Secreta Obsesión (Sangre bajo el hielo 2) CAPITULO 7
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CAPITULO 7

Yo siempre gano, y sin trampa.

—Ni la toques —me impongo ante Lucien y este pone los ojos en blanco antes de soltarla y coger la roja en su lugar.

Menudo imbécil, solo lo ha hecho para molestarme porque dije por activa y por pasiva que la verde era para mí.

El taller de máscaras es entretenido, y me enorgullezco de ser el único que sabe que fue idea de mi Maddox. Pronto será su cumpleaños, el año pasado no tenía nada para darle cuando llegó ese día, pero este sí, he venido preparado, listo para celebrar.

—¿Por qué tú puedes tener la azul, hijo de puta? —molesta Lucien a Declan como segunda opción, aunque todos sabemos que él quiere la roja.

—Combina con mis ojos. —Declan enciende las líneas azules de su máscara de neón y la coloca al lado de su cara para que veamos en contraste.

—Deberías pintarle una polla flácida justo ahí. —Lucien toca el centro de la frente en la máscara—. Es la imagen que mejor te representa.

—Que te jodan. Pero no, gracias, nunca tendrás el privilegio de verme la polla dura y en acción.

—¿Has oído eso, Lucien? —lo pica Kirian entonces—. Tendrás que conformarte con verla en las duchas.

Todos nos reímos ante ese comentario, menos Gideon, que está del todo concentrado pintando su máscara amarilla.

—¿Qué estás poniendo en la tuya? —me intereso y él se encoge sobre sí mismo antes de enseñarla.

Es alucinante. Gideon ha pintado una portería sobre la base negra de la máscara, un casco de hockey, un número «31», una lágrima. También ha añadido marcas de coceduras a la boca de su máscara y un arcoíris, además de algunas salpicaduras amarillas.

Siento algo inquietante por dentro, pero lo dejo pasar.

—Está genial, Gi, ojalá algún día quisieras hablarnos de su significado.

—Nunca —balbucea mientras baja la mirada y sigue a lo suyo.

Es el más reservado en cuanto a sus emociones, pero es al único de ellos que siento la necesidad de someter a un tercer grado. Es una sensación extraña, pero preocupante, como si su hermetismo fuera peligroso. Eso me produce ansiedad y me muero por interrogarlo.

—¿Tú qué vas a poner? —pregunto entonces a Lucien.

—¡Sangre! —responde desquiciado mientras llena la máscara de salpicaduras rojas y nos lanza a nosotros sobre la ropa. Bufamos todos a la vez y Kirian le da un guantazo en la cabeza.

La máscara de Lucien también tiene algunos detalles hechos con mucha precisión: tres líneas que parecen zarpazos abiertos en el lado derecho; en el izquierdo, el ojo está cubierto con una especie de parche de pirata; y, bajo el pómulo, ha pintado un mapa, un catalejo y una brújula.

Me entran ganas de preguntarle si se trata de una historia personal, pero es muy probable que me responda con un puñetazo si le toco demasiado las narices.

—Háblanos de la tuya —se interesa Declan antes de que pueda preguntarle sobre lo que pinta en su máscara. La suya es la que más curiosidad me produce y puede que el muy cabrón la esté ocultando a propósito.

—Verde —digo con orgullo, la elevo y se la muestro—. Unas llaves por Joseph, una copa reluciente como la que ganaremos algún día, flores silvestres y mis figuras de payaso —concluyo y bajo un poco la voz.

—¿Eso es por alguna chica? —Declan ladea la cara y me sonríe a la vez que me mira de reojo—. Las flores, digo.

—Puede —argumento y se la devuelvo—. ¿Qué hay de la tuya?

Se pone serio, pero no deja de pintar Me pongo de puntillas para mirar por encima lo que ocultan sus brazos y, entonces, los retira de buena gana y me lo muestra.

—Es una pasada —musito.

La máscara de Declan es una jodida obra de arte, el azul neón la ilumina, copos de hielo y escarcha caen por ella. También pintó unos patines y un par de sticks de hockey entrelazados, el número once y, en un rincón casi oculto, un antifaz.

—Así que once, ¿eh? —Le doy un golpe con el hombro y él desvía la mirada—. ¿Alguna razón en especial?

—¿Tienes tú alguna para que te guste el diecinueve?

—En realidad, si —musito y noto como se me cierra la garganta.

Sé que Declan es un tío legal y es lo más parecido a un mejor amigo que he tenido nunca, aunque no íbamos a clase juntos, hablábamos mucho por el móvil y lo invité muchas veces a casa, pero siento mucha inseguridad a la hora de abrirme y mostrar que soy vulnerable.

—No tienes que contármelo —farfulla Declan al ver que me encuentro en un apuro.

—Era el día del cumpleaños de mi madre, diecinueve de febrero y… —También es el día del cumpleaños de Maddox, diecinueve de julio, como una señal del destino, pero no es eso lo que digo— me gusta —musito en su lugar.

—Es un gran número, Ster. Tú lo harás grande.

Asiento y miro en dirección a las demás mesas donde muchos otros chicos hacen la misma tarea. Por alguna razón, la nuestra es la única que se siente especial, como si hiciéramos algo sagrado, en lugar de solo pintar una máscara.

Este taller es genial, y lo es aún más porque fue idea de ella.

—Algo me dice que esto será el comienzo de algo divertido —bromea Lucien y levanta su máscara. Es ahí cuando me doy cuenta de que le ha añadido un número veintiocho. Creo que le pega y coincido, algo me dice que así será.