentarlas.

—Voy a marcarte y hacer sangrar cada zona de tu cuerpo hasta que consiga lo que quiero.

—El guardia de seguridad está de camino —le advierto mientras se vuelve a colocar la máscara sobre el rostro, pero lo único que logro ver es oscuridad y determinación en su mirada.

Nada. Eso es lo que hay ahora mismo de los ojos bonitos y exóticos de los que yo me enamoré.

—Si permites que entre, le dispararé.

Entonces se saca un arma del bolsillo y detiene el cañón sobre mi cuello.

—Ster…

—No menciones mi puto nombre. No valgo la pena, ¿recuerdas? Así que haz lo que te digo y abre esa boquita embustera para mí.

No quiero hacerlo.

Ayer me embauco en el baño y permití que pasara porque no tenía otra opción, quería proteger a Logan y no podía permitir que nadie me viera caer, tenía esperanzas de que no descubrieran la forma en la que Sterling me denigró, la misma forma en la que permití que lo hiciera en el pasado.

—Señorita Reese.

Sterling gruñe al escuchar ese nombre y el cañón del arma vibra frío contra mi piel mientras un temblor me estremece. Él me eleva la cara de un tirón de pelo, me endereza y me enseña el momento exacto en el que apunta en dirección a la puerta.

—Voy a entrar, señorita.

—Dile que no lo haga o recibirá una bala en la frente en cuanto abra la puerta.

Sabía que esto saldría mal, pero joder… nunca creí que tanto. Sabía que no debía regresar, ni involucrar a nadie, pero es que no pude contenerme, verlo en ese club, ver lo que hacía…

—Si puede, apártese de la puerta, porque voy a tirarla.

—¡No! —grito nerviosa—. Estoy bien, Nacho, puedes retirarte.

—Pero… —Esta vez es Sara la que protesta.

—Es un amigo, Sara, y, bueno, nos estamos poniendo al día. Necesitamos un poco de privacidad.

—Eso es —me alaba Sterling al oído y su máscara me toca la piel de las mejillas—. Eres una buena chica.

Quiero pegarle y decirle que no lo soy. Que nunca pienso volver a ser una buena chica para él, pero sus actos me sorprenden de tal forma que pierdo cualquier capacidad para formular una palabra.

El cañón de la pistola se posa sobre mi muslo y asciende hasta acabar en medio de mis pliegues, por encima de la braga.

Me noto húmeda y me maldigo por ello. Sterling no pierde el tiempo y lo mueve de arriba a abajo sobre mi raja, me reprendo por llevar un maldito vestido al igual que todos los días y me digo que, a partir de hoy, llevaré un puñetero cinturón de castidad.

—¿Estás segura? —pregunta Sara con recelo y Sterling hace a un lado la tela y amenaza con introducirme el cañón.

—Sí —contesto con voz entrecortada.

—Oh —escucho jadear a Sara—. Vale, señorita Reese, sentimos molestarla.

Escucho cómo sus pasos se alejan y sé que he perdido mi única posibilidad de salvarme; pero, en el fondo, no quería que ninguno de ellos me viera de esta manera.

—Ya hice lo que querías…

Mis palabras acaban en un chillido cuando el frío metal se abre paso en mi interior. Me arqueo debido a la intrusión y, a mi cerebro, le cuesta un par de segundos identificar cómo se siente.

—Sterling…

—Te advertí que no dijeras mi puto nombre.

Nunca me habían tratado con tanta rudeza.

Crecí con padres abusivos, pero su abuso pocas veces era físico, ellos dominaban mejor mi mente, me doblegaban desde dentro, me dejaban sin ninguna oportunidad.

Sterling, ahora mismo, parece una bestia salvaje.

Sollozo en alto ante su brusquedad, me duele la zona en la que me sujeta, y el coño, que ahora se encuentra vacío.

Noto una fuerza imponente sobre el hombro y mis rodillas ceden, hago lo que quiere a pesar de que me bulle la sangre de rabia y acabo de rodillas.

Recibo una bofetada que me ladea la cara, la adrenalina me hace respirar con dificultad y mis pechos parecen doblar su tamaño.

