Secreta Obsesión (Sangre bajo el hielo 2) CAPITULO 3
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CAPITULO 3

Ella brillaba como un faro en mitad de la oscuridad.

—¿Estás mejor?

Noto su cuerpo delgado pegado al mío mientras solloza y sufre espasmos.

No lo soporto, siento una imperiosa necesidad de sujetarla más fuerte, de consolarla mejor, de ser de más ayuda y acallar su llanto, justo como lo hacía mamá conmigo cuando mi padre me menospreciaba o me hacía sentir como basura podrida y andante.

Poco a poco, la chica de cabello anaranjado, pecas rojizas, piel pálida y ojos azules como el cielo, que tiene toda la pinta de ser un ángel de la guarda bajado de las mismísimas nubes para salvarme la vida, parece volver a la realidad.

Aleja la cara de mi pecho, me mira a los ojos y me analiza.

Ella es el epítome de la belleza, pero, de repente, parece asustada, se desenrosca de mí con un movimiento rápido y me cuesta dejarla escapar.

Se pone de pie y la imito con prisa, me agarra el brazo con fuerza y tira de mí con decisión hasta que estamos bastante lejos del borde del acantilado y, entonces, hace lo que menos me espero y me abraza de nuevo.

Desde que mi madre murió hace cuatro años no soy nada fan del contacto físico, y menos de este tipo de abrazos tan parecidos a los que nosotros solíamos compartir.

Es un acto tan íntimo que el hecho de que alguien que no me conoce en absoluto me los dé, me hace sentir como si fuera una hipocresía.

Eso no me pasa con esta chica, no siento eso.

Sé que me abraza por un único motivo, y es porque lo necesita casi tanto o más que yo.

—Ahora estoy mejor —dice en voz baja y lo mucho que su tono me reconforta hace que me estremezca. Tiene una voz increíblemente bonita, dulce, taimada y cálida.

—¿Quién eres tú y qué haces aquí, flor silvestre?

No sé por qué la llamo así, o sí, no lo tengo claro, pero el aroma de su cabello cobrizo me recuerda a eso: a las flores coloridas que encuentras en un paseo por el campo.

Además, es lo que me ha parecido que era cuando me miraba desde abajo, con la cabeza sobre la hierba y su hermoso cabello desparramado a su alrededor.

—Oh, no deberías verme. —Se sobresalta e intenta alejarse, pero soy yo quien esta vez la sujeta del brazo y la retiene—. No lo entiendes —me enfrenta—. No deberías estar aquí y no deberías haberme visto.

—Pero estoy aquí, te he visto y si te alejas ahora volveré a tener pensamientos muy malos de los que no podré escapar sin tu ayuda.

—Se le escapa un jadeo mientras se estremece, sé que la he asustado—.

Por favor, no te vayas, dijiste que no me dejarías —le suplico y noto cómo algo se me rompe en el pecho mientras lo hago, porque cada palabra es una apabullante y dolorosa verdad.

Le brillan los ojos, mira hacia los lados un par de veces, como si necesitara asegurarse de que nadie nos observa.

Traga en seco y, solo entonces, asiente—. Me llamo Sterling.

Deslizo la mano, con la que la sujeto, hasta el final de su brazo y la envuelvo con la suya. Se sonroja un poco, y es muy bonito el contraste de sus pómulos con el color de su cabello, sus pecas y sus ojos claros y brillantes.

—Soy Maddox —murmura tímida—, pero no debes decir mi nombre, ni mencionar que me has visto nunca. Por favor, promételo, promételo o nos meteremos en un buen lío, ellos...

—Lo prometo, no abriré la boca, pero… —Noto enseguida un atisbo de decepción que me cierra la garganta mientras comprendo un detalle—. ¿No te quedas aquí durante el verano? ¿Es que no te volveré a ver?

Me da un vuelco el estómago al pensar en esa posibilidad.

Sé que acabo de conocerla, pero le estoy muy agradecido: me ha salvado la vida.

Y no, no creo que hubiera sido capaz de tirarme por el acantilado, algo me dice que hubiera dado marcha atrás en el último momento, pero no estoy del todo seguro.

En realidad, estoy muy cansado de todo, y también quería ver a mi madre, dejar de sufrir por su pérdida y por las gilipolleces de mi padre solo por un momento.

No sé si eso me hace demasiado cobarde o demasiado valiente.

