Secreta Obsesión (Sangre bajo el hielo 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Me gusta la gente que enseña.

Miro desde la esquina del edificio independiente en dirección al principal, que es donde se desarrolla la vida, donde está la casa de alojamiento y la pista de hielo.

Se me revuelve el estómago y noto un ardor molesto en la garganta.

La verdad es que odio este lugar, no me gusta nada y tengo un mal presentimiento constante al pensar en decenas de chicos que pasean sobre él, cerca del lugar en el que Red tomó la peor decisión de su vida.

Ojalá no tuviera que ser un fantasma y, a la vez, ojalá pudiera serlo de verdad.

Miro hacia el cielo y, desde una nube gris y densa, me caen algunas gotitas frías de lluvia sobre la cara, cierro los ojos, respiro profundo, y me lamo las gotas que tengo sobre los labios mientras agradezco internamente poder notar esta sensación.

Estar despierta es… es increíble.

La niebla densa engulle el espacio y una brisa fresca me revuelve el pelo y el bajo del vestido.

Por lo visto, en este rincón de Toronto, el tiempo ha olvidado que ayer fue el día en el que inició el verano y se niega en rotundo a hacer el cambio de estación.

Salto sobre mi sitio cuando el sonido de un claxon me pilla desprevenida, abro los ojos de golpe y aguzo la mirada hacia el edificio central.

No se ve mucho, pero distingo los faros pequeños de las luces antiniebla de los coches que conducen los padres de los chicos que se alojan en el campamento.

Chicos ricos, o de clase media alta, que buscan perseguir el sueño de convertirse en jugadores de hockey profesionales y, por ello, han venido a recibir la mejor formación durante el verano en lugar de ir a la playa, como hace la gente normal.

Bueno, al menos es lo que yo haría. Pasar el verano sudando como un burro por mucho que sea tu sueño es algo a lo que yo llamo explotación infantil, pero mis padres saben cómo apañárselas para que suene a utopía.

Me recorre una oleada de impotencia al no poder ver las caras de las personas que se bajan de los coches.

No suelo ver nunca a casi nadie y es algo que me gustaría.

Al menos, me consuelo al saber que veré algunas más adelante, en la distancia, a escondidas desde los pasadizos, mientras espero a que salgan de sus habitaciones para limpiar sus desastres.

Ojalá pudiera verlos hoy, rodearme de ellos, verlos junto a sus padres, saber si se parecen a ellos o imaginar su tipo de relación solo por las expresiones o los gestos de sus caras.

También me gusta hacer eso, utilizar mi imaginación con los demás me distrae de mi propia realidad, de mi propio hándicap, de mi galimatías.

Se me encoge el corazón al recordar que solo puedo hacerlo a las sombras debido a mi estúpida y frágil salud.

Tengo prohibido acercarme, hablar o dejar que me vea cualquier persona que no sean mis padres o sus dos empleados de confianza. Siempre he tenido prohibido existir y, por eso, debo ser un fantasma.

Odio lo cruel que es mi enfermedad y la forma en la que me aísla de la vida.

Sea como sea, no estoy muerta, ese es el lado positivo… o eso es lo que dice mamá.

Se me escapa un suspiro sonoro cargado de resignación mientras me pongo las manos en las caderas.

En realidad, no debería mirar como una lela ni fantasear con imposibles desde la distancia ahora mismo, aunque eso forma parte de mi personalidad soñadora y soy incapaz de no otorgarme a mí misma este momento de respiro.

No, retiro lo dicho, no soy una soñadora.

Qué horror. Me desagrada en demasía catalogarme de esa manera cuando mi enfermedad es mi condena y soy una chica que lucha con todas sus fuerzas por mantenerse despierta.

Una chica cuyo único deseo es vivir en lugar de soñar.

Me inclino hacia adelante, apoyo las manos en las rodillas flexionadas y aguzo aún más la mirada.

Se me frunce mucho ceño y salgo del todo de la protección y el camuflaje que me ofrecía la pared de la cocina.

Me meteré en problemas si alguien me ve, lo tengo claro, pero me refugio en la idea de que estoy lejos y hay mucha niebla como para ser vista desde la entrada, aunque eso no incluye a Joe, ese cabrón gordo siempre me pisa los talones para poder descubrir algo con lo que delatarme cuando estoy fuera del edificio principal.

Y luego está Rita, que lo hace cuando estoy en él a pesar de que cumplo con mis órdenes a rajatabla y permanezco oculta en los pasadizos.

Esto es The Hallaway Program, un campamento de hockey de verano en el que se entrena de forma exhaustiva a futuras superestrellas del hockey en Canadá.

Mis padres lo fundaron hace un año y solo estoy aquí para ayudar con las tareas.

