Secreta Obsesión (Sangre bajo el hielo 2) CAPITULO 5
15%

CAPITULO 5

Sé la persona con la que te gustaría cruzarte.

Subo las escaleras del edificio como alma que lleva el diablo mientras arrastro la maleta.

—¡Oye! Hijo de puta, menudas prisas —gruñe Lucien cuando lo arrollo en la puerta para entrar en la habitación.

Para mi buena suerte, ellos han hecho lo prometido y se han instalado en la misma del año pasado, conmigo.

Amo estar de vuelta. Y sí, sé que hace un año odié tanto la idea de venir aquí y volver a ser el chico nuevo en la ciudad que contemplé la tonta idea de lanzarme por un acantilado, pero ese verano fue el mejor de mi vida, porque conocí a Maddox y a estos cuatro chalados.

Este verano pinta con ser igual de bueno, o incluso mejor.

—Tíos, ¡cómo me alegro de veros!

Corro hasta Declan, Gideon y Kirian y los rodeo en un abrazo mientras silbo de felicidad. No es que no me alegre de ver a Lucien, pero creo que si le doy un abrazo partiría en dos mi preciosa cara y paso de arriesgarme.

—Creí que no venías —se sorprende Gideon, pero en su rostro se refleja la felicidad que siente por haberse equivocado.

—Eso —secunda Declan—. ¿Tu padre no tenía que mudarse por un servicio de la empresa?

—Lo ha hecho —les informo y se les frunce el ceño ante mi silencio intencionado—. Pero he suplicado clemencia y he conseguido que me deje con mi cuidador.

—Oh, Sterling tiene un cuidador —se burla Lucien y lo fulmino con la mirada.

—Joshep es mi familia, pedazo de idiota —le recuerdo y él me guiña un ojo. Para mí es un recordatorio de que no lo hace de forma intencional. Es su manera de ser, le encanta ser un idiota irracional; yo, sin embargo, solo soy un payasete al que le gusta hacer que los demás se lo pasen bien.

Sé muy bien en lo que pueden desencadenar la ira y la violencia, y no quiero eso, ni por asomo volvería a ser ese Sterling que se deja llevar por esas estúpidas emociones y lo pierde todo.

Me llevo las manos alrededor del cuello y palpo la cadena de cuero que me cuelga de él.

Sobre mi garganta, encuentro la figura del payaso con dos caras, una triste y una sonriente.

La toco y noto como me reconforta, como cuando ella me la regaló al final del verano pasado y me dijo que la recordara.

Lo hice, cada maldito día. Se me escapa una sonrisa al saber que solo quedan pocos minutos para que pueda volver a verla.

Mi florecilla silvestre, su presencia agradable fue lo mejor del verano pasado, nuestros paseos por el acantilado, nuestras escapadas en los pasadizos, nuestras conversaciones profundas en mitad de la madrugada mientras todos permanecían dormidos.

Maddox Hallaway es mi mejor amiga, la chica que hace que se me acelere el corazón, la mujer en la que pienso todo el día y ha sido agonizante esperar hasta el maldito verano para poder volver a verla.

—Ahora llevas ese esperpento colgado del cuello. —Kirian odia los payasos, los odia de verdad y se pasó todo el año intentando que me deshiciera de mi figura, o él mismo deshacerse de ella. Para mi buena suerte, no lo consiguió.

—He traído toda una maleta llena solo para atormentarte.

—Te las meteré por el culo una a una mientras duermes.

Qué asco…

Por el rabillo del ojo noto como Gideon se tensa y se encoge sobre sí mismo, luego se gira y centra su atención en Lucien y el modo en que pone la zancadilla a los chicos que pasan delante de la puerta.

—Me gustaría ver cómo lo intentas —bromeo, pero no es verdad.

Ni de coña.

Kirian es el más grande de todos nosotros.

A sus quince, parece tener, como poco, diecinueve años.

Es corpulento, relleno y, en la pista de hielo, nadie quiere encontrarse en medio de su camino.

Yo tampoco quiero, pero es cierto que traje una maleta llena de figuritas de payaso, lo hice solo porque a Maddox le gustan.

Dice que, cuando no está conmigo, no se le hace tan fácil mostrar sus emociones, incluso, con su enfermedad, hay días que se encuentra tan adormilada que no sabe diferenciarlas, o no siente absolutamente nada.

Es duro escuchar que ella debe lidiar con algo como eso y me preocupa su bienestar, aunque parecía muy sana el verano pasado.

Creo que me voy a desmayar de la felicidad en cuanto la tenga enfrente.

—Oye, este año pido que nos juguemos las camas a suerte —protesto al ver que todos se han colocado justo en el mismo lugar que el año pasado.

Yo fui el último en llegar, por eso de que me escabullí para tirarme por el acantilado, y me tocó la cama junto a Kirian y sus ronquidos de oso hibernando.

—Ni. De. Coña.

Declan me lanza una mirada seria y Gideon se encoge de hombros.

Él está al otro lado de los ronquidos y ninguno podemos hacer nada aparte de levantarnos y mover un poco a Kir para que se coloque del lado contrario.

Hubo noches en las que Gideon incluso se tumbó a su lado en la cama para poder moverlo a tiempo.

Todos estuvimos de acuerdo con eso, fue un gran alivio.