La cosa es que ella me ha recordado que prefiero lidiar con el sufrimiento, por mucho que duela, a afrontar la alternativa y perderme casualidades como la que acaba de suceder, casualidades como encontrarla, solo por un segundo de desesperación imposible de rectificar.

—No me voy a ningún lado este verano, aunque ya me gustaría.

Sonríe con timidez, pero me emociona mucho ser partícipe de la forma en la que se elevan sus mejillas y lo hermosa que se ve. Quiero hacerla sonreír de manera abierta, ver toda su dentadura, saber si se le cierran los ojos o aún me permiten ver el brillo de ese precioso azul.

—¡Entonces nos veremos! —resuelvo con emoción—. ¿También entrenas? No sabía que era un campamento mixto.

—No lo es, y no juego al hockey. —Maddox se lleva un mechón rebelde del cabello liso detrás de la oreja y esboza un amago de sonrisa precioso. Me descubro impaciente, expectante por ver un poco más—. Es un programa solo para chicos brutos a los que les gusta pegarse en una pista fría.

—Ese soy yo. —Asiento y me señalo con orgullo—.

Aunque casi siempre soy quien se lleva los golpes mientras intenta ser la estrella.

—Maddox asiente, pero se muerde la sonrisa antes de expandirla del todo.

Yo me mojo los labios por la expectación, no sé por qué, pero es que su olor casi me hace querer saborearla—. ¿Entonces tú…?

—Soy la hija de los entrenadores, pero nadie puede saber que estoy aquí o se meterían en un problema.

¿Por qué se meterían en un problema por traer a su hija a su propio campamento?

—Entiendo —argumento en tono solemne en vez de expresar mis dudas, y muevo los dedos de la mano que mantengo unida a la suya para juguetear con los suyos, ella no la aparta—. ¿Dónde estarás todo el tiempo si no podemos verte?

—Cerca —dice divertida, y entonces sonríe de forma tan abierta que me contagia, como si me invitara a descifrar el enigma que me lanza—. Muy cerca, pero no podrás encontrarme.

—No me digas eso, por favor, necesito a una amiga aquí. Odio ser el chico nuevo.

La sonrisa de Maddox muere de repente, dibuja una expresión seria antes de asentir, mirar a su alrededor y, por último, posar la mirada en una bolsa abultada que reposa sobre una piedra.

—Ven. —Tira con fuerza y me empuja con ella hasta el lugar, entonces me suelta, se sienta con una pierna a cada lado de la piedra y palmea delante de ella—. ¿Odias el olor a ajo?

—Puedo soportarlo —le aseguro mientras se me eleva una ceja debido a la intriga que me produce esa pregunta.

—Tengo que pelarlos para Joe, pero podemos hablar mientras lo hago. —Asiento y busco con la mirada en el interior de la bolsa.

—¿Te has traído otro cuchillo? —Ella niega con la cabeza, entonces saco un ajo de la bolsa y le doy un golpe sobre la piedra con la palma abierta antes de pasárselo—. Mamá solía darles un golpe, decía que se pelan más fácil así, nos turnaremos para hacerlo.

—No hace falta…

—Pero quiero, nunca he pelado ajos. —Sonrió—. Y nunca he tenido una amiga.

—Yo tampoco he tenido nunca un amigo. —Agacha la mirada, vuelve a sonreír y a sonrojarse.

Es… lo más bonito que he visto en la vida y algo me pasa por dentro cuando la veo hacerlo.

Es molesto porque lo desconozco y hace que mi corazón se vuelva un poco loco, pero después es cálido y reconfortante.

De repente, me siento incapaz de apartar la mirada de Maddox.

Es muy guapa, guapísima, en realidad. Es decir, ella tiene un tipo de belleza natural y silvestre que las chicas de los instis en los que he estado intentarían aniquilar con kilos y kilos de maquillaje.

Me gusta no solo el olor, sino también el color de su cabello, anaranjado, tirando a rojizo, como las hojas que caen en otoño.

Y es extraño, pero combina muy bien con sus ojos grandes y expresivos, y sus labios sonrosados.

No es un cabello muy largo, pero sí muy liso, vuela en todas las direcciones como si tuviera vida propia con cada uno de sus movimientos, y también tiene un flequillo recto sobre la frente que me hace querer echarlo hacia atrás, descubrirle del todo la cara y poder admirarla mejor.

—¿Por qué nunca has tenido una amiga? —pregunta mientras lanza los ajos pelados en el interior de otra bolsa que sacó de la primera.

—Yo podría preguntar lo mismo —le contesto.

