CAPITULO 6
Han pasado años, pero siempre te veo cuando cierro los ojos.
Toronto, febrero.
Aún guardo el recuerdo de su aroma y de la calidez de sus labios sobre los míos.
A veces son reconfortantes y los recuerdo como lo que son, lo mejor que he tenido nunca; pero otras solo quiero llorar y arrancarlos de mi cabeza, dar a un botón y suprimirlos porque duelen como el infierno, así como duelen los recuerdos de mi madre, o los de mi padre mientras nos hacía daño, o los nuestros con esta venganza, pero son imposibles de eliminar, están grabados con fuego en mi alma.
La quería a ella, igual que quería a mamá, e igual que quiero a los chicos, solo que ellas me abandonaron.
Han pasado siete años desde la última vez que la vi y aún me falta el aliento mientras me pregunto por qué cojones tuvo que pasarnos a nosotros, a ella.
«Es imposible sobrevivir a esta caída, señorito MacAllister», recuerdo que dijo Joseph.
Y lo único que podía pensar en ese momento y pensé durante los tres primeros años, es que Maddox no me haría algo así.
Me daban igual las pruebas, su ropa bajo el acantilado o las palabras de los expertos.
La esperé cada segundo del día durante esos tres años, luego entendí que se había ido de verdad, se fue con Red y fue culpa mía por haberla dejado sola y elegir a mis amigos en mitad de su peor momento.
Ella se vengó de la peor manera, actuó en consecuencia para que yo también muriera por dentro, y me ató a una condena… porque yo aún respiro.
Creí que todo iba bien entre nosotros. Le supliqué que me esperara y ella lo prometió, prometió que nunca se iría con Red y yo no me iría con mi madre.
Le creí, pero me abandonó. Y, aún así, me aferro a su recuerdo como el del único amor de mi vida porque soy jodidamente incapaz de querer a nadie más.
El hielo cruje bajo mis patines y me devuelve al presente.
El entrenamiento.
Hoy no es mi mejor día, pero lo peor de todo es tener que lidiar con el nuevo.
Reese se coloca a mi izquierda. Parece tranquilo, pero sé que no lo está.
Se le nota en la respiración, en la forma en que aprieta la mandíbula mientras el entrenador grita las órdenes, y la manera en la que no deja de incordiar con su sola jodida presencia.
Quiero sacarle todos los dientes de un puñetazo.
¿Qué cojones le hice a este imbécil? No paro de rebuscar en mi cabeza a ver si lo conozco del pasado, de una de las muchas ciudades distintas en las que mi padre me obligó a vivir antes de dejarme en Toronto de forma definitiva, pero no me viene nada.
He tomado la decisión de preguntárselo a la cara porque no creo que él sea consciente de que, si le hice algo, ni siquiera lo recuerdo.
El silbato corta el silencio y salimos. Declan marca el ritmo, yo lo sigo, y el novato…
la madre que me parió, el imbécil nos sigue a toda velocidad, como un puto rayo, como si llevara años aquí y conociera a la perfección nuestro siguiente movimiento.
Es imposible que lo haga. Es cierto que ha jugado contra nosotros muchas veces, y es bueno, pero no ha podido tener el tiempo suficiente como para analizar y memorizar nuestras jugadas de un día para otro.
Aún así, se desliza por el hielo con una fuerza, seguridad y agilidad que no esperaba.
A la mierda mi esperanza de que estuviera afectado por el traslado repentino, de que le costara adaptarse.
El hijo de puta casi parece contento, feliz de estar en esta situación.
Lo miro de soslayo y me guiña un ojo, parece divertido ante mi escrutinio y ante la idea de hacerme el entreno un poco más difícil, porque lo hace, quizá no lo demuestre en su manera de jugar, pero hay algo en la forma en la que me mira que me hace sentir incómodo.
Entre cada giro, cada pase, cada puto choque de sticks , siento sus ojos en mi nuca.
Me estudia, y eso me jode, pero me concentro en mi velocidad y en mejorar mi propio juego.
Durante años me he convencido a mí mismo de que la violencia no es el camino.
