CAPITULO 4
El rival más difícil está en tu cabeza.
Toronto, febrero.
El aire en la pista es tan frío que me corta la respiración, hace que me duelan la nariz y los pulmones, pero estoy acostumbrado a sentir ese ligero dolor que ya me resulta hasta agradable.
Tengo que acabar con ese mierdas pelirrojo.
Mi aliento despide vapor por el esfuerzo y el rugido de los fanáticos me retumba en los oídos.
Ganamos seis sobre cuatro, y esa ventaja es lo que me ha hecho olvidar un poco mi cabreo monumental con el gilipollas integral del otro equipo que no para de venir a por mí.
Lo enfrento cada vez, y le demuestro que soy el que manda.
He marcado tres de los seis goles y me siento con la energía suficiente como para marcar tres más.
Logan puede ser todo lo gilipollas que quiera, porque eso solo me sirve como motor en lugar de lastre.
—Más suerte en el próximo partido —vocalizo cuando lo tengo enfrente e inicio una jugada rápida ante su mueca de disgusto. Nuestro tiempo en el banquillo y los pensamientos que me acompañaron me ayudan a recuperar el control mientras que Logan lo pierde.
El disco gira sobre el hielo, diminuto, adorado y perfecto, como una bala negra que solo yo puedo dominar.
La adrenalina se apodera de mí a tal punto que se me escapa un gruñido y me lanzo a por ello a toda velocidad.
Es electrizante, vivo para esta sensación, porque es lo único que me hace sentir algo después de haberla perdido a ella.
Ella era mi todo.
El golpe de las cuchillas contra el hielo me sacude los músculos, me pone en tensión y el corazón me golpea la cavidad torácica como si se quisiera salir.
Entonces lo siento, el hombro del defensa rival choca contra el mío y noto la mirada acechante de Reese sobre mí mientras lucha por alcanzarme, pero no desciendo la velocidad, mantengo la decisión, no cedo.
No hoy, pedazo de hijo de puta.
Declan grita mi nombre desde el centro, lo escucho alto y claro incluso en medio del caos.
Sé lo que espera de mí y respondo con un movimiento metódico y seco: un quiebre a la izquierda con el disco pegado a mi stick y los reflejos en pleno incendio.
Otro jugador se cruza y lo esquivo con un giro que apenas roza el equilibrio.
No voy a dejar que me detengan. No hoy. Ese cabrón de Reese tiene que aprender a respetarme en mi terreno, tiene que dejar de intentar sacar lo peor de mí y ¿qué mejor forma que llenar su portería de goles?
El mundo se reduce a un túnel blanco. Todo desaparece, incluso ella, su recuerdo, las figuras que compartimos y el maldito Reese. Solo puedo ver el disco, la línea azul y el dichoso portero que espera como un muro de cemento.
Acelero.
Siento cómo la severidad del esfuerzo se me clava en los músculos de las piernas, en los gemelos, es doloroso, pero no tanto como el recuerdo de lo que ya no tengo o la necesidad de marcar.
Purgo todas mis mierdas a través de este deporte, por eso lo amo.
Purgo la rabia, la adrenalina, el peso de nuestros secretos, de todo lo que amenaza con hundirme.
Lo descargo sobre el hielo. Invado el terreno rival, amago el disparo hacia su portería y noto como el portero se tensa, es solo una fracción de segundo, pero, una vez más, sé que está listo para interceptar el tiro que ve venir.
Entonces, hago lo que mejor se me da: engañarlo.
Cambio de ángulo y libero un tiro distinto para demostrar a todo el mundo que soy impredecible.
El golpe es limpio y el disco recorre la poca distancia como una chispa encendida que derrite el hielo a su paso.
Durante su trayectoria, se hace el silencio, pero se detiene dentro de la red y, desde el fondo de la garganta de cada aficionado y compañero de equipo, nace el rugido más satisfactorio.
—¡Bien! ¡Eso es, joder!
Mis compañeros se abalanzan sobre mí y me siento orgulloso, los flashes de las cámaras disparan como locos en mi dirección.
Me gusta la atención de los medios, pero me gusta mucho más demostrar mis teorías.
Por el rabillo del ojo veo como cierto gilipollas irritado se quita los guantes y los estampa contra el hielo, y entonces confirmo que he conseguido lo que quería: le he hablado alto y claro con mis acciones en lugar de con palabras o golpes, y le he demostrado que me importa una mierda su estúpido acoso o intimidación, porque nunca va a poder aplacar al jugador estrella que llevo dentro.