—Pero yo pregunté antes —musita y sonríe mientras se encoge sobre sí misma.

También siento cosas por dentro al verla hacer eso.

—Mi padre es empresario y nos mudamos mucho, nunca estoy demasiado tiempo en un lugar y me cuesta hacer amigos.

—Oh. —Parece comprender—. ¿A eso te referías al decir que no quieres volver a ser el chico nuevo? —Asiento—. ¿Por qué no os quedáis en un lugar fijo tú y tu madre mientras el trabaja?

En el interior de mi cabeza, cuando alguien la menciona, siempre escucho como se rompe un cristal y me sobreviene la sensación de que me hago añicos por dentro.

Aprieto los dientes para lidiar con el sonido, pero luego la sensación se extiende, como un malestar incómodo y físico que noto en todo el cuerpo.

—Ella murió hace tres años.

—Oh, Dios, lo siento muchísimo —se lamenta y le tiemblan las manos mientras me mira con fijeza. Noto que se le humedecen los ojos y me obligo a sobreponerme y hablar porque no quiero verla llorar por esto, ni por nada, no quiero que me tenga lástima.

—Tu hermano también murió —agrego con cautela y pongo las manos sobre las suyas para calmar su temblor.

El malestar físico del que me cuesta horas deshacerme se disipa en segundos y me preocupo más por lo que ella pueda sentir que por mis propias emociones.

Sé leer a las personas, o al menos eso creo, suelo tener poco tiempo para pasar con ellas y por eso me preocupo de solo escoger a la gente con la que vale la pena malgastarlo.

Algo me dice que Maddox no está asustada solo por haber tocado un tema delicado para mí, sino por el temor a que eso me lleve a marcharme y dejar de ser su amigo.

Ella asiente mientras se le caen las lágrimas, pero, cuando se las seca con el nudillo, sonríe como si se sintiera un poco aliviada.

—Se lanzó hace tres años por ese mismo acantilado. Me he… yo… me he muerto de miedo cuando te he visto, solo podía ver su cara aquella madrugada, fue…

No creo que se dé cuenta, pero tiembla y solloza con tal fuerza que le quito el cuchillo para que no se corte.

—Lamento haberte traído tan malos recuerdos, pero gracias por salvarme la vida. —Maddox centra los ojos de nuevo en mí, parpadea las lágrimas y asiente—. ¿Por eso no haces amigos?

—En realidad, no. —Niega despacio—. Mis padres no me dejan salir. Nunca. —Pone una mirada seria cuando me ve fruncir el ceño—. Estoy enferma —musita—. Me quedo dormida con frecuencia, en cualquier momento o lugar; además, siempre suelo tener sueño.

—Yo te veo muy despierta ahora mismo.

—Por alguna extraña razón, desde el año pasado, me encuentro mejor en verano. —Asiento para que tenga claro que comprendo sus palabras.

—¿A qué te refieres con que no te dejan nunca? ¿Nunca después del instituto o...?

—Nunca de nunca, recibo educación en casa cuando estoy despierta y el único amigo que tenía era mi hermano.

Joder.

—Ahora me siento como una mierda por quejarme de mi situación.

—No deberías. —A Maddox se le escapa una carcajada y noto como un calor agradable me inunda por dentro, entonces se toca los pómulos con el dorso de la mano para secarse otra lágrima y entreabre los labios, emocionada.

—¿Qué pasa?

—Nada, es solo que hacía tres años que no era capaz de llorar.

—¿No podías llorar?

—No desde que vi morir a mi hermano. —Agacha la cabeza como si sintiera tristeza o culpabilidad, puedo notarlo todo en su expresión y quiero seguir indagando, pero me suena el móvil y rompe toda la atmósfera entre los dos.

—Mierda, es Joseph —le digo a Maddox mientras veo su nombre parpadear en la pantalla—. Me deben estar buscando.

—Deberías irte —murmura nerviosa y se pone de pie conmigo.

—Solo si prometes que volveré a verte —le aseguro mientras le agarro las manos.

—Pero…

—Si no, no me iré.

—Si guardas el secreto, lo haré.

—Entonces tenemos un trato, florecilla.

Le doy un beso rápido y juro que mi intención era hacerlo en la mejilla, pero mis labios cobran vida propia y se presionan contra los suyos por sí solos.

Ella agranda la mirada, más no me aparta en ninguno de los dos o tres segundos que se extiende nuestro beso.

Antes de que pueda decir nada, echo a correr colina abajo con el corazón a punto de escaparse de mi pecho.