No utilicé la violencia para librarme del yugo del controlador de mi padre, si no la inteligencia.
Tampoco utilizo la violencia para luchar contra los sentimientos devastadores que traen consigo los recuerdos de mis chicas, aunque a veces es lo único que deseo.
Ni siquiera me hace falta para jugar al hockey.
Soy un anotador, y si golpeo a alguien en la pista, solo es para apartarlo de mi camino, pero no dejo que esa mierda se meta en mi cabeza, no dejo que juegue con mi mente y agote mi discernimiento con su negatividad.
Soy mejor que eso, mejor que mi padre. Siempre seré mejor que él, porque es lo que me inculcó mamá.
Reese anota, Declan asiente mientras le dedica una mirada analista y el entrenador berrea y salta satisfecho. Todos parecen contentos, menos yo.
De camino al vestuario, Reese choca un hombro contra el mío y lo fulmino con la mirada para demostrarle mi desagrado, se ríe como si hubiera sido un accidente, pero sé que no lo fue, me adelanta para hablar con un rookie y lo dejó pasar, aunque noto como hierve dentro de mí un tipo de rabia silenciosa y letal.
Si no me contuviera, le cogería esa cabeza pelirroja y se la aplastaría, pintaría con su jodida sangre todo el pasillo y sería maravilloso, justo como lo fue ese día que no me permito recordar.
Mis compañeros y yo ya guardamos un secreto, uno que me costó todo precisamente porque me dejé llevar por la violencia y me convertí en mi padre para defender a mis amigos y a la chica que amaba, quizá ahora podría ser yo el instigador y hacer que guardemos un secreto que me beneficie, o podría hacerlo por mi cuenta, eso me daría más satisfacción, pero también más oportunidades de fallo y no es lo que necesito.
Somos nosotros cinco siempre, y eso es así por una buena razón.
Abro mi taquilla, frustrado, y lo que cae al suelo de ella me hunde por completo el corazón.
El suelo se llena con figuras pequeñas con forma de payasos.
Normalmente me dejan una al azar, pero quien haya hecho esto hoy se propuso terminar del todo conmigo.
Caigo al suelo y procuro respirar, pero no sirve de nada.
Duele demasiado y el pasado me golpea como un puñetazo invisible.
La veo.
Descalza sobre la hierba mojada mientras la persigo, se ríe y me enseña uno de esos payasos horribles.
La atrapo y la elevo del suelo, hago girar en el viento su vestido de flores y su precioso cabello naranja, ella se carcajea y, entonces, pone delante de mí la cosa horrible que acuna entre los dedos.
—Es para que no te olvides de sonreír, Star.
Y me río, sí… en aquel recuerdo lo hago, pero en el presente me arde la garganta y se me llenan los ojos de lágrimas sin derramar.
Escucho movimiento a mi espalda, alguien me mueve los hombros y la voz de Declan se eleva por encima de las demás, creo que dice cosas como «Aquí no hay nada que observar», o «El que esté haciendo esto se las tendrá que ver conmigo», pero la verdad es que no estoy del todo seguro.
Solo puedo pensar en ella.
Maddox me abandonó a pesar de que traicioné mi vínculo más sagrado y mentí a mis amigos por ella durante años.
Aún miento, y quien quiera que esté jugando a este juego mental conmigo, lo sabe, pero ahora también estoy muy seguro de que esa persona tuvo en algún momento un trato personal con ella y con los objetos que ella guardaba con celo para que nadie los encontrara y supiera de nosotros.
¿Qué pasaría si pudiera encontrar a esa persona y escuchar una explicación distinta a la que creó mi cabeza sobre el por qué me abandonó?
¿Qué pensarían de mí mis amigos si al fin se enteraran de la forma en la que les he mentido, de cómo la escondí por años, de cómo los hubiera abandonado a todos ellos con tal de fugarme con ella?
La hija de las dos personas que más daño nos hicieron es el único y verdadero amor de mi jodida vida… y no sé cómo superar eso.
Tengo que encontrar a esa persona.
Tengo que ir a hablar con Martina para desahogarme.
Tengo que encontrar la forma de volver a respirar.