Capítulo veintisiete
Gracie
Sebastian cerró la pequeña puerta con llave y se la guardó en el bolsillo antes de que saliéramos del compartimento del casco.
Sus zapatos no emitían sonido alguno mientras abría la puerta de cristal y subía las escaleras hacia una cubierta lateral.
Lo seguí pisándole los talones, luchando contra el miedo que me atenazaba la garganta.
Una brisa cálida y húmeda me azotó el rostro y me agitó el cabello cuando salimos al exterior. Pequeñas crestas blancas rizaban la superficie negra como el azabache del océano hasta donde alcanzaba la vista.
Se me cayó el alma a los pies.
No se veía tierra por ninguna parte. La única luz que rompía la vasta oscuridad era el reflejo del yate ondulando sobre las olas y un resplandor que anunciaba la luna naciente en algún lugar a nuestras espaldas.
Seb debió de ver el terror grabado en mi rostro.
—Vas a salir de este barco —me apretó la mano—. Te lo juro.
—Nosotros vamos a salir de este barco —corregí.
Que no respondiera a mis palabras me provocó una oleada de inquietud. En lugar de contestar, flexionó los hombros y se tronó el cuello, girando la cabeza a derecha e izquierda, como un guerrero que se prepara para la batalla.
Con dos dedos cortó el aire, señalando un rincón apartado donde una mampara ocultaba una ducha exterior, y articuló en silencio:
—Espera aquí.
—¿Adónde vas? —me aferré a su mano.
—De caza —se soltó de mi agarre y, con movimientos silenciosos y fluidos, desapareció tras la esquina.
Con el corazón martilleándome en los oídos, me acurruqué detrás de la mampara y agucé el oído por si oía a Sebastian, rezando para que no le pasara nada malo.
Martin me aterrorizaba. Su malevolencia se me había metido hasta los huesos. Había hecho todo lo posible por extinguir la llama de la vida de Seb. No iba a detenerse ahora.
Me sentía inútil, acobardada detrás de la mampara mientras Sebastian arriesgaba su vida para sacarnos de este barco. Algo en su comportamiento me recordaba un doble rasero inaceptable. Su valentía me asombraba. Se había entregado, herido y todo, para venir a buscarme.
Pasaron varios largos minutos que pusieron a prueba mis nervios, agotaron mi paciencia y me hicieron desear haber ido con él.
¿Y si lo atrapaban?
Junté las manos y me mordí los nudillos.
«Recuerda. Es Delta. Es Orión, el gran cazador. Vive para la caza».
Pero estaba herido. Sangrando. Sufriendo.
Alcé la vista al cielo. «Tía Betsy, si pudieras hablar con tu amigo divino, por favor pídele que cuide de mi Sebastian, ¿vale?».
Un momento estaba sola. Al siguiente, Seb estaba a mi lado, como si la tía Betsy y su Dios me lo hubieran enviado al instante.
Sebastian apareció como un fantasma que acabara de materializarse junto a mí, un fantasma armado que sostenía una pequeña ametralladora en las manos y llevaba otra similar colgada a la espalda.
Unas gotas de sangre le salpicaban la mejilla, pero cuando le pasé los dedos por el rostro, me di cuenta de que no era suya. En cambio, la mancha roja que teñía la parte superior de sus vaqueros sí lo era. Le empapaba la camiseta, goteando de la herida que yo había intentado vendar.
Me acerqué para echar un vistazo a la herida, pero él se apartó y siseó de dolor. Se me revolvió el estómago. Seguía perdiendo sangre y tenía el rostro enrojecido. Cuando le puse la mano en la frente, casi me quemé la palma. El corazón se me encogió.
—Tienes fiebre.
—No importa —susurró—. Ya conozco el lugar.
Lo contemplé con asombro. Había trazado el mapa del yate, derrotado a los dueños de las armas que portaba y vuelto a mi lado en solo unos minutos.
—Tenemos que movernos. Iremos en formación —me presionó los dedos contra sus hombros—. Necesito que mantengas la mano aquí. Mientras me estés tocando, sabré dónde estás en todo momento. Quédate conmigo. ¿De acuerdo?
Asentí, incapaz de articular palabra con aquel nudo en la garganta.
En ese momento, habría dado cualquier cosa por llevar a Seb a un médico.
La agonía le empañaba los ojos y le grababa profundas líneas en la frente.
No deseaba nada más que borrar el sufrimiento de su rostro y, sin embargo, él actuaba como si no estuviera herido en absoluto.
Su cerebro era su mejor baza. Su férrea voluntad, capaz de dominar el cuerpo con la mente, era su superpoder.
Con la mano pegada a su hombro, avanzamos por la cubierta hacia una puerta.
Sus músculos se tensaron bajo mis dedos mientras se adentraba en el yate, inspeccionando el espacio que teníamos delante con la pequeña ametralladora apoyada contra el pecho.
Seguí sus pasos, preguntándome si el tamborileo de mi corazón nos delataría.
Se movía con cautela, con gracia, deteniéndose en cada esquina para inspeccionar el camino antes de guiarme.
Una alfombra mullida me rozaba las plantas de los pies descalzos mientras caminábamos de puntillas por un gran salón, donde las teclas de un piano se movían solas, desgranando una música de ascensor.
