Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

Sebastian

Tres cubiertas y siete tangos después, llegué al lugar donde mi pasado, mi presente y mi futuro colisionaban. Era extraño pillarme pensando así. Quizá la pérdida de sangre y el dolor me estaban afectando, pero aun así era cierto.

Después de tres años pagando el precio por perder a mi hombre, lamentando esa pérdida y desesperándome por no poder descubrir su destino, había cerrado el círculo.

Había encontrado a Martin, o quizá debería decir que él me había encontrado a mí.

De cualquier manera, era hora de hacer justicia, al estilo Delta.

Me pegué a los rincones oscuros de la cubierta superior y observé desde las sombras cómo un grupo de tres tangos descubría que les había hecho una visita a sus amigos del puente.

Les había dado a todos los matones de este yate la oportunidad de seguir respirando. Algunos la habían aprovechado. Otros no. El capitán y el segundo oficial habían cerrado el acceso al puente de mando. Cuando forcé la cerradura y llegué hasta ellos, me apuntaron con sus armas.

Gran error.

Ahora el yate no tenía capitán, ni segundo oficial ni comunicaciones, y la lujosa embarcación estaba muerta en el agua, sin posibilidad de navegar.

Nada mal para un día de trabajo.

En cada encuentro, había tenido cuidado de reemplazar mis armas y reponer munición. Ahora me enderecé, levanté la Uzi, apunté y apreté el gatillo en ráfagas cortas.

Uno, dos, tres.

Los tangos abatidos no podrían llevar noticias a sus jefes.

Por lo visto, Martin y Cuevas se habían refugiado en el gran salón del yate, una cubierta por debajo de mí. Se habían rodeado de los matones que les quedaban, lo que convertía mi aproximación en una operación de alto riesgo.

Me tomé un momento para estabilizar el paso y apreté los dientes para que no me castañetearan. Vale, de acuerdo, no era inmortal, pero podía aguantar el dolor y la fiebre un poco más para completar la misión.

Me obligué a escabullirme por el puente dañado hacia babor.

Evité las escaleras, descendí por el costado de la embarcación y aterricé en silencio en la cubierta inferior.

Me tragué un gemido y miré el móvil. Si todo había salido según el plan, aún me quedaban más de seis minutos antes de reunirme con Knox y los demás.

Seis minutos era mucho tiempo cuando te jugabas la vida.

Una imagen de Gracie atada, desnuda y a merced de esa bestia de Martin me nubló la mente febril. Tenía unas ganas tremendas de asaltar el salón y acabar con ese cabrón en ese mismo instante.

El soldado disciplinado que llevaba dentro prevaleció. El yate estaba muerto en el agua, Martin era un blanco fácil, y tenía que admitir que no estaba en mi mejor momento. El plan era atrincherarme y esperar refuerzos.

Pero primero necesitaba confirmar visualmente dónde estaba mi objetivo.

Con perfil bajo, me acerqué a las ventanas que rodeaban el salón y eché un vistazo cauteloso por una rendija entre las cortinas.

Varios tangos custodiaban el acceso a la sala: dos junto a las escaleras, dos junto a las puertas correderas, otro de pie junto a la mesa, que protegía parcialmente a las dos figuras sentadas de espaldas a mí.

Cuevas y Martin.

Un roce apagado delató a alguien que trepaba por la borda desde abajo. Me lancé a esconderme detrás de una puerta y, con la Uzi pegada al pecho, seguí la sombra que se encaramó por la barandilla y aterrizó en cuclillas a menos de un metro de mí.

El hombre se mantuvo agachado, muy por debajo de las luces que se filtraban por las cortinas. En la oscuridad, un arma brillaba en su mano.

No era la primera vez en todo el día que sacaba la pistola prestada con silenciador, avanzaba y se la presionaba contra el cráneo a alguien.

—Ni un sonido —susurré.

—Orion, soy yo, Devon —el hombre se dio la vuelta y me quedé mirando la cara de payaso, en la que asomó una sonrisa bobalicona—. Estamos aquí. Hemos abordado en sigilo.

—Llegáis pronto —bajé el arma—. No vuelvas a intentar acercarte a mí a hurtadillas. Casi te disparo.

—Lo siento —Devon se encogió de hombros a modo de disculpa—. Knox me envió a buscarte. Ramírez y Mac también te están buscando. Knox quiere que te reúnas con el equipo en la cubierta inferior.

No se me ocurría mejor día para que mi equipo se adelantara. Los analgésicos habían dejado de hacer efecto y estaba agotado. La pérdida de sangre probablemente explicaba el cansancio. Estaba listo para acabar con esto e irme a casa con Gracie.

Casa y Gracie. Sonaba bien.

—Sígueme —Devon levantó el arma y se puso en cabeza.

Descendió a la cubierta inferior y se escabulló por el lujoso pasillo que conducía a las suites. Apreté los dientes por el dolor y lo seguí, cubriendo la retaguardia, mientras deseaba que el largo pasillo dejara de serpentear ante mis ojos como una maldita serpiente.

Devon abrió una puerta, la empujó e hizo un gesto con el arma para que entrara. La habitación estaba a oscuras, pero el murmullo de voces sugería que había gente esperando allí.

Entré.

