Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo veintiocho #2
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Capítulo veintiocho #2

—Te equivocas —le solté a Cuevas con desprecio—. Martin te la jugó. ¿Mi amigo en la silla de ruedas? Sobrevivió a la trampa y acudió a los federales y a los mandos de Delta Force. Estáis jodidos.

—Me lo temía —se volvió hacia Martin y le apuntó con el arma—. Dijiste que te habías cargado al lisiado. Dijiste que lo tenías controlado.

—Y lo tengo —Martin alzó las manos, con el arma apuntando al techo—. Miente.

—¿Ah, sí? —dejé caer la cabeza contra el suelo y me reí; una risa débil y burlona que me retumbó en los pulmones y me supo a sangre en el fondo de la garganta—. ¿Por qué no llamas a tu personal del ático? Ah, espera. No puedes. Están muertos.

Hice una pausa para tomar una dolorosa bocanada de aire, pero me aguanté las ganas de toser y no hice ninguna mueca. Puede que estuviera en el suelo, pero aún no estaba fuera de combate. Un Delta nunca se rinde, y mostrar debilidad ante estos imbéciles no entraba en mis planes.

—También podrías llamar a Gutiérrez, tu segundo al mando —sugerí—.

Pero, ay, cruzó la frontera hacia el sur después de cantar todos tus secretos —chasqueé la lengua—.

Pobre Martin. Lo has perdido todo y todavía no lo sabes —miré a Cuevas—.

¿No se te ha ocurrido pensar que Martin se infiltró en tu organización con el único propósito de destruirla?

—Eso no es verdad —Martin le sostuvo la mirada calculadora a Cuevas—. Te soy leal.

—Ya sabes lo que dicen —miré de Martin a Cuevas—. Una vez Delta, siempre Delta.

—¡Cierra la puta boca! —Martin me soltó una patada en el costado herido. Un estallido de sangre y un desgarro de carne convirtieron mi risa en un gruñido, pero joder, ¿ver el pánico en las caras de Martin y Cuevas?

No tenía precio.

—Estúpido gringo —Cuevas mantuvo el arma apuntando a Martin—. Después de todo lo que he hecho por ti, ¿así me lo pagas?

—Está entrenado para mentir —Martin se lamió los labios y se quedó muy quieto—. Si todavía trabajara para Delta, ¿por qué me habría tomado tantas molestias para matar a este hijo de puta?

No era un mal argumento.

Cuevas carraspeó y bajó el arma unos centímetros; en sus ojos se leían la inseguridad, la paranoia y la confusión. Ese momento de vacilación le costó caro. Martin le disparó a quemarropa, un solo tiro en la cabeza.

El jefe del cartel se desplomó en el suelo junto a mí. Aunque la parte de atrás de la cabeza había desaparecido, solo un pequeño agujero rojo le marcaba la frente. Observé cómo se le dilataban las pupilas hasta que el iris dejó de verse.

—Nadie me amenaza —gruñó Martin mirando al muerto—. ¡Nadie!

—No nos queda mucho tiempo —Devon rompió el silencio, de pie en el umbral—. Los demás llegarán en cualquier momento.

Martin dirigió su sonrisa homicida hacia Devon.

—Gracias a ti, los demás se encontrarán con un bonito comité de bienvenida.

Era lógico. Devon había traicionado toda la operación.

Conociendo a Knox, seguramente había asignado a Devon a quedarse atrás vigilando Crescent Beach.

Relegado a tareas de guardia, Devon no había estado al tanto del plan, pero había deducido lo que tramábamos cuando Knox, Karma y la mayoría del equipo neutralizaron a los vigilantes de Martin y se escabulleron de Crescent Beach.

En ese momento, Devon seguramente se largó y se reunió con los secuaces de Martin.

Probablemente había llegado en el mismo barco que trajo a Cuevas al yate cuando Gracie y yo escapamos del casco.

Lo que significaba que Knox y los demás habían perdido el elemento sorpresa y Martin se había preparado para un abordaje.

Como si lo hubieran ensayado, los disparos resonaron desde arriba y varias explosiones sacudieron el yate.

A la mierda con esto. Tenía que hacer algo para ayudar a mi equipo. Me levanté del suelo y me desplomé contra la cama. Joder, si tan solo la habitación dejara de dar vueltas.

—¿Quién te ha dado permiso para moverte? —exigió Martin, plantándome el arma en la cara.

—No necesito permiso.

Otra patada. Un crujido. Sin aliento. ¿Las costillas?

—Ahora sí —Martin entrecerró los ojos mirándome desde arriba—. ¿Por qué tenías que seguir buscando? ¿Por qué tenías que jodérmelo todo?

—Fui a tu funeral —dije con voz ronca, luchando contra el dolor—. Hablé con tu padre y tus hermanos. Estaban destrozados. Quería llevarte a casa, con tu familia.

—Que te jodan a ti y que jodan a mi familia también —Martin me hizo una peineta—. Son todos unos perdedores. Deberías haber dejado de buscarme cuando tuviste la oportunidad. Tu muerte podría haber sido —echó un vistazo al charco carmesí que se formaba a mi lado— menos espantosa.

