Secreta Obsesión (Sangre bajo el hielo 2)
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CAPITULO 1
La disciplina te lleva donde la motivación no llega.
Toronto, febrero.
Hoy jugamos contra el Vancouver y está de más recalcar que estoy de los putos nervios.
Odio al puñetero Logan Reese.
Ese hijo de puta pelirrojo es… ¡joder! Es lo peor.
Un grano molesto y doloroso en el mismísimo culo en cuanto a mí se refiere.
¿Lo peor de la situación? Pues que, en realidad, no sé qué cojones he hecho para ganarme el privilegio de estar en su punto de mira y ser el objetivo principal de su agresividad y sus bloqueos, pero lo soy desde hace ya un tiempo, y empiezo a estar muy harto.
Normalmente conozco a la perfección el motivo por el cual cabreo a las personas, se me da bien analizar el cambio en sus expresiones, la manera en la que se transforman y permiten que, emociones endebles y volátiles, como la ira o la rabia, los hagan fallar y delatarse.
Conozco a mis contrincantes y, la mayoría de ellos, no me odian a mí en sí, solo odian el hecho de que sea tan sexi, tan guapo y tan jodidamente llamativo, odian que, sin siquiera pretenderlo, atraigo la atención de todas las chicas y hago que sus bragas desciendan solas allí por donde voy.
Lo peor de todo, es que no miento, los días que me otorgan el disco del partido, el hielo se convierte en un campo en el que se deben sortear las bragas y los sujetadores que lanzan las payasitas, mi club oficial de fans.
Fueron ellas las que bautizaron esa acción como un rito, no yo, aunque no puedo decir que me disguste o que les haya sugerido hacer lo contrario.
Chicas y chicos de distintas partes del mundo vienen aquí maquillados como payasos y con el pelo de colores solo para llamar mi atención y, he de reconocer, que muchas veces lo consiguen.
El problema es que, algunas de esas veces, estoy tan borracho que no distingo el coño, el culo, o el rostro detrás del maquillaje al que le follo la garganta.
No sé si es una de las novias de mis compañeros, una fan loca más o su mismísima madre.
Esos días suelen salir como la mierda y, bueno, no estoy orgulloso de ellos, pero tengo la suerte de tener a mis chicos que me ayudan a salir airoso de cualquier situación.
La cosa es que, como lateral derecho estrella de uno de los mejores equipos de la NHL, los Bloodhawks de Toronto, mi problema principal a la hora de moverme por la pista y hacer mi trabajo de marcar goles, suelen ser los defensas; bien, pues eso no aplica contra los Vancouver Serpents, porque ese cabrón de Reese es un verdadero dolor de huevos.
Es literalmente imposible concentrarse o llegar a la portería contraría mientras ese imbécil me acorrala, choca su stick contra el mío, empuja mi hombro con el suyo, me pone la zancadilla o respira en mi maldita nuca.
Va a saco y me molesta lo al límite que me lleva.
Lo odio. Pero no puedo caer en su estúpida tentación, girarme, arrancarle la cabeza como hago en mis ensoñaciones y volver a ver un charco de sangre teñir de rojo el precioso azul glacial.
No.
Las cosas no salen bien cuando dejo que las emociones endebles y volátiles hagan lo que quieran conmigo, por eso lucho cada día para mantener mi autocontrol en ese aspecto. También es lo que hago ahora mismo, respiro de forma pausada, me recupero de la caída y voy en otra dirección.
Quiero ganar este partido… y también partirle los dientes a ese hijo de puta.
Pero eso no va a pasar. Me ha costado mucho llegar hasta aquí, a todos nos ha costado y no voy a dejarme en evidencia delante de mis preciados fans ni a permitir que ese imbécil me arruine.
Me detengo en seco en pleno avance, las cuchillas de mis patines chirrían contra el hielo y se levantan fragmentos y virutas que espero logre pillar la cámara.
