Sebastian (Romance militar de héroes alfa nº 6) Capítulo veintisiete #2
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Capítulo veintisiete #2

—Es cuestión de cerebro.

—También es cuestión de armas y balas —repliqué—. Olvidas que las matemáticas son lo mío.

—Esto es lo que va a pasar.

Su susurro severo daba por zanjada la discusión y no admitía réplica.

—He despejado a los guardias principales de la popa. Vas a esconderte aquí los próximos minutos hasta que desactive los motores. Es demasiado peligroso echar la moto al agua con los motores en marcha.

—Pero...

—En cuanto los motores se detengan y el yate quede a la deriva, te subirás a la moto acuática, soltarás la palanca y te dejarás caer al agua —dijo—. Sin luces. Cuando toques el agua, enciende el motor, acelera a fondo y aléjate de este barco.

—No...

—Esto es importante, Gracie. Todos en este yate, yo incluido, necesitamos oír el rugido de la moto acuática cuando te alejes para saber que ya no estás a bordo. ¿Entendido?

—¿Te falta un tornillo? —lo miré boquiabierta, sin dar crédito a lo que oía.

Entendía que me quería a salvo y que si Martin y sus matones sabían que me había ido, no podrían usarme para frenar a Seb; pero ¿de verdad pensaba que iba a abandonar esta bañera de lujo sin él?

—No pienso dejarte aquí —dije—. No lo haré.

—Sí, lo harás, y es una orden.

Me apretó el brazo con más fuerza y remachó sus palabras con una mirada que habría puesto firmes a los demonios del caos en el mismísimo infierno.

—Irás hacia el este, hacia la luna naciente. Con suerte, te encontrarás con Knox y el equipo por el camino. Si no, tienes combustible de sobra. Sigue hasta llegar a tierra.

—No puedes ordenarme que me vaya y te deje aquí —dije.

Le clavé los dedos en los antebrazos, consciente de que sonaba como una niña caprichosa.

—Prefiero quedarme contigo.

—Rotundamente no.

Agarró un chaleco salvavidas naranja, me lo pasó por los brazos y los hombros y lo abrochó con un clic definitivo.

—Necesito que hagas esto. Es por tu seguridad, pero también es una maniobra táctica que nos dará ventaja.

—Sebastian, yo...

—Vas a seguir mis instrucciones —dijo en tono cortante y áspero—. Estamos perdiendo el tiempo.

Me tomó en sus brazos y me apretó contra su pecho, chaleco salvavidas incluido.

Su boca arremetió contra la mía. Me devoró con un beso brutal, un asalto voraz, un choque de labios hambrientos.

Me arañó los labios con los dientes hasta hacerlos arder.

Hundió la lengua en mi boca, abrasándola con su sabor, robándome el aliento y dejándome las rodillas y la columna de gelatina.

El beso duró apenas unos segundos, pero fue salvaje, feroz, desesperado. Decía cosas que nunca nos habíamos dicho y me abrumó con una oleada de pasión ardiente y una sacudida de afecto puro.

Entre el vaivén y el balanceo del mar, el océano nos acunó en su mano hasta que no fuimos más que dos almas viviendo del aliento del otro, suspendidos en la oscura inmensidad del universo.

El tacto de acero tibio contra la palma me hizo notar que tenía un arma en la mano. Sebastian rompió el beso y, clavando la mirada en la mía, me cerró los dedos alrededor de la empuñadura estriada.

—Úsala si la necesitas —me susurró con voz áspera contra los labios—. Recuerda, en cuanto los motores se paren, te largas de aquí.

Parpadeé y había desaparecido.

—Sebastian —llamé en un susurro apremiante—. ¡Sebastian!

Se había ido sin dejar rastro.

En piloto automático, me escabullí y me agaché detrás de los kayaks a esperar mi señal. Los ojos me ardían de lágrimas y el estómago se me revolvía con una mezcla de miedo y rabia insubordinada.

¿Por qué tenía que irme yo mientras él se quedaba?

Era su trabajo librar al mundo de monstruos como Martin. Bien. Lo entendía. Pero yo me había asignado la tarea de amarlo.

Mientras pasaban los minutos, levanté la mano temblorosa y me acaricié los labios húmedos. Un mal presentimiento se había instalado en la boca del estómago y no dejaba de crecer. ¿Por qué su beso apasionado se había sentido como una despedida?

Porque él creía que era el último.

***

Sebastian

Dejar a Gracie atrás para que escapara iba contra mi naturaleza, pero sacarla del alcance de Martin era, con diferencia, la alternativa más segura. Era tan capaz como el que más y confiaba en que sabría arreglárselas para huir.