Los murmullos cesaron y las luces se encendieron, y el cambio repentino me hizo escocer los ojos. Frente a mí estaban Cuevas y Martin. Ambos me apuntaban con sus armas.

—Suelta las armas —ordenó Devon, de pie detrás de mí, con el cañón de su M4 clavado en mi espalda.

Cuando no obedecí, se acercó y me arrancó la Uzi de las manos. Martin y Cuevas me encañonaron mientras Devon me despojaba de la otra Uzi, el cuchillo y todas mis pistolas, quedándose con mi pequeño arsenal.

Le sostuve la mirada.

—Así que te pasaste al lado oscuro, ¿eh?

—Llámame Vader —sonrió con suficiencia mientras se colgaba una de las Uzis al hombro—. Conviene estar en el bando ganador. Míralo así: tu programa de transición funcionó. Ahora tengo un empleo remunerado como civil.

Ya.

O estaba maldito o era estúpido, y ahora mismo, lleno de rabia, me inclinaba por lo segundo. Iba a lograr que me mataran por cometer el mismo error en el pasado y en el presente. Ahora era tan obvio. Devon había estado en la nómina de Martin desde que llegó a Florida.

Eso lo explicaba todo.

Devon había estado proporcionando a Martin la información privilegiada que necesitaba. Había cometido todos esos errores a propósito. Había querido quedarse de guardia en la puerta para poder alertar a Martin de nuestras idas y venidas.

Había sido el maldito Devon quien había avisado a Martin de la salida de Gracie a The Happy Clam. Por eso Camisa Manchada había aparecido en el bar justo en ese momento.

Al principio, Camisa Manchada había intentado acercarse a Gracie. Martin probablemente quería que la secuestrara para usarla contra mí. Para cuando Karma lo mandó a la mierda, Devon ya había contactado con Martin y le había revelado que yo también iba hacia el bar.

El plan de Martin cambió sobre la marcha. Camisa Manchada intentó provocarme para que lo persiguiera hasta una trampa. Cuando no mordí el anzuelo, Martin tuvo que idear un plan mejor.

La traición de Devon también explicaba el ataque submarino. Martin tenía guardado un plan de aproximación bajo el agua para matarme o, en su defecto, conseguir una baza: Gracie. Pero fue Devon quien le informó de que Gracie y yo estábamos pescando en el muelle y le dio la señal para atacar.

Dos traidores en una sola vida eran más de lo que cualquier hombre debería tener que aguantar.

Tanto Devon como Martin habían formado parte de mis equipos.

Ambos se habían ganado un puesto en mis unidades gracias a sus habilidades.

Con años de diferencia, ambos habían traicionado la causa por dinero.

—Hola, Aguilar —la sonrisa burlona de Martin se ensanchó—. Sorpresa.

Tambaleándome, luché por mantenerme en pie.

—Eres un puto desertor —señalé a Devon por encima del hombro con el pulgar manchado de sangre—. Eres una ETS altamente contagiosa, un traidor que engendra traidores.

—¿Qué puedo decir? —su sonrisa burlona me daba ganas de estrangularlo—. Me entrenaron como multiplicador de fuerza. El dinero manda, y a este chaval le gusta tanto como a mí. Siéntate.

—Prefiero quedarme de pie —las rodillas me flaquearon, pero forcé las piernas a aguantar, ignorando las gotas carmesí que caían de mi costado y salpicaban la alfombra inmaculada.

Martin se me acercó. Apreté la mandíbula y le sostuve la mirada hasta que quedamos cara a cara. Sonrió, una mueca gélida que dejaba ver todos los dientes. Le devolví la sonrisa, y mi desprecio debió de sacarlo de quicio.

Lanzó un puñetazo con la derecha. Lo bloqueé, pero fue su izquierda la que se estrelló contra mi herida supurante.

Joder. Joder. Joder.

Los últimos puntos se rasgaron. Aspiré aire entre los dientes apretados, me doblé en dos, me llevé las manos a la herida abierta y me tragué un gemido. El dolor me estalló en el cuerpo. Caí de rodillas. Estrellas y relámpagos rojos centellearon contra el fondo negro de mis párpados cerrados.

La agonía me recorrió entero, robándome el aliento y las fuerzas. El impacto del golpe no remitía. Se transformó en un dolor palpitante que ardía y vibraba hasta la raíz de los dientes.

Martin, el muy cabrón, aprovechó para patearme en la cara.

Mierda.

Perdí el conocimiento unos segundos. Cuando volví en mí, estaba tirado en el suelo y la habitación giraba a mi alrededor como un tiovivo desbocado.

—Antes de que mueras —dijo Cuevas; su rostro moreno se cernía sobre mí, la piel flácida de su cuello escuálido temblaba al hablar—, quiero saber una cosa. ¿Les contaste a los federales o a Delta Force que Kramer y Martin son la misma persona?

Resoplé. Me había servido en bandeja una oportunidad fantástica para jugar con su cabeza. No podía desaprovecharla.

—Sí —esbocé una sonrisa burlona que me supo a sangre—. Lo saben todo. Quién es Kramer. Quién eres tú. Van a por ti y tu cartel con todo lo que tienen.

—Miente —escupió Martin, pero aferró el arma con más fuerza y cambió el peso de un pie a otro en sus mocasines relucientes—. No tuvo tiempo de informar de una mierda.