Cuando un par de matones entraron en la habitación por las puertas correderas del fondo, nos deslizamos detrás de un gran sofá modular. Agachada allí, divisé a varios hombres custodiando un comedor exterior.
Un destello de pelo rubio mostaza delató a Martin. Bebía de su vaso mientras hablaba con un hombre delgado de cabello castaño que se acariciaba la perilla mientras sorbía un martini. No conocía al hombre, no lo había visto entre los secuaces de Martin, pero los ojos de Seb brillaron al reconocerlo.
—¿Quién es? —susurré cuando los matones abandonaron el salón.
—El jefe de Martin, Jorge Cuevas —murmuró Seb, con la mirada depredadora fija en Martin y el otro—. Hemos dado en el clavo. Dos por uno. Vamos. Muy pronto, esta gente va a echar de menos a los amigos que mandé al fondo del mar. Tenemos trabajo que hacer antes de eso.
El yate era grande, más grande de lo que había imaginado, con varios niveles y todo tipo de estancias públicas y privadas amuebladas con lujos carísimos. De proa a popa, era el parque de atracciones de un multimillonario.
Caminamos de puntillas por un comedor formal, atravesamos la cocina vacía y nos escabullimos por una puerta trasera. Esta nos condujo a un compartimento de almacenamiento abierto a la cubierta de juegos que bordeaba la popa del yate.
En el compartimento del nivel inferior había todo tipo de juguetes náuticos: tablas de paddle surf, equipo de buceo, chalecos salvavidas y kayaks. Una fila de motos acuáticas se alineaba a cada lado, aseguradas a la cubierta en un bastidor que llegaba hasta las bordas.
Sebastian se desplazó a un costado de la cubierta y pulsó un botón. Las bordas se aplanaron hasta quedar casi a ras de la superficie del mar revuelta por los motores, convirtiendo la popa en una plataforma de baño.
Luego abrió una caja metálica estanca fijada a la pared y sacó un manojo de llaves con cordones. Fue probándolas en la moto acuática más cercana a la popa hasta dar con la que encendía el panel de control.
Miró el indicador de gasolina y asintió satisfecho con el nivel del depósito.
Abrió el pequeño compartimento en la parte trasera de la moto acuática y señaló la pistola de bengalas, un silbato y la radio portátil que había dentro.
Le levanté el pulgar en señal de aprobación.
Estaba deseando largarme de aquel barco.
Me indicó con un gesto que me acercara. Cuando rodeé la moto acuática, tiró de la palanca y la deslizó hasta la plataforma de baño, donde otra palanca la frenó antes de que cayera al agua.
Estaba a punto de decir algo cuando oímos pisadas pesadas que retumbaban sobre nosotros y se dirigían hacia las escaleras.
Corrí al almacén y me agaché detrás de los kayaks. Sebastian desapareció de mi vista. Dos hombres bajaron tranquilamente a la cubierta de recreo. Ambos vestían trajes oscuros y llevaban metralletas compactas como las que Seb había robado antes.
Fruncieron el ceño al ver que habían bajado la plataforma de baño y se acercaron a la moto acuática que descansaba en el borde.
Se me encogió el estómago hasta el tamaño de una ciruela pasa y me brotó una capa de sudor sobre el labio. En cualquier momento nos descubrirían.
Antes de que ninguno de los dos pudiera echar mano a la radio para dar el aviso, Sebastian atacó con velocidad explosiva y en absoluto silencio.
Un momento antes, los hombres estaban juntos, rascándose la cabeza y deliberando qué hacer. Al siguiente, ambos yacían muertos, abatidos por el cuchillo que Sebastian manejaba con una habilidad que helaba la sangre.
A uno le degolló el cuello. Al otro le clavó la hoja directa al corazón. Sebastian no usó las armas de fuego, sin duda para no hacer ruido. La velocidad con la que despachó a los criminales fue salvaje y a la vez ensayada, brutal pero controlada, aterradora y elegante a un tiempo.
Cuando terminó, empujó los cuerpos al agua junto con las armas de los hombres. Sin perder el ritmo, me hizo una seña con el dedo.
—Es hora de sacarte de este barco.
Me agarró del brazo y me enrolló en la muñeca el cordón de la llave.
Bajé la vista hacia la cubierta, donde gotas de sangre salpicaban la madera clara, cayendo de sus heridas.
—¿Y tú?
—Tengo algo más que hacer.
Una tonelada de pavor me cayó en el estómago. Dios. Mío. Iba a volver a cazar a Martin. Solo.
—Ah, no, eso sí que no.
Sentí lingotes de hierro revolviéndose en mi estómago.
—No puedes enfrentarte a Martin y a sus hombres. Debe de haber, no sé, ¿treinta hombres en este barco?
—Además de Martin y Cuevas, hay treinta y tres tangos, menos seis, pero aún no han notado su ausencia —afirmó con una seguridad que me heló la columna.
En los pocos minutos que había dedicado a explorar el barco, había logrado acechar a Martin, contar a sus matones, eliminar a algunos y situar al resto en el mapa mental que se había trazado del yate.
—Eso todavía deja veintisiete malos —señalé—. Contra un solo hombre.
Un hombre herido y ardiendo de fiebre.
—No es cuestión de números.
Esbozó una sonrisa arrogante que me pareció alarmante y suicida a partes iguales.