Aunque no puedo negar que ver el aro brillante en su dedo anular derecho me hace sentir extraño.
Levanto el stick cuando mis compañeros me elevan del suelo, jadeante y con los pulmones en llamas, busco una cámara y guiño un ojo mientras beso la figurita de payaso que cuelga de mi collar.
A las Puck Bunnys las enloquece esa acción.
Amo ver que llevan colgantes de payaso o pintan uno sonriente en sus camisetas en mi honor, debajo de mi apellido, y encima del gran número diecinueve.
Pero esas chicas no podrían importarme menos, porque la única en la que pienso al besar este collar lleva más de siete años muerta y, con ella, mi corazón.
Las cámaras me siguen y los fans me adulan mientras yo me sacudo esos ojos azules de la cabeza y el dolor abrasador que traen consigo. Me concentro en mi fachada de estrella, esa que he perfeccionado y que me convierte en el chico favorito de la liga y de las payasitas.
Por un instante, solo por un instante, la ausencia no duele. Por ese mismo instante soy quien debería ser: el tipo que no falla, el que no se quema por dentro mientras sigue de pie sobre el hielo.
El partido termina y nuestros colores iluminan el lugar.
Mis compañeros me cargan hasta el vestuario y siento un tipo de paz diferente.
Sé que gran parte de ello se debe a cómo se han calmado las cosas desde que solucionamos la situación con Martina, todo está mucho más relajado y Declan es feliz, eso le permite ser un capitán centrado, uno que ya no tiene que desvivirse en ocultar su relación, porque está seguro de que sus amigos no van asesinar a su chica, en especial Lucien, con él las cosas siguen algo tensas, pero ¿cuándo no?
Sea como sea, parece que el experimento ese ha encontrado otros asuntos en los que mantener entretenida su mente.
—Chicos, tengo un anuncio importante que daros.
El entrenador nos habla en un tono firme cuando entramos al vestuario.
Mis compañeros me dejan sobre el suelo y una energía serena se adueña de nosotros.
Agarro la botella de agua, bebo una gran cantidad y me echo otra parte por encima, Luego tomo asiento delante de mi taquilla para escuchar con atención.
—Como sabéis, no damos con el titular correcto para que asuma el puesto de extremo izquierdo.
Estáis jugando bien, pero con esta decisión creo que nuestras jugadas pueden llegar a ser perfectas.
Si nuestras jugadas son perfectas, el año que viene, no nos quedaremos a las puertas de los playoffs y tendremos opciones reales de clasificarnos entre los mejores y ganar la copa Stanley.
Noto como Declan se tensa a mi lado. Como capitán del equipo, siente mayor presión sobre sus hombros que el resto por llevarnos a esa victoria y explotar nuestro potencial.
Como mi amigo que es, sé que muere por vivir ese sueño, y sí, quiero conseguirlo por mí, pero también quiero conseguirlo por él, por Kir, por Gi, por Lucien.
Hago una línea con los labios y me preparo para las siguientes palabras del entrenador, sé lo que significan, otro movimiento de jugadores, un traslado entre equipos para probar un nuevo extremo izquierdo, otro compañero nuevo.
Jugaré con quien haga falta para luchar por un puesto en los playoffs y traer una copa Stanley a casa.
—El Vancouver ha aceptado nuestra oferta para el traslado de Logan Reese, mañana estará aquí para entrenar con el equipo.
A la mierda mi predisposición y buena voluntad.
Se me cae el alma al suelo, metafóricamente. Pero es una mierda, una puta mierda enorme como una casa, ¿jugaré con cualquiera? Sí, menos con ese imbécil. El vestuario se llena de abucheos y los míos no son la excepción.
¿Odio la decisión? Si, joder, pero ¿me la esperaba? Por mis cojones que sí, ese imbécil es el único de todos los equipos capaz de igualar nuestra velocidad y agresividad en el juego, sé que, con nosotros, seríamos indestructibles, si es que no nos destruimos los unos a los otros primero.
—Dejad la negatividad, hoy ese chaval ha sido vuestro rival y lo ha dado todo por su equipo, pero mañana lo dará por el vuestro como un compañero más.
Pongo los ojos en blanco y soy el primero en levantarme antes de que los demás se dispersen. Abro mi taquilla y suelto el bufido de frustración que retenía. Jugar con el puto Logan Reese no es para nada lo que más me apetece y siento que se me ha arruinado el día.
