CAPÍTULO 2 #2
The Hallaway Program es el proyecto más ambicioso de mis padres, hasta ahora.
Él, como jugador retirado, siempre ha basado sus esfuerzos laborales en relación al hockey, dice que es de lo que sabe, lo que lo hace feliz.
Ella dejó su trabajo como contable por esto, e incluso se formó como entrenadora suplente para poder relevarlo los días que se encuentre indispuesto.
Lo han apostado todo: su dinero, sus esperanzas, su esfuerzo, su vida.
Al final, lo han conseguido, pero todo lo que veo ahora parecía un imposible cuando compraron la propiedad.
Hace tres años, esto era una granja que había pertenecido a una misma familia durante generaciones, los dueños ya eran mayores y a ninguno de sus hijos les interesaba regentar la propiedad, que ya se caía a pedazos.
A mis padres les encantó la ubicación y vieron todo el potencial que podían sacar al terreno.
Un terreno que, para mí, está maldito y da miedo.
Lo que antes era una granja en ruinas, ahora son tres edificios independientes que tienen una nueva vida.
Dos de ellos están bajo la colina; el antiguo granero ahora es una pista de hockey completa e independiente y, a su lado, lo que era la casa principal, es el lugar de alojamiento de una veintena de chicos.
Y aquí, en lo alto de la colina y cerca del acantilado, está la cocina.
—¡Deja de vaguear o se lo diré a tus padres!
Mierda.
Me enderezo enseguida, me aliso el delantal sobre el vestido de flores y contengo el aliento. Me doy la vuelta despacio y me digo a mí misma que tengo que dejar de fantasear, por mucho que me complazca poder hacerlo, mi realidad siempre será muy distinta.
—Lo siento, yo…
—Pela estos ajos. —Joe me tira a la cara una bolsa enorme llena y apenas tengo la suerte de poder sostenerla a tiempo y que no acaben los ajos en el suelo, desparramados—. Y hazlo lejos de mí, ya sabes que odio el olor.
Tengo mis teorías sobre eso, es un vampiro, estoy segura, aunque la verdad es que también odia lo mucho que pica la cebolla en los ojos y el olor de las verduras mientras se cuecen.
Supongo que solo detesta su trabajo casi tanto como no poder holgazanear todo el santo día, pero no fui yo la que le dije que se dedicara a la cocina cuando no es capaz de controlar sus excentricidades.
Aún así, soy yo la que asume todas las consecuencias.
Agarro con fuerza el cuchillo que me ofrece y me echo la bolsa sobre el hombro.
Joe dibuja una mueca de desagrado, pero cuando sus ojos me recorren el cuerpo de arriba a abajo, y se detienen en las curvas recién estrenadas de mi figura más tiempo del políticamente correcto, me doy la vuelta y echo a correr por la colina en dirección al acantilado mientras imito su mueca.
Mis padres me tienen prohibido, como no, venir aquí, pero es mi lugar favorito y están tan ocupados con los chicos del campamento que no se preocupan demasiado por saber dónde me encuentro.
—Juro que un día potaré en la cara de ese imbécil mientras me mira de esa manera —me quejo para mí misma cuando estoy a punto de llegar al claro que considero mi refugio, mi escondite.
Aquí no hay niebla, no llueve, siempre es perfecto porque es el lugar por el que mi hermano decidió abandonarme y, de alguna extraña manera, me hace sentir cerca de él.
Tengo catorce años y he pasado la mayor parte de mi vida dormida, adormilada o estudiando desde casa para no ser una analfabeta.
Puede que no sepa mucho lo que es tener una vida normal, pero puedo reconocer las malas intenciones de un cerdo cuando las veo.
Mi madre me ha hablado de ello y de todos los lugares en los que nadie me debe tocar, esos son justo los puntos en los que ese cerdo detiene la mirada.
—¡He dicho que no quiero, papá, no me gusta este lugar!
¿Qué?
Me detengo en seco cuando estoy a punto de llegar a mi escondite, mi lugar imperturbable, mi secreto. Se supone que nadie debería estar aquí, tampoco es un lugar seguro y se me acelera el pulso al comprobar que esa voz masculina pertenece a uno de los chicos.
No tendría que estar aquí arriba, es peligroso, no quiero que esté delante del mismo acantilado por el que Red decidió huir, dejarme.
—No conozco a nadie, no quiero ser el nuevo otra vez, papá, ¡estoy harto!
Dejo la bolsa de ajos sobre la roca y me acerco al claro mientras procuro hacer el menor ruido posible.
Camino sin prisa, con cautela y miedo, pero, a la vez, un poco extasiada.