Logan, que patinaba justo a mi lado cual chacal, sigue adelante y avanza un par de segundos antes de entender que me ha perdido, aprovecho el espacio.
Declan me hace un pase largo al percatarse de la brecha y no necesito instrucciones para ponerme en movimiento y hacer lo que mejor se me da: ser una estrella.
El stick hace contacto con el disco, lo impulso mientras lo mantengo a buen recaudo y driblo en medio de algunos jugadores contrarios hasta ver el camino directo a la portería.
Casi bailo de felicidad, y ya escucho el rugido del público y los halagos de las payasitas.
Amago al portero con un tiro a la izquierda, pero, en realidad, me arriesgo mucho más y lanzo directo al centro.
Contengo el aliento durante unos segundos mientras veo como el disco avanza y el portero protege la zona a la que pensaba que se dirigía.
Está hecho, y estoy a punto de celebrarlo, pero pierdo el equilibrio y caigo de bruces cuando Logan me atropella.
Es la tercera vez en lo que llevamos de partido y cada vez me resulta más difícil controlar la jodida rabia y mantener los demonios que me piden ver su sangre sobre el hielo a raya.
Amenazan con liberarse mientras caigo, mientras siento el impacto del frío en el lado derecho del cuerpo, mientras veo de reojo ese cabello pelirrojo muy cerca de mí.
No tengo tiempo de reaccionar y levantarme, todo se convierte en una maraña de gruñidos, de respiraciones forzadas y partes duras que se me clavan en la piel.
Siseo de dolor y de rabia, pero todo se disipa un poco cuando escucho a los fanáticos vitorear el gol y abuchear al equipo contrario por la acción de su número trece.
El hijo de puta sigue sobre mí, me aprisiona en el suelo subido a horcajadas como si fuéramos una puta pareja de enamorados, agarra el cuello de mi camiseta con sus asquerosos guantes rojos y me eleva hasta que su casco choca contra el mío.
—¡Estás muerto, MacAllister!
Muerto.
Ja. Ja.
Dime algo que no sepa.
«Estás muerto, chico».
La voz de otro hijo de puta me cala en el cerebro de una forma dolorosa y se me contraen los labios hasta enseñar los dientes en una mueca de rabia pura.
Hacía años que no recordaba esa voz asquerosa, esa amenaza, y no quería jodidamente hacerlo, pero con este hijo de puta sobre mí, me pone la piel de gallina la similitud entre esos dos momentos.
Él también era pelirrojo, ella lo heredó de él, y los dos ahora están muertos.
Empujo a Reese con todas mis fuerzas mientras se me escapa un gruñido de frustración.
No puedo matarlo… y eso es una pena. Aún así, me permito una tregua con mis demonios y actúo por puro instinto, por pura adrenalina, y les cedo parte del control de mis facultades cuando embisto a Logan y cambio nuestras posiciones hasta ser yo el que lo aprisiona desde arriba y le hunde la mano contra el cuello.
El público estalla en abucheos, que sé que son para él porque jugamos en casa y el público esta teñido del color azul glacial del uniforme de los Bloodhawks, pero una parte de mí se siente un idiota mientras eleva el puño que nunca impactará sobre el rostro de ese imbécil.
No pienso caer en cualquiera que sea el juego al que pretende hacerme jugar.
—¡Que te jodan!
—Ya lo hace, unas tres veces al día. Muy pronto sabrás quién; y, créeme, playboy de pacotilla, no te va a gustar una mierda.
¿Eh?
Noto las manos de mis compañeros de equipo y me dejo llevar cuando tiran de mí y forman una barrera entre nosotros. También escucho el silbato del árbitro mientras nos envía a ambos al banquillo.
¿He dicho ya lo suficientemente alto y claro que odio al puto Logan Reese?
A la mierda él y sus gilipolleces, no entiendo su animadversión hacia mí y no comprendo el por qué de sus palabras.