—Ese gilipollas me la tiene jurada —gruño en dirección a Kirian mientras este se desviste con movimiento violentos.
Me extraña que no se cargue el uniforme después de cada partido—.
Nos odia a todos un poco, pero a mí el que más, ¿y por qué?
Solo Dios lo sabe, porque no recuerdo haberme follado a su madre, ni a su hermana, ni a nadie que tenga un coño en toda su jodida familia, pero puede que eso sea justo lo que haya pasado…
—Eres un payaso enfermo —me interrumpe Kirian—. Será mejor que te reserves los comentarios sobre haberte follado a su madre cuando lo tengas mañana en el vestuario.
—¿Por qué? —me quejo—. ¿Por qué el universo no me deja ser libre ni siquiera en mi propio equipo? Además, no ha parado de hacerme insinuaciones en todo el partido sobre mierdas como que está casado y que se folla a su mujer. A mi que cojones me importa si…
—Deja de lloriquear y concéntrate —gruñe Lucien a mi lado y me da un par de palmadas en el hombro, enseguida lo muevo con violencia para sacudírmelo de encima—. Si quieres partirle la cara por todas sus gilipolleces a ese pelirrojo, yo me apunto.
Lucien es un puto perro rabioso. Odio a Logan, eso es un hecho, pero ni en un millón de años me metería en una cacería al lado de Lucien. Lo destrozaría, es lo que mejor se le da.
—Nadie va a golpear a Reese sin motivo —interviene Declan y lo agradezco mientras me hago con mi ropa de cambio. Algo cae, repiquetea en el suelo y me roba por completo la atención.
—Joder, otra vez no —bufa Gideon y sé lo que me voy a encontrar tan solo con su expresión.
Me agacho y lo acuno en las manos, aún sin mirar. Siento la fractura que lo abre en dos pedazos y noto como tiemblo.
La figura de hoy se ha roto, pero sonríe, justo como yo después de haberla perdido.
¿Casualidad?
Se me forma un nudo en el estómago, un dolor desgarrador me viene en oleadas y una presión en el pecho me dificulta la respiración.
Rafagazos de imágenes me sobrevuelan la conciencia y aprieto la figura entre mi palma hasta que lo único que noto es el dolor del pinchazo.
Como ella, el cristal, se clava cada vez más profundo en mi interior y es imposible sacarlo.
—Detente. —Declan se acuclilla a mi lado, me abre la palma y me coloca una toalla encima de la herida—. Deja de actuar como un niñato por esas estúpidas figuritas.
—No son estúpidas —me quejo.
Son importantes para mí, y quien hace esto lo sabe mejor que nadie. Sabe mi secreto, lo que representan y lo utiliza en mi contra.
¿Quién es? ¿Y cómo lo sabe?
—Tienes que reponerte y dejar de dar importancia a algo que no la tiene.
Lo miro con rabia, sin poder evitarlo. Qué fácil es para él decir eso cuando tiene a Martina a buen recaudo.
Yo perdí a Maddox en ese acantilado, la perdí por ellos, por el secreto que me obligan a guardar, y a veces los odio por esa misma razón.
Intento fingir, socializar, follar y ser el tío feliz que Maddox hubiera querido que fuera, vivir despierto, tal y como ella anhelaba poder hacer, pero no es fácil lidiar con su fantasma, y menos cuando alguien insiste en desgarrarme por dentro desde hace unos meses con estas figuritas.
Mi cabeza se transporta a aquella noche. La noche en la que la dejé sola con ellos, justo como prometí que nunca haría.
Joder.
Llovía. El cielo estaba oscuro, el agua fría y las luces de los rayos atravesaban el espacio a mi alrededor como si estuvieran enfadados.
Le pedí que me esperara, ella juró que lo haría, pero cuando volví a buscarla, no había ni rastro de ella. Cada día me pregunto cómo pude ser tan estúpido. La dejé sola con ellos, aún a sabiendas de cómo le afectaba, aún comprendiendo lo difícil que era para los dos lidiar con la muerte.
Todo por este maldito pacto, por este maldito secreto que nos perseguirá hasta el fin de nuestros días.
La busqué por todas partes, pero lo único que encontré fue su ropa tirada en el fondo de aquel horrible acantilado.
Ella sabía que yo no podría soportarlo y, aún así, lo hizo.
Quizá Declan tenga razón, quizá la ha tenido todos estos años, quizá lo único que tengo que hacer es reponerme y superar a alguien que me abandonó de forma consciente al tomar una decisión tan egoísta como esa.