Según mi abuela, no debería pasar aquí el verano y menos con la enfermedad que padezco, es un delito que me obliguen y, si los pillan, se meterían en un lío.

Pero, aunque la abuela les dio ese argumento con esa cara suya que impone respeto, no surtió ningún efecto.

No tuve suerte, un año más, y no pude pasar otro verano con ella.

El año pasado solo me lo permitieron porque, según ellos, debían «adaptar para mí las instalaciones para que pudiera moverme sin ser detectada debido a mi enfermedad», como si la enfermedad en sí ya no fuera suficiente prisión.

Sufro una narcolepsia atípica de origen neurológico desde que tengo ocho años. Siempre tengo sueño, a pesar de que duermo muchas más horas de las que debería o de las que querría dormir. Además de eso, puedo tener episodios y quedarme dormida en cualquier momento o lugar.

Una lotería de mierda que me tuvo que tocar.

El verano pasado, mientras estaba con Sue, pillé un virus extraño las primeras dos semanas.

Estuve fatal, pero, después de ello, pasé el mejor verano de mi vida con diferencia.

Creí que me había curado, no me lo podía creer, pensé lo había conseguido y lo achaqué a la presencia tranquilizadora y llena de armonía de mi abuela, pero fue volver a casa y vuelta a empezar.

Todo regresó muy rápido y con mucha intensidad.

Me pasé casi dos semanas dormida y hay fragmentos de tiempo, que sé que pasé despierta, que me resulta imposible recordar.

Estoy casi segura de que son mis padres, su actitud y sus acciones, los que me ponen enferma, pero como solo tengo catorce años y no me dejan vivir con Sue, por más que lo suplique, me es imposible escapar.

Red escapó hace tres años, pero yo soy demasiado cobarde como para tomar ese camino.

Esa es otra de las razones por las que estoy aquí este verano, y es que mi madre odia no tenerme bajo su control.

Le pone tan nerviosa que nos separemos que es inquietante, se convierte en una persona despreciable a la que no quieres tener cerca.

Una parte de mí aún me dice que solo actúa de esa manera porque se preocupa por mi bienestar, pero hay otra…

No, mi enfermedad es compleja e impredecible, y a mamá le gusta cuidarme.

Yo quiero obedecerlos, ser buena, ganarme su confianza.

Me esfuerzo el doble por ello desde que Red tomó la decisión de abandonarnos.

No quiero terminar de la misma manera ni que papá pierda el control conmigo como lo hacía con él, por eso hago todo lo que puedo por cumplir las normas.

Pero hoy he terminado todas mis tareas pronto, me aburro muchísimo y no quiero desaprovechar la oportunidad de ver, aunque sea borroso y a lo lejos, las caras de los chicos de mi edad que sí pueden tener una vida.

Ojalá sean conscientes de lo afortunados que son, ojalá yo pudiera ser como ellos, llevar una vida normal, con padres normales, un hermano normal, un instituto normal fuera de casa y amigos de verdad. Ojalá no me quedara dormida sobre cualquier superficie sin aviso previo.

Aunque he de reconocer que, estas dos semanas previas a que iniciara el campamento, apenas he dormido.

Fue como el verano pasado en casa de Sue, experimenté síntomas terribles al volver a pillar ese virus y ahora noto una gran claridad.

Estoy despierta, como si mi enfermedad remitiera solo porque llega el verano y sabe que debo concentrarme en mis tareas y trabajar a tope para mantener contentos a mis padres y a esos malditos de Rita y Joe.

Es extraño estar tan lúcida, pero me ayuda a no perder del todo las esperanzas. Mi único anhelo es mejorar, encontrar la forma de mantener esa mejora y poder vivir.

Es irónico cómo la gente llama sueños a aquello que anhela conseguir en la vida, pero, para mí, el sueño es lo único que jode la mía.

Noto un nudo en el pecho, me yergo y me obligo a respirar profundo.

Me tiemblan las manos, me doy por vencida y me vuelvo a colocar detrás de la esquina del edificio de arriba.

No quiero volver a entrar; de hecho, odio ayudar en la cocina porque eso siempre implica quedarme a solas con Joe, y Joe es un hombre de lo más desagradable.

Siempre me mira como si, en lugar de a los alimentos, fuera a mí a quien quisiera cocinar, pero los chicos están despiertos y no puedo acercarme al edificio cuando eso pasa, solo puedo ir a limpiar cuando tienen comidas, entrenamientos o yincanas por la propiedad.

Pero paso de encerrarme en mi habitación.

Sé que la ceremonia de iniciación está a punto de comenzar, ayudé a mi madre a decorar el comedor y tengo la esperanza de poder escuchar la música desde aquí.

Me encantaría poder estar presente, ver la reacción en sus caras, saber si les parece bonito lo que hice, pero eso no va a pasar.

Estoy condenada a ser invisible.