Es una locura, pero me emociona poder volver a ver de cerca a alguien que no sea de mi entorno cercano, aunque sea en una situación tan bizarra como esta.
Nunca he podido tener amigos, pero el verano pasado, en casa de mi abuela, como me encontraba tan bien, pude salir a jugar a la entrada.
Vi a otros chicos, que paseaban en bicicleta, e incluso hice una amiga con la que mantengo el contacto por correspondencia.
Valerie es nieta de una de las amigas de la abuela, dijo que nos conocíamos de pequeñas, pero tengo muy borrosos la mayoría de mis recuerdos de antes de que empezara la enfermedad, e incluso los que sucedieron después de los ocho años, que fue cuando comenzó.
Mamá dice que es por la forma en la que la enfermedad me desgasta el cerebro y me obliga a apagarme y quedarme dormida.
—¡No lo entiendes!
A unos diez metros de distancia lo veo por completo, el chico se encuentra casi en el borde del acantilado y todos mis instintos se disparan y gritan peligro.
El borde es un lugar que yo misma visito a menudo, pero no deja de ser peligroso para los chicos en ese estado, como él, como Red.
El chico que veo es alto, más que Red, aunque parece tener una edad parecida a la que él tenía cuando decidió abandonarme.
Tiene la piel preciosa, de color canela y me encanta su cabello marrón claro y rizado que brilla bajo la tenue luz del sol que se cuela entre las nubes grises y alumbran el claro.
Es tan bonito que, de inmediato, me pregunto cómo sería hundir mis manos en él y acariciarlo.
¿Cómo se sentiría? Está lleno de bucles muy bien formados que caen por su propio peso hasta la altura de sus orejas, habla por el móvil mientras mueve las manos y parece demasiado frustrado como para ser solo un chico.
—Estoy harto de empezar de cero. No quiero, papá, no quiero volver a pasar por esto. No. No es verdad, siempre dices que será la última vez, pero nunca lo es.
Pone los ojos en blanco y se limpia un par de lágrimas traicioneras que le resbalan por la mejilla.
Se me encoge el corazón. Me duele su frustración, su impotencia y mis piernas dan por sí solas un paso adelante mientras mis músculos se tensan.
Creo que él no quiere llorar, pero reconozco esa sensación de no poder evitarlo porque todo lo que sientes es superior a ti y te abruma.
Me conmueve y, a la vez, aunque parezca ridículo, me alegra darme cuenta de que él todavía es capaz de dejar salir sus emociones mediante lágrimas.
Me toco las mejillas y recuerdo que yo perdí esa capacidad hace ya tres años, me quedé sin lágrimas el mísmo día en que mis padres nos trajeron a Red y a mí a ver la propiedad, la primera noche que pasamos aquí juntos en familia, cuando Red se escapó después de que papá saliera de su habitación y lo hiciera llorar.
No se dio cuenta de que lo seguí, pero lo hice, vi como se posicionaba de forma igual de peligrosa que este chico ante ese imponente acantilado. Yo…
El chico de los bucles en el pelo y la piel bonita parece darse por vencido, emite un bufido de frustración bajo, asiente con la cabeza y se lleva una mano al pecho como si intentara consolarse a sí mismo.
—Está bien, papá, lo haré. Sí, todo saldrá genial. Voy a darlo todo, como siempre.
Un rugido demoledor se le escapa por la garganta, cae de rodillas contra el suelo en cuanto cuelga la llamada y lanza el móvil sobre la hierba. Se me cierran los pulmones, incapaces de filtrar el aire, y me estremezco. Noto cómo se me acelera el pulso y algo dentro de mí se rompe.
No.
Otra vez, no.
Él no debe estar ahí, así como Red tampoco debía.
No quiero que llore de esa manera y no quiero que desaparezca. Quiero que vuelva a casa, que viva, que tenga la segunda oportunidad que Red no tuvo.
De repente, ya no veo a ese chico, sino a mi hermano en la misma posición mientras sé le agitan los hombros debido al llanto.
—¡Estoy harto de esto! ¡Harto! No lo soporto más. ¡No quiero hacerlo, joder! No quiero.
El rostro del chico de cabello bonito se mezcla en mi cabeza con el de Red, ambos permanecen en esa posición durante al menos dos minutos y lloran a mares mientras repiten que no pueden soportarlo.
Yo tampoco puedo hacerlo, no quiero estar aquí y me noto cada vez más nerviosa y angustiada, como si volviera a presenciar en primera fila la cuenta atrás de una tragedia.
No. Yo tampoco puedo soportarlo, no quiero vivir así, con este miedo constante a quedarme dormida, tampoco quiero vivir con mis padres, ni trabajar para ellos, ni soportar los golpes, ni ser su prisionera, menos después de lo que le hicieron a mi hermano, de lo que están a punto de hacerle a este chico. ..