—Traicionaste a tu país —me presioné la mano sobre la herida, intentando detener la sangre que goteaba entre los dedos—. Traicionaste a La Unidad.

—Que jodan a La Unidad —Martin escupió las palabras—. Que jodan al país. Ninguno me dio lo que merecía. Y ahora, que te jodan a ti.

Me presionó el arma contra la sien. El cañón duro se apoyó contra mi cráneo.

La batalla furiosa continuaba arriba, pero no contaba con que llegara ayuda.

Sabía que lucharía hasta el final. La muerte había sido mi compañera silenciosa durante tanto tiempo que no sentía miedo.

Lo único que lamentaba era no tener más tiempo con Gracie.

Los dedos de Martin se crisparon sobre el gatillo.

—Hora de cerrar los ojitos y decir buenas noches.

—Tengo los ojos bien abiertos —le sostuve la mirada a Martin—. Tu vida es pútrida. Yo soy un soldado hasta el final.

—Hoy no habrá un final para mi soldado —proclamó una voz desde detrás de Devon justo antes de que una bala le atravesara el pecho. A juzgar por la trayectoria, le había entrado por la espalda y le había destrozado el corazón, matándolo en el acto.

Varias cosas sucedieron cuando el cuerpo sin vida de Devon se desplomó al suelo. Enmarcada por el umbral, la figura de Gracie se materializó en una presencia innegable que me heló las entrañas.

Gracie sostenía en la mano el arma que le había dado.

No había tenido miedo de usarla. Pasó por encima de Devon y se plantó en la puerta, con la camisa negra, el chaleco salvavidas naranja y una expresión que dejaba claro que no era ninguna dulce y encantadora Primrose, sino una mujer con ganas de matar.

A menos que la mataran primero.

Mierda. Estaba aquí y Martin seguía vivo.

Todo el dolor y la debilidad que me habían ralentizado se evaporaron cuando Martin apuntó el arma hacia ella. ¿Gracie herida o muerta?

Ni hablar.

Salté del suelo de golpe y le pateé el arma de la mano justo cuando disparaba. El disparo se desvió. Se lanzó a por el arma y yo me lancé a por él.

—¡Lárgate de aquí! —le grité a Gracie mientras rodábamos por el suelo, peleando por el arma.

Gracie no se movió. Movió el arma de un lado a otro, buscando un blanco, pero conmigo enredado con Martin, no podía disparar sin riesgo de darme.

Martin rodó sobre mí y me hundió la rodilla en la herida. Ignorando la agonía que me quemaba por dentro, recordé que le había disparado a Martin aquella primera noche en casa de Gracie.

¿Dónde?

Dirigí los puños a las costillas, los costados, los muslos.

Nada.

Le lancé un gancho al hombro izquierdo.

Se puso rígido y gritó.

Diana.

Le lancé un segundo puñetazo. La herida cedió bajo mis nudillos. El hombre chilló como un poseso. Con otro golpe, lo empujé a un lado y me subí encima de él, inmovilizándole la mano a un palmo del arma.

Me lanzó un puñetazo que me alcanzó en la mandíbula. Vi las estrellas, pero con un movimiento rápido de la mano, le rompí la muñeca. Con los dedos colgándole sin fuerza, me dio un rodillazo en el estómago.

Maldito cabrón.

Podría haber jurado que me sacó las tripas por el agujero abierto del costado.

Un cuchillo brilló en su mano buena. La hoja trazó un arco dirigido a mi garganta.

—¡No!

Una criatura salvaje me embistió, apartándome del camino, sacándome del alcance del cuchillo, lanzándome contra la esquina. Aterricé en un estallido de agonía que me vació los pulmones.

Incapaz de respirar, me lancé hacia el cuerpo de Cuevas y le agarré el arma. Me giré boca arriba, pero no tenía un tiro claro a Martin.

Observé horrorizado cómo la hoja de Martin se hundía en el costado de Gracie. Le rodeó la cintura con un brazo y empujó el cuchillo hacia arriba, dirigiendo la hoja hacia el corazón.

Ella jadeó y se retorció entre sus brazos, pero también le lanzó las uñas a los ojos. Martin volvió a golpear, alcanzándola en la cara y mandándola por los aires. Se estrelló contra el umbral y se desplomó en el suelo como un peso muerto.

La angustia que me desgarró el pecho fue un millón de veces peor que el dolor de mi cuerpo. Durante un segundo, no quise seguir viviendo. Lo único que quería era seguir a Gracie a la tumba.

Martin se puso boca abajo y se arrastró para agarrar el arma con la mano buena. Era el bastardo responsable del estado de Gracie. Gruñendo como un animal, me impulsé desde la pared y le apunté con mi arma. Aunque fuera lo último que hiciera, iba a matar al hijo de puta.

Apreté el gatillo.

Clic.

Era el sonido de la muerte, un arma sin munición.