CAPITULO 13
La pausa es una estrategia poderosa y sabia.
Toronto, marzo.
No puedo respirar.
—Está viva.
Esas son las únicas palabras que me salen de los labios mientras camino de un lado a otro en medio del salón común y mis cuatro mejores amigos, junto a Martina, me observan con los brazos cruzados.
Mierda.
La angustia me desborda al ver la incertidumbre en sus expresiones.
Ellos lo saben todo sobre los payasos, conocen el daño que eso me hacía, pero nunca me obligaron a contarle las razones detrás de ello o a darles mis porqués, respetaron mis silencios porque me amaban y les pareció bien que, emocionalmente hablando, yo guardara mis propios secretos.
Todos lo hacemos, en realidad, pero estoy seguro de que no me mirarán de la misma forma una vez se enteren de la magnitud real del secreto que guardaba.
Pero no elegí a Maddox a tiempo, eso me hizo perderla, y creerla muerta durante siete años me ha hecho sufrir una agonía. Estoy seguro de que cualquier otro dolor, incluso la rabia de mis amigos por mis secretos, será mucho más llevadero que eso a lo que ya sobreviví.
Maddox está viva, la he tocado, he probado su sabor, disfrutado de su olor, de su presencia, de su humedad, de sus gemidos.
Joder. Sé que ella parece alguien diferente a quien conocí, sé que rompió nuestra promesa y, que permití que la ira se apoderara de mí para hacérselo pagar, pero es ella, es mi florecilla.
—Maddox está viva —sollozo afectado, me dejo caer en un sofá y me cubro la cara con las manos. Ni siquiera me doy cuenta de que lo hago en voz alta hasta que siento una mano pequeña sobre mi hombro, elevo la mirada y veo saltar una de las cejas de Declan.
Martina es mi terapeuta, pero, por encima de eso, ya la considero mi amiga, mi familia.
Ella es parte del grupo, una parte muy especial porque, a veces, solo a veces, se siente como una especie de dulce distracción en medio de tanta locura.
Ella nos hace pensar que hay otra forma de hacer las cosas, que quizá si, después de todo, podemos confiar nuestra carga a alguien que nos ayude a llevarla y disfrutar del amor.
Ella ama a Declan y para mí eso es lo único importante.
Solo éramos unos críos y los Hallaway nos destrozaron, quizá a la sociedad eso no le parezca un motivo suficiente para hacer lo que hicimos, pero a nosotros sí, y Martina lo entiende.
—¿Puedes explicarnos qué cojones ha pasado? —gruñe Gideon en un tono que quiere hacer sonar como condescendiente, pero que, más bien, parece impaciente, inquieto, dolido.
Joder. Eso me destroza aún más, me desespera.
¿Puedo hacer lo que me pide? ¿Abrirme con ellos, contarles la verdad?
¿O seguiré siendo el mismo cobarde que se muere de miedo a perderlos?
Es demasiado para mí, siempre lo ha sido siempre, porque, ¿cómo le explicas a tus mejores amigos, la única y más leal familia que has tenido jamás, que les has guardado un secreto enorme durante más de siete años?
¿Que, mientras ellos se abrían y compartían su todo con los demás, yo escondía algo para mí, algo que no quería que ellos miraran, tocaran o dañaran? , ¿algo hermoso que me pertenecía?
Y me pertenece.
Esa es la única motivación que necesito. Me importa una mierda si rompió su promesa, si el hijo de puta de Reese se cree su marido, si ella me considera lo peor. Me importa todo una puta mierda porque ella es mía y lo será para siempre.
—¿Quién es esa chica, Sterling, y ¿cómo es que no sabemos nada de ella si parece tan jodidamente importante para ti? —Gideon vuelve a la carga, elevo la mirada y enfrento la suya.
A mí no puede engañarme como insiste en engañarse a sí mismo, a ninguno de nosotros puede, y ya no pienso ser el jodido Sterling que anda por ahí con los ojos vendados mientras finge no ver nada solo porque necesita que no lo vean.
Si tengo que ser valiente y abrirme en canal, si tengo que compartir con ellos mi secreto mejor guardado y mi pertenencia más sagrada a pesar del miedo a perderlos, entonces no tengo porque ser el único que deja de fingir.
—Eres el menos indicado para preguntarme eso —gruño y Kirian se tensa enseguida y da un par de pasos amenazantes hasta cernirse en medio de nosotros.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunta Gideon por lo bajo y Kirian gruñe mientras aprieta los puños en señal de impaciencia.
Los demás chasquean la lengua, hacen muecas de cansancio o ponen los ojos en blanco, todos saben de lo que hablo y también cómo va a acabar esto para mí si continúo por ahí.
—¡Aparta, troglodita! Puedo defenderme solo.
Intento ignorar eso, pero no puedo, no hoy.
Hoy soy otra persona, una persona que he mantenido reprimida durante demasiado años porque creía que, si la liberaba, solo ocasionaría daños.
Pero, a veces, los daños son buenos, a veces necesitas romper los cimientos podridos que apenas te sostienen para construir unos más fuertes.
—¡¿Qué quién cojones es esa chica?! —insiste Gideon.
—Es la esposa de Reese —argumenta Declan y Lucien se ríe como un maldito desquiciado. Me pone los pelos de punta.