«Pronto sabrás quién; y, créeme, playboy de pacotilla, no te va a gustar».
¿A mí qué cojones me va a importar en qué agujero mete la polla ese hijo de puta?
¿Es que le gusto o algo parecido? ¿Por eso se mete conmigo?
¿Por eso parece que le molesta que sea un playboy ?
¿O solo se tira a un coñito que fue mío con anterioridad y no puede soportar que no sea capaz de olvidarme?
Demasiadas preguntas y, la verdad, es que ninguna de las opciones de respuesta me importa una mierda. Logan debe de tener un camello excelente, porque la mierda que le da de fumar lo hace flipar en colores antes de cada partido contra mí.
Quiero patearle el culo.
Los sonidos se difuminan a mi alrededor y me abruma la manera en la que desaparecen hasta convertirse en un único y molesto zumbido en el interior de mi cerebro.
Logan Reese es escoria, me desquicia con su gilipollez, pero yo soy más fuerte que eso, siempre lo he sido y siempre lo seré. No puedo dejar que me afecte. No puedo dejar que nadie me vea perder los estribos y, entonces, él gane.
Se irá con su panda de perdedores de regreso a Vancouver y no lo volveré a ver hasta dentro de unos cuantos meses, si es que ellos logran avanzar, porque estoy segeuro de que nosotros sí lo haremos.
—Venga, Sterling, respira.
Descanso todo mi peso en el banco en el que me siento, meto la mano dentro de mi camiseta estirada por ese hijo de puta y me aferro a la figura que me cuelga del cuello.
Centro la mirada en los patines, donde una payasita de ojos tristes y cabello rojo pintado con acuarela me sonríe e inhalo durante seis segundos, luego exhalo durante la misma cantidad de tiempo; así durante un rato hasta que todo se estabiliza, mis músculos se destensan, el zumbido se disipa y los sonidos del entorno reaparecen.
Mi pulso recupera su ritmo normal y, mientras noto cómo me envuelve la calma, la veo: ella en la colina, corre con ese vestido color pistacho repleto de florecillas silvestres que siempre repetía para mí porque era mi favorito y sonríe de manera desafiante para que yo le dé caza.
La atrapo, y entonces la veo debajo de mí, desnuda sobre la hierba con el cabello esparcido en varias direcciones y flores al alrededor de su cabeza, como un halo que envuelve a una ninfa de la naturaleza, como un alma pura a la que la rodean las cosas bonitas; una aparición, eso es mi florecilla silvestre, mi aparición favorita.
—Te esperaré el tiempo que haga falta, Star, me muero por casarme contigo.
Casi parece real. Noto sus dedos pequeños y cálidos sobre mi mejilla, su aliento con sabor bayas silvestres.
Maddox.
La única mujer a la que he podido amar y...
¡A la mierda!
Me levanto en el cubículo y choco el casco contra el plexiglás antes de mirar al cubículo del otro lado de la pista con expresión asesina.
El hijo de puta de Logan, que se ha quitado el casco y ahora exhibe su estúpida melena pelirroja en un moño alto a la vista de todos, se atreve a enfrentarme, escupir sobre el suelo y luego sonreír en mi dirección.
Se quita uno de los guantes y bate la mano para enseñarme un aro redondo que brilla sobre su dedo anular, hace una estúpida mueca con las caderas y los brazos, como si estuviera follando y le diera a alguien una palmada en el culo mientras me lo restriega por la cara.
Pero ¿de qué cojones va este idiota? ¿Por qué intenta provocarme de esa manera? Si cree que las mujeres a las que me follo me importan, entonces la lleva clara.
Nadie me importa desde ella, nadie me importó antes y sé que estoy condenado a que nadie importe nunca más.
Ella es la única a la que no puedo olvidar y, a la vez, aquella por la que daría todo con tal de no recordarla.
La única flor silvestre cuya belleza se extinguió y no puedo volver a admirar nunca más