Se me hizo un nudo en las tripas al recordar el shock en sus ojos cuando le ordené que abandonara el yate. No le gustó, pero era lo correcto.

Me moví deprisa para asegurarme de que estuviera a salvo antes de que se desatara el infierno en esta guarida flotante del vicio. Cuanto antes saliera Gracie del barco, mejor.

Me colé en un pasillo sencillo y estrecho, nada que ver con los lujosos corredores de las cubiertas superiores. Por una puerta abierta vi los camarotes de la tripulación. Atravesé el comedor sigilosamente y me metí en la cocina.

No había nadie.

Al otro lado de la cocina, abrí la puerta que daba a una escalerilla. El rugido de los motores resonaba desde la cubierta inferior y el olor a diésel me inundaba las fosas nasales. Agucé el oído. Un leve crujido. Ronquidos. Un hombre, el mecánico del yate.

Mala suerte... para él.

Bajé por la escalera y aterricé sobre las plantas de los pies. El hombre estaba acurrucado en una esquina, echándose una siesta, aún con los cascos antiruido puestos. En el suelo, sobre un papel, había una raya de coca a medio consumir junto a una pajita roja.

Otro golpe de suerte. Vaya, los estaba acumulando. Menos mal, porque los necesitaba.

No podía permitirme un enemigo a la espalda, así que lo golpeé en la cabeza con la culata de mi arma prestada, le quité la pistola y me la metí por detrás en los vaqueros.

¿Mi filosofía?

Tres armas eran mejores que una. ¿Tres armas y dos Uzis?

Aún mejor.

Cogí cinta aislante de los estantes del mecánico, lo até y le embutí en la boca una mordaza improvisada que no podría quitarse a mordiscos.

El cabrón pesaba lo suyo. El escozor en el costado me indicó que me había saltado más puntos al arrastrarlo hasta el cuarto de la limpieza y cerrar con candado por si acaso.

La piel me ardía como si la lamieran llamas infernales. Las piernas me flaquearon al dar un paso y casi resbalé en un charquito rojo de mi propia cosecha.

No seas blandengue. Una fiebrilla no va a tumbarte. Ni perder un poco de sangre te va a parar. Tienes un trabajo que hacer, así que hazlo.

El rugido del motor era jodidamente fuerte aquí abajo. Haciendo caso omiso de la punzada en el costado, me agaché en el estrecho pasillo del centro de la sala de máquinas, rodeado de equipos de última generación que habrían sido la envidia de la Armada estadounidense.

Localicé el depósito de combustible, la bomba de inyección y el conducto que los conectaba. Solo tenía que meter algo de aire en el sistema de combustible y los motores se calarían como si el yate se hubiera quedado sin gasolina.

Metí la punta del cuchillo en la junta de la tubería e hice palanca hasta que un leve silbido me indicó que la había perforado. En cuestión de segundos, la sala empezó a vibrar —joder, el yate entero se sacudió mientras los motores tosían y se ahogaban antes de quedarse en silencio.

Hora de largarme de aquí.

Subí por la escalera y salí de la sala de máquinas. Bajo los pies, noté que el yate se detenía del todo. Asomé la cabeza al pasillo de los camarotes de la tripulación y oí el rugido de una moto de agua a toda pastilla. Y lo mejor: ni un solo disparo tras ella.

Esa es mi mujer.

El pecho se me hinchó de orgullo y solté un suspiro doloroso pero aliviado. Mi valiente Primrose lo había conseguido. ¿Volvería a ver su dulce sonrisa alguna vez?

A estas alturas, el barco resonaba con los gritos de los tangos cabreados, que iban de un lado a otro como gorilas enjaulados.

Seguro que ya sabían que algo iba mal y estaban a punto de descubrir que tanto Gracie como yo nos habíamos esfumado.

Sonreí con suficiencia imaginando la rabia de Martin cuando confirmara sus sospechas.

Ya no tardaría mucho.

Más que verlos, oí a un par de tripulantes que bajaban con paso pesado hacia la sala de máquinas mientras refunfuñaban por la radio. Oculto en la despensa, esperé.

Cuando llegaron a la puerta de la sala de máquinas, llamaron a su compañero. No hubo respuesta, así que bajaron por la escalera.

Mi turno.

Cerré la puerta de acceso, até las manijas con el cable de una tostadora que había cogido de la cocina y la atraqué con el mango metálico de una fregona.

Tres tangos más fuera de juego. Me dirigí a las escaleras. Quedaban veinticuatro.