—Ella no es una mierda de Reese —lo enfrento.
—¿Quién es ella para ti? —pregunta entonces Kirian y su tono denota menos paciencia.
—Eso, Star, ¿quién es ella para ti?
¿Star? ¿Cómo, o por qué, el jodido Lucien sabe sobre eso?
Lo agarro del cuello de la camisa y lo arrincono en la pared más cercana. No me doy cuenta de que lo he hecho hasta que le grito esas preguntas a centímetros del rostro y con el puño en alto.
—Me gustaba cómo la hacías gritar por dentro de las paredes.
Se me agrandan los ojos por la impresión, ¿él lo sabía? ¿Nos espió?
Maldito desquiciado.
—¿Lo has sabido todo este tiempo?
Lucien emite esa estúpida sonrisa suya de pirado maquiavélico y jodidamente calculador capaz de destruirte toda la maldita vida en tan solo un segundo.
—¿Por qué no me has delatado? ¿Tuviste algo que ver con su desaparición? ¿Eres quien me dejaba los payasos?
—Chicos… —farfulla Martina y Declan le rodea la cintura y la pone a cubierto con su cuerpo mientras niega con la cabeza.
—Lo único que sé es que te follabas a la hija enferma e incapacitada de esos hijos de puta mientras nos mentías a la cara.
¿Enferma e incapacitada?
Yo lo mato.
—¿La hija de quién? —pregunta Gideon, desconcertado—. ¿De quién es hija esa chica?
Quiero pegarle a Lucien en esa jodida sonrisa engreída, pero se me desvía la mirada a Declan, y la forma en la que se le expanden los ojos mientras brilla en ellos la comprensión, me rompe por dentro y me debilita a tal punto que pierdo las fuerzas y Lucien logra escabullirse.
No me queda más remedio que darme la vuelta.
No tengo una opción diferente a dar la cara y rezar por no quedarme sin nada de nuevo, por no tener que volver a empezar de cero.
—Es la hija de Marcus y Helena Hallaway —recito—.
Se llama Maddox y la conocí el primer año de campamento.
La conocí incluso antes que a vosotros, ella me salvó de lanzarme por el acantilado, el mismo acantilado por el que, dos años antes, se había lanzado su hermano mayor.
—Miro a Gideon, sin poder evitarlo, y su semblante cargado de confusión me destroza—.
Red se lanzó por el acantilado porque su padre lo torturaba de la misma forma en la que lo hizo contigo.
Mi amigo palidece, lo conozco bien y, para mi desgracia, puedo notar la forma en la que mis palabras lo rompen por dentro.
No quiero recordarle su dolor, esa época tan oscura de su vida que lucha día tras día para no recordar, pero necesito sacarlo todo, mostrarlo ante ellos, quedar, al fin, libre de secretos y culpas delante de mis amigos.
Si voy a caer y perderlos, que al menos sea con todas las cartas sobre la mesa y con total honestidad.
—La obligaban a trabajar durante el verano y, en invierno… Joder.
Me rompo con tan solo recordar lo que le hacía esa hija de puta.
—Le hicieron mucho daño, casi tanto como a nosotros, pero mi única oportunidad de verla, de estar con ella y llamarla mía, era manteniendo el secreto.
—Todas las comidas que te saltaste —razona Kirian—. Los entrenamientos en los que parecías no haber dormido, las ausencias para meditar…
—Estaba con Maddox —reconozco.
Y cómo duele.
—La amaba. Fui un puto cobarde en aquella época, pero no quiero volver a serlo nunca más.
Maddox era lo único solo mío que había tenido nunca y estaba obsesionado con ella, en el fondo estaba encantado con la idea de que fuera nuestro secreto, mi secreta obsesión.
Ella me hacía feliz y solo quería cuidarla, porque si sus padres se enteraban de que nos veíamos, la habrían apartado de mí…
—¿Por qué no lo has contado en siete años? —Declan es quien me enfrenta ahora y se me encoge el corazón.
Es mi mejor amigo, mi guía, mi compañero, mi guardián.
Para mí, él es como un hermano, los demás también, pero hay algo diferente en Declan, lo admiro demasiado, envidio su templanza, su fuerza de voluntad, su claridad mental, su paciencia y lo lúcida que parece su mente a pesar del caos que a veces la rodea.
—Creí que ella había muerto.
Es la primera vez que lo digo en voz alta ante alguien que no sean Joseph o Martina. También es la primera vez que esas palabras ya no se sienten como un sucio secreto. Es liberador, pero, a la vez, asfixiante.
—La noche en la que pasó todo, la abandoné.
—Agacho la cabeza, incapaz de sostener el peso de mi propia vergüenza—.
Lo único que me pidió siempre fue que no la dejara sola con ellos y, esa noche, os elegí a vosotros en lugar de a ella, le pedí que me esperara, lo prometió, pensaba volver a buscarla, llevarla conmigo y con Joseph, casarme con ella en cuanto cumpliera los dieciocho, pensaba hacerlo, aunque eso me supusiera perder mi sueño, el dinero de mi padre o a vosotros, me daba igual todo porque en ese momento yo…
Me detengo en seco y me digo a mí mismo que es el momento de decir toda la verdad, de no guardarme nada por mucho que me dé vergüenza.