Conocer a estos chicos ha sido una alegría, son mis amigos, me aceptaron y me agradan, pero fue una mierda no coincidir en el mismo instituto que ellos.

Para mi buena suerte, ahora que mi padre se marchó sin tener claro cuando regresa, me permitió cambiar también de instituto.

Tardaré unos diez minutos más en llegar, pero tienen un programa de hockey que lo convenció por completo.

Le prometí que me esforzaría, y lo haré, pero si puedo pasármelo bien en el proceso, es una alegría.

—Hay algo más que quiero deciros —anuncio y los chicos dejan lo que hacen para honrarme con su atención, menos Lucien, que empuja a un pobre desgraciado que pasa por nuestra puerta con tanta fuerza que lo tira al suelo, y luego se ríe de él y lo reta a que haga algo al respecto.

—¿Va todo bien, Ster? —Gideon es el más tranquilo, el más empático del grupo, y su tono de voz siempre es alentador y tranquilizante.

—En realidad, mi padre no solo me ha dejado quedarme —musito con voz queda, como si estuviera triste por ese hecho—. ¡También me ha cambiado a vuestro instituto!

Declan sonríe en el acto, Gideon jalea y salta de alegría, y Kirian niega con la cabeza como si nos diera por perdidos.

—Genial, ¿ahora tendré que soportar a este payaso también en clase? —se queja.

—Dejaré una figurita para ti cada mañana en tu mesa. —Le lanzo un beso y corro cuando amaga con alcanzarme.

—Te mataré si haces eso.

—Nadie va a matar a nadie. —Declan le pone una mano sobre el hombro al grandullón y este se tranquiliza, Gideon aparta rápido la mirada de los dedos de Declan sobre Kir.

—Algo me dice que este verano será bueno, y luego las clases, ¿no estáis contentos? —pregunto y Lucien, que al fin nos honra con su atención, se ata una camiseta al cuello y finge que se ahorca mientras Kirian se ríe por lo bajo.

—Si te mantienes alejado de mis chicas, todo saldrá bien —advierte Declan.

—¿Tienes miedo de que te quite el puesto como el más guapo? —bromeo y choco nuestros hombros. Él niega con la cabeza mientras me da por imposible.

—Las mías puedes quedártelas —alude Lucien—. Me gusta compartir.

—Yo podría mirar —agrega Declan.

—Estáis enfermos. —Gideon simula una arcada y todos nos reímos cuando Lucien mueve las caderas y emite gemidos mientras finge follar a una chica imaginaria.

—Yo podría follarlas hasta hacerlas llorar. —Kirian levanta las cejas y esboza una sonrisa ladeada, las risas se terminan y Lucien se detiene, nos miramos entre nosotros y fruncimos el ceño ante sus fantasías.

—Me gusta como piensas, sádico hijo de puta —añade Lucien con una sonrisa típica del gato de Cheshire mientras los demás ponemos los ojos en blanco y los damos por imposibles.

— Ok , suficiente, ya sabemos a quien le va el sexo duro —agrego para calmar la tensión, pero no me pasa desapercibida la forma en la que Gideon intenta hacerse invisible.

La verdad es que no me interesa ninguna chica diferente a la que estoy a punto de ver.

—Nos quedaremos sin mesa —gruñe Kirian—. Y tengo hambre.

—Id bajando, os alcanzo después. No quiero que perdáis el turno solo porque yo he llegado tarde.

—Te guardaremos un plato.

—No es necesario, he comido en casa.

—No empieces a saltarte comidas como el año pasado, Sterling, necesitas estar bien físicamente para…

—Lo sé —lo corto—. No pasará.

Pero sí pasará, porque, aunque son mis amigos, prefiero desayunar, comer o cenar con Maddox.

—No tardes —alude Gideon y cierra la puerta tras de sí.

Me palpo la figurita en el bolsillo, para hoy he elegido una con cabello rosa y la cara sonrojada. Se parece a ella, o al menos eso me gustaba decirme a mí mismo mientras las encontraba en distintas tiendas o aplicaciones de segunda mano.

Me acerco a la zona de la pared que es desigual, esa que, si no conociera, sería incapaz de distinguir.

Toco dos veces y contengo el aliento cuando se abre despacio delante de mí.

Entro con rapidez al pasillo oscuro e inhalo con fuerza, porque ya huele a ella.

A flores silvestres, a comida rica, a miel.

—Hola —dice con timidez y la localizo a mi izquierda mientras la puerta se cierra y la oscuridad nos engulle.

No me lo pienso dos veces y me abalanzo sobre ella. La envuelvo entre mis brazos, la elevo a mi altura y la escucho jadear mientras sonríe. Me empapo de ella, justo como llevo esperando hacer nueve meses.

Se siente maravilloso.

—Maddox —musito y noto el calor familiar de su aliento.

—Sterling —bisbisea para mí—. Hola.

Desde aquella mañana en el acantilado, abrazarnos fuerte es casi toda nuestra rutina.

Nos gusta estar el uno junto al otro, el tacto y la familiaridad que nos ofrecemos.

No podemos evitarlo y, aunque nunca me ha detenido cuando poso mis labios en los suyos de forma autómata, o cuando le acaricio la cintura de forma discreta, creo que ya no es suficiente.

Estoy desesperado y este año tengo la valentía suficiente para a ir un paso más allá.