CAPITULO 9
Aprendí a amar mientras te miraba a los ojos.
—Entonces, ¿este lugar?
—¿A qué es increíble? —argumenta emocionada—. Las familias de los granjeros utilizaban estas cuevas como frigoríficos y despensa hace más de doscientos años. Es una pasada.
—Si que hace frío —bromeo y finjo temblar mientras la atraigo hacia mí y la acurruco en medio de mis brazos.
—No es verdad —contraargumenta con una sonrisa tímida y disfruto de la forma en la que sus pómulos se tiñen de rojo.
—Entonces puede que solo desee abrazarte. —Arqueo una ceja y ella hunde el rostro en mi pecho a la vez que se encoge sobre sí misma—. ¿Cómo lo descubriste? —pregunto mientras le coloco el cabello detrás de la oreja con una caricia.
—Explorando —musita y sus ojos encuentran los míos cuando mira hacia arriba—. Tengo muchísimo tiempo para eso.
Su sonrisa se torna amarga y me duele, joder, cómo me duele. No quiero que mi florecilla silvestre se pierda la vida mientras le pasa por delante sin que pueda hacer nada. No quiero que desperdicie ni un segundo de su tiempo, ni de la magia que acabamos de experimentar juntos.
Paso las manos por sus muslos y tiro de ella para levantarla del suelo.
Lo entiende enseguida y, a pesar de que es la primera vez que voy tan lejos, me rodea la cintura con las piernas y se aferra a mí con fuerza.
En su mirada descubro ese deje de timidez que la acompaña siempre que hacemos algo nuevo, que vamos un poco más allá, que damos otro paso.
Se muerde el labio superior, algo indecisa y cohibida, pero apoyo su trasero contra la piedra grande que hay en medio de la estancia y le acaricio los muslos con mucha delicadeza.
Su olor me embriaga y me obligo a ir muy despacio, no quiero ser invasivo con ella, es la flor más bonita que he visto nunca y jamás sería capaz de dañarla.
—¿Has pasado muchas horas dormida este año, florecilla? —Ella asiente con tristeza y le brillan los ojos.
—Apenas he podido salvar el curso, me ha tocado ir a recuperación con cuatro de las siete asignaturas.
—¿Siguen sin llevarte a un especialista?
Se encoge tanto sobre sí misma que me doy cuenta enseguida de que algo malo pasa en relación a ese tema.
Sé leer a la gente, lo sé desde que aprendí a leer a mi madre y entendí que mi padre no era lo que parecía, o desde que tuve que lidiar con cientos y cientos de personas nuevas a mi alrededor cada año.
No es normal la situación de Maddox, ni que no la siga un médico, ni que su madre la obligue a medicarse a pesar de que le ha dicho por activa y por pasiva que las pastillas no le sientan bien.
—¿Qué pasa con ese tema? —insisto y le sostengo la barbilla para que no aparte la mirada.
—Mi madre me golpeó cuando se lo comenté.
—¡¿Ella hizo qué?!
Me retuerzo por inercia e intento apartarme. La rabia se apodera de mí, me engulle y soy incapaz de controlarla. Siempre la controlo, pero, por lo visto, no es así cuando se trata de Maddox.
—Star, no por favor, ¿a donde vas?
—Voy a pedir cuentas a tu madre… Esa mujer…
—¡No! No puedes hacer eso, Sterling, lo prometiste. Prometiste que no contarías que me has visto, dijiste que ibas a guardar el secreto.
—Maddox, ella te golpeó, no puede golpear lo que es mío, no....
—Star —me interrumpe, salta de la roca y se abraza a mi cintura para cortarme el paso—, puedo soportarlo, lo hago, soy fuerte, también puedo soportar mi enfermedad, pero lo único que no soportaría es perderte a ti como perdí a Red. No quiero que te hagan daño, por favor…
—¿Daño? —Le elevo la barbilla y la miro a los ojos con el ceño fruncido.
Veo las lágrimas en sus mejillas. Estoy a punto de replicar, de explicarle que soy un hombre, que soy fuerte, aunque solo tenga dieciséis, y que, si pude con mi padre, también podré con los suyos, pero la preocupación que siento por ella supera esa necesidad de expandir mi ego.
—¿A qué clase de daño te refieres, Maddox?
—Daño como me lo hace mi madre a mí, o como se lo hacía papá a Red. Se les da muy bien eso de hacer daño y que nadie se dé cuenta.
—¿Tu padre hacía daño a Red? ¿Lo golpeaba como tu madre te golpea a ti?
—¿Podemos no hablar ahora de eso? Por favor, Star, de verdad que no quiero hablar hoy de Red, ahora estoy contigo y solo quiero disfrutarlo.
Suspiro, muy a mi pesar, y doy el tema por zanjado porque no quiero presionarla.
—¿Me lo contarás cuando estés lista? —Asiente y le doy un beso en los labios—. Un día, cuando cumplas dieciocho años, me presentaré en tu casa, me casaré contigo y nunca tendrás que volver allí.
Se le agranda la mirada y se le entreabren los labios debido a la emoción.
—¿Lo prometes? —pregunta con esperanza y sostiene el cuello de mi camiseta.
—Lo prometo, solo te casarás conmigo y yo solo tendré ojos para ti.
—¿Ya sabías que quieres casarte conmigo? ¿Por eso has dicho antes que era tuya?
—Eres mía —sentencio sobre sus labios y le sujeto el cabello de la nuca—. Lo has sido desde que te lanzaste sobre mí en ese acantilado.
—Entonces, tú, ¿también eres mío?
—¿Quieres que lo sea? —Asiente y se moja los labios perfectos que muero por besar—. Solo te casaras conmigo y solo tendrás ojos para mí, ¿también lo prometes?
—¡Claro que lo prometo! —Sonríe y asiente presa de la emoción, me rodea el cuello con los brazos y me besa despacio mientras me hace promesas—. Solo me casaré contigo, eres el único con el que quiero casarme. Y dejaré que me persigas, que me atrapes. Seré solo tuya, para ti, como tú eres para mí.
No puedo explicar con palabras lo mucho que me llena escucharla decir eso.
Es una sensación nueva, un instinto primitivo, un orgullo voraz que lo devora todo a su paso mientras me grita que ella es mía y que no dejaré que se vaya de mi lado nunca.
No la perderé, y no la trataré nunca de la manera en la que mi padre trató a mi madre.
Nuestros labios se unen por inercia en un beso profundo y apasionado que la hace gemir, la atraigo hacia mí con mayor fuerza y mantengo su sexo cálido presionado contra mi erección.
Ella no se aparta y me deleito en la forma en la que mi florecilla se abre para mí, confía en mi criterio, en que la cuidaré y me permite marcar el ritmo.
—¿Dejarás que haga lo que quiera cuando te atrape, Mads? —Se muerde el labio superior, tímida, y lo piensa durante unos segundos antes de mirarme con determinación y lujuria, y asentir—. Te prometo que siempre voy a cuidarte, florecilla —murmuro y deslizo la mano sobre su pecho.
—Lo sé —responde y me besa despacio—. Confío en ti, Star.
Y su confianza me llena, pero necesito algo más, también quiero su amor, ser algo más que su estrella, quiero que ella me ame y que ese amor la abrume de la misma forma en la que me abruma a mí.
Quiero que ella sea tan feliz estando conmigo, como yo lo soy con ella, y eso implica involucrarme en su situación, liberarla de sus padres y reclamarla para mí.