Secreta Obsesión (Sangre bajo el hielo 2) CAPITULO 14
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CAPITULO 14

Por mucho tiempo traté de sanar sin molestar a nadie.

Toronto, marzo.

Me abrazo a mí misma y siento el calor de las gotas de agua caer sobre mi cabello mojado y mi piel expuesta, llevo aquí más de media hora y la estancia parece el recinto de un baño de vapor en lugar del baño de una casa.

Me dije a mí misma que esto sería fácil y, spoiler , no lo es.

Logan es un liante y no pienso volver a hacerle caso.

Durante años, me mentalicé de que, volver a ver a Sterling, no iba a afectarme. Me lo repetí, una y mil veces, me dije que no valía la pena el dolor y que podría seguir soportando el que ya vivía, intenté creérmelo, pero la vida me acaba de demostrar que eso no es, y nunca será, la verdad.

Sterling me utilizó, me mintió, me abandonó. Jugó con mis sentimientos, con mi inocencia, mis emociones y tiró todo el amor que le di a un cubo de la basura. Fui su secreto, aquello que no se atrevió a nombrar porque, para él, no era lo suficientemente importante.

Me yergo de golpe, cierro el grifo y, cansada de estar deprimida, me preparo con ropa bonita para ir a trabajar.

Tengo un trabajo, una carrera y una vida, una que pude conseguir con la ayuda de mis tíos y no por la de Sterling.

Antes de salir de casa, paso por la cocina y bebo un vaso de zumo de naranja. Dejo el vaso de cristal sobre la encimera y suspiro mientras me convenzo a mí misma de que, nada de lo que pasó anoche, debería importarme en absoluto.

Él tocó mi cuerpo, sí, lo usó, se introdujo en él, pero no hay una forma posible de que vuelva a hacerlo en el interior de mi mente o de mi corazón.

Hubo una época de mi vida en la que anhelaba recordarlo todo. Ahora, debido a él, sería mucho más feliz si pudiera olvidar cualquier recuerdo que tenga que ver con su existencia.

—¿Piensas ir a trabajar? —Pongo los ojos en blanco, me aliso el vestido color pistacho repleto de volantes, y me doy un golpe en la melena para echarla hacia atrás. Logan se planta delante de mi rostro antes de que pueda ofrecerle mi respuesta.

—¿Por qué no lo haría?

—Eh, hola. —Logan me pone ambas manos sobre los hombros, ladeo la cara y hago una línea con los labios para demostrarle mi fastidio—.

No sé si lo recuerdas, Madds, pero un puto psicópata que te creía muerta te encerró en el baño anoche, te ató, te hizo sangrar y pasó un buen rato contigo mientras yo intentaba, sin ayuda de nadie, tirar la dichosa puerta.

No quiero recordar todo eso, así que desvío la mirada de la suya, pero noto como me sonrojo sin poder evitarlo, miro a los pies de Lo y trago saliva.

No le he contado con exactitud lo que pasó en ese baño a solo unos centímetros de él, ni se lo pienso contar, pero no hay que ser demasiado listo como para no deducirlo y me muero de vergüenza.

—No encuentro la correlación. —Intento escabullirme, pero me sujeta más fuerte.

—Maddox Reese, ¿escuchas lo que dices?

—¿A dónde quieres llegar, Logan?

—A que este es el momento de encerrarte en esta casa con siete cerrojos, sin llaves, y dejar que sea yo el que me encargue.

—Sabes que no haré eso. No soy…

—Un fantasma. —Termina por mí y noto como me arde la sangre bajo la piel debido a la ira—. Sé que no lo eres, Madds. pero exponerte no te hace más valiente.

—Si hubiera querido seguir en las sombras, lo habría hecho.

Quería seguir en las sombras, hasta que él me llevó a ese lugar y me hizo ver aquella escena.

Ahora solo tengo la opción de seguir adelante y no parecer una cobarde que tiene miedo de enfrentar las consecuencias de sus actos como lo hacen Sterling y sus amigos.

Un destello de reconocimiento viaja por los ojos de Logan y da un paso atrás. Se le caen los brazos de mis hombros y me estudia un par de segundos mientras intento adoptar la pose más segura que conozco.

Creo que no funciona, porque se le frunce el ceño y se lleva un par de dedos a la alianza amarilla y brillante. La hace girar, se muerde el labio inferior de forma distraída y luego niega con la cabeza.

—¿A qué cojones juegas?

—No juego a nada, Logan. —Un par de pasos, eso es lo único que soy capaz de dar para alejarme de él antes de que me agarre el brazo con fuerza y me detenga.

—¿Te ablandas por lo de anoche en el baño, Madds?

—No sé de qué mierdas hablas.

—¿Por qué eres incapaz de hablar de ello, de contármelo? ¿Te tocó?

—Logan…

—¿Te puso los dedos encima, Maddox?

Su sujeción sobre mi brazo se intensifica y junto los labios apretados para reprimir un jadeo.

—Para.

—Sabes que no va a parar, ¿verdad? —Asiento para confirmar algo que ambos ya sabemos y odio la expresión cargada de ira inmensurable que identifico en su rostro—. Y que, mientras lleves ese anillo en el dedo, no puedes dejar que ese hijo de puta te ponga una sola mano encima.

Esta vez soy yo la que me giro, molesta, y lo encaro.

—No pensaba dejar que lo hiciera, aunque no llevase el anillo.

—Bien —farfulla y me sujeta la barbilla con un agarre posesivo y molesto—, porque no quiero pensar que sientes la más mínima necesidad de que ese idiota te encuentre.

Entorno los ojos para demostrarle que se excede y él me responde con una sonrisa amplia.