¡Joder!
—Debería terminar con esto…
Centro los ojos en él, sus rizos se anclan en mi cerebro mientras se mueven por el viento, el olor de su colonia almizclada inunda mis fosas nasales.
Su altura me sobrecoge mientras veo como se pone de pie.
Me obligo a centrarme y le grito a mi cabeza que este no es mi hermano, pero está a punto de tomar la misma horrible decisión que me lo quitó a él para siempre y no puedo volver a quedarme paralizada y adormilada.
Ahora estoy despierta del todo, como siempre he querido, puedo tomar acción y es lo que hago cuando mis instintos se disparan del todo y lo veo dar un paso con decisión hasta el final del camino.
¡No!
No, por favor, no.
No puede acabar en el fondo del acantilado con Red.
No sé lo que hago, no pienso en ello, solo noto como mis músculos se mueven por sí solos y mi cuerpo secunda el movimiento.
No sé dónde ha ido el chico de cabello bonito, ni siquiera puedo sentir su olor.
Solo veo el cuerpo esbelto de mi hermano de quince años, su rostro hundido, sus pómulos magullados.
De repente, ya no estoy en este día, sino tres años atrás, la madrugada de la primera noche que pasamos en este edificio, la madrugada en la que todo se fue al garete, en la que perdí a mi único apoyo y amigo, en la que lo seguí hasta aquí, pero, aún así, no pude moverme hasta él y llegar a tiempo porque estaba medio dormida, como siempre.
Esta vez será diferente.
El chico duda delante del acantilado, y solo se percata de mi presencia en el momento en el que me abalanzo sobre él con tal fuerza que los dos caemos hacia un lado.
Grita por la sorpresa, pero se mueve con rapidez y nos hace girar al lado contrario de la caída.
Cuando nos detenemos, estoy debajo de él.
Se eleva sobre mí y me mira desde arriba recuperando el aliento.
Apoya los brazos a ambos lados de mi cabeza y me encierra entre ellos, su pecho eclosiona con el mío y cierro los ojos con fuerza antes de echarme a llorar como una niña pequeña.
Coloco mi mejilla húmeda en la calidez de su pecho, mis oídos se inundan con los latidos de su corazón y gimoteo con dolor, pero también con alivio, porque al fin la pena sale de mí en forma de agua salada.
Le envuelvo el cuello en un abrazo intenso y lucho para poder retenerlo.
—¡Por favor, no lo hagas! —Me escucho pronunciar, pero voy en automático—. No te vayas otra vez, no me puedes hacer esto de nuevo. No quiero estar sola con ellos.
—¿Quién eres? —susurra después de unos segundos eternos y su voz me saca un poco del trance agradable, y a la vez difuso, en el que me encontraba.
Es una sensación agridulce, porque, por un momento, mientras lo abrazaba y lo salvaba, creía hacerlo por mi hermano.
—Por favor, no te tires por el acantilado —sollozo, me desenrosco de su cuello, saco la cara de su pecho y apoyo la nuca en el césped mientras nuestras miradas impactan.
Cuando lo miro a los ojos, me quedo sin palabras.
Tengo que parpadear un par de veces para espantar las lágrimas acumuladas y descubrir que, efectivamente, él tiene los ojos más bonitos que haya visto jamás.
Son increíbles y llamativos, una pasada; verdes por fuera, con un tono azul en el centro y una mota amarilla más cercana a la pupila.
Tantos colores en un solo espacio, tantas estaciones en una sola mirada, tanta vida y mundos por descubrir. Tanto brillo, como el de una estrella.
A él parece pasarle lo mismo, su mirada permanece estática sobre mis ojos azules, supongo que brillan con mayor intensidad debido a la admiración, pero él es el primero en ceder, el primero en parpadear y me deleita con una sonrisa apagada.
—No lo haré —susurra—. Estoy aquí, florecilla. —Me coloca el cabello rojizo detrás de la oreja, me consuela como si realmente fuera Red y gimoteo ante lo agradable que es la sensación—. Justo aquí, ¿ves? No te dejaré sola con ellos si tú tampoco lo haces.
—No te dejaré. —Cierro los ojos y elevo el rostro de nuevo hasta su pecho. Él se tumba de lado y me presiona contra sí con fuerza—. Esta vez no voy a dormirme, lo juro, me quedaré despierta y te defenderé de papá.
No sé qué especie de conversación extraña es esta, pero es reconfortante. Ambos estamos en un momento vulnerable delante de un desconocido, al borde de un acantilado y sentimos mucho dolor, pero es como, si justo por ello, nos consolásemos el uno en el otro.