Cuando recupero la posición normal de mi rostro, tengo su polla en la cara.

Le escupo y luego me cierro en banda, pero vuelve a abofetearme la mejilla.

Arde.

Y es una sensación totalmente nueva.

Sterling siempre me trató con delicadeza, como a una florecilla.

—Si me muerdes la polla, te arrancaré el clítoris de cuajo.

No parece vacilar al pregonar esa amenaza.

—No pienso chuparte la polla.

—¿Quién habló de chupar? No vas a tener ni la oportunidad de hacer eso, Maddox, porque pienso follarme tu garganta hasta que pierdas la capacidad de hablar y contar mentiras.

Maldita sea.

Me giro con la intención de escapar. Me sujeta ambos lados de la cabeza con las dos manos y me lleva la boca hasta su polla. Es justo como la recordaba, imponente, vigorosa, venosa, ladeada y enorme.

A saber a cuántas zorras le ha dado placer con lo que prometió solo sería jodidamente mío.

—¡No lo haré…!

Noto su pie entre las piernas. Es confuso, porque creo que lo utilizará para darme algún tipo de placer, pero lo presiona sobre mi coño con tal fuerza que grito y, entonces, aprovecha la oportunidad para hundirse en lo más profundo de mi garganta.

Se me abren los ojos como platos y se me llenan de lágrimas.

Tengo arcadas, pero ni siquiera puedo procesarlas con normalidad porque el ataque de Sterling es extremo.

Entra y sale de mi boca a gran velocidad, se hunde a lo más profundo y se mantiene ahí.

Me manipula la cara como si fuera una muñeca de trapo que usa por y para su servicio.

No.

Esto no tenía que suceder, él no puede ostentar el control, no tenía que ser así.

—Maldición, tu jodida boca sigue siendo el puto paraíso.

No quiero ser su paraíso, quiero ser su perdición, como él fue la mía.

Le hundo las uñas en los muslos hasta que noto su sangre gotear por mis manos, pero nada hace que la brutalidad de su ataque disminuya.

Me arde la piel, me duele la garganta y apenas veo algo con las lágrimas empañando mis ojos.

—Si yo fuese tu marido nadie te llamaría señorita, serías la jodida señora McAllister, Maddox, ambos sabemos que eso es lo que deberías ser.

¡Que le den!

No quiero sus promesas, ¡no! Nunca más, joder, porque sus estúpidas promesas me destrozaron la vida.

Parpadeo y elevo la mirada. Ladea la cara enmascarada y se centra en mí, en la forma en la que lo observo con los ojos repletos de odio mientras me profana.

—¿Me desprecias, florecilla?

No puedo asentir, pero supongo que lo ve en mi cara.

—Bien, porque pienso hacer que pagues con lágrimas y sangre todo el daño que me has hecho.

¿Que yo le hice daño? ¿Yo que creí que me moría por culpa de su egoísmo y sus falsas promesas de amor?

—No te vas a librar nunca de mí, Maddox, lo sabes, sabes que solo la muerte puede separarnos.

Su semen me llena la boca cuando lo libera junto a uno de esos quejidos profundos, roncos y alargados que recuerdo a la perfección.

Sale de mí y lo trago por completo, desesperada por recuperar el aire del que me he sentido privada.

Un par de segundos después, lo devuelvo sobre la alfombra y noto como zumba el interior de mi garganta traumatizada.

Estoy hecha un desastre, mojada y pegajosa desde el cuello al ombligo, mi maquillaje debe de ser una mierda, por eso no reacciono cuando Sterling me pasa un mechón de pelo rojo detrás de la oreja, ni cuando se saca una margarita silvestre y la deja sobre el charco atada a una figurita de payaso, ni cuando hace una foto.

Lo miro desconcertada.

—Buena suerte escondiéndote de mí, florecilla, la necesitarás.

Camina con paso ligero, escucho la puerta a mi espalda, pero me niego a mirar la forma en la que sale de mi oficina.

Cree que ha ganado, lo cree de verdad, pero esto apenas empieza.