—Estás muy guapa, cariño. —Me da un beso en la mejilla que me limpio con fastidio—. No permitas que ese hijo de puta te secuestre de la oficina o tendré que cortarle las pelotas con el filo de los patines en el vestuario.

Se acerca de forma juguetona y me da otro beso en la mejilla que me vuelvo a limpiar enseguida.

Luego cojo las llaves de mi coche y me encamino fuera, entro en mi Jeep Avenger, lo enciendo y, cuando estoy a punto de dar marcha atrás, Logan se interpone en mi camino con su Mini Cooper Countryman y me adelanta.

Freno de golpe para no darle a su coche y le hago una peineta cuando me saca la lengua y me dedica una sonrisa bromista y despreocupada.

Cada día me repito que haberlo involucrado en esta locura fue la peor de las ideas.

Logan es un juerguista, un alma libre y un picha brava, pero también es un ser rencoroso incapaz de perdonar lo que él considera una ofensa.

Hace siete años, cuando me vio destruida, me abrazó con tal fuerza que no pude resistirme a su encanto y le conté lo sucedido.

Me ayudó a superarlo, pero, lo que no esperaba era que fuera a tomar como suyo mi dolor y a planear de forma tan detallada una venganza.

Una venganza que no tengo nada claro desear.

El camino a mi trabajo es corto y pronto aparco el coche en mi plaza.

El parking del edificio es subterráneo, así que salgo con prisa, me hago con mis cosas y me encamino a buen ritmo hacia el ascensor.

En cuanto doy un par de pasos, noto una pesadez extra sobre mis hombros que antes no tenía.

Se me calientan las mejillas y se me acelera el pulso, me siento observada, y conozco la sensación porque es la misma que notaba hace años cuando Sterling se dedicaba a acecharme antes de perseguirme con su máscara.

Me paro en seco y miro en todas las direcciones dentro del aparcamiento.

Por suerte para mí, odio los tacones y mis zapatillas cómodas me permiten correr a toda marcha si es necesario, pero no quiero correr para él, ya no, no volveré a ser la misma chica ilusa que fui y él no se merece esa satisfacción.

Miro con detenimiento e inspecciono el espacio en todas las direcciones, no veo nada, ni a nadie, pero en mi mente espero que ese resplandor verde emerja de alguna esquina y me trague hasta emboscarme por completo, como antes.

Odio eso, el anhelo, y la forma en la que se me contraen las entrañas y se me entrecorta la respiración mientras recuerdo lo que sucedió en el baño.

Logan tiene razón, eso no puede volver a pasar.

Camino despacio y alerta, contengo la respiración hasta que llego al ascensor, oprimo la planta ocho y este se cierra delante de mí sin que pase nada.

Nada.

Suspiro y me digo a mí misma que soy una paranoica al pensar que Sterling enloquecería y vendría a buscarme. Lleva siete años pensando que estoy muerta y, a lo mejor, su reacción de ayer solo fue producto del shock que le produjo comprobar de primera mano que ese dato no era correcto.

A lo mejor ató cabos, se lo pensó mejor y, una vez le bajó la euforia, decidió que no valgo la pena, que nunca la he valido y que ya no tiene que esforzarse por vender ante mí una mentira para tener a quien follarse durante el campamento de verano.

A lo mejor yo también deba despertar de esta pesadilla de una vez, pasar página, olvidarme de venganzas e historias y volver a mi vida, en la que él no se encuentra.

—¡Señorita Reese! —Sara, mi recepcionista, parece sorprendida al verme y se pone de pie de un salto mientras se alisa la falda negra de tubo. La observo con una media sonrisa y me doy cuenta de que parece acalorada.

—Sara, buenos días, tráeme un cappuccino con extra de cacao y la agenda actualizada a mi despacho, por favor.

—Creí que no vendría hoy.

Otra.

—¿Por qué no lo haría?

—Es que… —Sara se cruza en mi camino, y entonces me doy cuenta de que está pálida como una hoja, tiembla, y mira a los lados como si acabara de cometer un delito y tuviese un pánico enorme a que encontrasen el cadáver que no sabe como ocultar—.

¿No prefiere que se lo lleve a la cafetería y la revisa mientras toma ese café con vistas a la ciudad?

—¿La cafetería? ¿Por qué haría eso cuando puedes traerme el café a mi despacho?

—A las chicas las animará mucho verla…

—Sara, ¿qué pasa?

—Hay alguien en su despacho, señorita —solloza—. Por favor, no me despida. Él dijo que era su amigo y que le había pedido que le acercara unos papeles porque usted hoy no vendría a trabajar.

—¿Él?

Un nudo doloroso desciende de forma estrepitosa desde mi garganta hasta mi pecho, al llegar ahí, se ensancha y se vuelve muy pesado.

—No pensé que fuera un mentiroso, pero está claro que me ha contado una mentira para poder colarse en su despacho y yo he caído como una tonta solo porque es demasiado guapo…

Sara habla sin parar, angustiada, pero yo solo puedo prestar atención a los latidos desenfrenados de mi corazón terco.

—Sara, escúchame bien, no hagas un escándalo de esto, pero ve con mucho cuidado y trae a los de seguridad contigo.

Doy un paso decidido hacia adelante y Sara me sujeta el hombro.

—¿Va a entrar ahí? ¿Está segura?

—Haz lo que te he dicho.

Titubeo un par de segundos cuando la veo marcharse a paso rápido, luego suspiro, abrazo con más fuerza mis cosas y me armo de valor.

Ya no soy la Maddox que tiene miedo, esa que se esconde de las cosas, por eso tomé esta decisión y por eso estoy más que preparada para asumir las consecuencias.